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miércoles, 29 de febrero de 2012

La herencia en una mochila

“Volver a los 17” es una muy profunda canción de Violeta Parra, más conocida por la versión de Mercedes Sosa, aunque son muchos quienes la incluyen en su repertorio. Pero este Apunte no tratará sobre bellas canciones sino sobre espantosos alaridos. Y sobre otras cosas también. Pero antes, volvamos a los 17 que, en este caso, no será una reflexión sobre el recorrido etario que plantea en su canción la gran cantautora chilena, sino a los 17 intelectuales que presentaron sin bombos ni platillos una alternativa para recuperar Las Malvinas en clave británica. O para los británicos. Aunque parezca mentira, esa carilla abundante en despropósitos y carente de genialidad, es defendida a capa y espada por sus autores, a pesar de las críticas recibidas y las escasas muestras de adhesión que despertó. Si esperaban algún premio internacional por ese exabrupto epistolar, quedarán decepcionados. Tal vez alguna medalla con el perfil de la reina, pero no más que eso. O una miniatura del Big Ben en terracota. Quizá quieran redoblar la apuesta con alguna segunda parte, si es que les da la cara para continuar con esa postura de pobre rigor histórico y jurídico. También, carente de todo sentimiento nacional. Con ese documento no sólo demuestran su odio hacia el kirchnerismo, sino hacia todos los que amamos nuestro país.
Y si de patriótico se trata, el lunes se conmemoró el bicentenario del izamiento de la bandera en las barrancas de Rosario. Muchas expectativas por la presencia de CFK en el acto oficial y algunas débiles críticas posteriores. Lo primero porque se esperaba su palabra después del accidente de Once. “No esperen de mí jamás –expresó ante la multitud reunida en avenida Belgrano-  ante el dolor de la muerte, ante la tragedia, la especulación de la foto y el discurso fácil, porque sé lo que es la muerte, lo que es el dolor”. Interesante respuesta para los que casi exigían desde los medios algunas palabras de ocasión a las pocas horas de ocurrido el accidente ferroviario. Para eso está Macri, dijo La Presidenta con otras palabras. Lo segundo, las críticas fueron las de siempre y tan poco pensadas que dan pena. Claro, para algunos un acto en conmemoración de un hecho histórico debe ser híbrido y anodino, a la manera de los actos escolares de antaño, tantas veces parodiados, plagados de lugares comunes y giros retóricos que no conducen a nada. Pero, por si no lo entendieron, Cristina no tiene un discurso fácil, fútil. Cada vez que abre su boca, exhala política. Y sus manos también expresan política en cada movimiento. El izamiento de la bandera en febrero de 1812 se re-significa con el hoy. Y el hoy es política pura. Cristina es política pura, por si no lo entendieron. Lo otro es Macri, con su corrección de la nada y su insistencia en la obviedad marketinera.
Otras críticas estuvieron relacionadas con el público. Para algunos el casting falló. Si esperaban alumnitos inmaculados y juiciosos agitando banderitas es comprensible su enojo ante la barbarie K. Lo que pasa es que envidian la relación que Cristina tiene con su público, algo que jamás podrán lograr porque les falta pasión, compromiso y contenido. Mucho contenido. Carecen de comprensión histórica y muchos de ellos tienen que esconder sus ideas detrás de fingidas intenciones y grandes generalidades porque si no, no los vota nadie. Como hizo el cínico riojano en 1989. O Macri. Cuando habla Cristina, su auditorio es militante, político, sudoroso, inquieto y bullicioso. No van a escuchar una ópera ni asisten a un acto solemne. Los militantes van a escuchar a Cristina, con todo lo que eso significa. Si no lo entienden, guarden silencio porque quedan ridículos con esas críticas de catálogo.
También dijeron que no dijo nada. Sordos de vocación y con insistencia.  “Tenemos que volver a tener un sistema de ferrocarriles en la República Argentina” es nada más que compromiso para recuperar lo que se fue perdiendo a lo largo de medio siglo. Y, por si no quedó claro, después agregó más compromiso: “voy a tomar las decisiones necesarias”. Y para demostrar que no hay inacción, sino todo lo contrario, denunció: “todo cuesta, porque todo son trabas, son muchos los palos en la rueda por donde vayas, son muchos los intereses”. Y para rematar, una sentencia: “lo que sí tendrá que haber es justicia. De una buena vez y para siempre”. Todo esto, para algunos, es no decir nada. Pero además, como acostumbra en sus intervenciones, dejó un lugar para la emoción. Para demostrar que no estuvo ajena a la tragedia, mencionó algunos de los casos, como “el del hijo de Jesusa, de Esteban Echeverría”, el de “José, quien perdió a su mujer, madre de una hija de tres años y que debió enviar el cuerpo a Paraguay, donde la señora había nacido” y el de “Francisco, el sereno de Merlo con siete hijos, que estuvo en terapia intensiva y ahora se recupera”. No habló de “el Cacho” o “la María”, sino de historias reales. Como el caso de Lucas Menghini Rey, un emblema de la desatención que agrega más dolor.
Un breve paréntesis respecto al tema. En medio del drama, cualquier reacción es esperable. El repudio al comunicado del Ministerio de Seguridad a poco de hallarse el cuerpo de Lucas, en ese contexto, se entiende. Pero el escrito firmado por Nilda Garré no responsabiliza al joven por su muerte, sino que explica por qué se había demorado tanto su hallazgo. Una confusión comprensible en los padres, familiares y amigos. Con el tiempo, todo quedará más claro.
La Presidenta habló de todo, de lo que se hizo y lo que todavía falta. Porque falta mucho. Pero cada vez están más expuestos los motivos que dificultan el avance. La tragedia de Once expone la avariciosa conducta de un grupo empresarial en pos de acumular ganancias sin invertir lo necesario. Algo similar ocurre con las petroleras. O con las grandes cerealeras que no pagan ganancias y encima evaden. O con la inflación, producto de estrategias de apropiación de renta por parte de grupos económicos con posición dominante que atentan contra la competencia. “Muchas veces para ir por todo es necesario que todos entiendan todo”, expresó CFK el lunes.
No eran necesarias tantas muertes para dejar expuesto lo evidente. Todavía quedan muchos huesos duros para roer. La sintonía fina parece insuficiente ante las distorsiones groseras de ciertos grupos económicos. La herencia neoliberal es una pesada mochila de normas y conductas. En esa mochila hay desinversión, fuga de capitales, especulación, evasión y algunas joyitas más que merecen ser reconocidas y cuanto antes, sancionadas o eliminadas. Esta mochila es tan pesada que entorpece la marcha hacia un país más justo. Muchos ya hemos entendido cómo vaciarla. Otros, en cambio, insisten en mantenerla llena, a sabiendas de que su considerable peso nos arrastrará a los momentos más oscuros de nuestra historia.

