lunes, 7 de enero de 2013

La paciencia de las mayorías



Cada tanto, los medios sacan a relucir algunas de las costumbres austeras del presidente uruguayo José Mujica. Que si anda en un escarabajo, vive en una chacrita o utiliza la misma ropa que cuando tenía treinta años y otras cosas por el estilo. Lo último: que puede vivir con 800 dólares mensuales. Bien por él, aunque sabe que con esas declaraciones aporta material a los carroñeros de la no-política. Sus anécdotas ahorrativas se convierten en un ejemplo para los cínicos que destruyeron estos países durante los nefastos tiempos de neoliberalismo. Lo importante no debe ser lo que gastan sino cómo transforman la realidad en la que intervienen. Y en beneficio de quiénes, claro está. Esas lecciones difundidas por los que seguramente gastan mucho más que eso en un solo día constituyen una mueca hipócrita. El otro extremo: cuando Cavallo afirmaba que necesitaba diez mil pesos-dólares en aquellos días en que los jubilados cobraban 150 y un trabajador, apenas un poco más. En cualquier circunstancia, esos números parecen una burla. O no aportan nada, salvo una excusa para insistir con los planes de ajuste que tantos estragos y dolores producen en la otrora pujante Europa.
Y Mujica se deja llevar por su propio personaje, aún sabiendo que esas pequeñeces producen el deleite de los que están incapacitados para llevar adelante cualquier discusión ideológica, pero tienen ganas de retornar. La austeridad puede ser un principio personal, pero nunca un valor en la gestión política. Los exponentes del Poder Económico siempre alientan el ahorro ajeno porque redunda en acumulación propia. Cuanto menos gaste un Estado, menos recursos fiscales necesitará. Y un resultado más siniestro: si un presidente puede vivir con esa exigua cantidad, los ciudadanos pueden vivir con mucho menos. Palabras simpáticas las de Mujica, como siempre, pero que, en manos de los Hacedores de Desigualdad se convierten en fatales consignas para cualquier intento de distribución del ingreso.
Una distribución que significa que contribuyan más los que más ganan. Y que dejen de evadir y especular. En lugar de fijarse en esos pintorescos casos, deberían comprometerse con el desarrollo del país y no buscar su ruina y la de sus habitantes. En vez de lamentarse por la pobreza que los rodea –en poco convincentes actuaciones, eso sí- deberían reflexionar sobre el accionar de su propia angurria, que es lo que la genera. En la provincia de Santa Fe, la desigualdad es alarmante, afectando en algunas regiones a más del 25 por ciento de la población. Sin embargo, durante 2012 exportó productos agrícolas por algo más de 23 mil millones de dólares, casi tres veces más que en 2003. La producción sojera triplicó sus ingresos, pero ni siquiera un mínimo derrame beneficia a la población. Claro, como en otras provincias, los gobernantes no quieren enemistarse con los principales terratenientes y es por eso que el impuesto rural resulta mínimo comparado con las tarifas y tributos que pagan los trabajadores urbanos. Además, las 120 empresas con facturación millonaria no pagan ingresos brutos. De brutos, pero así es. Y las lágrimas que el gobernador socialista, Antonio Bonfatti, destila ante las cámaras ya no convencen a nadie.
La política debe gobernar a la economía y no a la inversa. Los tributos deben afectar a los que más tienen en beneficio de los que menos tienen. Esa debe ser la ecuación, aunque, a nivel nacional, hay unas cuantas reformas pendientes. Exenciones tributarias que se transforman en injusticias. Agustín Rossi, diputado kirchnerista, considera viable la posibilidad de que los magistrados comiencen a pagar el impuesto a los altos ingresos, aunque no modificará de manera significativa la recaudación. Pero si agregamos otros casos similares, como las jerarquías eclesiásticas, por ejemplo, la cosa pinta mejor. Lo ideal sería que se sumen al tributo las exportadoras de cereales y minerales, que tienen ganancias extraordinarias y dejan casi nada. Una reforma tributaria progresista debería figurar en la agenda parlamentaria de este año.
