lunes, 30 de mayo de 2011

¿Para qué están los medios de comunicación?

Seguimos con Beatriz Sarlo. La semana pasada, la ensayista y crítica literaria afirmó en su participación en 678 que la influencia de los medios en la sociedad había dejado de estudiarse cuarenta años atrás. Al calor de la discusión en terreno enemigo, es probable que la académica se haya envalentonado y en un exceso de portación de apellido puede haber esgrimido tal falacia. En primer lugar, la influencia de los medios en la sociedad nunca ha dejado de estudiarse, porque los medios siguen siendo consumidos por los integrantes del tejido social. En segundo lugar, si lo que quiso decir es que los medios ya no tienen influencia en los individuos, estamos ante un error grande como una cadena televisiva, para usar una comparación acorde.
Si los medios no influyen en sus consumidores, ¿para qué se invierten entonces millones y millones en mejorar y garantizar la llegada de infinidad de medios de comunicación?
Por supuesto que la relación entre los medios de comunicación y sus usuarios no se estudia de la misma manera que cuarenta años atrás. Ni los medios ni los usuarios son los mismos. Cuarenta años atrás podía trabajarse con la idea de la manipulación porque los medios eran verticalistas y no había nada que rompiera esa verticalidad. Sólo existía la TV abierta, las radios AM, diarios y revistas y el cine. Hoy hay muchos medios que incorporan la interactividad, desde el viejo vhs hasta el moderno reproductor de discos blu ray. Ni hablar de internet que no sólo es interactivo, democrático sino que es horizontal.
El consumo de los medios ha variado, pero no la influencia que tiene en la sociedad. Que es diferente nadie lo duda, pero que la influencia y el poder continúan, es indiscutible.
Desde el principio de los tiempos, cuando aparecieron los primeros periódicos, el público comenzó a enterarse de cosas que excedían la experiencia inmediata y cotidiana. Es decir, el consumidor de los primeros medios se enteraba de cosas que no podía enterarse a través de su experiencia directa. Y eso no ha cambiado. Esa es la esencia de los medios, incorporar aquello que por nuestra calidad de seres situados en un solo tiempo y lugar a la vez no podemos incorporar. Seguramente no hayamos viajado jamás a Egipto, por poner un ejemplo lejano, pero sabemos qué son y cómo son las pirámides. Y eso nos llega por películas, fotos, documentales, relatos y demás medios. Conocemos infinidad de cosas a través de la acción de lo mediático. Excedemos los límites de nuestro propio cuerpo por la influencia de los medios. Si elimináramos esa influencia, estaríamos limitados a nuestro conocimiento directo de las cosas. Y limitados en serio.
Lo que ha cambiado desde hace cuarenta años hasta ahora es la variedad de los medios con que nos relacionamos con el mundo. Ahora tenemos a nuestra disposición la posibilidad de cotejar la información, de completar, de elegir sentados cómodamente ante nuestro ordenador. Pero seguimos atados a ellos para conformar nuestra realidad, o mejor dicho, para completarla y ampliarla.
Podemos extender esas fronteras gracias a la posibilidad de acceso y nuestra intención de movernos hacia esa realidad, que siempre será mediática. Armamos nuestra estrategia de conocimiento con una serie de medios en los que confiamos, que sentimos cercanos, que consideramos afines a nuestras ideas. De esa manera construimos eso que llamamos realidad.
En todo esto hace ruido un conjunto de palabras como verdad, mentira, objetividad, manipulación, subjetividad, tergiversación, error, intencionalidad entre muchas otras. Empecemos por la más manipulada en la historia de los medios en su aspecto informativo: la objetividad. En principio, la objetividad es la descripción de un hecho tal como es. Desde esta definición, ya se ve la presión que tiene sobre sí el periodista que tiene que construir una noticia. Cuando llega al lugar del hecho, éste ya ocurrió. Es por eso que tiene que recurrir a la reconstrucción de ese hecho a partir de testimonios, datos, huellas y otras estrategias más. Es la mirada del sujeto lo que reconstruye el hecho, que está muy lejos de ser ya objetivo. Después viene la construcción del relato de ese hecho, que es la noticia. Entonces, ¿cómo podemos ser tan necios de exigir que la noticia sea objetiva o hablar sueltos de cuerpo de la objetividad de los medios? Debemos confiar en la subjetividad honesta.
Cuanto mucho, podemos exigir a los medios que no mientan, lo que significa que no cuenten lo contrario de lo que saben. Que no tergiversen, que no manipulen, que no operen con malintención para conducir al usuario a tener una idea errónea de los hechos.
Por supuesto que hay mucho que decir de este tema. Comencé con algunos dichos falaces de Beatriz Sarlo y terminé hablando de la objetividad-subjetividad. Lo que sí está claro que, a pesar de las transformaciones, somos seres extendidos por lo mediático, constituidos en nuestra relación con los medios, y negar eso sería como negarnos a nosotros mismos. Pero en boca de Beatriz Sarlo parece haber otras intenciones. ¿No es cierto?

