lunes, 10 de junio de 2013

Candidatos: de la manipulación a la mentira



Historia de los políticos que no quieren ser votados
Qué difícil será votar para los que no acuerdan con el kirchnerismo. En las filas opositoras sobran las caras, pero las propuestas brillan por su ausencia. El PRO, por ejemplo, promete menguar hasta convertirse en un club de amigos. Después de que la mayoría de sus diputados diera la espalda a la fertilización asistida, el Líder Amarillo salió a justificar la postura del bloque. Lejos de iluminar, el Alcalde de la CABA se enredó en un clasismo tan oprobioso que, en lugar de sumar voluntades, puede espantar hasta al más derechoso. Por fin apelan a la sinceridad y demuestran que sus ideas no están destinadas a la mayoría, sino a una minoría que pretende conservar sus privilegios. Otros, en cambio, son más erráticos. En su afán de figurar, recitan excusas para su futuro fracaso. El titular de la UCR, Mario Barletta, aspira a ganar algunos minutos de fama en los medios opositores. No se conformó con el confuso cruce que tuvo con Dante Caputo. Inspirado por la inconsistencia, Barletta consideró que el oficialismo “no va a descansar un minuto para intentar la perpetuidad en el poder”. Tanto intenta el kirchnerismo perpetuarse que hasta ha logrado mejorar la vida de millones, algo que muchos de los que lloriquean en los estudios televisivos no podrían prometer ni en sus sueños más optimistas.
Ya embarrado en la incoherencia, el dirigente radical apela a consignas sin sustento para seguir dando la espalda a los ciudadanos y congraciarse con los individuos. Decir que “limitar la libertad de prensa y dominar la Justicia son aspectos centrales del modelo” es más un título para Clarín que una propuesta programática. Además de ser una rotunda mentira, válida sólo para alimentar prejuicios y embrutecer al votante. Pero no es el único que dice estas tonterías. En esto, jamás podrá competir con Hermes Binner. Para el líder del FAP, existe “una intención muy importante de la población de cambiar y buscar otros rumbos ante el agotamiento de un modelo”. ¿De qué población, de qué país, qué agotamiento del modelo? Muchas preguntas para una afirmación descabellada.
Como un estadista visionario, el candidato a diputado nacional considera que la situación económica está “complicada porque el déficit fiscal y comercial presentan un escenario difícil para enderezar el país, y si a ello le sumamos la inflación, la falta de garantías para el inversor y una macroeconomía que no mira lo que se produce, sino conveniencias circunstanciales, estamos ante un panorama que explica lo que estamos viviendo hoy en la Argentina”. Lo único seguro es que el ex anestesista padece una sobredosis de mensajes agoreros. Pero su mirada está posada más allá de estas elecciones de medio tiempo. Como si estuviera ensayando para 2015, vaticinó que “a doce años del modelo, entendemos que hay otro país y son tiempos de cambio, donde se respete la Constitución, las leyes, la independencia de los poderes, el federalismo como una realidad; la autonomía de los municipios, y que exista un país respetuoso de las instituciones”. No es que uno pretenda avivar giles, pero no va a convencer a muchos diciendo estos disparates.
A ningún oficialismo le conviene una oposición así, tan alejada de los hechos, tan negada a las propuestas. Pero ellos insisten en abandonar la política para dedicarse a dibujar escenarios alucinantes. Ellos renuncian al debate comprometido con el futuro del país. Ellos se sumergen en esta alocada danza al ritmo de intereses corporativos. Ellos se niegan a representar a millones de argentinos para recibir una palmada del amo. No será culpa del Gobierno si después de octubre quedan más solos que nunca.
Si hay responsables por la derrota que se viene para los escuálidos opositores son ellos mismos, porque ponen sus mentes a disposición de la manipulación mediática. La descartada tesis de la anticuada Teoría Hipodérmica recupera su vigencia con estos políticos de laboratorio que, como nada simpáticas ratas blancas, se sumergen en los antojadizos laberintos de la agenda que disparan los medios otrora dominantes. Y si no son víctimas, son cómplices en esta in-Noble tarea de transformar al público en individuos embrutecidos y quejosos. En cualquiera de las dos opciones –víctimas o cómplices-, esto se puede convertir en un peligro para la armonía de cualquier democracia.
El semiólogo y periodista español, Ignacio Ramonet, lo explica de manera más contundente: en América Latina, “la nueva generación de políticos de fines de los ‘90 y principios de los 2000 surge con una voluntad de reparación histórica y justicia social hasta ahora postergada. Entonces vemos que los partidos tradicionales, que habían defraudado al pueblo luego de las dictaduras introduciendo el neoliberalismo, se convierten en una oposición muy mal representada, por lo que los medios asumen ese rol. Y tienen la voluntad de hacerlo”.  Y el ejemplo que brinda permite una comprensión mayor de esta idea: “es lo que pasó con Chávez en 2002, cuando ellos montaron una atmósfera de mentiras para dar el golpe”.
A riesgo de ser insistente, Barletta miente al afirmar que el cercenamiento de la libertad de prensa y el sometimiento de la Justicia “son aspectos centrales del modelo”. También miente Binner al anunciar el fin de ciclo y todas las sandeces que dice. En ambos casos –y en muchos más- alimentar el pensar político con versiones de los hechos hartamente desmentidas es de una irresponsabilidad atroz. Por eso no pueden transformar ese pensar en propuestas programáticas. Un manojo de manipulados que pretende representar a un grupo de individuos prejuiciosos, iracundos y desorientados. Y después destinan cataratas de generalidades en defensa de la convivencia republicana.
Y si están más solos es porque con cada declaración queda en evidencia su intención manipuladora. Ante esta notoria actitud no-política, muchos, después de escucharlos, deciden integrarse al colectivo de los ciudadanos. Como cada vez se confunden más con las corporaciones, muchos votantes no los elegirán como representantes. Las grietas del sentido común se hacen cada vez más gruesas y anuncian su cercano derrumbe. Todos los intentos de apuntalar ese discurso otrora dominante no hacen más que vulnerar sus cimientos.
Un ejemplo, para terminar. Desde febrero, rige un acuerdo de precios que, en cierta forma, está dando auspiciosos resultados. Al menos, permitió visualizar algunos problemas en el sistema de comercialización. El refuerzo que llegó con el programa “Mirar para cuidar” comenzó recién la semana pasada, pero desde mucho antes fue blanco de las críticas más absurdas. Y, seguramente, se esforzarán por minimizar sus posibles consecuencias propicias. En caso de que el IPC tienda a la baja, continuarán vociferando pestes sobre el INDEC y denunciando una descontrolada inflación. Y dispararán índices de metodología dudosa con engrosadas cifras canónicas.
Lejos de toda honestidad intelectual, persistirán en la falacia de calificar estadísticas en términos de verdad o mentira. Los indicadores, como grupo de técnicas desarrolladas para recopilar, presentar y analizar datos, pueden ser mejores o peores, nunca verdaderos o mentirosos. Mentirosos son los que presentan el IPC como índice de inflación y exhiben como realidad un número abstracto, que no tiene en cuenta la canasta de consumo de cada persona. Mentirosos son los que dicen que estamos peor que nunca y gobernados por algo más perverso que una dictadura. Mentirosos son los que sentencian que vamos rumbo al desastre. Mentirosos, no más que eso.

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