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viernes, 31 de mayo de 2013

Los bailarines en la oscuridad



Los desafíos para resguardar lo conquistado
Ver para creer, dice un conocido y escéptico refrán de indiscutible origen bíblico y, por consiguiente, ficcional. Sin embargo, a veces la vista no alcanza para creer en algunos despropósitos. La agrupación no-política que se abroquela en la CABA siempre guarda alguna sorpresa. Mientras el editorial que La Nación publicó el lunes acumula críticas cada vez más duras y numerosas, desde la agrupación amarilla apareció un defensor que ocupa un lugar que no debería generar esas incompatibles posiciones. El subsecretario de Derechos Humanos de Buenos Aires, Claudio Avruj, fue uno de los pocos que manifestó su coincidencia con la comparación entre el régimen nazi de la Alemania de 1933 y el kirchnerismo. A pesar de ser también el titular del Museo del Holocausto, afirmó que la nota “pone negro sobre blanco, con absoluta claridad”. Pero, para confirmar que no comprende muy bien su función, sostuvo que “se trata de lecciones que fundamentalmente nos enseñan sobre los riesgos que implican el avasallamiento de las instituciones democráticas y la falta de libertad”. Más allá de la incongruencia que significa quejarse de la falta de libertad desde la más absoluta libertad, nadie exige que todos piensen lo mismo de los hechos sobre los que se construye eso que acordamos llamar ‘Realidad’. Pero hay límites en el espectro semántico que proponen los conceptos, algo que muchos simulan no tener en cuenta.
Ante la falta de argumentos y, sobre todo, de la impericia para elaborar un proyecto de gobierno alternativo que pueda seducir a los disconformes, revolean denuncias y manipulan consignas con el solo fin de agitar el ambiente. Por eso, interpretan la democratización de la Justicia como un avasallamiento a las instituciones, la LSCA como limitación a la libertad de los medios, el control cambiario como autoritarismo, la vigilancia sobre los precios como el ataque de jóvenes descontrolados y aniquiladores, una denuncia antojadiza como una sentencia firme, entre otras creaciones a las que apelan como producto de la desesperación que los desvela. Ya estamos acostumbrados a semejantes baratijas del universo pergeñado por los grandes medios y los políticos falderos. Pero tarde advertirán que esas tretas ya no dan tan buen resultado.
Calificar como ‘nazi’ a un representante democrático, cualquiera sea el lugar que ocupa y su procedencia partidaria, no apunta a otra cosa más que generar temor y desconfianza hacia las autoridades. Con las denuncias a la carta  diseñan un clima de permanente recelo hacia quienes deben cuidar los intereses de todos. Construir como monstruo a un funcionario es promover su destitución. Señalar como peligroso a un gobierno legítimo parece un convite para la sedición generalizada. La naturalización de ciertos conceptos y la distorsión de sus significados desorientan a los ciudadanos y alimentan los prejuicios de los individuos. Cuando un calificativo como ‘nazi’ se utiliza fuera del espacio que le da sentido, el símbolo pierde gran parte de su contundencia. Y si se convierte en chiste, tal vez sea porque tales naturalizaciones penetraron en los espíritus y entonces, será difícil extirparlas y re-significar el término descafeinado. La responsabilidad de los medios por los mensajes de poco rigor intelectual que difunden y la ausencia de anclaje con los hechos de la realidad convierten la mentira, el engaño, la tergiversación y la manipulación en una nefasta posibilidad periodística. De esta manera, el saber compartido por los integrantes de una sociedad se malogra hasta niveles no deseados, donde todo decir se extravía por los laberintos de la inconsistencia y el agravio.
Eso es lo que quieren y mucho más. La mejor manera de retomar el poder que están perdiendo es con la construcción de un presente de descontrol y un futuro caótico; anunciar un drama cuya única salida sea el sacrifico de los más vulnerables; convencer de la necesidad de tener un Estado austero y sordo a las necesidades de la mayoría; reclamar el autogobierno del Mercado para ejercer un efectivo factor de presión y de acumulación descontrolada y destructiva. Si logran embutir estas ideas y convertirlas en rebelión, podrán instalar un presidente cómplice o al menos obediente a los carroñeros del poder fáctico para convertir nuestro país en un coto de caza y, una vez más producir el naufragio de los ciudadanos de a pie. Para alcanzar ese sueño –pesadilla para todos los demás- lo importante es desgastar lo más posible al oficialismo para acorralarlo, domesticarlo o, en una suposición extrema, desplazarlo para poder infiltrar alguno de sus sicarios.
