lunes, 25 de noviembre de 2013

Por una oposición responsable


En una semana poblada por el retorno de La Presidenta, la ausencia de delito en la no-causa de la ex Ciccone pasó a un plano secundario, aunque es saludable destacar su trascendencia. Esta operación que duró casi dos años, sembrando desconfianza sobre el vice-presidente Amado Boudou, degradando su figura pública y agraviando su persona, no merece sólo una vuelta de página para elegir una nueva víctima. Periodistas, políticos y muchos caceroleros saturaron el espacio con insultos y enojos basados en prejuicios mediáticos y alentados por algunos cómplices judiciales. Nuestro país atravesó las elecciones legislativas y la enfermedad de Cristina con Boudou ejerciendo la presidencia y soportando las injurias más exasperadas. “Impresentable” es lo más liviano que dijeron de él y no puede existir la convivencia democrática con gritones tan equivocados. Mientras esperamos las disculpas correspondientes, el nuevo equipo gubernamental se prepara para realizar importantes transformaciones. Por lo que parece, lo que viene no será un maquillaje.
La investigación en contra de Boudou debe cerrarse porque no hay definición sobre cuál es el delito que se está indagando. Esta es la idea que el fiscal Javier de Luca presentó ante la Cámara de Casación, que “falta la acción penal”. Desde el principio, como muchas veces se ha señalado en estos Apuntes, no se sabía cuál era el dolo cometido por el autor de la recuperación de los fondos de pensión. Acusaciones disparadas hacia múltiples blancos, el testimonio de una mujer despechada, allanamientos e indefiniciones contribuyeron al accionar destituyente. Y los exponentes de la oposición, que siempre se llenan la boca hablando del respeto a las instituciones, pisotearon el principio de presunción de inocencia de nuestro sistema judicial. ¿Cuántos de estos personajes deberían llamarse a silencio durante un tiempo, no por censura, sino por vergüenza? Pero no conviene abrigar esperanzas al respecto.
Y no son las únicas acciones opositoras que pisotean las instituciones. Las ausencias prolongadas de algunos diputados, por ejemplo, deberían ser tomadas como abandono del puesto de trabajo, como ocurre con cualquier empleado. O al menos, evitar la postulación de un representante que decide no representar a nadie. Otro asunto un poco más complejo es la mudanza de camisetas. En estos días se conoció la novedad de que Facundo Moyano, que conquistó su banca por el FPV, ahora decide pasar a las filas del massismo. ¿De quién es la banca, del partido o del individuo? ¿No debería renunciar, para no traicionar los votos que lo coronaron como diputado? ¿Cómo sabe que sus votantes quieren que se mude a Tigre? ¿Quién es él para obligar a sus representados a congeniar con el candidato del establishment?
Otro asunto para considerar: durante un tiempo la discusión pasó por evitar que La Presidenta acceda a un tercer mandato, algo no permitido por la Constitución. Sin embargo, diputados y senadores no tienen ningún tipo de limitaciones y podemos verificar la presencia de muchos atornillados que no aportan nada y sin embargo están siempre habilitados para vivir a costa del Estado. Pensar en estas cosas convertiría la representación parlamentaria en un trabajo más cercano al Congreso que a los estudios televisivos.
Lo que vendrá
Los cambios en el gabinete no significan un barajar y dar de nuevo. Los nuevos funcionarios están comprometidos a profundizar este recorrido con tácticas distintas. Quienes menearon el rabo pensando que la ortodoxia económica podría inyectar algunas dosis de sus destructivas recetas, quedaron defraudados a los pocos minutos. Como pocas veces en nuestra historia, los funcionarios salientes se fueron por la puerta grande. Hasta el licenciado Guillermo Moreno ha sido merecedor de elogiosas despedidas, en proporción con la pueril demonización de los medios hegemónicos. Considerar que este cambio es un triunfo del Poder Fáctico destructivo es encerrarse en la pequeñez de la mirada carroñera. Un buen estratega sabe disimular una debilidad para engañar al adversario. Moreno ya cumplió con su objetivo: poner en evidencia que con ciertos tipos no hay diálogo posible. Los que le atribuyen malos modales son los que no están habituados a que pongan al descubierto su miserable angurria. De a poco, se tendrán que acostumbrar.