domingo, 29 de mayo de 2011

Un nuevo lugar para la política

El martes pasado, Beatriz Sarlo, en su participación en el programa 678, afirmó, sin mucho fundamento, que en nuestro país el setenta por ciento de la gente no discute sobre política. Esta afirmación podría haber sido válida hacia finales de los noventa o hasta los dos primeros años de este nuevo siglo. Parece posible que no haya actualizado los datos en los que basa su análisis, o que directamente no los tenga. La trayectoria intelectual avala que no tenga que rendir examen ante cada afirmación. O que se fundamente sólo en prejuicios. En los últimos tiempos podemos encontrar un fenómeno diferente.
Como nunca después de la vuelta a la democracia –a mediados de los ochenta- la discusión política nos atraviesa diariamente. Con profundidad o no, uno se cruza con debates políticos en lugares insospechados. En el colectivo, entre amigos, en las salidas nocturnas, entre jóvenes, mujeres, varones… Todos permitimos que la política aflore en nuestras conversaciones en cualquier momento y lugar. Hay una especie de ebullición que nos atraviesa a casi todos.
Uno que trabaja con jóvenes y adolescentes en el ámbito del aula, nota que sobre todo ellos preguntan sobre cuestiones del mundo político y realizan planteos que demuestran un interés profundo. Hablan de candidatos, comparten informaciones, presentan debate sobre temas actuales. Quince años atrás sólo sabían comentar sobre los chimentos de la farándula. Hoy discuten sobre el modelo de país.
Y también el consumo televisivo parece diferente. Muchos se muestran más informados, inquietos, más ávidos. No hay clase en la que no se destinen veinte o treinta minutos a intercambiar opiniones sobre diversos temas de la actualidad política. O en la que no se comenten contenidos informativos de los medios. O pregunten aspectos de nuestro pasado reciente.
Hay un  nuevo clima y eso no puede obviarse. El viernes a la mañana un grupo de estudiantes de la carrera de periodismo analizaba un afiche de campaña de Miguel del Sel. En él aparece una foto con la cara del candidato y al lado una leyenda grande que dice: “ahora sí, Miguel gobernador”. Abajo, con letras más chiquitas: “Santa Fe está para más”. Las conclusiones a las que llegaron los chicos superaron lo imaginable. La más hilarante la sugirió una chica, muy risueña, que exclamó “claro que Santa Fe está para más que un candidato así”.
También es auspiciosa la percepción que tienen del porvenir. Más allá de las posiciones ideológicas que pueden tener, ven un futuro en perspectiva. No aparece una nada frente a ellos. Y también ven un pasado, incorporan un pasado a su presente. Tienen otra necesidad de la historia. Y consideran que los actos patrios se transforman en actos políticos pero no por la intención de los organizadores, sino por acción de los asistentes.
En La Nación del jueves pasado, apareció el siguiente título, respecto al acto del 25 de mayo en CABA: “el 25 de mayo fue un acto kirchnerista” o algo así. Uno que lo vio por tele lo notó más o menos así. Las banderas que flameaban, además de las argentinas, eran de agrupaciones que apoyan abiertamente al gobierno nacional; había también fotos y dibujos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández. Pero no fue pensado como un acto político por sus organizadores. Por el escenario montado ante la Casa Rosada desfilaron cantantes y bailarines.  No hubo oradores, no hubo discursos, no hubo consignas ni candidatos, a diferencia del acto organizado por el gobierno de  Macri. Y el sapo Pepe no sugirió nada que pueda considerarse K. Eso corrió por cuenta del público que transformó un festejo patrio en una manifestación de apoyo al gobierno nacional. Y es indudable que se percibe una relación entre el momento económico, político, social y cultural que estamos viviendo con la recuperación del sentido de la palabra “patria”, de una nueva identificación con la idea de país.
Por eso, decir que la discusión política sólo interesa a un treinta por ciento de la población es negar lo que se ve a diario, por más que lo afirme una de las más brillantes pensadoras de las últimas décadas.

jueves, 26 de mayo de 2011

Beatriz Sarlo y el brillo que se opaca

Cuando me enteré que Beatriz Sarlo había confirmado su participación en 678 lamenté que se hiciera un martes, la única noche de la semana en que trabajo. Afortunadamente, el feriado del 25 me permitiría ver la repetición a las dos de la madrugada. Y entonces me preparé algunos litros de café para mantenerme despierto y presenciar, aunque ya grabado, semejante cotejo.
Las expectativas estaban justificadas: una intelectual de la altura de Beatriz Sarlo frente a un filósofo de la talla de Ricardo Forster y en el medio, Gabriel Mariotto como un militante que ilumina y el panel habitual del programa. Aunque Forster y Mariotto pusieron sobre la mesa la discusión política, Sarlo siempre escapó por la tangente. Como muchos de los que integran el arco anti-K, se preocupan más por las formas y de esa manera eluden hablar del modelo. Otra vez será.
Ante el primer informe –sobre el tratamiento de los medios hacia la crisis en España- lo previsible: la crítica hacia el formato de los informes. Y siempre, cuando alguno encara esa crítica, lo hace con indignación, como si la selección, la edición, la subjetividad y el compromiso puesto en juego alteraran el contenido de lo que se dice. Una tontería para aclarar. Cuando Galende hace la apertura del programa dice “un resumen crítico de lo que ocurre en los medios”. Desde el principio se aclara que no hay la mínima intención de objetividad. Un resumen crítico no puede ser –por esencia- objetivo. No voy a profundizar ahora en la cuestión de la objetividad porque daría para mucho, pero prometo abordar el tema en breve. Ahora bien, aunque un informe recurra a las herramientas propias del lenguaje televisivo y que no sea objetivo, no quiere decir que el informe mienta. Se puede ser subjetivo y no mentir.
Hace algunas semanas, en medios que no conforman el espectro dominante, aparecieron entrevistas realizadas a Beatriz Sarlo. En ellas afirma su posición crítica hacia 678 amparadas en el formato del programa, pero que esconde un trasfondo ideológico. Detrás de las críticas de forma se esconde un disgusto obvio hacia lo que ese programa defiende. “Yo escribí decenas de páginas sobre 678, por lo tanto tengo el deber intelectual y moral de debatir con ellos”, declara antes y después de asistir al programa. En esa frase hay una condescendencia intolerable. Consiente discutir hasta con niños de pecho. Pero no discute sino que elude, se disgusta, se incomoda como si le hubieran dado la peor silla y tolera estar rodeada de panelistas K con el mejor gesto de dignidad que pudo conseguir.
Forster y Sarlo son dos intelectuales antagónicos, pero hay una notable diferencia entre ellos. Forster se manifiesta a favor de algo con fuerza, con convicción, con calma; está seguro de lo que defiende y el terreno que pisa. Sarlo, en cambio, al estar nada más en contra, no puede defender nada. Sólo se opone y tira golpes a ciegas. De lo único que está convencida es que ha descendido un par de escalones para darse un gusto, para hacer punta, para ser la heroína de un combate “desigual”. Por eso afirma que prefiere “polemizar con personas inteligentes y que sepan bien de qué están hablando. No con personas aproximativas, más dominadas por sus gustos o sentimientos que por sus ideas”. Así se aleja del momento que se está viviendo, que estamos viviendo los argentinos, donde los sentimientos generan ideas y las ideas, sentimientos.
La presencia de Beatriz Sarlo podría definirse con una frase que ella misma pronunció en un cruce con Orlando Barone: “conmigo no, Barone”. Es tan fuerte esa oración que hasta Osvaldo Bazán la celebró como un triunfo de la oposición. Hasta se convirtió en remera. Ese “conmigo no, Barone” o cualquier otro apellido que queramos incorporar no demuestra otra cosa más que el carácter intocable de la diva intelectual. Hay una mezcla de advertencia y amenaza en esa expresión de soberbia. Su torre de cristal es irrompible para los mortales y sólo ella sabe cómo vulnerar sus transparentes muros.
En una de las entrevistas, Beatriz Sarlo admite que prefiere moverse por la ciudad en colectivo, porque eso le permite apreciar la vida social al natural. Sin embargo, manifiesta un desprecio por lo colectivo, salvo las manifestaciones de 678 facebook. Viaja en colectivo pero no la convencen las ideas abrazadas por el colectivo social. ¿Es posible algo así? ¿Cómo viajar en colectivo y no advertir el cambio en el gesto de las personas?
Beatriz Sarlo amaga encarar una discusión en serio, amaga con mezclarse con lo colectivo, amaga con hablar de política, amaga con ser una intelectual con ideas. Amaga, pero sólo eso.
