Estos esbirros son los candidatos que ejecutan la danza más torpe y alocada que pueda concebirse. En la pista de baile se les puede ver tropezar, trastabillar, equivocar el ritmo y hasta chocar entre ellos. Forman pareja, acuerdan, coquetean, copulan, pelean, se separan y abortan el engendro antes de que aparezca en público. Más que seducir, causan repulsión con sus pasos serviles y oscilantes. En lugar de proponer, apuestan al despropósito adoptando una oposición cerrada, iracunda y desenfocada. Con la mirada vacía, recitan una salmodia demencial, que se desmorona antes de que el primer sonido sea expulsado. Desorientados, afirman defender los derechos de la mayoría cuando en realidad protegen los privilegios de la minoría. Hundidos en la indignidad, abandonan todo principio para modelar su propio final.
No todos, por supuesto. Estos son los que ya se empantanaron en la carroña y como consecuencia del hedor que destilan están condenados a la más ignominiosa soledad. Pero algunos, apenas un puñado, son cómplices, operadores y apologistas de esos personeros que quieren imponer al país una melodía desagraciada al ritmo de su avidez. Aunque intentan disimular, todas sus decisiones delatan el lado en que se ubican. Con cinismo, firman decretos y aprueban leyes a la medida de las necesidades corporativas, conceden lo público a cambio de poco, piensan más en las ganancias que en la gestión. Con satisfacción, sonríen con amplitud cuando reciben palabras de elogio por parte de los carroñeros. Con orgullo, se sienten integrados a los círculos selectos que –lejos de premiar tamaña sumisión- miran con desprecio a quienes cumplen semejante rol utilitario y funcional a los proyectos de saqueo de los bienes que generamos entre todos.
Selección para el triunfo
Y están los peores. Los camuflados, los traidores, los indecisos, los cobardes, los hipócritas, los especuladores electorales que confiesan estar consustanciados con el kirchnerismo y aseguran adhesión al proyecto de país que conduce CFK, pero con sus acciones demuestran casi lo contrario. Afirman coincidir con la construcción de un país equitativo, pero siempre prescinden de incomodar a los acaudalados. Prometen la redistribución del ingreso pero no dan un solo paso para conseguir los recursos y esquivan medidas que la conviertan en realidad. Coquetean con los enemigos y dialogan con los adversarios, simulando una convivencia armónica imposible de asimilar. El principal objetivo que tienen no es mejorar la realidad de sus votantes, sino encantar a los que se empecinan en multiplicar sus fortunas. Sobre todo, evaden conflictos, enojos y críticas adversas con una frecuencia que ya resulta sospechosa. Permanecen inmaculados y nada los salpica porque sus palabras de ocasión apaciguan cualquier amenaza tormentosa.
La Presidenta manifestó su impaciencia ante estos exponentes que navegan en la indefinición para conquistar “un millón de amigos”. “Cuando vos no hacés nada o cuando no tocás los intereses de esas corporaciones, no hablan de vos –destacó CFK- A mí me llama mucho la atención que siempre haya dirigentes intocados. Tal vez porque tengan intereses”. Y, con el énfasis que condimenta siempre sus intervenciones, graficó: “siempre es más cómodo quedar bien con todos y no decir nada. Imagínense a este tipo de dirigentes frente a corporaciones como las que ya sabemos, el Fondo Monetario, la reestructuración de la deuda, trabajando por los trabajadores o los jubilados. Olvídense”. Con  formato de pedido pero con intenciones de orden, La Primera Mandataria solicitó a sus seguidores un mayor apoyo y decisión para defender este camino iniciado en 2003 con la asunción de Néstor Kirchner. “Me voy a seguir haciendo cargo de los problemas del país pese a que no me defiendan algunos dirigentes –prometió- Por eso valoro tanto a esos compañeros que defienden un proyecto político”. El nuevo país hacia el que vamos no se conduce solo. La construcción de un colectivo invencible se fortalece con representantes comprometidos con ese objetivo, dispuestos a poner el cuerpo para repeler los ataques de los que nos quieren ver sufrientes. El desafío que propuso el matrimonio Kirchner apunta a convertir en realidad el sueño que nos dio origen: el de un país soberano, fértil, equitativo, justo y dinámico. Un país para todos y no para unos pocos. Esta batalla otorga sentido a esta década ganada y la victoria sobre los angurrientos asegurará muchas décadas más.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Los senderos hacia el fracaso



Una camisa de fuerza para la agenda mediática
El extravío opositor llega a niveles tan absurdos que convierte en sencilla la carrera electoral para el oficialismo. Como muchas veces se anticipó en estos apuntes, andar detrás de la agenda planteada por los medios con hegemonía en franco retroceso impide la elaboración de plataformas atractivas para los votantes. Las víctimas de ese proceder no son sólo los exponentes de los diferentes partidos anti-K, sino también los dispersos individuos que no encuentran nombres que representen su disconformidad. No es para menos: el contenido que difunden no es más que una alocada paleta de desinformación, prejuicios, improperios que no puede conducir a otra cosa más que a la disolución de la sociedad. El editorial que la otrora Tribuna de Doctrina publicó el lunes bajo el título “1933” es otra muestra de su intención manipuladora, destinada a profundizar el estreñido gesto de sus lectores. El texto está atravesado por una grosera comparación embrutecedora, con el agregado de la negación comparativa que ellos mismos plantean. El recurso tan gastado de “salvando las distancias” es la confirmación de que esas distancias no pueden ser salvadas. A pesar de los esfuerzos del autor de ese panfleto, no hay manera de encontrar similitudes entre el surgimiento del nazismo y el momento que vive nuestro país. El todo vale para desgastar al Proyecto K hace aguas desde la primera frase hasta la última.
