domingo, 24 de abril de 2011

Sobre las opiniones y los principios

El sábado a la noche estuvo como crítico invitado en TVR el periodista rosarino Reynaldo Sietecase. En un momento del programa, en el que hablaba de la necesidad de incluir en la TV pública espacios en donde se escuchen otras voces, además de las coincidentes con el gobierno nacional,  deslizó la idea de que el hecho de que una persona piense diferente no lo convierte en el enemigo. Esa idea también circula en periodistas que intentan esconder su subjetividad detrás de una actitud conciliadora, como por ejemplo, Ernesto Tenembaun. Está claro que hablar de enemigo es algo muy fuerte. Un  adversario no necesariamente es un enemigo y una diferencia de opiniones no debe conducirme a eliminar a media Humanidad.
Hace no mucho tiempo, en el programa radial de Magdalena Ruiz Guiñazú, Eduardo Duhalde expresaba que quería un país “en el que nos entendamos todos, el que quiere a Videla y el que no lo quiere”. La frase suena mal, tanto por lo que dice como por quién lo dice. Si alguien dice esto en la cola del supermercado no pasaría a mayores, aunque merezca expresiones de sorpresa o de espanto por parte de las personas presentes. Pero, ventilada por una persona pública con el peso y la historia de Duhalde con el tono conciliador y pueril propio de una frase de Anteojito, suena casi como una declaración de guerra. Querer a Videla –en este contexto- no es tener un sentimiento de aprecio a la persona llamada Jorge Rafael Videla. Puede haber personas próximas a él –familiares, amigos, etc- que lo quieran. Pero en la frase de Duhalde, “Videla” es más que el sujeto de carne y hueso, es el símbolo de la última dictadura, es el horror de siete años de nuestra historia que aún no pudimos superar, son los años en los que se trató de esconder bajo la alfombra todo lo ocurrido y cualquier idea de justicia. Querer o no querer a Videla (querer o no querer todo lo antes mencionado) no es una cuestión de opiniones, sino de principios.
Lo mismo ocurre con algunos políticos de la oposición que proponen (dicho esto con mucha generosidad) un modelo de país que se instaló durante más de treinta años y generó millones de ciudadanos excluidos, empobrecidos, marginales. Quien proponga ideas como ésta, quien justifique la sobre explotación laboral en cualquier área, quien sostenga una injusta distribución del ingreso, ¿debe ser visto como alguien que expresa una idea diferente o como alguien que quiere destruir la débil equidad que hemos logrado en estos años? Quien proponga la profundización de la desigualdad como sistema político y económico, ¿es sólo un adversario o un enemigo?
Por eso, esas frases conciliadoras me suenan mal. Una cosa es una opinión y otra un principio. Este es un buen momento para comenzar a hablar con claridad, a construir un modelo de país con principios sólidos y universales. Los argentinos debemos marchar juntos, no amontonados.

2 comentarios:

  1. Jugosa la distinción entre adversario y enemigo. Da para más, sólo quería mencionar en esta ocasión que es una cuestión que merece profundizarse. Con más tiempo, intentaré arrimar algunas apreciaciones al respecto.

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  2. Un adversario es alguien que quiere hacer algo que yo quiero hacer pero mejor, ejemplo: una competencia deportiva. Ambos queremos lo mismo pero solo uno puede ganar. Mi derrota o triunfo solo servirá para mejorarme a mi mismo, tomando compromiso con el objetivo. Pero una persona que quiere lo opuesto a lo que yo aspiro es un enemigo, y debo eliminarlo. Quienes estamos enfrentados por dos modelos de país somos enemigos y uno de los dos debe ser definitivamente derrotado y sometido. Yo quiero un país justo, inclusivo y soberano. Estos últimos cinco años he visto, por primera vez en mi cincuentona vida, algo de eso y quiero que siga así.

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