miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los golpeadores y sus apologistas



En estos días de invierno veraniego, muchas cosas se confunden. Tal vez las flores broten, pensando que ya es su hora y no temen por una helada tardía que las congele para siempre. Bermudas, musculosas y otras prendas ligeras permiten el asomo de pieles blanquecinas. Algunos exagerados ya ponen en funcionamiento aires y ventiladores como si estuviésemos en pleno enero. Y el tema de siempre: si este mes es septiembre o setiembre. La “p” habrá sido escamoteada de algún documento, en tiempos lejanos, por un asistente bilingüe y para esconder el error ante su jefe, explicó que se usaba así. De ahí a la eliminación casi completa de la letra que indica el séptimo mes del calendario romano, hay un solo paso. Decir setiembre parecerá moderno, pero otubre es de bestias. El procesador marca la segunda opción con el pirulito rojo, pero no la primera. ¿Por qué una p es más desechable que una c? Una de las tantas preguntas que necesitan respuestas. Quizá porque algunos apellidos que comienzan con P identifican a personajes repudiables. Sobre todo en Chile, que ostentan dos que unen cuarenta años de historia. Un Pinochet que irrumpe para aniquilar la democracia y un Piñera que intenta ocultar, en vano, su indisimulable simpatía por el régimen que asesinó a miles.
"El gobierno de la Unidad Popular reiteradamente quebrantó la legalidad y el Estado de derecho en nuestro país y eso también debemos recordarlo", dijo el actual presidente chileno en el Palacio de la Moneda para recordar el 40 aniversario del ataque criminal que derrocó a Salvador Allende. Días atrás había confesado ante cámara que el día del golpe ofreció matrimonio a su actual esposa.  Un golpe al corazón, que le dicen. La legalidad que había quebrantado el mandatario de la Unidad Popular no era otra cosa que el statu quo. Pero Piñera no tiene mejor idea que justificar el golpe, aunque no sus consecuencias. La teoría de los dos demonios trasandina. Nada dijo Piñera de los atentados pergeñados desde los cuarteles que cobraron muchas vidas unos meses antes de la cruel rebelión. El estado de derecho que quebrantó Allende no es más que un abanico de privilegios para pocos que hundían en la desigualdad a las mayorías. Lo que denuncia Piñera es la desobediencia del mártir socialista a las órdenes patricias e imperiales. Para el actual ocupante ocasional del Palacio de la Moneda la culpa del golpe de 1973 la tuvo el derrocado, por cumplir con el mandato de las urnas y transformar la realidad. El golpeador siempre afirma que la víctima merece un correctivo cada tanto.
Algo parecido al editorial del diario La Nación del lunes 2 de septiembre, “La tinta no destituye”. Desde las columnas de la ex tribuna de doctrina, el texto responde a la metáfora de La Presidenta, que compara las balas de plomo que derrocaron a Perón en 1955 con las balas de tinta que arrojan hoy las usinas de estiércol. “Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955 –explica el patricio libelo- Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo”. Llamar régimen a un gobierno democrático ya es una huella golpista, más aún cuando siempre consideraron gobierno a todas las dictaduras. Pero después de este exabrupto verbal para justificar un golpe de Estado, vuelve a la actualidad para ponderar el rol de la prensa independiente.
“Las ‘balas de tinta’ no matan ni hieren, ni mucho menos derrocan gobiernos. Esos proyectiles sólo informan, analizan, investigan y critican. Forman opinión. Si esa opinión, al convertirse en el voto que se deposita en las urnas, resulta políticamente letal, es pura y exclusivamente porque la tinta, al margen de los errores que se puedan cometer, ha sabido transmitir la realidad en la que viven los lectores”. En ningún momento, claro está, considera el autor del editorial que gran parte de los hechos difundidos son amañados, exagerados o inexistentes. O que, más que hechos, son deseos inspirados por intereses destructivos. Si el kirchnerismo padeció una hemorragia de votos, fue por “la inflación imparable, a la creciente falta de seguridad y a la corrupción impune”, se excusa el añejo matutino. Tres tópicos amplificados día a día por los medios dominantes a pesar de que no sean significativos en la vida real. “El periodismo independiente no creó esos fenómenos. Los reflejó, los reveló, los investigó, los analizó y los difundió”, continúa predicando, como una confesión.