Así y todo, la recaudación fiscal de 2012 superó un nuevo récord: casi 680 mil millones de pesos, un 26 por ciento más que 2011. El titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, resaltó que el incremento en Ganancias se relaciona con el crecimiento económico y “el mayor nivel de fiscalización sobre los grandes contribuyentes”. Por supuesto, todavía falta. En la semana que pasó, Echegaray anunció una serie de modificaciones en el traspaso de jugadores de fútbol, un agujero negro inextricable. Ahora, los derechos federativos y económicos de los jugadores estarán bancarizados y a cargo de los clubes, lo que evitará una fuga millonaria. Además, la reforma propone la creación de un registro de inversores y representantes y la expresa prohibición de que grupos empresarios sean dueños directos de un jugador. Más temprano que tarde, el negocio de los pases beneficiará a todos a través de la carga impositiva. Siempre y cuando ningún sicario judicial meta las garras.
Desde hace algún tiempo, la connivencia entre jueces y corporaciones se ha hecho más evidente. Como en muchos casos, lo que antes ocurría de manera solapada, ahora se hace con bombos y platillos. Imposible no evocar algunas imágenes de películas hollywoodenses, en la que el o los protagonistas, ya derrotados, emprenden un alocado ataque suicida que desconcierta por unos segundos al enemigo. En el caso de los jueces, no hay nada heroico, sino despreciable. Pero, acorralados los grandes grupos económicos por disposiciones legales, los magistrados se calzan la peluca con bucles como si fuera un yelmo y alzan su espada, no para combatir a las bestias que pretenden devorar a la población, sino para protegerlas. Una cautelar que se ha extendido por diez años exime al diario La Nación de pagar una deuda millonaria por evasión impositiva. Otra de más de tres que impide que una ley aprobada por el Congreso se aplique en su totalidad. Y la última, recién estrenada, que surgió en las postrimerías de los festejos por el año nuevo, la que beneficia a la Sociedad Rural, la más absurda de todas.
Más que absurda, alevosa, obscena, digna de figurar en los anales de las atrocidades jurídicas. Una vez más, la Cámara Civil y Comercial hizo de las suyas y metió sus garras donde no debía. Los protagonistas son los mismos jueces que ya no deberían estar donde están: Francisco de las Carreras y Ricardo Guarinoni, recusados por aceptar dádivas de una de las partes, por un viaje a Miami sustentado por uno de los tentáculos del Monopolio. Pero, además, el caso no es competencia de ese Tribunal, como sí lo es de la Cámara en lo Contencioso Administrativo.
Pero esto no queda aquí. El mismo trío de jueces recibió un insólito pedido de recusación de Martín Sabbatella, presentado por los abogados del Grupo, que ya deberían ser sancionados por violentar los mecanismos de la Justicia con fabulaciones insostenibles. El escrito, que invoca el artículo 17 del Código Civil y Comercial, afirma que el titular de la AFSCA actúa con “enemistad manifiesta”, al pretender que el Grupo Clarín acate las leyes de la democracia. Si fuera por eso, más de la mitad de los argentinos deberíamos ser denunciados. Lo ridículo de todo esto es que esa norma está pensada para los jueces, no para los funcionarios del Poder Ejecutivo que deben hacer cumplir una ley. “Es como decir que un inspector de tránsito tiene enemistad manifiesta porque no te permite pasar un semáforo en rojo”, explicó Sergio Zurano, director de Asuntos Jurídicos de la AFSCA.
En realidad, no se esperaba otra cosa de ellos, aunque no se sabe qué esperan de nosotros. El insistente accionar corporativo –y conspirativo- de algunos jueces convierte en dificultoso el accionar político. La sacralidad extraterrena que ostentaba la Justicia se transformó en un catálogo de inmundicias humanas. Para no olvidar: en las primeras semanas de iniciada su gestión presidencial, Néstor Kirchner afirmó que “donde se mete el dedo, sale pus”. Todavía estamos infectados por la herencia de la dictadura y es hora de que nos curemos definitivamente, abusando de las metáforas médicas. El país con el que muchos soñamos necesita que afrontemos los conflictos sin temor. Cuando vemos quiénes son los que se enojan, quiénes son sus vociferadores y quiénes sus esbirros, más debemos convencernos de que el elegido es el camino correcto. Sin dudas, pero con paciencia.


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