Por eso, no resulta llamativo que hasta los mismos trabajadores del diario La Nación hayan manifestado sus críticas hacia la posición que se expresa en ese editorial. La Asamblea de Trabajadores de Prensa del matutino mitrista exteriorizó su "más enérgico rechazo a este tipo de comparaciones impropias que no hacen más que exacerbar el odio". La DAIA, entidad que representa políticamente a la comunidad judía, también pronunció su malestar ante ese texto, que advierte que “los argentinos deberíamos reparar en los rasgos autoritarios que, cada vez con mayor frecuencia, pone de manifiesto el Gobierno”. Para la DAIA, la aclaración con que comienza y finaliza el libelo del diario –“salvando las enormes distancias”- no logra evitar la equiparación entre dos hechos que son absolutamente distintos.
El editorialista hace una reconstrucción del ascenso de Hitler y su nefasto proyecto político para trazar caprichosos paralelismos temáticos con algunas decisiones tomadas durante estos diez años de gobierno kirchnerista. Con despreciables intenciones, omite procedimientos y metas, además de las millones de víctimas que todavía horrorizan al mundo. No sólo es un producto textual que merece un rotundo repudio por su finalidad destituyente sino también por su pobreza intelectual y analítica. En fin, un ejemplo más del desconcierto en que se encuentran ciertas plumas que no saben cómo interrumpir este camino de transformación que los desespera.
Las víctimas de esta locura opinativa no están entre los lectores, solamente. La mayoría de los exponentes de los partidos opositores también se trepan a este tren desaforado, abandonando cualquier intención crítica. Y todavía no advierten que están a punto de colisionar con el más estrepitoso fracaso electoral. Pero no sólo en estas tierras se advierte semejante extravío. El Foro de San Pablo, que agrupa a organizaciones políticas progresistas y de izquierda de América Latina, acaba de expulsar al Partido Socialista que lidera Hermes Binner. No es para menos. Las declaraciones del ex anestesista sobre el chavismo y su apoyo al candidato opositor de la derecha venezolana no hablan muy bien de su espíritu progresista. Menos aún, cuando responsabilizó a “los gobiernos populistas de la región” por los muertos que se produjeron después de las últimas elecciones en la República Bolivariana. Bien merecido lo tiene por decir cualquier cosa para congraciarse con los dueños del Poder Fáctico. Por unos minutos de cámara y una caricia en el lomo es capaz de vomitar consignas de notoria inconsistencia ideológica.
Y eso que los del Foro de San Pablo no escucharon las críticas que el gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, realizó sobre la campaña “Mirar para cuidar”. Después de manifestar su desconfianza sobre los resultados del control de los militantes al acuerdo de precios, afirmó que el mercado tiene sus propias leyes. Una afirmación que proviene del lugar común que durante los años del neoliberalismo se grabó a fuego en la mente de los colonizados. Si con las leyes del mercado nos fue como nos fue, es evidente que esas leyes no sirven. Esta consigna tan fácil de repetir debe ser erradicada del discurso dominante para que las transformaciones se conviertan en realidad. Precisamente, es el Estado, el poder político, quien debe señalar los pasos a todos los integrantes de la sociedad. De lo contrario, la angurria mercantil destruye cualquier fin colectivo.