Mientras Hermes Binner y Sergio Massa, como adolescentes decimonónicos, deambulan por la vieja y explosiva Europa para exhibirse como presidenciables, el kirchnerismo trata de recuperar el terreno perdido. Y también, la iniciativa. Desde el lunes, el Gobierno Nacional tiene la agenda en sus manos y el nuevo Jefe de Gabinete no va a permitir que se la arrebaten. Todos los días, Capitanich expone ante la prensa los pasos que decide dar el oficialismo, pero los periodistas que hasta hace un tiempo estaban ansiosos por preguntar, ahora no saben cómo hacerlo. En el diccionario K no hay lugar para palabras como ‘ajuste’, ‘derrame’ o ‘reducción del gasto’. No están entre las opciones los preceptos ortodoxos que nos llevaron al desastre. El flamante ministro de Economía -nuevo demonio del establishment- lo ha dicho de múltiples formas: el crecimiento se produce de abajo hacia arriba y no a la inversa. Y estos diez años lo demuestran. A pesar de algunos períodos de baja performance, el promedio superior al siete por ciento debería convencer a los nostálgicos del neoliberalismo. Pero son brutos o testarudos. O las dos cosas y algo más. La pretensión de aplicar el recetario que no sólo fracasó sino que nos hundió como nunca no habla muy bien de sus apologistas.
Jorge Capitanich ha sido por demás de claro. Si la inflación es un problema, no se solucionará bajando el gasto público, ajustando a los trabajadores, reduciendo la emisión monetaria ni aplicando una brusca devaluación. Esta salmodia convencional perjudica a los muchos para beneficiar a unos pocos. La inflación forma parte de la puja redistributiva y no es un problema estructural, sino moral. Lo que viene es un control en la cadena de comercialización para descubrir quiénes se quedan con la mayor tajada. Poner un límite al porcentaje de ganancia de productores e intermediarios sería una medida razonable para evitar el saqueo que hacen sobre los salarios. Pero no bastan los acuerdos de precios que resultan difíciles de controlar. El consumidor no sólo necesita saber el número acordado sino cuánto cuesta producir determinado producto, más allá de las marcas y las variantes. Que se difunda el costo, no el precio arbitrario con que llega a las góndolas. Así sabremos de una vez por todas con qué parte de nuestros salarios se quieren apropiar.
El otro paso interesante que ha dado el nuevo equipo es el proyecto para elevar la carga impositiva sobre bienes suntuarios. El que quiera hacer ostentación de riqueza deberá pagar mucho más. Una manera de desalentar las importaciones innecesarias para cuidar nuestras divisas. “Es mucho más importante tener insumos esenciales para la cadena productiva que para comprar un auto lujoso que sólo satisface a una persona”, aclaró Capitanich. Vale insistir con esta idea: el interés público debe ser más importante que el capricho particular. El año pasado, el antojo de los que más tienen permitió la fuga de más de 700 millones de dólares. No es mucho, pero suma. También habría que pensar en una carga impositiva para quienes viajan con frecuencia al extranjero como si salieran a dar una vuelta.
 Algunos individuos pensarán que cada uno hace lo que quiere con su dinero. Sí, siempre y cuando los demás no paguemos las consecuencias de sus privilegios. Además, habría que considerar si eso que a unos pocos les sobra no nos pertenece a todos. Pero no debemos apresurarnos. Tenemos tiempo de sobra para diseñar otras transformaciones.