Desmontar en un solo texto la constante erosión de la legitimidad del proyecto en curso es una pretensión incumplible, pero pueden aportarse un par de datos para la discusión. La visión ortodoxa de la economía considera la inflación como un flagelo canceroso, por mínimos que sean los índices. Sus exponentes sufren al evaluar las cifras que se destinan a paliar la situación de los menos favorecidos. Aunque los lamentos por la inflación parecen apuntar a la protección del bolsillo de los asalariados, en realidad, tienen otros fines. Más que considerar cuánto aumentan los precios, sería interesante difundir cuánto más puede hacer un trabajador con lo que cobra. En estos diez años, el poder adquisitivo del salario y de la jubilación mínima se ha triplicado, por más que parezca incongruente. Desde 2003 a la fecha, el ingreso mínimo trepó 16 veces, de 200 a 3300 pesos y la jubilación mínima, por 11, de 150 a 2477 pesos. Pero esto no demuestra demasiado. En el momento de la asunción de Néstor Kirchner, con ese salario mínimo se podían comprar 31 kilos de asado y hoy, más de 78. Si antes compraba con esa suma 83 kilos de tomate, ahora puede obtener 236, de 71,5 kilos de manzana a 240, de 167 litros de leche a 446, de 50 kilos de pollo a 220. El salario mínimo alcanza para mucho más de lo que alcanzaba diez años atrás, a pesar de la preocupante inflación que carcome el ingreso del trabajador. Estos son datos que la prensa carroñera omite propalar porque destruye los argumentos que apuntan a enfriar la economía.
Con respecto a la creciente falta de seguridad, no hacen más que apelar a la vieja estrategia de instalar miedo para justificar un recrudecimiento de la intervención punitiva: la tan mentada mano dura. O, en su defecto, recurrir a la instalación de sistemas de seguridad que enriquecen a las empresas aliadas. Esto, vale aclarar, no significa una negación de la existencia de delitos. La sensación de inseguridad es el resultado de la amplificación de los hechos que pueden ocurrir en la vida cotidiana, que son menos de los que aparecen en la pantalla. El individuo encerrado en la sala frente a la TV percibe que el exterior es tan peligroso que resulta imposible salir. Sin embargo, Argentina figura entre los últimos puestos en cuanto a cifras delictivas, lo que desmiente el latiguillo con que día a día nos atosigan.
Y el último tópico, la corrupción, constituye la mejor excusa para destronar a un gobierno. Las denuncias mediáticas son más veloces que el accionar judicial por lo que tienen un impacto inmediato en los que siempre desconfían. Después, mucho tiempo después, cuando los jueces descubren que el sospechado es inocente, el público ya está consumiendo otras denuncias y no tendrá espacio para conocer la verdad. Esas son las balas de tinta destinadas no tanto a La Presidenta y su equipo sino a los votantes que eligen candidatos que no condicen con los intereses del establishment. La historia siempre aporta un buen ejemplo para no cometer los mismos errores en el presente. Los que promueven golpes y destituciones siempre culpan al destituido, pero son los pueblos los que padecen las consecuencias. El golpeador culpará a la víctima una vez más si todo lo que se teme se convierte en realidad.

1 comentario:

  1. Es que otra vez la hdp de mi mujer me cebó un mate frio y no tuve mas remedio que darle una boleo .
    Allende tuvo la osadía de pensar un Chile distinto, la primer yegua ,la Eva ,La "señora" expuso la miserias morales de las clases dirigentes y ahora la Yegua de Cristina desafia el sentido común

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