martes, 27 de septiembre de 2011

Recta final con pocos corredores

Aunque parezca mentira, ya estamos a punto de entrar en la recta final de la campaña electoral más larga y más extraña de nuestra historia. La más larga porque comenzó allá por marzo de 2008 con el conflicto entre el Gobierno Nacional y los productores agropecuarios. En ese momento, soñaban con tener a Cobos como inquilino de la Casa Rosada. Cada uno de los opositores pregonaba, descalificaba, insultaba, proponía, amenazaba como si fueran dueños de la voluntad popular. Claro, el decreto de las retenciones móviles significaba un atropello de la plebe para con los patricios de la oligarquía nacional. Y como dueños de la verdad absoluta, acostumbrados a marcar el ritmo del relato, enceguecidos por la propiedad del discurso único, comenzaron a jugar con los símbolos. Y como malos intelectuales que son, les salió mal. Quisieron ser El Campo, La Tradición, La Cultura, El País. No les dio el cuero. A pesar de que el Gobierno Nacional parecía derrotado, siguió adelante. Avanzó para desmantelar la coraza que los protegía: la ausencia de política. Mientras los patricios seguían embarrando la cancha, los representantes legítimos la politizaron. Poco a poco comenzaron a llenar de política a los argentinos, destruyeron viejos símbolos y presentaron otros nuevos y lo que parecía imposible lo hicieron concreto.
Y por eso estamos comenzando una campaña electoral extraña. Desde el retorno a la democracia, es la primera vez que no se vota en medio de una crisis; que se vota por un modelo; que se vota convencido de que hay mucho más para hacer; que se sabe con certeza que el porvenir será mucho mejor. Y los más extraño es que hasta los opositores están convencidos de eso y apenas logran disimularlo. En definitiva, son opositores y deben mostrarse como tales, aunque ni ellos se la crean. Como opositores que son tienen que resistirse, aunque ya no sepan cómo. No advierten que de esa manera están cada vez más solos. No se dan cuenta de lo patéticos que resultan. No todos son así. El otrora anestesista y actual gobernador de la invencible Santa Fe, Hermes Binner, aceptó la realidad y estas elecciones –según él- servirán para posicionarse de cara al 2015, cuando supere los setenta años. De cualquier modo, seguramente no será capaz de resistir los embates de las corporaciones económicas ni de los sectores financieros. Tampoco hará oídos sordos a los cantos de sirena que susurran la necesidad de achicar el gasto público, de hacer ajustes, de disminuir la influencia del Estado en la vida económica de nuestro país. Como no es muy político, para garantizar la gobernabilidad deberá abandonar poco a poco la política en beneficio de Su Majestad, La Economía. Y el Alberto, que es incomprensible, extemporáneo, increíble en el contexto actual. Con cumbias y propuestas desideologizadas, parece un candidato escapado de un lugar mágico.
Los otros políticos de la oposición –Duhalde, Alfonsín, Carrió- parecen no encontrar el rumbo (Perdón, separo a Elisa Carrió del trío porque no sé en qué está la Coalición Cívica en este momento, en qué lugar del globo estará estallando en mil pedazos. Ahora, sigamos). Lo único que hacen es responder a una agenda no-política dispuesta en bandeja descartable por los medios en-otros-tiempos-hegemónicos y ahora con dominio decadente. Agitan fantasmas que no existen, anuncian catástrofes que no llegan, denuncian fraudes que no son tales. Se podría decir que se “carriotizaron” (¿será por eso que Carrió no nos hace falta?). Estos políticos opositores ya se saben derrotados y por eso tiran tarascones como perros ciegos. Están así porque abandonaron la política hace rato. No se puede hacer política sin construir. No saben construir porque abandonaron la política. O viceversa. Representan una negación de la necesidad de construcción. Sólo prometen y amenazan; denuncian y rezongan; farfullan incoherencias alucinantes. Y la mayor parte de los votantes entendió que eso no es hacer política, que por ese camino no se llega a ningún lado. O sí, se llega, pero nadie merece llegar a lados como ésos. Ya lo comprobamos una década atrás, y no nos gustó. Por eso estamos acá.
Además de la incapacidad para la construcción, la falta de política se deja ver cuando cuestionan la hegemonía del gobierno nacional. Cuando decían que el ex presidente Néstor Kirchner estaba “enfermo de poder” estaban demostrando ese desconocimiento, en los muchos sentidos posibles de este término. O cuando afirman sin ponerse tan colorados como Carrió (ya me preocupa su ausencia, hay que hacer algo) que no es conveniente darle todo el poder a la Presidenta, que hay que garantizar el equilibrio de poderes y otras sandeces por el estilo. ¿O acaso un político no se somete a la voluntad popular para tener una evidencia palpable del traspaso del poder soberano del pueblo? ¿O no consiste en eso la representatividad? Un político no puede negar la necesidad de poder, porque es eso lo que garantiza la gobernabilidad, es decir, aplicar el programa o modelo que se quiere llevar adelante. De eso se trata gobernar, de eso se trata la política. De tener una potestad de acción sobre la realidad de un país.
Y para todo esto hay que ser políticos, actuar como políticos y pensar como políticos. Proponer, gobernar, gestionar. Y eso hace que estas elecciones resulten tan extrañas. Y tan desproporcionadas a menos de un mes. Una Presidenta que sabe ser política ante un grupo desarmado que se niega a hacer tal cosa. Por eso estas elecciones son extrañas y también, maravillosas.

1 comentario:

  1. Si hablamos de poder para construir un modelo, además de Cristina, hay que hablar de Menem, (con perdón de la palabra) que si supo como conseguir poder (electoral y del otro) para llevar al país a la ruina. No se como perdonarme el haberlo votado dos veces. Pero en lo actual, si hablamos de haber perdido el rumbo y caer en el delirio, y hablo de los "oproccitores" ( no es un error de tipeo, es que cuando los veo y los oigo, no se porque, mi mente vuela hacia la proctología) Junior es un excelente exponente ya que se compara con Mandela, Kénedy...¡Y hasta con Perón!. Digo yo, ¿a cuantos radicales este discurso les provoca acidez o intensas diarreas?. ¿A ninguno?. Entonces ya no quedan radicales.

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