Pero hay más desorientados en la escena política vernácula. La Mesa de Enlace, en su afán opositor, aportó argumentos al oficialismo nacional. Por supuesto, sin quererlo. En un mero afán protestón y para garantizar un lugar en la tapa de los medios, montaron un mini mercado vegetal en el centro porteño para denunciar “la distorsión de precios entre lo que reciben los productores y lo que se paga en góndolas”. Los transeúntes observaban sorprendidos el precio de frutas y hortalizas que ni en sus más placidos sueños habían visto. Tomates a 1,5 pesos el kilo, peras, manzanas y bananas a 80 centavos y papas a 1,10. La presencia del Jefe de Gobierno porteño le puso el moño a semejante acto opositor. Aunque argumentó –sin argumentos, claro está- que el incremento de los precios se debe a un Estado poco austero, la movida estanciera confirma la postura del kirchnerismo: que es en la cadena de comercialización donde se producen los abusivos precios que deben pagar los consumidores.
En esa pintoresca y colorida protesta vegetariana, el presidente de Federación Agraria, Eduardo Buzzi, se fue para el lado de los tomates con sus contradictorias declaraciones. “Estamos intentando hacer una puesta en escena de la dificultad de miles de productores del interior por la suba de los costos y pérdida de competitividad por el tipo de cambio retrasado”, explicó Buzzi para dar contenido a lo que no lo tenía. Quizá un poco avergonzado ante la posibilidad de quedar adherido a los especuladores financieros, aseguró que “nunca nos van a encontrar militando en las filas devaluacionistas”. Un mentís para la historia: protesta contra el tipo de cambio retrasado pero afirma no ser devaluacionista. Tal vez, codo a codo con Macri y los estancieros, cuestione el acuerdo de precios, el control de los militantes y todo lo que proponga el Gobierno Nacional, de manera tal que los desorientados pobladores están a merced de desorientados dirigentes, que a su vez, son víctimas de las desorientadoras consignas mediáticas.
Más allá de todos estos intentos carroñeros, todavía pervive en el corazón de los ciudadanos el entusiasmo manifestado durante la fiesta del 25. La Plaza de Mayo se vio desbordada por más de 700 mil voluntades que celebraron todo lo conquistado en estos diez años de proyecto K. El Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, afirmó que “los profetas del desánimo están molestos porque lo que ocurrió, ocurrió, y lo vieron todos los argentinos, sin insultos, sin agravios, para festejar todo lo que se había logrado”. Toda la monserga de los medios, periodistas y políticos opositores referida al rechazo al kirchnerismo por parte de todos los argentinos quedó desdibujada por la contundencia de los números. El fin de ciclo que tanto anuncian no es más que el augurio de su propio fracaso. La masiva fiesta del sábado no sólo expresa la pasión que despierta La Presidenta y la felicidad por los logros. También confirma el compromiso para continuar por este camino ascendente hacia el país equitativo con el que muchos hemos soñado tantas veces.

domingo, 26 de mayo de 2013

Demasiadas patas para tan poca fuente



La fundación de todas las décadas venideras
No es necesario recurrir a enredadas demostraciones científicas para afirmar que, sin cacerolas, en la plaza caben más personas. Las principales organizaciones políticas y sociales aseguraron que el sábado movilizaron como nunca. Y los cronistas presentes agregaron a los miles que iban por su cuenta en familia, pareja o soledad. Los negadores hablarán de micros, choripanes y demás, pero ninguno de los asistentes a la fiesta por el doble aniversario fue llevado por la fuerza ni bajo amenaza. Desde hace un tiempo, los quejosos pronostican el fin de este proceso político que ha transformado en serio la vida de millones y no sólo desde lo material. Horrorizados por el populismo, no hacen otra cosa más que destinar muecas de desprecio a quienes se sienten consustanciados con el kirchnerismo. Como en la fábula de la zorra y las uvas, desdeñan lo que jamás podrán conquistar. ¿O acaso alguno de ellos, los que no paran de lloriquear en los medios opositores, se cree capaz de protagonizar un acontecimiento de esas características? ¿Quién de todos los esclarecidos condenados al fracaso puede despertar tanta emoción con sus sobrios y estereotipados discursos de ocasión? ¿Quién de todos los que se atrincheraron en sus reductos sueña con lograr semejante poder de convocatoria? La respuesta es ninguno, por supuesto. Por eso farfullan inconsistencias sobre el momento que nuestro país está disfrutando.
