domingo, 18 de diciembre de 2011

2001: el big bang criollo

No es demasiado original afirmar que diciembre de 2001 significa en el imaginario la peor crisis de que se tenga memoria. En los números, también. Este Apunte tendrá como objetivo contar algo de esa historia y también compartir las impresiones que este ignoto profesor de provincias pudo recoger de esos dramáticos días y las reflexiones actuales sobre lo que sucedió. Cabe aclarar que en aquellos tiempos no se tenían muy en claro los motivos de la crisis que se avecinaba. En pleno neoliberalismo no se podía advertir por qué el agua –para no abusar de la escatología- se estaba aproximando al cuello. De la Rúa no había sido votado por la mayoría para cambiar las reglas del juego, sino para terminar con la macabra fiesta de corrupción y derroche que había instalado el populismo menemista. Porque aquello sí era populismo, pues las autoridades se exponían ante la opinión pública disfrutando de manera bestial las imposibilidades de la mayoría: riqueza, mujeres, deportes, festicholas. Era como la proyección promiscua de un deseo superficial y machista. La mayoría pensaba que con menos corrupción el país andaría mejor. Pero no. De tropiezo en tropiezo. De error en error. La especulación financiera es un vampiro que absorbe hasta la última gota de sangre, sólo para pedir más; es un monstruo que devora hasta las últimas migajas y después pide otro plato; es desaforado y brutal, ciego y destructivo, un carroñero ávido e insaciable. Y si la política está ausente, traspasa todos los límites éticos. Ni la vida perdona.
En aquel entonces era muy difícil imaginar una Argentina mejor. Nuestro país era “este país” como un mecanismo de defensa, como un grito desesperado, como una renuncia a toda pertenencia y responsabilidad. Cualquier país era mejor y de “éste” no se podía esperar nada. Tampoco podíamos hacer nada por él, más que abandonarlo. Porque ni siquiera nosotros servíamos, de tan degradados que estábamos, con la autoestima por el suelo. Un poquito de orgullo sentimos cuando encarcelaron a Menem, aunque haya sido en la casa quinta de su amigo Gostanián. Allí seguía de fiesta, pero en cana. Por lo menos no podía salir y para la mayoría, eso era suficiente. Y tan suficiente era, que parecía una luz de esperanza para enderezar las cosas. Pero no. Ni como símbolo sirvió. El monstruo quería más. Y el siervo que oficiaba de presidente, continuaba sirviendo la mesa del festín. Cambiaba las figuritas en los ministerios para conformar a la bestia, no para buscar el bienestar de los ciudadanos. Todos eran tecnócratas obedientes. O peor aún, cómplices. El incremento del desempleo, el aumento del número de pobres, la caída del consumo interno no eran señales de deterioro para la clase política ausente sin aviso. Para los ciudadanos, sí, pero no sabíamos hacia qué lado mirar. Cualquier opinión contraria a lo que se estaba haciendo –hundir cada vez más un país inhundible- era desestimada por contener la ideología que había quedado sepultada en el famoso derrumbe de Berlín, en el que parece que nada tuvo que ver el Jefe de Gobierno porteño, aunque siga sosteniendo ese no-pensamiento.
“La única salida es Ezeiza”, decían los derrotados que se podían ir. “Soldado que huye sirve para otra guerra”, decían también. “El último que apague la luz” circulaba como broma pesadísima. “Parecemos cautivos” clamaban los que no podían escapar. “Las ratas son las primeras que abandonan el barco que se hunde” sentenciaban los que resistían pero, en el fondo, los envidiaban. “Nadie me va a echar de mi país” declaraban unos pocos valientes. Los canales de televisión mostraban conmovedoras entrevistas a los migrantes que, con indignación, impotencia y congoja, se tragaban las lágrimas mientras trepaban al avión. Muchos de esos canales eran cómplices y beneficiarios de ese monstruo que estaba destruyendo millones de vidas, esos que hoy se rasgan las vestiduras en defensa de la libertad de expresión cuando las autoridades democráticas quieren limitar sus cuantiosos privilegios. En aquellos tiempos no establecíamos esas relaciones. Si apenas nos bastaba con sobrevivir.
Ante la crisis que se avecinaba, el equilibrado presidente convocó a Cavallo para terminar de pisotear con sus cascos desempolvados y brillosos nuestra dignidad ya largamente pisoteada, para entregar el último bocado a la bestia siempre hambrienta. Con una fingida mueca de resignación, que escondía su sonrisa satánica, este hacedor de calamidades anunciaba ajustes y recortes a los sectores que no habían disfrutado de ninguna fiesta. Y a principios de diciembre, nos acorraló. Privó a la población bancarizada de su dinero. Porque no sólo se apropió de los ahorros, sino también de los sueldos, que se podían extraer en incómodas e insuficientes cuotas semanales. Castigó a los ciudadanos por la avidez de los carroñeros. Para calmarlos, debía darles más. Y mientras más recibían, más angurrientos resultaban.