lunes, 23 de mayo de 2011

Devaneos por Tinelli

Hay algunas cosas que aclarar en la entrada de hoy. En primer lugar, el de la foto que aparece a la derecha de la pantalla no soy yo sino Oliver, mi gato. Unos seguidores pensaron que era un prodigio que un gato pensara las cosas que se vuelcan en este espacio, pero no. La dura realidad es que soy una persona que escribe en un blog y que adorna el inicio con la foto de su gato. Eso es todo.
Otra cosa que aclarar tiene que ver con el título de este texto. Voy a hablar de Tinelli. Y es necesario decir que no veo su programa, no me interesa, ni siquiera para criticarlo. Sólo veo fragmentos en programas de fragmentos y con eso basta. No me cae bien él ni cualquier cosa que haga. No lo vería ni con cuarenta grados de fiebre en una noche de invierno sin TV por cable. Es más, tampoco hablo de sus productos en mis clases de medios de comunicación. Es tan extremo el lugar que ocupa que ejercer la crítica es redundante.
Eso sí, no se puede negar que produce un impacto importante durante todo el ciclo y que da material para todos los programejos satélites y parásitos que perduran con las sobras de su rating.
Pero en esta semana se ha visto en algunos programas K, como TVR o en Duro de Domar que aparecen ciertas palabras conciliadoras hacia el fiel exponente de la banalidad de los noventa. Desde los números del rating (cuestionados y cuestionables) hasta los esfuerzos de producción realizados para la emisión de Show Match. También, y eso tiene que ver con “el espíritu de los tiempos”, desde la cantidad de gente que trabaja para su realización.
Por otro lado, aparece una especie de justificación que se relaciona con la capacidad de “Marcelo” para hacer lo que la gente quiere ver (¿?), con el carisma de su conductor, con el entretenimiento. Y el argumento más estúpido que puede presentar alguien que ejerce la crítica de medios que es que la gente, en definitiva, ve lo que quiere y si no le gusta puede cambiar de canal. Entonces, ¿para qué se aborda la crítica de productos mediáticos si se va a llegar a una conclusión tan sosa?
La crítica es el abordaje de un producto, la búsqueda del sentido, las condiciones de producción y de recepción, la lectura de su estructura interna, la función que cumple en el contexto mediático y el impacto y la necesariedad de sus contenidos. La crítica no significa censura ni prohibición, sino la construcción de un discurso nuevo. Además, la crítica es un derecho del espectador.
Entonces, abordemos la crítica de Tinelli y lo que eso significa. Hace años que viene haciendo lo mismo y la repetición año a año parece más la explotación meramente mercantil de un producto de éxito que la intención de aportar algo nuevo e interesante. No se propone otra cosa porque aprovecha económicamente un público en apariencia cautivo. Sus programas expresan lo más barato de las sensaciones humanas: el ojo masturbatorio del viejo baboso. En cada emisión hay una superficialidad exasperante, de music hall berreta, un griterío visual y sonoro que resulta humillante.
Cuando se habla de las condiciones de producción es cuando más me enojo. Con tantos recursos y tanta gente involucrada, la verdad que se podría hacer otra cosa, algo más jugado desde el punto de vista de la creatividad. Uno podría pensar que un programa así es necesario en la grilla televisiva porque aporta un entretenimiento cholulo para el televidente distraído, para ver en familia sin prestar demasiada atención. Pero, ¿todas las noches?¿No es un abuso?¿Un exceso?
Abordar la crítica desde el punto de vista del espectador produce más reparos, porque se teme ofender, insultar, coartar la libertad de elección y otros tantos prejuicios. Hay una especie de condescendencia demagógica a la hora de hablar de la persona que se sienta frente al televisor para ver Tinelli. Entonces, uno puede hacer una proyección e imaginarse viendo ese programa. La superficialidad que entorpece, la rutina casi laboral de lo que ocurre en la pantalla y lo poco que exige llega hasta extremos irrespetuosos. Entretener no es idiotizar. A la hora de elegir un producto televisivo lo importante es respetarse. Los momentos de ocio son una conquista del trabajador y al buscar la forma de ocuparlos deben ser valorados de esa manera. La explotación del ocio que significa Show Match es abusiva.
Cuando se habla de la nueva ley de ordenamiento de los medios audiovisuales se omite un aspecto importante. Generalmente se la llama ley de medios, pero en realidad es de servicios audiovisuales. Se deja de lado un sustantivo que es toda una definición. La palabra “servicio” pone en primer lugar el espíritu que debe primar en los medios de comunicación. Debe dejar de transformarse en un negocio para ser un servicio y todo servicio debe servir a la comunidad. Esos programas baratos que cuestan y recaudan mucho dinero no son un servicio, sino todo lo contrario. Muchos espectadores lo han entendido y castigan a los emisores que no se adaptan al momento que se está viviendo. Que Susana haya comenzado su ciclo con poco rating, que Mirtha no retorne con sus ya vencidos almuerzos, que Julián Weich traslade su “Justo a tiempo” a la hora de la siesta sugieren cambios interesantes. Todo esto demuestra que es el público el que quiere cambiar la televisión y que hay un sector de los televidentes que le quieren dar otro valor a su propio entretenimiento. Sueño con el día en que Tinelli y sus subproductos tengan que bajarse de la grilla televisiva o hacer sus negocios en un pequeño canal de cable. Soñar no cuesta nada.