lunes, 27 de febrero de 2012

Un cambio de vía

Un accidente como el del miércoles en la estación de Once no es la mejor manera para detectar problemas. Más aún cuando esos hechos no son producto de la simple casualidad. El “podría haberse evitado” circuló por la cabeza de millones de argentinos. No es cuestión de subirse al carro de los detractores ni seguir adelante hasta que la cosa se enfríe; tampoco de pedir palabras de condolencia que después serán denostadas en los mismos titulares que las exigen. Hay mucho horror en las imágenes y demasiado dolor en el recuerdo para que todo se olvide fácilmente. Tampoco el futuro debe reducirse a un cruce verbal entre ciertos medios y el Gobierno Nacional ni a un histriónico rodar de cabezas de empresarios o controladores. Un hecho de estas características –sumado a otros anteriores- exige un cambio en serio, una reformulación comprometida con el servicio, una transformación que reduzca abismalmente las posibilidades de repetición de una tragedia así. Lo cotidiano no puede troncharse por una sucesión de desidias. Muchas cosas deben pensarse en torno a este doloroso golpe que desconcertó a todos y no sólo es necesaria la reconstrucción del sistema de transporte ferroviario sino la revisión en profundidad del siniestro articulado legal que nos ata a las oscuras ciénagas del pasado neoliberal.
El hallazgo tardío del cuerpo de Lucas entre los fuelles de dos vagones y los destrozos producidos por barrabravas disfrazados de indignados en la tarde del viernes forman parte de otro problema y no están relacionados entre sí. El primero agrega más dolor, abandono y desolación; el segundo es otra cosa y sugiere el aprovechamiento de la tragedia para golpear lo más arriba posible. No es la primera vez, ni será la última. Pero es importante recordar que cada tanto un grupo de extraterrestres apedrea estaciones ferroviarias, legislaturas o lo que sea sin otro motivo más que obedecer órdenes de la Nave Madre. Pero eso no debe desviar la atención del núcleo del verdadero problema: las condiciones en que viajan millones de personas diariamente para cumplir con sus obligaciones laborales.
Que el deterioro del servicio comienza en los sesenta o que haya sido privatizado a mediados de los noventa de la manera más irracional y traicionera es el inicio del despropósito, pero que el Gobierno Nacional haya permitido el avance de la decadencia después de ocho años de gestión resulta desconcertante. En este hecho lamentable hay una cadena de responsabilidades incumplidas que ameritan sancionarse y, cuanto antes, comenzar a reconstruir un servicio deteriorado por la avaricia de quienes explotan la concesión ante la ciega mirada de quienes debían evitarlo. Aunque no tan ciega porque, tanto la Auditoría General de la Nación como la Comisión Nacional de Regulación del Transporte, vienen denunciando desde hace años “la desinversión y falta de mantenimiento”, aunque sin respuesta por parte de TBA. La empresa de los tres hermanos fue sancionada con sucesivas multas que no fueron pagadas. Impunidad, prepotencia, rebelión. Conductas inaceptables para el nuevo país que la mayoría está proyectando.
Apelar a la “falla humana” como una excusa cínica deja en soledad a Marcos Antonio Córdoba, el maquinista, que no estaba alcoholizado ni drogado, de acuerdo a los análisis a los que fue sometido. Si los frenos funcionaron o no, si hay un diálogo grabado que demuestra lo contrario, si las declaraciones de Córdoba fueron las que fueron o no, se sabrá en unos días. Quizá sea necesario recordar que, además de Córdoba, hay otros humanos en el mundo de los trenes, como técnicos, mecánicos, controladores, supervisores, por lo que la tan mentada falla humana es tan amplia que no involucra a nadie. O a todos, que es más o menos lo mismo. También hay empresarios que, como tales, acumulan sin fallar, sobre todo en los recortes en mantenimiento e infraestructura vial. Y, aunque cueste creerlo, también son humanos.
El fiscal Federico Delgado presentó un dictamen en el que expresa la necesidad de investigar las “condiciones” del servicio ferroviario, las eventuales responsabilidades de la concesionaria TBA en el mantenimiento del servicio y el uso de los subsidios. Por supuesto que en la mira del fiscal estará la actuación de los organismos del Estado que deben controlar la calidad y seguridad del servicio. El fiscal Delgado se opuso a la excarcelación del maquinista, pero nada dijo sobre la libertad de los principales responsables, los avariciosos hermanos Claudio, Mario y Roque Cirigliano. “El que mata tiene que morir” vomitó una vez la diva. ¿Opinará lo mismo en este caso?
No la muerte, pero sí un castigo ejemplar. Si esta tragedia exige un cambio, ese cambio debe comenzar por el castigo al grupo que explota esa red ferroviaria. Y si se demuestra que la avidez por la acumulación ocasionó la desinversión en el sistema y, como consecuencia, las muertes, que pierdan la concesión resulta insuficiente; que devuelvan lo recibido en subsidios a lo largo de estos ocho años –más de dos mil millones de pesos- y que no se refleja en mejoras en el servicio ilumina un poco el panorama. Un avance importante en el castigo sería revisar el crecimiento patrimonial a partir de 2003, seguramente a costa de la incomodidad de los pasajeros y el riesgo de cada viaje. Gran parte de ese capital debería volver al Estado para ser invertido en infraestructura ferroviaria. Finalmente, estos pícaros hermanos deberán afrontar el pago de indemnizaciones a los afectados por la tragedia del miércoles. Si les queda algo de dinero y si la Justicia no los inhibe para emprender nuevos negocios –aunque debería hacerlo- podrán instalar un maxi kiosco en la estación Constitución, actividad que no resultará peligrosa para los ciudadanos, salvo que –en una clara muestra de no haber aprendido la lección- vendan mercadería adulterada o en mal estado. Así deberían terminar estos delincuentes que atentan contra la seguridad de la población. Claro, todo esto si se demuestra la hipótesis: el abandono del tren por acumulación de moneda.
Pero hay muchos más actores en esta tragedia que permiten rodar por las vías formaciones deficientes y poco confiables, seguramente para no poner en riesgo su fuente de trabajo o para no ser sancionados por la empresa. No sospechan –o tal vez sí- que al preservar de esa manera el puesto ponen en riesgo la propia vida, además de la de los pasajeros. La solución de este problema no pasa por cambiar nombres sino por reformular un sistema. Privado, estatal o mixto, pero serio, responsable y profundamente comprometido con el servicio que deben prestar.

Un poco más allá. Ahora detengámonos en los pasajeros, que deben ser beneficiarios y no víctimas. Hay mucho para pensar sobre esos millones que se desplazan a diario en las condiciones más tortuosas que puedan imaginarse. No viajan por placer, que quede claro. Si se amontonan en los vagones no es por satisfacer su instinto gregario ni por necesidad afectiva; si destinan varias horas por día al traslado no es porque no tengan otra cosa que hacer; si suben a un tren no es por libre elección, si no porque no les queda otra manera de llegar a CABA. El trabajo los llama y  su día comienza muy temprano porque tienen que recorrer muchos kilómetros y no de la mejor manera. Y son muchos, muchísimos los que invierten horas de su vida en traslados porque en su lugar de residencia no encuentran una colocación mejor. Nadie paga ese tiempo perdido en el que, además de la incomodidad y el cansancio, están arriesgando la vida. Y como condimento del drama cotidiano, se agrega la presión de llegar a horario para no ser sancionado. ¿No es mucho? El trabajo dignifica, ¿y con el traslado qué pasa?
Recorrer kilómetros y kilómetros para ir a trabajar no debe ser la regla, sino una excepción. Este es un tema que no abarca sólo el buen funcionamiento de los trenes. Mejorar las condiciones de vida de los trabajadores debe ir mucho más allá de un aumento del salario. Desde 2003 ha habido un impresionante crecimiento de los puestos de trabajo, reduciendo a menos del 7 por ciento el desempleo. Un logro inimaginable después de la crisis de 2001. Pero la tragedia de Once no sólo deja a la vista el abandono del tren, medio utilizado por los sectores de ingresos medios y bajos. Ante tantos pasajeros que necesitan viajar en las horas pico, cualquier sistema colapsa. A largo plazo, se hace imprescindible una redistribución regional de las ofertas laborales, para que sean menos trabajadores los que requieran recorrer tanta distancia. Esto significa planear un nuevo mapa económico, un nuevo desarrollo para un país que debe alejarse cada vez más de las telarañas tejidas en los noventa y tal vez mucho antes. Telarañas que resisten implacables y que, de tan gruesas, comienzan a asfixiarnos.

