miércoles, 2 de octubre de 2013

La amenaza de un sueño interrumpido



Candidatos que sólo ofrecen el pasado
Por fin arranca el último tramo de este año electoral. Mientras los analistas pronostican pocos cambios, los ciudadanos aspiramos a más. Lo contrario sería injusto. Y no es exagerado decirlo: este gobierno no apeló a los recursos habituales para sacarnos del fango. El proyecto K rompió con muchos moldes y todavía puede dar más sorpresas. Que los candidatos del FPV logren superar los números de las PASO puede cerrar la boca de más de uno. Bocas cargadas de falsedades, que expelen los peores alientos y quieren vernos nuevamente de rodillas. Triste abandonar este sueño a mitad de camino. Lamentable elegir un país normal cuando con la anormalidad de estos años hemos logrado tanto. Anormalidad que no significa otra cosa más que conquistar el bienestar de la mayoría. Abandonar la anomalía del kirchnerismo significaría volver a nuestros años más oscuros. Mentira que no pasa nada si el oficialismo nacional no conquista una victoria contundente. Ya lo vimos no hace mucho cuando las minorías opositoras se pegotearon en el Grupo A para destruir lo que todavía no estaba construido. Desde las usinas de estiércol están dispuestos a someter a CFK a las angurrias del Poder Fáctico. Y si pisotean a La Presidenta, ¿qué nos espera a los de a pie?
No es exagerado decir que estos diez años han sido únicos. Desde el retorno a la democracia, no hemos vivido nada igual. Por eso están tan desesperados y se regocijan con la posibilidad de un triunfo. El éxito de sus artimañas puede significar un tropiezo insalvable. Parece mentira que con tan poco consigan interrumpir este proyecto. Apelar a la memoria, la conciencia y la solidaridad puede resultar redundante. Una mano en el corazón tal vez logre ayudar en el cuarto oscuro. Si el caos virtual que inventan a diario desde los medios consigue opacar el brillo de la realidad cotidiana, significa que no hemos aprendido demasiado. Si a los argentinos nos preocupa más el enojo de los poderosos que el bienestar de la mayoría, nuestra historia será una calesita eterna. Un disco sin fin que repite la misma canción de decepciones y caídas con algunas esporádicas ficciones de bienestar. No podemos ser tan reiterativos, más aún cuando hemos comprobado que con poco esfuerzo conquistamos mucha dignidad.
Y recuperamos autoestima. ¿O queremos volver a aquellos tiempos en que creíamos ser lo peor del mundo o que nos avergonzaba un poco reconocer nuestra ciudadanía en el extranjero, donde nos recordaban sólo por nuestros fracasos? ¿Extrañamos en serio aquel país que tenía a Ezeiza como única salida o el del último que apague la luz? ¿Añoramos estar horas y horas haciendo cola para conseguir un puesto mal pagado o una visa para huir a Europa? ¿O queremos volver a estremecernos con el panorama de la muchedumbre revolviendo un contenedor para encontrar algo que comer?
Y si la memoria falla, nuestro pasado está presente en el convulsionado Primer Mundo. Muchos de los países que antes nos parecían horizontes, ahora se asemejan a nuestro punto de partida. Al infierno del que salimos, para ser más claros. Españoles, griegos, italianos padecen las carencias más elementales por una fiesta que jamás disfrutaron. Gobiernos que ajustan y recortan para contentar a los insaciables, sin importar que los sufrientes sean los ciudadanos. El desempleo como un número y no como la historia de una familia condenada a la angustia de no poder subsistir. Y la malaria se contagia a otras regiones, mientras los carroñeros del neoliberalismo multiplican sus fortunas.
Y cruza el charco y desembarca en las tierras donde se engendró a esta bestia aborrecible. Aunque los millones de anónimos no tengan nada que ver, por fin el Imperio padece las consecuencias de la voracidad de unos pocos. Desde la llegada de Ronald Reagan a la presidencia, allá por 1980, las leyes comenzaron a favorecer el enriquecimiento de las minorías con un sistema económico cuyas ganancias se obtienen más en la virtualidad que en la producción. Esa atrocidad está en crisis en su propia cuna y el país más poderoso del mundo se encuentra al borde de la quiebra. Y mientras en el Sur haya gobiernos decididos a gobernar en beneficio de sus ciudadanos, nada nos puede salpicar.
Pero la tentación es muy grande y los cipayos abundan en todas las latitudes. Seres viles que por unas caricias en el lomo son capaces de entregar la soberanía de sus propios países, que se presentan como candidatos portadores de lo nuevo o salvadores de las catástrofes que ellos se encargarán de producir. Los que, con la expresión más seria que pueden esbozar, ponderan la austeridad, exigen recortes y denuncian corrupción. La historia de siempre: cuando los recursos no van a parar a sus arcas, sino que se distribuye para alcanzar la equidad, denuncian corrupción, populismo o prácticas clientelares. Y ofrecen como remedio para una enfermedad que no padecemos el financiamiento externo, con el claro fin de trasladar la crisis del Norte a nuestras latitudes. Ya los conocemos por sus palabras, recitadas a lo largo del tiempo por innumerables ministros de economía. La austeridad para la mayoría significa el enriquecimiento de la minoría.
Muy triste abandonar este camino porque algunos distraídos se han dejado engañar por tretas tan recurrentes. Lamentable que algunos individuos quieran clausurar la redistribución una vez han alcanzado algo de bienestar, dejando al resto afuera. Personajes que creen pertenecer a una clase superior porque sus billeteras han engordado un poco. Ilusos que, por andar montados en un 0km se identifican con los que no ven la hora de recuperar el control. Pacatos que prefieren la malévola sonrisa del explotador mientras cuenta sus lingotes antes que la franca alegría de los millones que viven con dignidad.
Unas semanas nos separan de ese momento crucial. Un paso en falso y todo lo logrado en esta década se convertirá, otra vez, en un buen recuerdo. Una pena, justo cuando comenzábamos a disfrutarlo.

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