domingo, 22 de mayo de 2011

El retorno a la realidad

Después de sus mini vacaciones, el autor de este blog regresa a la ya no tan cruda realidad. Mañana hay elecciones provinciales y es sólo un trámite. Cataratas del Iguazú es energizante. Para ser sinceros, cualquier escapada de la rutina lo es. Pero Cataratas es… impresionante. Siempre, por más que uno haya ido muchas veces, es diferente y transmite su magia, su belleza, su fuerza. Quien no ha ido todavía, no debe conformarse con fotos, videos, documentales o relatos. Hay que ir. Ahora, a trabajar.
España despierta y nuestro 2001 parece que es el inicio del camino. No digo que hacemos escuela. No pienso que los ciudadanos argentinos nos hemos convertido en una antorcha para la Humanidad. No somos iluminados ni iluminadores, pero hemos aprendido y sería bueno –es necesario-  que aquellos ciudadanos de otros países, excluidos, explotados, ajustados tengan en cuenta que un grito de hartazgo de vez en cuando puede salvar muchas vidas.
No es exagerado pensar que los últimos diez años de nuestra historia pueden  resultar bastante instructivos. En diciembre de 2001 tocamos fondo. Y en serio, como nunca antes. Parecía imposible volver a una vida normal. Estábamos desanimados, disgregados, descreídos, deprimidos. Nuestra autoestima estaba más allá de los suelos.
La sensación del fracaso social dificultaba cualquier tipo de relación. Las asambleas espontáneas de base actuaban más como terapia grupal que como verdadera solución. El “que se vayan todos” sonaba más como un grito de guerra y en realidad era un camino hacia la nada. La negación de la política no es la solución para nada. Por el contrario, es la ideología la que decide el modo en que se quiere construir un país.
Muchos dicen que al tocar fondo, los argentinos empezamos de cero nuestra historia. No. Me niego a aceptar esa hipótesis. Tocar fondo no significa empezar de cero. Hay una historia que nos llevó a esa situación y es nuestro deber tenerla en cuenta para no repetirla. Es muy importante recordar qué es lo que nos llevó a esa realidad social, económica  y política para no volver a caer. Y sobre todo, para profundizar aquello que nos sacó de todo eso.
Hoy estamos en un país mejor. El Estado tomó las riendas y los resultados están a la vista. Nada es mágico. Hubo –hay y seguirá habiendo- un plan. Desarrollo, industria, trabajo, distribución, contención. Empezar desde abajo facilita las cosas. Todo crece de abajo hacia arriba. Nunca puede ocurrir al revés. Crecer desde arriba hacia abajo –el modelo del derrame- nos conduce al 2001. Crecer para arriba consolida, sienta buenas raíces (que es lo único que debe crecer hacia abajo), permite una base sólida, solidaria. Las bases son importantes, el resto es sólo un  buen resultado.

sábado, 14 de mayo de 2011

Pequeñas vacaciones


Este espacio ha cumplido su primer mes el miércoles pasado y lo que no esperaba, ocurrió. Cuando veo el indicador de las visitas me sorprendo. Parece como si fuera rebotando entre los usuarios y el boca a boca –es un decir- cumpliera su cometido.
Mañana me voy de viaje por una semana y no pienso llevar estos apuntes conmigo. Quedarán flotando en el ciberespacio, abandonados hasta el lunes 23, a la espera de nuevos textos. Este blog ha hecho mucho por mí y yo he hecho mucho por él. Ambos nos hicimos mucho y seguiremos haciéndolo porque hace falta explotar todos los espacios posibles para que las nuevas ideas prendan, circulen. Hay que convencer, hay que construir.
Muchas cosas quedan pendientes. El discurso de la presidenta, los usos de la prensa, que claman por una división, un conflicto, una flaqueza por parte del Frente para la Victoria. Y el FPV que no les quiere dar el gusto. A veces parece que la presidenta les tira un hueso para que la perrada se entretenga, que jugueteen con carroña así no molestan. Porque si no tienen un huesito, terminan mordiendo el polvo, como Macri y tantos otros que tuvieron que volver a la cucha con el rabo entre las patas. Muchos canes en este párrafo ¿será por el festival de cine que está próximo?
El domingo que viene son las elecciones primarias en esta provincia, Santa Fe. La cosa está más peleada que a nivel nacional. Pero ya se verá. Estamos construyendo, ladrillo por ladrillo, granito por granito, como este blog, que se construye con el esfuerzo de un tipo que piensa, que sueña con un país distinto. En unos días estaré nuevamente elaborando este espacio. Agradezco a todos los que –al menos alguna vez- han entrado para ver de qué se trata. Hasta el lunes 23.