Y después vino la explosión, el hartazgo, el ‘basta’ que cada tanto sale de los pueblos que se saben dominados. Un ‘basta’ que no involucraba sólo a De la Rúa, el experto en huídas. Porque aunque no estaba tan claro en la calle, en cierta forma se sabía que el presidente volátil no tenía la suficiente capacidad para provocar él solito tanto daño. La crisis era un resultado, no un principio. Que no supo anticiparla y menos aún resolverla, es sabido. Que no la había comenzado, también. Pero lo que sí hizo es ponerle un macabro broche de oro como adorno a tanta entrega. A la distancia –y por el absurdo- sin De la Rúa que nos empujó hasta el fondo con su torpeza e indefinición política, la sangría –en dosis no desaforadas- hubiera continuado eternamente. Con De la Rúa y Cavallo quebramos como nunca. Y también nos enojamos.
La frase “que se vayan todos” marca el extremo de ese hartazgo; y también de la incomprensión. Incomprensión que se trasladó a las autoridades que, después de probar unas cuantas fórmulas de rigor -como la represión, el estado de sitio, el homicidio- tomaron al pie de la letra el mandato popular y lisa y llanamente, se fueron. En realidad, nos abandonaron en el peor momento y nos dejaron de la peor manera.
Diez años apenas. Y hoy las cosas son tan diferentes. Ya no se piensa sólo en sobrevivir, sino en reparto de ganancias, incremento de vacaciones y aumento de salarios. La desocupación es de un dígito y el trabajador va recuperando derechos y dignidad. Está por terminar este año –muy bueno en muchos sentidos- y todos confían en que el próximo será mejor. Parece lejana la premura por dejar atrás un año pésimo en espera de uno menos cruento. Desde hace un tiempo sabemos que cada vez estamos mejor y seguiremos así mientras no nos desviemos del sendero solidario y colectivo que estamos transitando.
Para alejarnos aún más de los agitados y terribles días de diciembre de 2001 –el big bang criollo- quedan algunos pasos pendientes, como la Ley Penal Tributaria –“traje a raya para los evasores”, como decía Kirchner-, con media sanción en Diputados y la Ley de Servicios Financieros. Esta última reemplazaría a la norma de la dictadura conocida como Ley de Entidades Financieras, que es la que permitió el drenaje de nuestras divisas por más de 30 años. Uno de los proyectos propone convertir a los bancos en instrumentos del desarrollo para dejar de ser un arma para la especulación. Que el sistema financiero sea un servicio y no un drenaje. Otra ley que tiene media sanción es el Nuevo Estatuto del Peón Rural, largamente resistida por las entidades patronales y –pedazo de paradoja- por el sindicato que representa a los trabajadores del campo.
La democracia, recién ahora, se toma el trabajo de corregir esas distorsiones, dicho con elegancia. Lo mismo pasó con la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la que se aprobó en Diputados para considerar la fabricación de papel para diarios una actividad de interés público y no un arsenal de ventajas para sus accionistas mayoritarios. A través de la empresa Papel Prensa –obtenida de manera irregular y con delitos de lesa humanidad de por medio- Clarín y La Nación “se venden” el papel a precio privilegiado, estafando de esta manera al Estado, también socio, y desfinanciando a diarios y periódicos que deben comprar más caro el papel y en cantidades dosificadas.
En diciembre de 1983, el recién asumido presidente Raúl Alfonsín declaraba que la democracia bastaba para reparar las injusticias de la dictadura que el país despedía para siempre. Pero eso no basta. En los años que siguieron hasta el 2001 la democracia fue un simulacro y los políticos simulaban ser demócratas, aunque en realidad eran los mozos del festín de los poderes fácticos. La explosión del 2001 no se puede comprender si no se rastrea el origen del neoliberalismo en nuestro país: el 24 de marzo de 1976 o unos meses antes, tal vez. Entonces empieza la sangría y los actores políticos en democracia no pudieron frenarla sino que contribuyeron a incrementar el drenaje.
Algunos dicen que no hay que mirar el pasado, sino el futuro. No conviene escucharlos pues sus voces son cantos de sirena que producen desvíos destructivos. Y muchos dicen eso por complicidad y algo de nostalgia. Para andar con paso firme hay que saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. Son condiciones para mantener un rumbo que nos aleje para siempre de todas esas pesadillas.

1 comentario:

  1. ¡Que tiempos esos! Por suerte (?) por edad recién empecé a tener conciencia de lo social y lo político en tiempos de Kirchner... Pero leo. Y veo el país que tenemos hoy. Y no me como los mocos como otros que siguen ciegos a los avances que se dan desde el 2003 en este país.

    Si no la leíste deberías leer lo que hoy escribió en Página 12 Adriana Meyer sobre la represión de estos días hace 10 años.

    En estos días voy a estar publicando algo en mi blog (ya lo hice ayer pero lo leíste ya). Fijáte que al link que pusiste acá para llevarte a mi blog falta un punto entre "sur" y "blogspot" y sobre un "-"!

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