13 comentarios:

  1. Profesor: que la inflación es un problema moral es un concepto -por decir lo menos- novedoso: hurgo en el diccionario de la RAE y no veo que ninguna de sus ocho acepciones pueda ser de aplicación al caso. También me resulta algo extraño, el negarle entidad de estructural a la inflación ( infiero ,por su escrito, que no pertenece usted a la escuela que adopta está postura : el monetarismo - indisolublemente asociado al neoliberalismo). Me gustaría que aclarase , extendiéndose, este intríngulis.

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    1. La inflación es inmoral cuando su origen no es la carencia del producto sino la especulación

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    2. En ese caso, la inmoralidad estará en el comportamiento de los agentes económicos( los especuladores) no en un hecho que - como tal - es axiológicamente neutro.Ahora bien, que entiende usted por escasez es la pregunta que sigue , como la noche al dí?(diría Polonio). Si ésta es una provisión inferior de bienes y servicios que aquéllos que la población demanda , la definición se confunde con la condición de posibilidad de la elección económicamente significativa( entre bienes escasos y fines múltiples) por lo que es absolutamente trivial. Si, en cambio, usted profesor, entiende como escasez alguna suerte de carencia producto de una colusión ( de la que ya nos prevenía Adam Smith) entre los productores ,ésta sería ilegal- pero no necesariamente inmoral- si ( y sólo sí) este tipo de conducta estuviera sancionada negativamente por las reglas de juego económico de la sociedad en cuestión.El problema es que una de las condiciones del capitalismo, o de la economía de mercado ( de la cuál este gobierno-por lo menos de la boca para afuera- hace profesión de fe) es la soberanía de los agentes: cada uno- consumidor ,productor- toma sus decisiones individualmente según su conveniencia y su leal saber y entender( Como ,genialmente, lo expresó Anatole France : los ricos y los pobres tiene derecho a morirse de hambre bajo los puentes del Sena) por lo que este comportamiento tampoco podría considerarse inmoral salvo que se negase explícitamente la validez de esas reglas de juego y se postulase una alternativa ( vbg. Stalin , en la década del 30, negó el derecho a los campesinos ucranianos de disponer de parte de su cosecha para alimentarse y se las confiscó.La hambruna subsiguiente costó millones de vidas y se la conoce como el Holocausto oculto u Holodomor) .Es obvio que entre el individualismo extremo y el totalitarismo soviético existen muchas posiciones intermedias pero - y he aquí mi punto- su justificación en términos morales debería ser realizada un poco más cuidadosamente ( sobre todo por alguien que es "casi fillósofo" y que habrá rendido alguna materia con Carpio).

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    3. No contesto subestimaciones. Jamás rendiría asignaturas con tan pobre material. Las reglas de juego no son vacas sagradas, sino acuerdos colectivos. La escasez puede ser contingente o provocada. La provocada -acaparamiento, especulación desinversión- es inmoral. Lo de los derechos es relativo. Mucha mescolanza detractora hay en tu comentario. Considero que la tendencia debe ser el bien público, el de la mayoría. Si algunos individuos deciden atentar contra ese fin, debería ponérselos en vereda. Es todo.

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  2. Otra duda que me surge es respecto al cartabón que usted usa para calificar- indirectamente - la gestión de Moreno. Lo cito("Moreno ya cumplió con su objetivo: poner en evidencia que con ciertos tipos no hay diálogo posible.") y ,me pregunto, si el dejar claro esta contradicción- para usted principal- fue la función del ex secretario de Comercio Interior , para qué hizo todo lo que hizo . Era necesario hacer caer el stock ganadero en diez millones de cabezas para mostrar cuan mala es la oligarquía?Había que destinar ingentes fondos para demostrar que la " autogestión" en Massuh fue un desastre? Era imprescindible mostrar urbi et orbi el fracaso del blanqueo para dejar en claro que los capitalistas - de aquí, de allá y de acullá- no confían ( porque son mala gente, egoístas y desmedidamente ambiciosos ) en los el "modelo de desarrollo con inclusión social" ? Y - last but not at all least- la destrucción de toda vestigio de estadística nacional creíble ( con la pública boutade- bah. payasada- de afirmar que la inflación era la que marcaba el Indec)era también funcional para la identificación del enemigo con el que no se puede hablar ?( pero , parece, con quienes ahora el Coqui lo va a empezar a hacer)

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    1. Esto es demasiado y hay demasiada información confusa para poder responder en pocas líneas. Las estadísticas no son verdaderas o falsas. Pueden ser correctas o incorrectas desde su metodología. Las estadísticas son abstracciones que no cuentan una realidad. El IPC influye sobre los bonos de la deuda y por eso debe tender a la baja. Los que protestan por el INDEC son los que tienen intereses financieros con esos bonos.