viernes, 24 de febrero de 2012

Intelectuales en liquidación

Para no comenzar este Apunte en forma innecesariamente agresiva, desde una ingenuidad demasiado ingenua, puede decirse que cuesta creer en ciertas cosas. Que algunos crean en brujas, hadas y duendes o en un ángel personal que nos protege y con el que podemos comunicarnos en forma continua, vaya y pase. Pero que un grupo de intelectuales haya elaborado un documento titulado “Malvinas: una visión alternativa” en el que proponen al Gobierno “abdicar de la intención de imponerles (a los isleños) una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean” resulta verdaderamente increíble. Y la gran alternativa que este grupo de 17 intelectuales ofrece consta de una carilla. Una carilla pudieron elaborar. Pretenden resolver en una página un conflicto internacional que lleva 180 años y toneladas de papel en declaraciones y documentos. ¿Se creerán tan brillantes en su capacidad de síntesis o no les dio la cara para más? Este documento pensaba presentarse en una conferencia de prensa que debió suspenderse por la tragedia ferroviaria de Once. Tal vez las repercusiones negativas que tuvo tanto en la opinión pública como en el ambiente político conduzcan a estos pensadores a reformular lo escrito o, en la cima de la lucidez, hacer un bollito y arrojarlo a la papelera.
Este cruce de hechos quizá no sea casual. La tragedia de Once también tiene como protagonistas a individuos que no entienden. El grupo Cirigliano, propietario de la mayoría de las acciones de TBA está conformado por individuos que ya están haciendo mucho daño por pensar sólo en sus intereses. Claro, por eso son individuos y no ciudadanos. De tener sólo dos líneas de colectivos pasó en 1994 a ser dueño de la concesión de trenes. Un empresario cuya única habilidad fue alinearse al menemato y los gobiernos subsiguientes. En los primeros diez años de la explotación ferroviaria, acumuló la escalofriante cifra de 1372 muertes en distintos accidentes. Y en los últimos años, una cifra similar. Esto además de la calidad del servicio, que apenas resulta “aceptable” para el empresario.
En 1989, a pocos meses de comenzar el nefasto gobierno de Menem, se sancionó la ley 23696, que daba vía libre para el sorteo de las empresas de servicios públicos. Claro, en aquellos tiempos, el discurso  dominante era el privatizador, que sostenía que el Estado no servía para gestionar esos servicios, por lo que el capital privado debía erigirse en salvador. Ahora, muchos privatizadores de antaño se han transformado en estatistas, aunque no con mucho énfasis. En realidad, esto no se trata de tirar la bola de un lado a otro como en un partido de tenis. Cuando se privatizó el servicio de trenes, hacía ya un tiempo que el Estado lo venía abandonando. Por lo tanto, la discusión no pasa por si es privado o estatal sino si presta un servicio eficiente, seguro, accesible y acorde a las necesidades de tránsito de la población. Un servicio debe servir, en manos de quien sea. Lo óptimo sería un servicio estatal, que deja afuera el lucro y la avidez empresarial.
El problema del servicio de los trenes suburbanos tiene una resolución posible en tres etapas. Un primer paso es estrictamente político y es el cambio de titularidad de la concesión. La empresa debe perder el derecho concedido sin indemnización alguna, pues bastante se han enriquecido en estos veinte años sin poner casi nada, sino todo lo contrario. Un segundo paso es el judicial, que tal vez lleve más tiempo, pero debe impulsar una investigación profunda de las causas del accidente, del mantenimiento de las vías, del destino de los fondos aportados en forma de subsidios por el Estado, de los sobre precios en compras y el cumplimiento del contrato. Posterior castigo a los (i) responsables sería muy conveniente. Un tercer paso, mucho más profundo y a largo plazo, es la desconcentración urbana y laboral. Que el conurbano en pleno se traslade a CABA todos los días produce amontonamiento y seguros inconvenientes. Desarrollar la oferta laboral en el Gran Buenos Aires y demás localidades bonaerenses va a disminuir la superpoblación de los trenes. Y más a largo plazo aún alentar la formación y el desarrollo económico y urbano de otras localidades no sólo en provincia de Buenos Aires sino en otras provincias del país. Una distribución más pareja de la población en todo el territorio nacional solucionaría el amontonamiento de los grandes centros urbanos y sus terribles consecuencias.
Lo que no tendrá consecuencias es el documento de los 17. Algunos son capaces de escupir la bandera con tal de lograr unos centímetros en los grandes medios. Lo que más destacan estos intelectuales en alquiler es que el conflicto por la soberanía en Malvinas debe solucionarse teniendo en cuenta el principio de autodeterminación de los isleños.  Este derecho corresponde a los pueblos originarios, no a los trasplantados, por más que sus descendientes las habiten desde hace casi dos siglos. Pero, además, antes de abordar el tema de la soberanía, exigen una “crítica pública del apoyo social que acompañó a la guerra de Malvinas y movilizó a casi todos los sectores de la sociedad argentina”. ¿Perdimos los derechos sobre las islas porque cien mil personas aplaudieron su recuperación en aquel 2 de abril de 1982? ¿Pensarán eso en serio? Y los que no estuvimos en esa plaza, ¿sí tenemos derecho? ¿Y los que no habían nacido todavía?
En otro párrafo sesudo de este documento señala “la brecha que existe entre la enormidad de estos actos (por la recuperación) y la importancia real de la cuestión-Malvinas, así como su escasa relación con los grandes problemas políticos, sociales y económicos que nos aquejan”. ¿Acaso sugieren que la defensa de la soberanía no es un tema de importancia? El Gobierno Nacional no abandona la gestión para seguir avanzando en el proyecto de país en función de los reclamos diplomáticos a Gran Bretaña. Los “grandes problemas…” y demás lugares comunes no son tales como para sospechar que se está haciendo demagogia con este tema, que es en realidad lo que están sugiriendo.
Tan ciegos y rabiosos están en su oposición que se están oponiendo a un país entero. ¿Qué quieren lograr? ¿Qué reacción esperan? Estas iluminadas plumas declaran que “es necesario poner fin hoy a la contradictoria exigencia del gobierno argentino de abrir una negociación bilateral que incluya el tema de la soberanía al mismo tiempo que se anuncia que la soberanía argentina es innegociable”. Y claro que es así: las islas son argentinas y ellos las están usurpando. La única negociación posible se relaciona con la retirada y nada más, sin ningún costo para nuestro país. También se muestran muy preocupados por los malvinenses, que “deben ser reconocidos como sujeto de derecho y respetar su modo de vida”. Eso no está en discusión. Nadie piensa echarlos ni fusilarlos. Tampoco obligarles a cambiar de ciudadanía o de lengua. Serán lo mismo que son hoy en un territorio siempre argentino y sin la usurpación de la Corona.
En el colmo del odio en el que se inspira el documento, estos intelectuales afirman que “como miembros de una sociedad plural y diversa que tiene en la inmigración su fuente principal de integración poblacional no consideramos tener derechos preferenciales que nos permitan avasallar los de quienes viven y trabajan en Malvinas desde hace varias generaciones”. Los diplomáticos británicos no podrían encontrar una mejor defensa a sus intereses que la postura contracturada que estos intelectuales argentinos expresan en ese libelo. Qué lástima que no se les ocurrió invitar al plantel firmante a la periodista Sylvina Walger que, con toda la lucidez de que es capaz, separó las aguas para iluminar a la Humanidad con su intervención en el programa de Mariano Grondona. Allí dijo: “las Malvinas no son Cancún… hace frío… y hay ovejas…”. Los “exiliados europeos en Argentina” siguen haciendo de las suyas. Pero lo peor es que dicen que todo lo que hacen lo hacen por el bien del país. Pavada de cinismo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Tiempo de aprendizajes