viernes, 13 de mayo de 2011

Discursos en pugna

En cualquier sociedad siempre existe un discurso social que es el resultado de la circulación de infinidad de textos y los integrantes de esa sociedad conviven atravesados por esa circulación textual. De esa manera se construye lo que podemos reconocer como la trama de la realidad, pues es en esa intercepción textual donde se construye la realidad. Lo que más circula, lo que más influye es el discurso dominante, hegemónico, central. Es el llamado discurso hegemónico. También existen circulaciones marginales, no hegemónicas que cuestionan o se oponen a ese dominio discursivo. Por su circulación controlada, esos textos no llegan a captar a la totalidad de la sociedad y sólo son consumidos por una reducida porción de ciudadanos.
Puede ocurrir que un discurso marginal comience a conquistar, a difundirse con un alcance cada vez mayor y de esta manera ejercer una influencia diferente en la percepción de la realidad. Entonces, el discurso dominante puede absorber ese discurso marginal para adaptarlo a su dominio. De esta manera transforma, atenúa los contenidos o las formas de esos discursos marginales convirtiéndolos en moda. Algo de eso pasó con el movimiento hippie, que de movimiento revolucionario se transformó en una alocada tendencia cultural de gran aceptación masiva. Con la música de rock pasó algo similar y al adaptarse para su consumo multitudinario, perdió gran parte de su esencia y por supuesto, de su contenido contestatario. Otras veces, el discurso marginal asciende a posiciones semi dominantes y la sociedad empieza a convivir con dos discursos en pugna. Uno lucha para conservar su poder; el otro para conquistar una cuota mayor en la aceptación social.
En los últimos años, nuestro país parece presenciar una situación así. Hay dos discursos que se oponen y luchan para conquistar la hegemonía. Lo que parecía impensable durante los noventa, hoy está conquistando a gran parte de la población. Lo que era sentido común se está transformando en buen sentido. El sentido común, el discurso dominante, intenta mantener el statu quo, es conservador, es irracional. Es impulsivo, es racista, egoísta, pesimista, desconfiado, temeroso. El sentido común, el discurso dominante, es el que nos ha conducido a negar la política, a minimizar las diferencias ideológicas. Conquistó la sociedad durante más de treinta años hasta que explotó en la crisis económica de 2001, afectando nuestra vida social y cultural.
Hoy estamos construyendo un nuevo discurso en una nueva situación. Gracias a esa transformación discursiva nos vemos distintos a nosotros mismos. No llegamos todavía a lo que nos merecemos como sociedad, pero estamos en camino. Aunque los representantes del discurso dominante todavía azuzan para convencernos de volver a aquello que tanto nos dañó.
El espectador medio está presenciando esa lucha entre los dos discursos. Lo vemos a diario con sólo comparar los titulares de la prensa, en los títulos de los canales informativos, en el matiz de las noticias que difunden los diferentes espacios informativos de los canales abiertos. Muchos no saben en qué realidad creer. Por las dudas, es conveniente aclarar que ambas realidades son construcciones mediáticas. Tanto una como otra son el resultado de una trama textual.
¿A qué realidad abrazarnos, entonces? Nuestra realidad, como sujetos, debe ser el resultado de los textos que nos atraviesan más el agregado de nuestra propia percepción. Lo mejor es vernos, mirarnos como iguales, confiar en el que está al lado, protegerlo, considerarlo. Pensar que el otro está más próximo que cualquiera. Lo importante es construir un colectivo que nos contenga y que nos conduzca hacia un lugar donde el discurso sea nuestro, donde la realidad sea la que queremos y nos haga bien.
Lo que más importa es la mayoría. No es lo que vemos en las pantallas del televisor ostentando su excesivo bienestar.
Y frente a esta pugna discursiva, muchos dicen que nuestra sociedad vive crispada, enfrentada, dividida. Muchos claman la necesidad de un consenso. Hay que ver quiénes son los que dicen estas cosas. No estamos divididos ni enfrentados. Simplemente estamos construyendo un país para todos y eso genera conflicto. No existe sociedad sin conflicto, por mínimo que sea. Hay que buscar el consenso, es verdad. Pero el consenso no es claudicación ni sometimiento. El consenso es la construcción de un acuerdo colectivo que beneficie a las mayorías. El consenso no beneficia a los menos sino a los más. Cuando son las minorías las que piden consenso es porque notan una pérdida del poder que siempre han tenido. Y es en esos casos cuando debemos seguir avanzando, cuando esos que siempre han ganado se muestran desesperados. No es que esas minorías se van a empobrecer. Su bienestar no les preocupa. Les preocupa no tomar las decisiones, no dictar las reglas del juego. Ser discutidos. Y eso es perder el dominio del discurso. Nada les molesta más que acatar las reglas colectivas. Hay que recordar que cuando ellos ganas, sólo ellos celebran. Ellos son los que celebran siempre. Los que nunca padecen las crisis que ellos provocan. La pugna por el discurso tiene que conducirnos a tener en claro este tipo de cosas. El país debe ser construido y disfrutado por todos, no sólo por algunos.



lunes, 9 de mayo de 2011

La unidad nacional

El actual Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, estuvo el domingo 8 de mayo en la ciudad santafecina de Chabás, acompañando al candidato a gobernador Miguel Torres del Sel. Allí, después de haber renunciado a su tan cacareada candidatura a presidente de la Nación, expresó que “es un instrumento para la unidad nacional”. Esta declaración, después de provocar risa, puede servir para pensar algunas cosas sobre su contenido.
Vamos a la risa. Mauricio Macri lanzó su reelección a Jefe de Gobierno el sábado pasado ante unas mil personas. Podemos ser generosos y alcanzar el doble de esa cifra. Más allá de los números, el contenido más profundo de ese acto fue el reparto de coloridos globos, expresiones de amor hacia su flamante esposa y los saltos de orangután reumático con pretensiones de pasos de baile sobre el escenario central. El empresario con aspiraciones políticas y realidad de Isidoro Cañones entrado en años acaba de renunciar a la candidatura presidencial ante la imposibilidad de construir una alternativa opositora al kirchnerismo. Más que imposibilidad, es desgano, incapacidad, falta de voluntad… O todo eso junto. Además, un candidato que no junta ni cinco mil personas en un acto de lanzamiento de campaña en su distrito no puede aspirar a nada a nivel nacional. Y eso no es simple opinión, sino una cruda realidad.
La semana pasada tuvo una reunión con Francisco de Narváez, candidato a gobernador por Buenos Aires, y los resultados no fueron muy felices. Claro, Mauri pretendía apoyo sin darlo. Quería la mitad de los cargos electorales sin ofrecer ninguno en la ciudad. Exigía todo por nada. Hasta con sus pares –tanto ideológicos como económicos- se comporta como un patrón de estancia. En términos políticos y humanos cree que es más de lo que es.
A pesar de reclamar constantemente la unión opositora, es quien menos voluntad de diálogo manifiesta. En realidad no manifiesta nada. Esconde todo, sobre todo sus intenciones. Su discurso es vacío, no sólo porque no tiene mucho para decir sino que lo poco que tiene espantaría hasta al más derechoso. Su gestión al frente de la Capital es ineficiente y ni siquiera ha dado soluciones a cuestiones de maquillaje urbano. Este tipo está en la política para hacer negocios… y de los peores.
Y cuando habla de la unidad nacional no está hablando de un ideal desbordado de sueños hermosos para todos los argentinos, sino para el diez por ciento que se beneficiaría con su gestión.
Cuando habla de unidad nacional quiere decir eliminar cualquier conflicto social pero no a través de la solución, sino a través de la represión. La única paz nacional que quiere, es la del cementerio. Quiere sometimiento sin discusión. Su unidad nacional es la apertura a mansalva de nuestra economía al circuito financiero. Lo que no puede decir es que desea una Argentina como territorio de saqueos disfrazados de negocios. Esa es la única unidad nacional que pretende Macri.
Además, tanto él como muchos otros postulantes a algo en la escena política hablan de la situación social como si fuera un caos, atravesada por el autoritarismo intolerante, la disolución social, el caos… y muchas expresiones más que no reflejan para nada lo que estamos viviendo en el país. Esas estupideces no son más que las vociferaciones de los que ya no son más patrones del país. Desde hace ocho años este país, NUESTRO PAIS, ha empezado a ser de todos y para todos.