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  3. la estadística - definida como la tecnología del método científico- cuantifica variables y , en este sentido , sus resultados se pueden considerar- forzando un tanto la definición- abstracciones de la realidad. Si estas mediciones logran captar cuantitativamente el fenómeno que intentan describir su resultado es verdadero( correcto o incorrecto sería el diseño conceptual de la medición). Vayamos a los bifes: si tomamos un conjunto de mediciones de variaciones de precios y la dividimos por dos o por tres ( porque a Itzcovich o a Edwin así se lo ordenaron) estas mediciones no son verdaderas, cualesquiera que hayan sido las razones que determinaron esta decisión( como la "patriótica" que la propia Edwin esgrime en sus charlas privadas : disminuir el costo de los pagos a los tenedores de bonos ajustados por CER- que son , en su mayoría, víctimas de la pesificación asimétrica del 2002).

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    1. Todo bien De La Percha.... Aunque no te entiendo la mitad de lo que decís, capto el sentido de tu idea... Viste como somos los "negros", no nos complacen los rodeos y vueltas dialécticas. Y cuando una idea económica es expresada en forma tan complicada, con tanto rebusque, desconfiamos un poco de las intenciones del dicente. Son los años, y la sabiduría que trae aparejada la experiencia, el motivo de esa desconfianza hacia los adoradores del libre mercado, del cual infiero, vos sos un ferviente admirador. Como seguramente sabés, los "negros" odiamos como se debe a la oligarquía, y a todos sus voceros.

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    2. Gracias, Wolf. Había algo en los comentarios de Elena que me incomodaba. Y claro... es la ausencia de sencillez, la abundancia de confusión y la tendencia a abrazarse a conceptos herméticos. Pensé que era un problema mío, que no comprendía lo que quería decir. Pero, Wolf, tu comentario me deja más tranquilo. Abrazo

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  4. Wolf: no conozco cuál es su nivel de estudios y - por lo tanto- su posibilidad de aprehender algunos conceptos abstractos - aunque elementales- de economía. De todas maneras no era usted a quién escribía sino a Gustavo ( se autodefine como "casi filósofo" - entiendo que el adverbio se refiere a no haber completado la Licenciatura en filosofía ,por lo que yo yo suponía a priori , que tenía el suficiente manejo teórico como para entenderlos) . Daba por hecho que habría leído algunos capítulos de "El Capital" - el desarrollo del concepto de fetichismo de la mercancía no es precisamente una obviedad- de "Ser y tiempo", el "Tractaus" , a Sartre, a Fanon, a Arghiri Emmanuel y no solamente a Scalabrini Ortiz, Jauretche y "La comunidad organizada",por ello me parecía factible - e interesante- plantear algún tipo de polémica de cierto vuelo. Creo que la pifié fulero!l Le pido disculpas, don Gustavo: siga nomás desplegando su saber simple, inmediato, y vocinglero que intenta ser la voz del inefable ser nacional ( y popular) .

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    1. Está claro que este es un blog periodístico, no filosófico. Y si bien tiene algunos toques de interactividad, el autor soy yo. Puedo agradecer algunas sugerencias o correcciones, pero no aceptar que me saquen de mi eje temático y estilístico. Tómalo o déjalo. Las subestimaciones no las contesto, pero no me gustan. Por eso no las hago. Gracias por tu visita.

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  5. Su actitud,Gustavo, es clásica y definitivamente kirchnerista: a la argumentación oponerle - y suprimirla con - la fuerza("tómalo o déjalo") Ese es el tipo de actitud que hoy predomina( también en la oposición , debo admitirlo) . Yo no pretendí sacarlo de su"eje temático", antes bien, mi crítica estaba basada en él y ni una sola de mis afirmaciones al respecto fueron rebatidas ni con datos ni con razones.

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