En algunas cosas estamos aprendiendo. No todos, pero sí la mayoría. Lo más importante: no se puede estar en desacuerdo en todas las cosas. Casi todos apoyamos la gestión del Estado Nacional en los reclamos de soberanía sobre las Islas Malvinas. El repudio a las declaraciones del dictador Videla en la revista española Cambio 16 fue casi unánime, algunos con energía y otros con una tibieza comprensible, aunque no tanto. Estos dos temas son centrales al momento de pensar la construcción de un país en serio, pues conforman un articulado fundante de principios y valores. Malvinas expresa una integración territorial que necesita ser reconocida a nivel internacional. Videla y todo lo que representa se relaciona con el respeto a las normas constitucionales y la vida de los ciudadanos. No son asuntos opinables, sino acatables. Oponerse a eso o boicotearlo significa hacer lo propio con el país entero. Acusar de apátrida a quien actúa de esa manera resultaría adecuado pero –aunque suene anticuado- podría usarse con más precisión el término cipayo.
Estos individuos son los que todavía no aprendieron. Durante mucho tiempo lograron imponerse a fuerza de sangre y amoldar a los habitantes de nuestro querido país para sus propios intereses: el saqueo permanente de nuestras riquezas. Enceguecidos, aniquilaron toda resistencia. Hasta que se les fue la mano. Una vez retomada la vida institucional, condicionaron gobernantes para seguir satisfaciendo su avidez. Hasta que se les volvió a ir la mano. La explosión de 2001 volvió a dejar en evidencia su afán destructivo. Desde hace unos años, hay un núcleo duro que resiste someterse al poder soberano de las autoridades elegidas por el camino democrático. Y apela a cualquier herramienta para volver a conquistar el poder absoluto de antaño. Hasta intentan socavar aquellos principios acatables por medio de artimañas cada vez más obvias y por tanto, ineficientes.
Si bien en los últimos tiempos ha habido un número considerable de individuos que se han transformado en ciudadanos, todavía quedan muchos que –sin beneficio aparente, sino todo lo contrario- hacen coro a esas consignas destructivas.  Como individuos que son, no entienden de construcciones colectivas ni intuyen que la solidaridad nos hace más sólidos. En ellos existe una identificación tal con lo que no son que repiten consignas sin sospechar que pueden ser perjudiciales para ellos mismos. En la red pueden verse manifestaciones de estos sujetos que, a partir del prejuicio, del odio, del resentimiento más incomprensible y cruel llegan a escribir cosas que producen escalofríos. Uno puede leer algo como “qué lástima que el cáncer no es contagioso, sino propagaría el mío por la Casa Rosada”. ¿Qué origina un comentario así? Penetrar en la mente de este individuo puede ser una experiencia aterradora. ¿Qué despierta en quien lo lee? ¿Compasión, si es que en verdad padece cáncer? ¿Horror, si no lo tiene? ¿Importa si padece o no la enfermedad? Pero hay una pregunta crucial en esta historia que puede despertar las más dispares respuestas: ¿qué hacer con alguien así?
Peor es cuando un tipo con esas fantasías tiene poder y para darle mayor gravedad al asunto cuando ese poder es económico. Perdón, algo más puede agravar la situación: si tiene los medios adecuados para propagar sus apátridas ideas. Aplauden la mega minería cuando puede contribuir a sus arcas, si no, la boicotean. Y uno de los coreutas –el diputado Pino Solanas- esgrime una muerte para fundamentar esa posición. No importa que esa muerte se haya producido por otras causas o que la “chiquita” sea en realidad una adolescente. Importa el impacto que pueda producir el enunciado y la huella que pueda dejar en los individuos que asimilan su contenido.
Con el incremento en la dieta de los legisladores llenaron páginas y las sospechas volvieron a caer sobre la clase política. La replicación en la web no se hizo esperar. Ladrones, vagos, atorrantes, zánganos, vividores son los epítetos que precedían a la consigna “que se vayan todos” versión 2012 en 3D. No ocurrió lo mismo cuando el Centro de Investigación y Docencia Económica, CIDE, precisó el lugar que ocupa la remuneración de los legisladores argentinos respecto a los del resto de la región. El CIDE depende del gobierno de México y reveló que, tras el aumento de las dietas, un legislador argentino cobra lo mismo que un uruguayo y la mitad que uno brasilero, que es quien más cobra. Detrás de Brasil se ubican México, Chile y Colombia, después, Argentina y Uruguay. Chile, Brasil y Uruguay siempre figuran como modelo para los incorregibles argentinos desde esos “Titulares Negativos”, aunque no para esto. No existe equidad entre la afirmación y la posterior desmentida. Cuando una idea se ha instalado requiere el doble de esfuerzo para desinstalarla. Y eso no lo hacen, por supuesto.
No es que este ignoto profesor de provincias pretenda que anuncien en un titular de tapa a pleno que los habitantes de una población del sur de Chile piden ser adoptados por Argentina ante la desatención y abandono en que los tienen las autoridades locales o que los coches en Argentina cuestan hasta un 33 por ciento menos que en Brasil. Eso sería demasiado. Lo único que se les puede pedir, casi exigir, es que sean más argentinos. Si abordan el problema de la mega minería a cielo abierto por las consecuencias ambientales que pueda ocasionar, que difundan también todas las actividades que puedan generar los mismos daños. De más está decir que el medio ambiente les importa medio soberano pepino. Lo que importa es sacudir el tablero para recuperar algunas piezas. Ya no marcan agenda: catapultan estiércol.
Esto no significa que no haya que discutir seriamente el tema de la explotación minera. Pero mientras comienza a abordarse el tema y a buscar soluciones ellos revolean otra cosa. Hay que hacer algo porque si no vamos a terminar peor que en un estiercolero. Porque hay muchas cosas que corregir, como el hecho de que sobre 51 emprendimientos, 49 sean de multinacionales. También es una cuestión de soberanía quiénes son los que socavan nuestro territorio. Pero la construcción es más lenta que la demolición y en eso radica la desventaja.
Además, el debate sobre la explotación minera puede llevarnos hasta la necesidad de educar a los ciudadanos en nuevas pautas de consumo para que pueda ser desterrado el consumismo, que es una patología de la que es muy difícil volver. El consumo responsable tiene como objetivo la satisfacción de un deseo a partir de la adquisición de un objeto. El consumismo satisface el deseo en el acto mismo de la adquisición, sin importar demasiado el objeto y menos aún la necesidad que cubre. Comprar por comprar, lo nuevo por lo nuevo. Esto no significa disminuir el consumo sino dirigirlo con responsabilidad de una manera diversificada, por fuera de las pautas consumistas inducidas por la angurria del mercado o por la ostentación de los que tienen de sobra.
Más del 65 por ciento de los argentinos aprueba la gestión de gobierno de CFK y más de un 20 por ciento coincide sólo en algunas cosas esenciales. Ese número impresionante de ciudadanos está convencido de la necesidad de construir un país distinto al que teníamos. Entonces, el porcentaje de boicoteadores, apátridas, cipayos o como quiera llamárselos es reducido. Lo importante es decidir qué hacer con ellos: educarlos, someterlos o ignorarlos. O pasarles por encima para seguir avanzando.