domingo, 8 de mayo de 2011

Una invasión de zonceras

El jueves pasado se presentó en el ámbito de la Feria del libro de Buenos Aires el libro del Jefe de Gabinete Aníbal Fernández el “Manual de las zonceras” como una continuidad del que escribiera Arturo Jauretche a mediados de la década del sesenta. Desde que se anunció su salida, el autor de este modesto espacio estaba esperando ese libro con ansiedad. El viernes lo compré y para mi sorpresa el ejemplar que me tocó en suerte correspondía a la cuarta edición en pocas semanas, hecho que me produjo enorme alegría.
El contenido está acotado a lo contextual, como el anterior, y me parece que el futuro necesitará muchas notas al pie para aclarar hechos y personajes de nuestra más cruda realidad. Tal vez le falte avanzar más hacia lo conceptual. Es un libro muy ágil, escrito al calor de la campaña electoral y al protagonismo de este contexto dinámico que estamos viviendo por las transformaciones que produjo el modelo Nac&pop en nuestro país en los últimos ocho años.
En el final del libro –al igual que Jauretche- Fernández nos arroja un guante con unas páginas con renglones para que los lectores agreguemos nuevas zonceras. Creo que en este momento muchos argentinos estaremos completando esos espacios a tal punto que en breve tendremos unos diez tomos de zonceras.  
A mí se me ocurrieron algunas que a continuación expongo, aunque no tienen la intención de emular las de estos dos autores, sino la de hacer un insignificante aporte para el destierro de la “zoncedad” (perdón por el neologismo) que todavía abunda en nuestras tierras.
Una primera, que se desprende del desarrollo que el Jefe de Gabinete aborda en su libro, es la expresión “este país”. En el libro desarrolla la mala costumbre de echar culpas de todos nuestros tropiezos cotidianos al país. El otro día protagonicé un hecho con un taxista que ante el corte abrupto de una calle para su reparación, el chofer dijo: “¿y qué querés? En este país… “ Por supuesto que la torpeza del cierre de una calle en medio de un embotellamiento para su reparación sin la intervención de un inspector de tránsito que ordene el despelote es un despropósito, pero echar la culpabilidad de eso al país, me parece un exceso. Pero me quedo en la expresión “este país”. Desde hace muchos años me enoja esa expresión y los estudiantes que asisten a mis clases ya lo saben. Decir “este país” es nombrar algo ajeno; es renunciar a la pertenencia; es deslindarnos de toda responsabilidad; es dejar hacer, como en los noventa. Decir “este país” es expresar un desentendimiento con lo que hay que transformar y construir. Si dijéramos “nuestro país” todo comenzaría a cambiar. Decir “nuestro país”, expresa un compromiso, un afecto, una cercanía que es promesa de futuro y sobre todo, apropiarnos de él. Es nuestro y somos los responsables de todo lo malo que todavía queda y los beneficiarios de las transformaciones.
Otra zoncera frente a las próximas elecciones: uno escucha por ahí a algunos nabos que dicen que “hay que cambiar de signo para evitar el desgaste y el anquilosamiento”. Cambiar de modelo como de camiseta. Como si estos ocho años fueran suficientes para modificar los casi treinta años de neoliberalismo destructor. Es como decir, “bueno, ya está, ahora que continúe otro”. ¿Quién mejor que los que instauraron esta transformación para profundizarla?, pregunto casi con ingenuidad. En fin, una zoncera que no tiene sustento.
Regalaron jubilaciones: esta es una zoncera que se escucha desde que Kirchner extendió los beneficios a aquéllos que por múltiples razones habían quedado fuera del sistema previsional. Y una extensión de esa zoncera: si no estuvieran esos nuevos jubilados, los haberes serían más altos. En muchos casos, las personas que no recibían ningún ingreso y estaban en edad de jubilarse no habían hecho aportes no por avidez acumulativa, ni por especulación ni porque giraron fondos a bancos extranjeros. Muchos trabajaban de manera informal o los patrones se comieron los aportes. Inclusión significa incluir y eso es un gesto solidario que debemos aceptar con orgullo.
Zoncera de honor: el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aires dijo hace algunas semanas en un programa de TN que estábamos peor que en 2003. Los periodistas (¿?) que lo entrevistaban lo dejaron descolocado ante tamaña estupidez. La zoncera está en que no se puede ser candidato a nada si se desconoce la realidad, si se la niega. Decir que estamos peor que hace ocho años no es una cuestión de opinión, sino de necedad, para no usar calificativos que exceden el lenguaje profesional.
Y la última que se me ocurre por ahora es la descalificación que se utiliza cuando uno expresa su apoyo al actual modelo: Ah, sos “oficialista”. Es como un insulto, como una mancha, como la pertenencia al bando incorrecto. Parece que el compromiso y la aceptación de algo que es bueno para todos está atravesado por los síntomas de una enfermedad incurable. O peor: como si uno recibiera un abultado sobre por estar de acuerdo con el primer gobierno con el que se debe estar de acuerdo. 
Este ha sido el modesto aporte de Apuntes discontinuos  para desterrar las zonceras que tanto daño hacen. En breve, puede ser que encuentre más.

