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jueves, 20 de octubre de 2011

Los unos y los otros

Algunos dicen que la historia se repite, otros afirman lo contrario. Pero, cada tanto la historia se recicla. Esto significa que aunque los escenarios, los protagonistas, los tiempos sean distintos, algo conserva de momentos anteriores. En ese sentido, nuestro presente parece exhibir de forma reciclada una clásica dicotomía: civilización y barbarie. Todavía existen los civilizados que se espantan ante los bárbaros. Y si no qué mejor que revisar algunos de los nuevos spots de campaña del candidato presidencial por la UDESO, Ricardo Alfonsín. Él es el civilizado que se dirige a otros civilizados para conseguir apoyo para frenar a los in-civilizados que seguramente ganarán las elecciones. Los bárbaros hacen lo que quieren en el país que es para mis hijos y mis nietos civilizados. En ningún momento el candidato se plantea que ese país también es de los que votarán por amplia mayoría a la fórmula que quieren en el gobierno. Los “bárbaros” que votan a Cristina permitirán que “ella y su partido” hagan lo que quieran con el país, que es para los hijos y nietos del ‘nosotros civilizados’, no de los hijos y nietos cristinistas. Los bárbaros, sus hijos y sus nietos no merecen ningún país, ni siquiera sus restos. Los bárbaros avasallan el Congreso, abusan de los DNU, hacen clientelismo, futbolean para todos, des-institucionalizan las instituciones, corrompen a los incorruptos, controlan los medios, militan y no hacen periodismo, sino propaganda pagada por el Estado… Los civilizados quieren un país serio en el que lluevan las inversiones extranjeras, las que vienen de países civilizados -aunque estén a punto de estallar- no este país donde la barbarie mayoritaria los espanta. Y la barbarie espanta porque no permite que los capitales extranjeros vengan a hacer lo que quieran en el país. No, la barbarie quiere controlar las inversiones con leyes, impuestos, exigencias y condicionamientos, con buenos salarios para los trabajadores y protección del medio ambiente. Los civilizados añoran los tiempos en que reinaba la ‘barbarie civilizada’ neoliberal, la del menemismo. La civilización de Alfonsín propone la barbarie neoliberal, la que explotó en el 2001 y se está asomando en algunos países del llamado primer mundo.
El otro civilizado es el candidato por el FAP, Hermes Binner, que promete un progresismo controlado, neutro, sin conflicto. ¿Cómo solucionar el problema de la exclusión sin enfrentar conflictos con los que la generan? ¿Cómo atenuar la desigualdad si los que desigualan no quieren igualar aunque sea un poco? ¿Por qué llamar progresismo a lo que es el modelo del derrame con el grifo un poco más abierto?
Y en el caso del animador de fiestas infantiles, Alberto Rodríguez Saá, que promete casas, wi-fi gratuito en todo el país, clases de coro, ciudades sin villas desde la pura magia de su sonrisa publicitaria. ¿Cómo hará para extender la promoción industrial de la que goza San Luis a todo el territorio nacional? ¿Cómo concretará todo eso sin generar conflictos o al menos rispideces en los sectores concentrados de nuestra economía? Pero el doctor Grondona adora este populismo civilizado de El Alberto, porque tiene mucho de magia y poco de enfrentamientos y divisiones.
También es civilizado –aunque demasiado- Eduardo Duhalde, con ese ejército de extras que hacen de sus votantes y que bajo amenaza pronuncian un temeroso “yo lo voto”. Ahora no saben cómo volver al mundo real después de haber expuesto sus rostros en esos spots. Hasta el pobre perrito se siente excluido de sus cánidos pares. El ex presidente de prepo nos invita a un nuevo país: Adelante. Interesante palabra, casi parece una orden militar. Apenas si sugiere la idea del futuro porque en esa casi orden lo importante es marchar, sin importar hacia dónde. No es progresar, sino simplemente ir, pasando por encima de cualquier cosa que se interponga. Entonces aparece la idea de la unión, varias veces explicada en este espacio. La unión es civilizada porque es un pegoteo que esconde los conflictos y las diferencias. Por eso es hipócrita. Y es demagoga porque es uno el que une a todos de acuerdo a su poder y a las condiciones que imponga para esa unión. En cambio la unidad es bárbara porque enfrenta los conflictos y los supera; porque es honesta al tomar una posición y declarar de qué lado está; y es popular porque todos participan y contribuyen en la construcción de esa unidad.
Pero lo que más molesta a los civilizados –a todos- es que los bárbaros quieran apropiarse del discurso, que quieran destronar al discurso que dominó durante más de treinta años nuestro sentido común. Por eso los civilizados denuncian que la Ley de Servicios Audiovisuales es un atentado a la libertad de expresión. Por eso los periodistas civilizados se sienten perseguidos, porque los bárbaros han dejado de admirarlos y sobre todo, de escucharlos y obedecerlos. Peor aún, los in-civilizados se atreven a desmentir sus dichos. Los bárbaros erigen monumentos, estatuas, nombran calles con los personajes que han elegido como referentes. Hasta osan dudar de la historia narrada por el padre de todos los relatos y fundador de la tribuna de doctrina, don Bartolomé Mitre. Los civilizados están al borde de un ataque de nervios porque los bárbaros osan meter sus patas en cualquier tipo de fuente.
Mientras el ex anestesista Hermes Binner adormece a sus seguidores en el mini estadio de Ferro, Cristina presenta su barbarie en el teatro Coliseo. Vengativa, confrontativa, desafiante, mentirosa, impetuosa, irrespetuosa amenaza con apoderarse del país. Su mensaje cargado de odio y rencor genera violencia en los jóvenes bárbaros que la siguen, la escuchan, la aplauden y admiran. Cristina es autoritaria y malgasta el dinero de la gente, sobornando a las pibitas para que se embaracen por platita, Miguel Del Sel dixit.
Pero por fuera de la mente enferma de los civilizados, CFK es otra cosa. El mundo real de Cristina no necesita actores temerosos a las órdenes de El Padrino. Los spots televisivos del FPV cuentan historias de personas reales que transforman su vida y recuperan la autoestima. Cuentan historias de ciudadanos (bárbaros también) cuya fuerza se integra a la fuerza de un país (muchísimos bárbaros que despliegan su barbarie con banderas y cánticos bárbaros). Muestran la historia de una científica repatriada y una nieta recuperada que no juega a ser una adolescente rebelde como Victoria Donda, sino que esta Victoria es Montenegro, más dulce, serena, amable y aunque esté del lado de la barbarie es menos agresiva que la otra Victoria, la civilizada. Los bárbaros de Cristina son políticos y no técnicos, como los colaboradores que promete Binner, más civilizado, por supuesto.
Los civilizados no son tantos en realidad, pero muchos los siguen por temor a los bárbaros porque no los conocen y queda mal identificarse con ellos. Los bárbaros son bárbaros, en todo sentido. Y por eso, aunque los civilizados digan lo que digan, el domingo se viene el malón. Y no hay ‘roca’ que lo frene.

2 comentarios:

  1. Hoy, la Morandini (la vice de Binner), en un descuido que pintó en El Anestesista una mueca de alarma y fastido, en el programa de Feldman, dijo textualmente: "Vamos a lograr que la ayuda a la gente necesitada llegue a travez del trabajo y la producción y no en forma de "DÁDIVAS QUE COMPRAN ALMAS Y VOTOS". No pudo esconder su naturaleza oligarca y "CIVILIZADA". Quien cobre un subsidio ya sabe a quien no votar

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