domingo, 19 de febrero de 2012

Las casualidades veraniegas

Mientras el canal de noticias TN mostraba en vivo la desaforada represión de las fuerzas policiales catamarqueñas a los vecinos de Bajo La Alumbrera, el zócalo decía “Gendarmería reprime a los manifestantes”. Después pusieron infantería. El miércoles pasado, el programa “A dos voces” -de la misma señal- presentaba un informe sobre el tenebroso proyecto X, que también involucra a esa fuerza de seguridad. Y por si esto fuera poco, para echar un manto de oscuridad en medio de este ardiente verano, la revista española Cambio 16 publicó una extensa entrevista al dictador Videla, en donde justifica su siniestro accionar y se atreve a opinar sobre los gobiernos democráticos de las últimas tres décadas. Represión, espionaje y la voz del malvado. Una vuelta al pasado a fuerza de operaciones, con una intencionalidad que se ubica a años luz de la crítica constructiva. Por el contrario, mimetizadas en la crítica se esconde la nostalgia de los que añoran aquella Argentina de los tiempos oscuros que, con esfuerzo y algunos vaivenes, estamos comenzando a superar.
En la mañana del viernes 10 de febrero las imágenes de la represión policial a los manifestantes que intentaban cortar el paso de los camiones que se dirigían a la mina Bajo La Alumbrera sacudió la modorra de las pantallas televisivas. Quizá menos cruentos que las crónicas mediáticas, aunque igualmente repudiables, los hechos de ese día permitieron visualizar un nudo que en breve plazo debe desanudarse. La explotación minera no es nueva en la zona que, según dicen, tiene un potencial que no puede ignorarse. Desde hace casi quince años funciona este emprendimiento extractivo y es por eso que llama la atención que recién ahora se hagan visibles las protestas. Puede ser que las promesas de desarrollo regional y puestos de trabajo no se hayan concretado. Tal vez recién ahora se están viendo las consecuencias de la actividad. Como sea, el camino a seguir no es otro que una seria y profunda discusión entre todos los involucrados. Menos los kuntur, fuerza policial que ha demostrado la necesidad de ser desarticulada o al menos domesticada para la vida en democracia.
Pero la discusión sobre la extracción minera no debe versar sólo en la manera de explotar los recursos con el menor daño al medio ambiente y un mayor desarrollo para sus vecinos inmediatos. Antes que eso hay una pregunta clave: ¿para qué seguir expoliando las entrañas de una montaña? Si bien es tentador profundizar en la explotación minera por la generación de ganancias, ¿vale tanto lo extraído como para alterar un paisaje que después puede convertirse en irrecuperable? Dinero versus belleza. Debe haber una forma de explotación –artesanal, digamos- que beneficie a los habitantes de la zona sin necesidad de inundar los bolsillos de las multinacionales. Algo chiquito, más racional y humano. ¿Por qué permitir que los que ya acumulan mucho sigan acumulando? Sería interesante que de la discusión sobre los recursos mineros salga una propuesta innovadora que produzca el desarrollo económico en una dimensión más pequeña, que, aunque no alcance para batir records internacionales sirva para satisfacer las pequeñas necesidades antes que las grandes ambiciones.
Ambiciones desmedidas que conducen a convertir noticias viejas en nuevas noticias. Los carroñeros recién ahora descubren lo que se denunció en noviembre y los tartamudeos de Marcelo Bonelli se indignan el doble de lo que deberían. Claro, todo lo que no dijo sobre las escuchas ilegales por las que está procesado Mauricio Macri, lo está diciendo ahora por el Proyecto X. No es cuestión de justificar el espionaje a las organizaciones sociales, pero sí exigir un poco más de ecuanimidad en las denuncias. Las fuerzas policiales deben estar para cuidar a la sociedad de toda actividad delictiva. Las acciones de inteligencia deben apuntar a la desarticulación de las organizaciones  con actividades que están por fuera de la ley. De eso no hay dudas. Si el software de Gendarmería contiene información sobre militantes sociales y activistas políticos debe enjuiciarse a los responsables y castigarlos como corresponde. En Proyecto X debe haber datos sobre personas y grupos por estricto pedido de investigación judicial, no por sospechas de actividades políticas. Pero el Proyecto X encierra la misma gravedad que las escuchas ilegales de Fino Palacios en la Policía Metropolitana. Sin embargo, el tratamiento mediático ha sido dispar. Y eso es lo que molesta y por eso el descrédito creciente que están teniendo estos medios. Detrás de cada letra que difunden no está la intención de informar y eso se nota. Desde hace mucho se esfuerzan en provocar una reacción tanto en el Gobierno Nacional como en sus seguidores. Provocan para poder victimizarse.
Y el que más se victimiza, es el victimario mayor de los últimos tiempos. Como si lo mereciera, la revista Cambio 16 ofreció gentilmente unas cuantas páginas de su última edición al dictador Videla, que acumula ya muchas condenas sobre su inhumana osamenta. En la entrevista tuvo la posibilidad de hacer apología del delito a diestra y siniestra. Y, en el colmo del cinismo, se permitió hablar de los gobiernos democráticos que sucedieron a la más despiadada dictadura que tuvo nuestro país. El periodista español Ricardo Angoso, ligado al derechista Partido Popular, no dudó un instante al nombrarlo ‘general’, aunque Alfonsín lo destituyó hace casi treinta años. Desde la prisión de Campo de Mayo, el genocida volvió a justificar el accionar delictivo de las Fuerzas Armadas durante su gobierno verdaderamente autoritario y criminal. Y habló de una guerra, esa construcción conocida como la teoría de los dos demonios.
Esta aparición del pasado sangriento permite realizar algunas aclaraciones. La ilegalidad constitucional en nuestro país se extendió desde 1955 hasta 1983, con las breves interrupciones de gobiernos en apariencia democráticos. Frondizi e Illia presidieron el país en la ilegalidad de la proscripción al peronismo, por lo que no se los puede considerar totalmente constitucionales. Gobiernos condicionados y condicionales. Cámpora, Perón e Isabel fueron presidentes constitucionales en medio de un fuego cruzado que se había iniciado mucho antes. La guerrilla urbana –error histórico después de la asunción de Cámpora- estaba conformada por civiles en la clandestinidad. Cuando se produce el golpe de Estado en marzo de 1976, el Operativo Independencia ya la había aniquilado. Lo que viene después es la revancha, la persecución más sangrienta y despiadada pero no a guerrilleros armados, sino a militantes indefensos. Y el dictador habla de guerra cuando en realidad fue una masacre guiada sólo por el odio ideológico, para consolidar un modelo económico en función de intereses corporativos. El asesino que habla tiene la osadía de decir que es víctima de una venganza. La venganza no es tan lenta y eso él lo sabe. Si hubiera habido venganza, debería responder una entrevista sólo a través de un médium. Pero está vivo y en una cárcel, condenado por una justicia en democracia, con derecho a defensa. Y también con un dudoso derecho a destilar su veneno a través de las páginas de una revista que se dejó envenenar.
¿Para qué entrevistar a Videla? ¿Por qué permitirle hablar y propalar sus inmundicias? ¿No es un exceso de bondad consentir que se dé el gusto de hacer apología de sus horrendos crímenes? ¿Qué se puede desentrañar de su cabeza inundada de odio? En una entrevista con alguien así no hay imparcialidad posible. Contener el vómito ante semejante monstruo significa compartir su accionar y en cierta forma reivindicarlo. Todavía quedan en nuestro país individuos que lo valoran. No es una cuestión de opinión, si no de una profunda concepción ética. Tener la intención de entrevistarlo es considerarlo como persona con derecho a la palabra. Y por si esto fuera poco, es brindar la oportunidad de que cuestione el sistema institucional que él y sus secuaces violaron y pisotearon de la manera más despiadada.

jueves, 16 de febrero de 2012

La cola del alacrán

Estos días se presentaron propicios para las fintas. No para las opiniones más o menos serias y fundamentadas, sino para tirar escupitajos a mansalva y esperar una reacción. No importa el destinatario, sólo la reacción. Desde columnas periodísticas, comentarios en la red, editoriales televisivos, crónicas mal intencionadas se arrojan constantemente bolas de boñiga –para no decir bosta, que queda más feo- con el único objetivo de inundar de hedor el ambiente. Claro, con el calor, la ausencia de viento y la humedad lo hediondo huele peor. Decir que en nuestro país se están tomando medidas neoliberales ortodoxas o que esto es similar al menemato o que con Néstor esto no pasaba, además de un desconocimiento absoluto demuestra una extremada maldad. Si alguien dice que un helecho es un animal no habla muy bien de sus conocimientos en asuntos biológicos. Pero decir que un alacrán es un tierno gatito que merece ser acariciado encierra objetivos perversos. En Argentina hay alacranes, tiernos gatitos y frondosos helechos y lo importante es conocerlos, diferenciarlos y tratarlos a cada uno como se merece.
Si a mediados de febrero los sucesos parecen agitados, cuesta imaginar lo que será dentro de unos meses. La repudiable e incomprensible represión por parte de las fuerzas policiales catamarqueñas a los vecinos de Bajo La Alumbrera se transformó en un hecho funcional para muchas cosas. Por un lado, para entablar una seria y profunda discusión sobre la explotación de los recursos mineros. Si es mayor el daño que el beneficio; si genera empleo genuino y numéricamente significativo; si no hay otras alternativas de desarrollo económico en la región; si la protesta en Tinogasta no fue una puesta en escena; si el poder político puede controlar al económico y al policial; si todos los vecinos se oponen o son unos pocos.
Pero por otro lado sirvió para socavar y extender el desconcierto a todo el territorio nacional. La actitud desproporcionada de las fuerzas de seguridad catamarqueñas se convirtió en una herramienta para atacar una política de Estado crucial en estos ocho años de gestión: no reprimir las protestas sociales. Y para ciertos sectores acostumbrados a gobernar y saquear el país a su antojo, la ausencia del látigo los deja desnudos. Por eso cierto cronista agitaba frente a cámara el enojo de los manifestantes y se regodeaba ante el equipamiento de los kuntur. Lo que pasó en Tinogasta sirve a futuro si se quiere abordar seriamente la explotación de los recursos de la minería con beneficios para todos pero también es útil para retroceder a los momentos más oscuros: el sometimiento de los sectores más vulnerables al garrote de los que nunca se sacian. Aunque frente a cámara se indignen, las balas de goma, los bastones y los gases lacrimógenos actúan como la más excitante película pornográfica.
Como desde hace unos años reina la cordura gracias a la recuperación de la política, los gobernadores de las diez provincias con abundantes recursos mineros –petróleo, sobre todo- se reunieron no para diseñar un plan de acción represivo ante las protestas sino para exigir a las empresas extractivas un mayor compromiso con la producción para evitar la importación de lo que en realidad sobra. Pero además para elaborar planes de aprovechamiento de los recursos en sintonía con los pobladores de las regiones afectadas. Tanto Famatina como Tinogasta pueden funcionar más como construcción que como retroceso.
En cambio, con el incremento de las dietas de los diputados y senadores trataron de armar una explosión parecida a la del 2001. En facebook aparecieron algunos ciudadanos iluminados por la oscuridad del pasado que convocaban a una protesta frente al Congreso que, por supuesto, sólo fue virtual. Y se repitió aquella consigna macabra, tal vez justificable en aquel contexto de desolación y bronca. Algunos escribían con letras mayúsculas un contundente “que se vayan todos”. El alacrán está muy ansioso por dirigir su aguijón hacia donde más duele. La irresponsabilidad informativa puede tener serias consecuencias. Y más aún si algunos –muy pocos- exponentes de las fuerzas políticas opositoras tratan de encarnar el papel de héroes monásticos anunciando a los cuatro vientos que donarán el excedente. No es lo que dijeron el mes pasado cuando cobraron el primer sueldo con el incremento. Lo dicen ahora, que comenzó la comedia, después de que el director dio la señal.
Claro que los números son bestiales si se los escupe con malsana intención. Tirar porcentajes como si fuera estiércol va a producir –gracias al calor y la humedad- un hedor intolerable para los individuos que siempre se identifican con los sectores equivocados. Pero los incrementos fueron acordados en diciembre después de dietas congeladas durante más de seis años. Todos lo sabían pero salta ahora, cuando se cobra por segunda vez la nueva dieta. Pero son diputados y senadores que pagan ganancias y no cobran aguinaldo. Y están produciendo importantes transformaciones para reconstruir nuestro país. No estamos en crisis y lo que tanto indignó a los no-políticos representa apenas el 0,5 por ciento del presupuesto. Si algo faltó en todo esto fue la sutileza. Podrían haber acordado un incremento gradual para evitar el impacto. Aunque en realidad, para los carroñeros hubiera sido lo mismo. Un legislador de billetera flaca –menos de seis mil pesos- es más sobornable que uno que cobra treinta. Y eso es lo que molesta: que haya menos sobornables.
Lo más doloroso es que la gilada sigue la pelota como un perrito faldero.  Uno sabe que ciertos medios están defendiendo intereses -propios y grupales- que pueden verse afectados en su desmedida avidez, intereses de una oligarquía que quiere volver a dominar los destinos del país en detrimento de los ciudadanos. Lo inexplicable es que algunos individuos que seguramente se verán afectados por las políticas excluyentes que esos sectores extrañan se dediquen a hacerse eco de sus consignas. Por eso apuntan sus misiles a los políticos comprometidos con la labor parlamentaria. Antes era más fácil sembrar en el vacío despolitizado que dejaron los noventa. En 2008, la cobertura mediática del conflicto por la 125 condujo a que muchos se acoplaran a la protesta sin comprender casi nada. Que ahora repitan como loros que esto es un ajuste neoliberal ortodoxo o que volvemos a los noventa es hacerles el juego en algo que ignoran. ¿Desde cuándo un ajuste neoliberal ortodoxo incluye aumento a los jubilados, paritarias libres e incremento de la inversión en salud y educación? Tanta es la necesidad de identificarse con lo que no son que no advierten que el veneno del alacrán puede alcanzarlos a ellos también.
Como el veneno anglófilo del diario que fundó Mitre. Bartolomé Mitre fue un aliado incondicional de la corona, un cómplice, un mucamo de los intereses del Imperio. A tal punto que organizó una guerra contra un país vecino sólo por responder a órdenes colonialistas. Sus sucesores extrañan ese país de oligarquías expoliadoras y cómplices de los intereses foráneos. Por eso buscan escribas dóciles que pongan en duda los derechos soberanos sobre las islas o que salgan a defender a los desvalidos kelpers. Hasta temen que, de recuperar Malvinas, expulsemos a sus pobladores o los degollemos para colgar sus cabezas en el monumento a los caídos. Tan desesperados están que no advierten que su soledad es cada vez mayor. Ellos defienden su posición hegemónica en decadencia y es comprensible que tiren dentelladas al aire, cada vez menos dañinas. Lo que hace ruido es que haya individuos que se hacen eco de esas consignas a sabiendas de que jamás se verán beneficiados por ese poder. Tal vez, todo lo contrario: cuando el aguijón del alacrán no tenga a quién envenenar se volverá contra aquellos que durante estos años intentaron acariciarlo. 

