domingo, 8 de mayo de 2011

Una invasión de zonceras

El jueves pasado se presentó en el ámbito de la Feria del libro de Buenos Aires el libro del Jefe de Gabinete Aníbal Fernández el “Manual de las zonceras” como una continuidad del que escribiera Arturo Jauretche a mediados de la década del sesenta. Desde que se anunció su salida, el autor de este modesto espacio estaba esperando ese libro con ansiedad. El viernes lo compré y para mi sorpresa el ejemplar que me tocó en suerte correspondía a la cuarta edición en pocas semanas, hecho que me produjo enorme alegría.
El contenido está acotado a lo contextual, como el anterior, y me parece que el futuro necesitará muchas notas al pie para aclarar hechos y personajes de nuestra más cruda realidad. Tal vez le falte avanzar más hacia lo conceptual. Es un libro muy ágil, escrito al calor de la campaña electoral y al protagonismo de este contexto dinámico que estamos viviendo por las transformaciones que produjo el modelo Nac&pop en nuestro país en los últimos ocho años.
En el final del libro –al igual que Jauretche- Fernández nos arroja un guante con unas páginas con renglones para que los lectores agreguemos nuevas zonceras. Creo que en este momento muchos argentinos estaremos completando esos espacios a tal punto que en breve tendremos unos diez tomos de zonceras.  
A mí se me ocurrieron algunas que a continuación expongo, aunque no tienen la intención de emular las de estos dos autores, sino la de hacer un insignificante aporte para el destierro de la “zoncedad” (perdón por el neologismo) que todavía abunda en nuestras tierras.
Una primera, que se desprende del desarrollo que el Jefe de Gabinete aborda en su libro, es la expresión “este país”. En el libro desarrolla la mala costumbre de echar culpas de todos nuestros tropiezos cotidianos al país. El otro día protagonicé un hecho con un taxista que ante el corte abrupto de una calle para su reparación, el chofer dijo: “¿y qué querés? En este país… “ Por supuesto que la torpeza del cierre de una calle en medio de un embotellamiento para su reparación sin la intervención de un inspector de tránsito que ordene el despelote es un despropósito, pero echar la culpabilidad de eso al país, me parece un exceso. Pero me quedo en la expresión “este país”. Desde hace muchos años me enoja esa expresión y los estudiantes que asisten a mis clases ya lo saben. Decir “este país” es nombrar algo ajeno; es renunciar a la pertenencia; es deslindarnos de toda responsabilidad; es dejar hacer, como en los noventa. Decir “este país” es expresar un desentendimiento con lo que hay que transformar y construir. Si dijéramos “nuestro país” todo comenzaría a cambiar. Decir “nuestro país”, expresa un compromiso, un afecto, una cercanía que es promesa de futuro y sobre todo, apropiarnos de él. Es nuestro y somos los responsables de todo lo malo que todavía queda y los beneficiarios de las transformaciones.
Otra zoncera frente a las próximas elecciones: uno escucha por ahí a algunos nabos que dicen que “hay que cambiar de signo para evitar el desgaste y el anquilosamiento”. Cambiar de modelo como de camiseta. Como si estos ocho años fueran suficientes para modificar los casi treinta años de neoliberalismo destructor. Es como decir, “bueno, ya está, ahora que continúe otro”. ¿Quién mejor que los que instauraron esta transformación para profundizarla?, pregunto casi con ingenuidad. En fin, una zoncera que no tiene sustento.
Regalaron jubilaciones: esta es una zoncera que se escucha desde que Kirchner extendió los beneficios a aquéllos que por múltiples razones habían quedado fuera del sistema previsional. Y una extensión de esa zoncera: si no estuvieran esos nuevos jubilados, los haberes serían más altos. En muchos casos, las personas que no recibían ningún ingreso y estaban en edad de jubilarse no habían hecho aportes no por avidez acumulativa, ni por especulación ni porque giraron fondos a bancos extranjeros. Muchos trabajaban de manera informal o los patrones se comieron los aportes. Inclusión significa incluir y eso es un gesto solidario que debemos aceptar con orgullo.
Zoncera de honor: el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires dijo hace algunas semanas en un programa de TN que estábamos peor que en 2003. Los periodistas (¿?) que lo entrevistaban lo dejaron descolocado ante tamaña estupidez. La zoncera está en que no se puede ser candidato a nada si se desconoce la realidad, si se la niega. Decir que estamos peor que hace ocho años no es una cuestión de opinión, sino de necedad, para no usar calificativos que exceden el lenguaje profesional.
Y la última que se me ocurre por ahora es la descalificación que se utiliza cuando uno expresa su apoyo al actual modelo: Ah, sos “oficialista”. Es como un insulto, como una mancha, como la pertenencia al bando incorrecto. Parece que el compromiso y la aceptación de algo que es bueno para todos está atravesado por los síntomas de una enfermedad incurable. O peor: como si uno recibiera un abultado sobre por estar de acuerdo con el primer gobierno con el que se debe estar de acuerdo. 
Este ha sido el modesto aporte de Apuntes discontinuos  para desterrar las zonceras que tanto daño hacen. En breve, puede ser que encuentre más.

1 comentario:

  1. La zoncera más grande es votar con la camiseta puesta y pensar que el acto electoral es un partido de futbol donde lo más importante es que gane tu equipo, desconociendo logros y errores del partido gobernante. Somos muy inmaduros aún.

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