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martes, 5 de julio de 2011

El antes y el ahora de la información

Para los que estamos cerca del medio siglo, no será difícil evocar aquellos tiempos en que el acceso a la información se reducía a unos pocos medios. Unos cuantos canales abiertos de televisión, algunas radios AM, unas revistas y diarios y no mucho más. Aunque los jóvenes no puedan creerlo los ciudadanos nos informábamos a través de una cantidad de medios que podían contarse con los dedos de las manos. Entonces –estoy hablando  los años de la dictadura- era fácil controlar el flujo de la información; era muy sencillo distraer al público o engañarlo con espejitos de colores; no había que ser un experto en estrategias comunicativas para imponer una idea porque la censura del régimen impedía que se filtrara cualquier tipo de discurso disidente. De esa manera, el público podía ser convencido de cualquier cosa, de la campaña antiargentina, de la locura de las Madres de Plaza de Mayo, del peligro subversivo. Era muy difícil –y hasta arriesgado- encontrar información que mostrara una realidad diferente y peor aún, difundirla.
De esta manera, la construcción de la agenda informativa se basaba en la tapa de algunos diarios y la replicación por la sucesiva cadena de medios controlados. La “realidad” emergía fácilmente ante la percepción del público y no existía manera de construir una mirada alternativa que alcanzara una modesta repercusión. Ocultar, manipular, tergiversar, mentir era la práctica corriente de muchos medios de comunicación, algunos por controles y presiones, otros por miserable complicidad. No era necesario “creer” en los medios porque su veracidad no estaba en discusión, al menos para el grueso del público. Tampoco había muchas posibilidades de contrastar la información porque, como ya se dijo, el número de medios de información era limitado y todos estaban bajo el férreo control de los dictadores y sus inspiradores civiles.
La conjunción entre una dictadura atroz y una cadena de medios sometidos a una disciplina informativa estricta logró conformar un sentido común que dominó durante algunos años la sociedad argentina. Pero eso se hizo realidad bajo la fuerza de las armas y del miedo.
Después de la recuperación de la democracia y los intentos de Alfonsín –tibios, por cierto- de darle otro estatus a los medios de comunicación, vinieron los noventa. Ahí no había armas ni miedo: había dinero. Y los grandes medios actuaron en consecuencia distribuyendo en sus contenidos toda la superficialidad posible, la mayor vanalidad que un ser humano puede soportar. Casi todos se pusieron en sintonía con la despolitización de la ciudadanía, con la exaltación del individualismo, con la divinización del dinero, con el abandono de toda forma de solidaridad. Y no existían las amenazas sino que gobernaban los intereses. De unos pocos, por supuesto.
A mediados de esta década, una importante transformación se estaba operando en el sistema de medios de comunicación y con mucha lentitud, iba conformando un nuevo tipo de público. Los sistemas de TV por cable y satelital –que habían comenzado a aparecer a mediados de los ochenta- reforzaron su presencia  para ofrecer opciones diferentes de entretenimiento e información, para los que podían pagar el abono, claro. Pero esto empezó a socavar la idea de masividad: al menos una parte del público podía acceder a un consumo diferente. También en esa década, comenzó a hacer pie en nuestro país internet, aunque su incorporación al consumo habitual de medios ocurrirá unos años después.
El 2001 es un quiebre. No hay que dudarlo. Es una frontera que como sociedad traspasamos pero no hay que considerarla sólo una línea, un momento aislado de nuestra historia. La crisis del 2001 no fue un accidente, sino un resultado. Y caímos tan bajo, nos sentimos tan derrotados, la sensación de fracaso era tan extendida que nos parecía imposible volver a ser “algo” en un mapa. Los mensajes mediáticos contribuyeron mucho a la desintegración de la sociedad y la percepción negativa hacia nuestro país. Cuando mostraban conciudadanos que había tomado la decisión de comenzar su vida en otro lado, lo hacían para despertar la envidia de quienes no podían emigrar. Con cinismo e impunidad construyeron la imagen de un país que los estaba echando. Los que quedaban parecían cautivos o rehenes en las frías pantallas. Todavía era fácil construir realidad desde la redacción de un medio, pues los cuestionamientos de su accionar se reducían a las cátedras de las carreras de Periodismo o Comunicación social.
Hoy el ciudadano tiene muchas herramientas para ser diferente en comparación con los períodos anteriores. Tenemos a nuestra disposición una infinidad de medios que permiten cotejar, completar, desmentir la información que recibimos de los medios hegemónicos. Además, está instalada y difundida la idea de que la función informativa de muchos canales, diarios y revistas está condicionada –casi diría, orientada- por los intereses políticos y económicos de sus propietarios. Finalmente, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual contribuyó a tomar como bandera la democratización y difusión de la palabra.
Resta decir, por si no lo saben, que la información es un derecho. Tenemos derecho a informar y ser informados más allá de la propiedad privada de los medios comerciales, que casi siempre nos privan de la información que se contrapone con sus intereses. Parece mentira que todavía el ocultamiento de la información condicione la percepción de la realidad de muchos habitantes de nuestro querido país. Por supuesto, no queda dentro de esa caracterización a los que no tienen acceso a TV por cable ni satelital, ni a internet ni a diarios y revistas; aquéllos que sólo pueden “informarse” a través de algunos canales abiertos y alguna radio masiva. Para estos, paciencia, pues la aplicación de la Ley de Medios va avanzando lentamente. Para los primeros, los que, a pesar de tener acceso a la variedad informativa a través de la infinidad de medios que tienen a su alcance, aún siguen percibiendo la realidad condicionada desde ciertos medios hegemónicos, no debe haber piedad en las críticas. Si bien la información es un derecho, como antes se dijo, también es una obligación si se quiere construir un país en serio, inclusivo y solidario. Y es una voluntad, necesaria para alcanzar a ser un ciudadano que debe tomar decisiones todos los días.


1 comentario:

  1. Información es un conjunto de datos siendo, por ende, el dato la unidad informativa. Si un dato es erróneo toda la cadena que constituye la información es errónea. Es por eso fácil trasgiversar la información, solo basta falsear un dato de la cadena que la forma. Un dato es más o menos manipulable en relación al ente que lo recibe. Un dato se valida si se lo coteja, si se lo confronta con la realidad. Si nos abstraemos de la realidad somos idiotas y
    si durante tantos años y años fue tan fácil la manipulación... Saquen sus propias conclusiones.

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