martes, 14 de febrero de 2012

Retroceder para avanzar

Europa exhibe para nosotros una película de nuestro pasado económico, social y político más cruento. La cara más salvaje de lo que explotó hace apenas diez años se está desarrollando en algunos países de la Unión. Eso sí, más acelerado, más sintético, como si fuese el trailer más que la película entera. Todo junto en poco tiempo: recortes, ajustes, jubilaciones, reformas, despidos. Hasta una forma de desmemoria en la condena a inhabilitación del juez Baltasar Garzón.  Las protestas en Grecia y las tímidas reacciones en España deben actuar como un recordatorio en estas tierras. Y pensar que algunos cráneos vernáculos llaman ajuste a la quita de subsidios a las tarifas de los servicios públicos mientras, a lo de allá, le dicen reforma; y se escandalizan por las colas que se forman para tramitar una tarjeta inteligente que permitirá subsidiar a las personas y no a las empresas; también dicen que el actual gobierno usa como pantalla la recuperación de la memoria histórica; que la actitud diplomática del equipo de CFK es igual a la guerra etílica del dictador Galtieri y que la causa Malvinas se agita para ocultar las cosas terribles que están pasando en nuestro país. Dicen tantas cosas que este ignoto profesor de provincias –que transita por sus casi extintas vacaciones- no sabe por dónde comenzar.
No hay que confundirse. Que las Islas Malvinas sean una promesa de riquezas para el Reino Unido puede explicar por qué no quieren devolverlas. Pero ése no es el motivo por el que queremos recuperarlas. En estos días se difundieron números sobre el potencial petrolero que rodea la zona, en el sentido de cuánto podemos perder en el saqueo. Malvinas significa mucho más que dinero: la soberanía no tiene precio. Por supuesto que el aspecto económico juega un papel importante pero el asunto no debe pasar por ahí solamente. Esta historia debe terminar bien porque todo conduce a ello. La Corona Británica, conducida políticamente por el ultra conservador James Cameron, parece más acorralada que nunca, señalada por el dedo de casi toda la Comunidad Internacional.
Después de las grandes celebraciones por la pequeña victoria que obtuvieron en 1982, la realidad asomará a la superficie para manifestar toda su crudeza. Entonces, estarán más débiles que nunca. Las presiones internas y externas conducirán al Primer Ministro a aceptar las resoluciones de la ONU para tomar asiento en una mesa de negociaciones y dialogar sobre la devolución de las islas. Porque es de lo único que se podrá hablar en esa instancia: de la devolución de las islas sin condiciones. No sea cosa que encima quieran cobrar indemnización. La única condición aceptable ronda por el futuro de los Kelpers, que de ninguna manera estará amenazado. Los recibiremos como hermanos o al menos como primos lejanos. Y si insisten con la inconsistente idea de la autodeterminación, bueno, que nos dejen poblarlas y estar en ellas durante los próximos 180 años y recién entonces “autodeterminamos” y todos contentos.
Los que no están contentos son los vecinos de Tinogasta. Mineros y anti mineros se turnan para cortar rutas mientras las autoridades locales guardan un prudente silencio para no desatar la furia. No es cuestión de demonizar la minería siempre. Entre el extremo ambientalista más ingenuo –fogoneado también por quienes quieren que esto fracase- y la extracción voraz que no deja nada en pie hay una gama de opciones que deben tenerse en cuenta. Desde la constitución del 94 los recursos pertenecen a las provincias y sus habitantes. La discusión entonces debe partir de ese punto. Toda acción emprendida por las autoridades debe apuntar al bien común. Por lo tanto, lo que se extraiga debe beneficiar a todos y no sólo a las empresas extractivas. Y no debe producir daño en el medio ambiente. La mega minería –sobre todo la que viene de la mano de las transnacionales- suele ser despiadada en sus explotaciones cuando lo hace en territorio ajeno. El debate debe conducir a una forma más racional de aprovechamiento de los recursos y con beneficios compartidos. En síntesis, que no destruyan todo y que dejen plata. Los noventa –con su impronta entreguista y saqueadora- ya pasaron, aunque quedan algunos exponentes pululando como moscardones.
Menem, por ejemplo. Aunque ya no tenga capacidad para producir daño ni ninguna otra cosa, su presencia –es un decir- como senador, en cierta forma, molesta, duele. Que no haya tenido condena por los estragos producidos en su tránsito por la presidencia es un insulto a la democracia. Que haya individuos que lo sigan coronando con su voto habla muy mal de la conciencia ciudadana. Que exista un partido político que lo contenga significa que no se entiende muy bien lo que ha pasado. Que no se guarde en un sarcófago –como ha hecho De la Rúa- es un cruel sarcasmo para nuestro presente.
¿Qué puede aportar alguien así más que cinismo senil? ¿Qué se puede esperar de alguien que, desde la impunidad más irracional confesó que si en el ’89 decía lo que pensaba hacer en el gobierno no lo votaba nadie? En internet pueden buscarse las imágenes del momento en que el Congreso de entonces regalaba el petróleo –entre otras cosas- al mejor postor. Celebraban. Aplaudían. Sonreían. Y algunos personajes como Dromi y Manzano justificaban –felices- la traición al patrimonio nacional. Ahora se está instalando la idea de la recuperación de YPF como petrolera estatal. Retroceder para recuperar, para avanzar. Desandar el camino de ese gobierno signado por la entrega de todos los recursos, de todas las garantías, de todas las ganancias. Duele que el artífice de todo eso esté hoy sentado en el lugar donde se deciden las leyes que deben desarmar el aparato destructor del neoliberalismo que reinó en los noventa. Algún amigo cercano debería aconsejarle que se guarde, por respeto a todos.
Más que nada, pensando a futuro. Todavía hay algunos sectores de la política que lo reivindican, que defienden el modelo de exclusión y saqueo que Menem llevó adelante; programas periodísticos que convocan a Cavallo no para humillarlo sino para lamer las suelas de sus zapatos; todavía hay individuos que no comprenden que esas políticas nos condujeron al abismo, con el empujón de la Alianza; Menem es un símbolo y lo que ocurre en Europa debe ser un recordatorio. Si la cárcel no lo alcanza para castigar tanta traición, el ostracismo podrá servir para agilizar nuestros pasos en este camino de transformación que transitamos desde hace unos años.