viernes, 6 de mayo de 2011

Cuidado con los significados

Guille me decía el otro día  que había expresiones que estaban mal aplicadas o tergiversadas. Y tiene razón. Parece que adrede se confunden las cosas y sin anestesia te meten gato por liebre. Ayer estuvo en Buenos Aires Gonzalo Marroquín, el presidente de la Sociedad Interamericana de prensa (SIP) entidad que agrupa a las empresas periodísticas más caudalosas e importantes de la región. Por si no quedó claro, no es una entidad sin fines de lucro que lucha contra las injusticias del sistema, sino todo lo contrario: una entidad con fines de lucro que defiende las injusticias del sistema.
Una pregunta interesante: ¿a qué vino la SIP? Oficialmente, a investigar la situación de la libertad de expresión ante las reiteradas denuncias de medios de comunicación nacionales que ven afectadas sus posibilidades de trabajar en pleno ejercicio de derecho. En realidad, vino a levantar polvareda. En un año electoral, qué mejor que agitar las aguas con la estupidez del gobierno autoritario que coarta la libertad de los periodistas.
En el informe que Marroquín difundió ayer en conferencia de prensa se puede apreciar claramente la intencionalidad de su visita. Es más, no necesitaba venir porque ese informe ya estaba armado de antemano. El presidente de la SIP manifestó su “profunda preocupación” por la libertad de prensa en Argentina pues hay “una estrategia gubernamental para el control de la información”. Tamaña pavada que ni ellos creen, pues si hubiera un control de la información, los noticieros de canal 13 y TN serían más serios y tendrían al menos un tibio contacto con la realidad. Tanto pregonan respecto de la defensa de la institucionalidad pero en la acción, se contradicen. Marroquín calificó a la Ley 26522 de Servicios de Comunicación Audiovisual como nefasta y manifestó su esperanza de que los tribunales frenen semejante atrocidad jurídica. Sin embargo, esa ley será tomada como modelo en algunos países –Gran Bretaña, por ejemplo- para ordenar el sistema comunciacional británico. Llamar “nefasta” o “atroz” a una ley votada por mayoría en el Congreso es lo más lejano al respeto por las instituciones.
En definitiva, para no continuar con las ofensas de la entidad, Marroquín demostró haber llegado tarde. La premisa que trajo a Argentina corresponde a la de un país bajo un régimen totalitario donde la censura es moneda corriente, donde las presiones a los periodistas terminan en cárcel o muerte, donde los medios son cerrados o intervenidos. Nada de esto pasa en estos días. El dibujo que hacen de la realidad se basa en confusiones malintencionadas.
Juan Manuel Abal Medina, Secretario de Comunicación de la presidencia, entregó a Marroquín un informe muy interesante sobre quiénes son los que atentan contra la libertad de expresión. Que dos diarios sean propietarios de la única empresa que fabrica y distribuye el papel para los demás diarios, atenta contra la libertad de expresión, por los abusos cometidos en la dispar comercialización y diferencias en los precios. Que empresas de TV por cable como Multicanal y Cablevisión tengan más de un sesenta por ciento del mercado atenta contra la libertad de expresión. Que esas mismas empresas se nieguen a incluir en su grilla señales de información y entretenimiento gratuitas como CN23, Paka Paka, INCAA TV o Telesur también atenta contra la libertad de expresión. En definitiva, el documento expresa que quienes atentan contra el derecho a informar y ser informado es la empresa monopólica que la SIP viene a defender. En nuestro país, se da la particularidad de que es el propio gobierno quien debe denunciar limitaciones a la libertad de expresión por parte de un monopolio multimedial como es el grupo Clarín.
Gonzalo Marroquín se fue como vino. En realidad, su visita fue innecesaria. La nueva información que le presentaron periodistas y hasta el propio Gobierno Nacional fue desestimada por el presidente de la SIP. Sólo vino para hacer camarilla con los dueños de la prensa dominante y discutir cómo actuar frente a las elecciones de octubre. La libertad, para ellos, es sólo para las mega empresas que están bajo su órbita.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Lo simbólico y lo material I

Mario, uno de mis amigos, como tantos otros ciudadanos, comparte en muchos sentidos el buen ánimo respecto de los actos del gobierno nacional. Este buen ánimo implica un reconocimiento de que se han hecho las cosas bien, que estamos mejor y que hace falta mantener lo hecho y avanzar por más. Este buen ánimo significa que su voto estará destinado a la reelección de la actual presidenta porque es la única que puede sostener todo esto. Pero este buen ánimo se mantiene sólo en el plano de lo material: lo económico cotidiano.
Muchos no comprenden que hay más que eso en la transformación que se viene realizando en nuestro país desde hace ocho años, que no pasa sólo por el dinero que tenemos en el bolsillo y lo que podemos hacer con él. Ese buen ánimo que muchos manifiestan parece ser sólo circunstancial.
En primer lugar, el kirchnerismo ha renovado la manera de hacer política, de tal manera que los representantes de la oposición parecen desconcertados, desorientados, abatidos antes de candidatearse. La política K se manifiesta no en el marketing sino en la gestión, en la discusión, en la redefinición de nuestra historia… En definitiva, es una transformación que traspasa las fronteras de la economía doméstica. Un ejemplo. El ciudadano común puede advertir la presencia de dos poderes en pugna en la Argentina de hoy: uno económico y otro político. Hasta hace unos diez años, para el ciudadano común poder político y económico eran lo mismo y entre ambos defendían intereses que no eran los del pueblo. Y es por eso –y sólo por eso- que hemos atravesado crisis monstruosas durante tantas décadas. Y lo simbólico, en este caso, es que no se puede concretar una mejor distribución del ingreso, la inclusión de todos los ciudadanos en una vida digna, si los sectores más poderosos de la economía no están contenidos dentro de las normas dictadas por la gestión política, es decir, encuadrados dentro de los objetivos de las políticas de Estado. El libre mercado –que aparece como símbolo de los que quieren subirse a la máquina del tiempo- es la pesadilla que tenemos que desterrar de nuestra sociedad. El Estado hoy está construyendo una respuesta a los problemas de los ciudadanos. Y es ese símbolo uno de los más importantes que se debe consolidar. Es, como se dice habitualmente, parte de la batalla cultural que se está llevando a cabo desde hace ocho años.
El viernes, durante el acto en conmemoración por el día del Trabajador, el Secretario General de la CGT, Hugo Moyano, hizo hincapié en tres puntos que son esenciales. La importancia del trabajador en la generación de la riqueza, el apoyo a la actual presidenta y la inclusión de representantes sindicales en las listas electorales. El segundo punto no es sorpresivo, porque la clase trabajadora debe prestar apoyo al modelo que construye y fortalece esa clase. El primer punto es toda una definición. El trabajador ya no es considerado como el individuo suplicante y temeroso que recibe una dádiva por estar incluido en el “mercado laboral”. Ahora puede ser pensado como un sujeto social que produce riqueza y por lo tanto, merece formar parte en la distribución de las ganancias que él ayuda a concretar. No es una moneda más o menos. Es un derecho conquistado por cumplir con la obligación laboral, lo que también implica otra responsabilidad y compromiso del trabajador en sus funciones. Y el último punto es el que parece generar mayor rechazo –por prejuicio casi racial- que es la inclusión de representantes sindicales en las listas de candidatos a integrar el Congreso de la Nación. Este punto –que por primera vez se discute en serio- necesita muchos caracteres. Por eso voy a dejar a mis seguidores en el suspenso del famoso “continuará” hasta la próxima entrega de este modesto espacio.