En la carrera electoral de este año, están derrotados desde la largada y por eso recrudecen los embates cada vez más improductivos. La negación absoluta de estos diez años los deja cada vez más solos y cuando comprendan que el camino pergeñado por los medios dominantes sólo los conduce a la decepción, ya será tarde. Más aún para los que amenazan con borrar de un plumazo las conquistas y prometen el retorno al peor pasado, que es cualquiera de los períodos que padecimos en la última cuarta parte del siglo XX.
El Alcalde de la CABA es quien más ansioso está por llegar a ese 2015 en el que se imagina presidente. No en esta dimensión, claro. Porque para alcanzar ese delirante sueño deberá conquistar a aquellas voluntades electorales que lo rechazan desde el vamos y que jamás dejarían en el Líder Amarillo los destinos de la Patria. No provoca más que risa su tontuelo deseo del “camino del amor y la unidad”. Y nadie se lo cree por supuesto, porque el único amor que manifiesta es hacia los negocios y sólo concibe la unidad como la más domesticada obediencia. Menos aún cuando en medio del delirio crónico propone su gran revolución patriótica: que “en 2015 volvamos al Tedéum de la Plaza de Mayo”. En honor a la verdad, si propone reemplazar una fiesta por una misa, resulta imposible augurar un buen final a su carrera no-política. Mejor. Y si alguien tiene dudas sobre el afán restaurador del PRO, el ministro de Seguridad porteño, Guillermo Montenegro aclaró el panorama: “la participación del Gobierno Nacional siempre fue en la Catedral Metropolitana y no se puede cambiar la historia”. Le faltó recordar con nostalgia los fastuosos desfiles militares con que se conmemoraban estos actos en otros tiempos para prometer un ingreso asegurado al túnel del tiempo.
Sin dudas, lo que menos prometen es festejo. El modelo de país que tienen en mente no incluye garantizar la felicidad de la mayoría, sino la angurria siempre insatisfecha de la minoría. Por eso, en lugar de fiestas populares tendrán festicholas privadas, como en los noventa, esa década indiscutiblemente perdida que ellos añoran con pasión. Mientras se acurrucan entre los bancos de la Catedral planificando la revancha neoliberal, los cientos de miles celebran en la Plaza la recuperación de la Patria tantas veces arrebatada por los insaciables carroñeros.
“Hay que empoderar al pueblo para que nadie quiera quitarle esas conquistas”, pidió La Presidenta ante la multitud, después de hacer una apretada enumeración de los principales logros de estos diez años. Como siempre, hay mucho de docencia en cada intervención presidencial. Los analistas políticos y económicos vomitan en los medios una lectura anquilosada en la ortodoxia y por eso no resulta extraño que la conclusión a la que arriban es que el Gobierno se la pasa improvisando. Desconcertados y desorientados porque lo que tienen ante sus ojos no se parece en nada a los moldes con que ellos observan los hechos.
“Que quede claro –explicó CFK-  éste no es un modelo económico. Este es un proyecto político con objetivos económicos, sociales y culturales”. Enorme diferencia y de ahí los resultados. Un modelo exige la aplicación a rajatabla de una serie de pautas pre-establecidas para arribar a un resultado armonioso en los papeles. En el mundo real, esto produce los estragos que pueden confirmarse con sólo hacer una recorrida informativa por los países de la zona Euro. Hasta Suecia está entrando en crisis. Un modelo es un tecnicismo muy alejado de los problemas humanos. Un proyecto, en cambio, es un recorrido más dinámico que se construye sobre la marcha y que es capaz de reaccionar ante los imprevistos. Y, aunque los resultados sean pequeños, se pueden disfrutar al paso porque son acumulativos. Pero sobre todo, abarca otras variables de la vida social y no sólo el económico. En un modelo, lo importante son los números porque la economía es un fin. En este proyecto, la economía sólo es un medio para alcanzar el bienestar de todos.
A pesar de que los agoreros anticipan desde siempre el ocaso del kirchnerismo, todo parece indicar lo contrario. Más que de un final, estamos protagonizando un principio. La década inaugurada por Néstor Kirchner se caracteriza por su permanente reformulación. Algunos hablan de agotamiento, de desgaste, de decadencia. Quizá de las neuronas de los que pregonan estos desaciertos, porque el Proyecto K está muy lejos de perder su dinamismo. A contramano del anti-reformismo que los opositores utilizan como excusa de sus insustanciales campañas electorales, el oficialismo plantea un futuro que prescinda de la perpetuidad de una figura. “No soy eterna ni tampoco lo quiero ser”, aseguró Cristina por enésima vez.