sábado, 11 de febrero de 2012

Los umbrales del Túnel del Tiempo

Tinogasta se convirtió en el escenario ideal para los carroñeros. No tuvieron que invertir mucho ni pensar demasiado. Los sacudones de la cámara y la sobreactuada voz de Julio Bazán bastaron para señalar una vez más una contradicción que no es tal. O sí, pero no tanto. Algo pasa en Catamarca pero no lo que muestran. A nadie le gusta que un camión cargado de explosivos pase por la puerta de casa, vaya para donde vaya. Los vecinos reaccionan y cortan una ruta. Un juez da una orden de desalojo que no escribe pero que todos cumplen, menos los vecinos, porque no han aprendido todavía a leer lo que no está escrito. Los dueños de la mega minera advierten a los operarios que si los vecinos siguen con el corte de ruta quedarán despedidos. Y los operarios hacen un contra corte para conservar las fuentes de trabajo. El kuntur, el grupo de tareas especiales de la policía catamarqueña, recibe órdenes de desalojar la ruta y cumple tanto, que deja a muchos manifestantes heridos. Los perros muerden aunque tengan bozales, porque el conmovedor relato de Julio Bazán produce esos milagros. Y la mina se llama La Alumbrera. El alumbre es un sulfato que, entre otras cosas, se emplea para aclarar aguas turbias. De más está decir que, en Catamarca, no funciona muy bien.
Nada está claro pero sirvió para mostrar un conflicto como una contradicción. Desde Famatina, la explotación minera no debe ser igual. Si hay perjuicio para las poblaciones linderas –o al menos una sospecha- debe pensarse otra cosa. Los recursos están y deben ser utilizados de manera tal que los beneficios sean para todos. Una buena parte del país goza de riquezas mineras que pueden ser aprovechadas. Lo inaceptable es que cada emprendimiento genere los mismos conflictos. Como si la experiencia no pudiera asimilarse para agilizar los trámites. Las autoridades deben incluir los reclamos de los vecinos, las observaciones de los especialistas, las advertencias de grupos ambientalistas antes de firmar acuerdos con empresas extractivas. Resolver la explotación sin contaminación y con control estatal. La represión en Tinogasta fue innecesaria y merece el repudio de toda la comunidad. Como siempre, hay un conflicto que debe ser atendido y resuelto por la política y no por la policía. En un país que está creciendo, que va descubriendo posibilidades de generar recursos, que necesita reconstruirse después de décadas de entrega y desprolijidades, que debe superar el despojo y la sobre explotación neoliberal, siempre van a surgir conflictos.  Pero se requiere una ingeniería sutil y eficiente para evitar que los conflictos paralicen la acción.
Porque cualquier cosa puede brindar la posibilidad de que desplieguen toda la genialidad de su vileza. La cobertura de los incidentes de Tinogasta de la mano de canal 13 y Julio Bazán merece un reconocimiento a la sobre actuación y puesta en escena. Los que acumulan décadas sobre su osamenta recordarán el estilo que supo crear José de Zer, el buscador de marcianitos en el Uritorco. Sacudones en la cámara y jadeos del relator, para superar en violencia y agitación lo que en realidad ocurre. Y una voz que sostiene un relato cargado de dramatismo y angustia, de peligro inminente, de identificación con las víctimas más allá de lo necesario. Julio Bazán, cronista casi estrella del trece e hijo de aquel estilo, cubrió los incidentes de Tinogasta como sólo él sabe hacerlo. Algunos se montan en cualquier incidente para mostrar supuestas contradicciones, posibles traiciones y hasta un probable doble discurso.
Cada imagen, cada tono de voz, cada sacudón de la cámara debe estar dirigido a sacudir la estabilidad del Gobierno Nacional. Esa es la consigna para cualquier noticia. No importa si la policía es provincial, mientras el zócalo denuncie a Gendarmería. Sólo interesa que sugiera el abandono de la idea de no reprimir la protesta social. Y si no hubieran reprimido, reclamar por la necesidad de hacerlo. No importa si los perros tenían bozales, siempre y cuando el cronista hable de los afilados dientes de las bestias. No importa el origen del conflicto, siempre y cuando haya conflicto y salpique, aunque sea un poco, a CFK o al menos a los acomodados de La Cámpora.  “A río revuelto ganancia de pescadores” dice un viejo refrán. Pero los que agitan el río son depredadores capaces de devorar todos los peces y hasta a los pescadores también. Saben cómo hacerlo porque ya lo han hecho.
Desde hace tiempo, muchos ponen énfasis en la necesidad de debatir. Y esto es imprescindible para poder avanzar en el proyecto de país que el 54 por ciento de los votantes aprobó el 23 de octubre. Pero debatir no es buscar el consenso, que es la obediencia a los poderes fácticos que desde hace un tiempo no pueden gobernar a su antojo los destinos del país. Debatir es poner sobre la mesa lo que se ha hecho, lo que se está haciendo y lo que se va a hacer y acordar la mejor manera de alcanzar un objetivo. Y este objetivo no es más que la construcción de un país inclusivo, en constante crecimiento, solidario y que pueda generar disfrute a todos los ciudadanos. Si eso no está presente, no hay debate posible. Si un diputado opositor sostiene que hace falta crear “una alternativa de gobierno para sacar al país del subdesarrollo”, está imposibilitando todo debate. Sostener que estamos subdesarrollados es negar la realidad, es disfrazarla, es lisa y llanamente, mentir. Además de convertirse en una falta de respeto a los países que verdaderamente están subdesarrollados. Nada se puede construir a partir de una mentira. Nada positivo puede traer la negación de la realidad más que prometer un futuro de mentiras. Un debate serio necesita interlocutores serios y comprometidos con los intereses del país, con el objetivo de lograr el bienestar de todos los ciudadanos. Nadie –ni siquiera La Presidenta- ha anunciado que ya estamos en el país de las maravillas. Ni el más fanático de los K puede afirmar que ya está todo hecho. Por el contrario, la idea que subyace es que todavía falta mucho. Pero éste es el camino porque el otro nos llevó a la ruina en reiteradas oportunidades.
Sin embargo, desde cierta mirada mediática todo relato se construye para socavar. El asesinato de un fotógrafo francés se convierte  en un dardo letal. Hasta el suicidio de una periodista es un tiro por elevación a funcionarios ligados al gobierno. Un hecho delictivo se multiplica por miles y el delito que se comete en el conurbano bonaerense se transforma en una amenaza para el ciudadano de La Quiaca. La construcción del miedo por parte de algunos medios de comunicación los conduce al simulacro, como el robo “en vivo” que presentó Mauro Viale en su programa matinal de América TV. Ni hablar del tema Malvinas en donde no es lo mismo un submarino con armas nucleares que un submarino nuclear que tenga la capacidad para portar armas nucleares. Cuesta creer que los que explotan las denuncias de represión son los mismos que se rasgan las vestiduras por los kelpers que la están pasando mal por culpa de las agresiones colonialistas del Gobierno Nacional.  Y también son los mismos que relatan que los chilenos adhieren a la posición británica, cuando en realidad son cien residentes en las islas preocupados por los vuelos de Lan, que todavía no corren peligro.
Los que reclaman claridad son los mismos que oscurecen. Los que exigen debate son los que quieren dar órdenes. Los que afirman defender los intereses del país son los que no dudan en cambiar de bandera. Mientras haya ciudadanos que confíen en esos medios siempre estaremos en el umbral del Túnel del Tiempo.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Una oportunidad a la razón