lunes, 2 de mayo de 2011

Lo simbólico y lo material II

Quedamos en suspenso ayer con la intención de Hugo Moyano de que los sindicalistas formen parte de las listas en las próximas elecciones. Algunos interpretaron en sus palabras una especie de apriete; los más sutiles señalaron presión. Ni lo uno ni lo otro. Los cargos electivos –presidente, gobernador, diputados, intendentes, senadores- son sometidos a la votación del pueblo, y esto no es nada nuevo. Los diputados, sobre todo, representan al pueblo, cuyos integrantes no son sólo abogados. Es más, no todos los votantes tienen título universitario. Por lo tanto, la Cámara de Diputados, ¿por qué no puede estar integrada por representantes de todos los sectores de la sociedad, inclusive de los diferentes gremios que componen el espectro laboral? Nuevamente nos vemos atravesados por lo simbólico. Todos tenemos el derecho y la obligación de construir nuestro país y también el compromiso. Desde cualquier espacio.
En este y muchos puntos más es donde entra el dominio de lo simbólico y su relación con lo material. Lo material inmediato se consolida en el universo de lo simbólico. Veamos. Hace unas semanas oficializó su candidatura a gobernador de la provincia de Santa Fe el actor cómico Miguel del Sel, del grupo MIDACHI. Podemos ver los afiches con su foto en las calles de Rosario. ¿Está mal que un actor cómico se presente como candidato a gobernador o a cualquier otro cargo ejecutivo? Desde lo material, digamos que no. Desde lo simbólico… ahí está el problema. Lo que representa el surgimiento de esta figura como candidato por la Unión PRO es lo que debe ser analizado. No aparece del Sel desde la militancia, desde la construcción ni su participación, al menos verbalmente en la política. No empezó su carrera política como diputado –desde lo colectivo- como el caso de muchos actores que han integrado listas. Luis Brandoni, Lidia Satraño, Irma Roy desde hace un tiempo se han dedicado a la política y no hay cuestionamiento por eso. El asunto con este candidato a gobernador es que ha surgido de la nada, subió porque vio luz. El PRO lo ha convocado para explotar su figura pública como actor cómico con larguísima trayectoria y no por su calidad política. Lo que representa esta candidatura es una falta de respeto hacia el electorado. Que Miguel del Sel sea candidato es la supremacía del marketing sobre lo político. Es la negación de lo político.
En estos tiempos en que la discusión, el debate y la definición de ideas comienzan a renacer en nuestro desmemoriado país el regreso de las candidaturas farandulescas queda un poco descontextualizado, por no decir extemporáneo.
Por eso, para esclarecer esta relación entre lo material y lo simbólico, es necesario analizar el vínculo que existe entre un hecho cotidiano, noticioso y su relación con el universo de lo que ese hecho significa, representa. Esto da para más y continúa, pero no hoy.

domingo, 1 de mayo de 2011

Lo simbólico y lo material III

En la lucha por lo simbólico está presente el dominio del discurso. El discurso dominante es aquél que se impone en mayor medida desde los medios de comunicación. Aunque las nuevas tecnologías permiten al consumidor armar su propia agenda informativa, los diarios, la radio y, principalmente, la televisión son los que guían  y constituyen el imaginario social.
Y hoy como nunca, podemos advertir que lo material poco tiene que ver con lo simbólico construido por los medios de comunicación hegemónicos. Hay una ruptura entre lo que uno puede percibir en lo cotidiano con el imaginario mediático.
La manera en que ha comenzado a equilibrarse la circulación de información con la aparición de nuevos medios gráficos y algunos canales de noticias pone en evidencia una lucha en la hegemonía discursiva.
Tomemos como ejemplo la construcción de “juventud” que se hace desde los medios dominantes. En los noventa, los jóvenes aparecían como el ideal de belleza al que tenía que aspirar todo viejito paquete. No se mostraba como una etapa de la vida, sino como un anhelo. Era común que actrices o algún otro personaje mediático hiciera alarde de las cirugías que se había realizado en el rostro y el resto del cuerpo. El afán de juventud no sólo se realizaba en el quirófano, sino también se ostentaba en el estudio de televisión. Nada mejor que tener sesenta años y aparentar cuarenta y ese fenómeno de la apariencia de juventud se mostraba como valor.
También en esos tiempos se mostraba a la juventud superficialmente festiva. Desde los mensajes mediáticos los jóvenes estaban destinados sólo a la diversión superficial y fiestera, en la cancha o en el boliche. Cada tanto se los mostraba como víctimas y  victimarios de su “propia violencia”. “Ser joven” era mostrado como ideal de belleza, de consumo y a la vez se lo alejaba de toda responsabilidad respecto del resto de la sociedad.
Hoy aparece otro imaginario de juventud. Desde todos los medios podemos ver que los jóvenes han tomado un protagonismo político importantísimo. Desde los medios hegemónicos aparecen demonizados en la agrupación La Cámpora. Desde otros medios se los muestra entusiasmados tomando las banderas de la construcción de un nuevo país. Y estos dos modelos simbólicos de los jóvenes aparecen en pugna, en lucha para ver cuál de ellos se impone en el imaginario social.
En definitiva, lo simbólico es  la conceptualización de lo material y permite la reconstrucción y difusión de nuevos valores. La justicia, la equidad, la solidaridad, la inclusión, el trabajo aparecen como valores que se manifiestan en el plano de lo material. Y hoy más que nunca los dos poderes en pugna nos mantienen expectantes para ver cuál de los dos triunfa. Pero no desesperemos. No somos convidados de piedra. El momento histórico nos reclama. Todo depende del plexo de símbolos al que nos abracemos y del modelo de país que queramos construir.

Un triunfo que no es tal

Las elecciones siempre inspiran alguna reflexión sobre la importancia de este acto cívico tantas veces extirpado de nuestra historia ...