Un príncipe, un submarino, un destructor. Nada les da la razón, por más que se empeñen en demostrar agresividad y fortaleza. Exhiben las armas más modernas para sostener una actitud decimonónica, del absoluto pasado, de la Historia superada. En enero de 2013 se cumplirán 180 años de la usurpación de las Islas Malvinas y el Gobierno Nacional ha emprendido un camino vigoroso para torcer uno de los mayores ultrajes a nuestra soberanía. Ante representantes de todos los sectores, CFK desarrolló un plan de acción para descolocar una vez más a la diplomacia –es un decir- británica en su negativa para negociar la devolución de las islas. El decreto N° 200 ordena la desclasificación del informe Rattenbach y todos los archivos y documentos relacionados con él y crea una comisión asesora para la elaboración de un informe que desvincule a la sociedad argentina de la aventura bélica emprendida por la Junta Militar encabezada por Galtieri.  Aunque resulta imposible justificar una guerra -y más aún en el contexto en el que se produjo y los motivos por los que se la llevó adelante- es de una hipocresía absoluta negarse a dialogar escudándose en esos tres meses de beligerancia.
En aquel entonces –abril de 1982- hacía casi 150 años que las islas estaban ocupadas por la corona británica. Un siglo y medio de ocupación también es violento, es provocación, es declaración de guerra… y mucho más que ochenta días. La Geografía y la Historia nos dan la razón. La Geopolítica también. Y por si fuera poco, la diplomacia desplegada a lo largo de los últimos años ha convertido la ocupación británica de las islas en una cuestión regional, en un ultraje a toda Sudamérica, en una acción que violenta y amenaza la columna vertebral de la Patria Grande. La razón está de este lado y se impone con más fuerza que príncipes, submarinos y buques. Que con las fintas y gruñidos la Corona quiere distraer a sus súbditos de la crisis económica y social por la que están atravesando es un asunto puertas adentro que no debe entrar en esta discusión. No es simétrico el caso, como se ha tratado de instalar desde algunos medios británicos y dóciles servidores de estas latitudes. La recuperación del control de las Islas es un mandato constitucional y, por lo tanto, debe ser una política de Estado. Que la causa “Falklands” se haya reforzado en Inglaterra desde el interior del ejército para que el presupuesto militar no se vea reducido pasa pura y exclusivamente por cuestiones domésticas del Imperio. Las libras son de ellos. De este lado no se ha destinado un solo peso para fortificar nuestras defensas. “No nos atraen los juegos de armas ni las guerras” expresó CFK en su discurso del martes. Todo está de nuestra parte y ahí está la fortaleza de la posición del Estado Nacional.
Ahora bien, existe una causa de los ingleses que afecta nuestros intereses y se relaciona con el petróleo. Desde hace doce años las reservas petroleras del Mar del Norte apenas alcanzan para satisfacer la demanda interna y el Reino Unido se verá, en breve, obligado a importar crudo. Desde 1965, la British Petroleum extrae el crudo en la plataforma Sea Gem hasta alcanzar el máximo de seis millones de barriles diarios en 1999. Desde entonces, la producción no ha parado de caer. De acuerdo a datos de la CIA –que presenta estimaciones de la producción de petróleo en distintos países- la producción británica rondaba los 2,5 millones de barriles al día en 2003 y el año pasado, apenas alcanzaba a 1,5. La producción está al límite de la demanda que ronda los 1,6 millones de barriles diarios. Por eso es que desde 2009 la British decidió comenzar la exploración de los recursos hidrocarburíferos de Malvinas. Además de otras riquezas que presenta el entorno de las islas, también está la posibilidad de extender el poderío imperial a una franja de la Antártida, que resulta tentador con su promesa de recursos. Para ellos es dinero que les vendría bien para recuperar una posición dominante en decadencia. Para nosotros, es Patria.
Por eso en el discurso del martes, La Presidenta contó con la asistencia de representantes de todos los sectores, hasta los más enconados opositores. La presencia de Hugo Moyano y su hijo, el diputado Facundo, fue mostrada con mucha insistencia por las cámaras televisivas. Y esto no sólo fue por las señales de tregua y segura reconciliación entre el líder de la CGT y el oficialismo, sino porque no hay fisura posible en una causa que significa la recuperación de la soberanía. Salvo por la sugestiva agresión al diputado Díaz Bancalari por parte de supuestos ex combatientes, nada opacó la fuerza de ese acto. Hasta las declaraciones de ocasión realizadas por muchos de los presentes fracasaban al intento de ocultar la emoción por el momento protagonizado.
Sin embargo, llama la atención el posicionamiento de algunos medios en el crepúsculo de su hegemonía. En apariencia, han tomado una posición favorable a los intereses británicos. Los títulos de Clarín que enunciaban la calurosa bienvenida al heredero de la Corona y la preocupación por los insumos de los kelpers a causa del “bloqueo” no tienen como objetivo criticar o molestar al Gobierno Nacional. Tampoco buscan herir a La Presidenta las absurdas comparaciones entre la manera en que Cristina lleva adelante los reclamos por una negociación y la etílica declaración de guerra de Galtieri. Estarán defendiendo su negocio pero no son tan tontos. Si de negocios y ventas se trata, lograrían una mayor adhesión del público con una tibia muestra de apoyo a las actuales gestiones diplomáticas. Aunque a conciencia estén a favor del Imperio y en contra de Cristina, en algo así tratarían de disimular, de actuar con mayor delicadeza y elegancia. De ser cipayos, no lo demostrarían tanto. Para que se entienda, son cipayos pero no tontos. No buscan enojar al Gobierno Nacional. No esperan despertar en el oficialismo más que repudios verbales.  
Esos títulos están pensados para enojar al público, para crear una escenografía de rechazo en la población. En lo posible, despertar tanto enojo que miles y miles de ciudadanos se planten en el edificio de la calle Cepita para manifestar su repudio a un gran diario tan poco argentino. No es que existan esos ciudadanos tan indignados con el Grupo Clarín para manifestar en su contra en la puerta del edificio. Quieren crear el clima, nada más. Para lo otro está Quebracho, cuyos integrantes pueden hacer muy bien de público indignado. También están las huestes futboleras de Macri y Ritondo. Y Cecilia Pando puede aportar ex combatientes enojados y golpeadores. Algunos sectores del sindicalismo por supuesto que estarán deseos de apedrear –con el debido permiso- vidrios del edifico de Clarín. La estrategia es sembrar una semillita de discordia para que la planta germinada y crecida –público indignado y agresivo- la pongan ellos. Entonces sí se puede encontrar una explicación a tan ridículos y entregadores contenidos. Una piedrita les bastaría para encarnar el papel de víctimas con títulos por el estilo de “Hordas K atentan contra la libertad de expresión”.
Pero mientras discurren estas perversas maquinaciones, el resto de los argentinos sentimos tener un pedacito más de Las Malvinas y no a la manera de 1982, en medio de una dictadura con medios cómplices y manipuladores, sino de manera diplomática y pacífica. “Ningún acto de la dictadura puede ser valorizado aunque haya tenido apoyo multitudinario”, conmovió Cristina en su discurso. Y definió: “ningún lugar puede ser un trofeo de guerra”. Además de asegurar que reclamará ante el Comité de Descolonización de la ONU, y fiel a la música que debía escuchar en su adolescencia, concluyó con un pedido al Primer Ministro James Cameron: “dale una oportunidad a la paz”. Si los reclamos diplomáticos, las declaraciones de organismos multilaterales, los discursos de muchos presidentes, el apoyo de países extra regionales y las declaraciones de la ONU logran que Gran Bretaña se siente a dialogar la devolución de las islas, no será un triunfo para Cristina, sino para los cuarenta millones. Porque el archipiélago será de todos y para siempre.