En la Plaza, La Presidenta puso en manos de todos la continuidad de este camino, porque esta década no ha sido “ganada por un gobierno, sino por el pueblo”, confesó. Con la mirada puesta en 2015, concluyó que “un cambio de gobierno no significa un fin de ciclo”. En el tiempo que resta habrá que fortalecer al que tome la posta para “no retroceder en las grandes transformaciones y las grandes conquistas”. Como si no bastaran estas palabras, agregó que “tenemos el deber de no depender de una sola persona”. Sin dudas, la celebración del 203° aniversario de la Revolución de Mayo puede pensarse como un momento fundacional. Las palabras de Cristina tenían sabor a testamento. De los bafles que amplificaban su voz emergió un consejo con forma de legado: “yo encuentro una sola manera: que los cuarenta millones de argentinos se organicen y comprendan dónde están sus verdaderos intereses. Si no se organizan, si no participan, si no cuidan lo que es de ustedes van a venir por ustedes otra vez”. La euforia del momento cedió ante la emoción de recibir tamaña herencia. Un breve silencio recorrió los miles de rostros que miraban expectantes. Pero no quedaba lugar para la solemnidad y por eso la multitud explotó en aplausos.

viernes, 24 de mayo de 2013

Una década “negada”



Lo que los protestones no quieren ver
Algunos piensan que es exagerado hablar de la Década Ganada. Otros, directamente, miran con sorna cuando aparece esta expresión. Incansables, despotrican, protestan, blasfeman, injurian, calumnian. En conversaciones cotidianas, pierden los estribos, niegan realidades, repiten titulares. Pero, sobre todo, se sumergen en la amnesia, mal endémico que siempre nos ha traído problemas. Con sólo mirar hacia atrás, los argumentos vienen solos. Pero una mueca de desprecio surge del cacerolero de turno. Claro, para ellos, sólo alguien muy ingenuo puede creer en el relato K. Ingenuo o comprado. Los K somos tontos o corruptos, no queda otra. De acuerdo, uno también sostiene cosas parecidas sobre los anti-K. Dicho esto apelando al tan mentado beneficio de la duda. Sin embargo, las desmentidas abundan, aunque ellos no se enteran. Algunas patrañas con forma de titular caen por su propio peso, pero la voluntad de creer supera toda coherencia. También, pesan mucho la costumbre de estar en contra y la tradición de la desconfianza. Y, por supuesto, el enojo permanente que dibuja un imperturbable fruncimiento del rostro. Algunos, nomás, porque gran parte de la población mantiene desde hace unos años una amplia sonrisa que no puede borrarse con nada.
Y no es para menos. A pesar de las crisis que pronostican los agoreros, cada vez estamos más lejos del pantano de principios de siglo. Y la catástrofe nunca llega. Mientras en los países del ex Primer Mundo se suceden los ajustes, La Presidenta anuncia en Cadena Nacional un incremento de todas las asignaciones, que supera los índices de inflación más alucinados. Gran diferencia: en las últimas décadas del siglo pasado, los mandatarios usaban la cadena sólo para enviarnos por un tubo a la cámara séptica. En cambio, ahora nos estamos acostumbrando a que nos den buenas noticias.
Estamos tan lejos de aquellos tiempos. Los de expresión estreñida hablarán de la corrupción, pero los que vivimos en los noventa sabemos muy bien lo que es eso. También recordamos lo que es la impunidad instaurada desde el propio Estado. Y además, conservamos en la memoria  aquella Corte que de suprema no tenía nada. Los ajustes eran una constante y la política económica dejaba nuestros bolsillos cada vez más flacos. Eso sí, casi no había inflación. Tampoco crecimiento. O sí, pero lo que crecía era la desocupación y la pobreza. Un poco más atrás, tuvimos una verdadera dictadura. Así que no nos pueden engañar tampoco con eso. Menos aún los que fueron sus instigadores, cómplices y beneficiarios.
Cuando asumió Néstor Kirchner en 2003, el salario mínimo era de 200 pesos y ahora de 2875. Un 1337 por ciento de aumento. Los negadores dirán que la inflación se comió esas mejoras. Al contrario, con el actual salario mínimo se pueden comprar más cosas. En 2003, quien cobraba el mínimo podía comprar 190 litros de leche La Serenísima. Hoy, puede comprar 435. Diez años atrás con ese monto se adquirían 60 kilos de arroz Gallo y hoy 171. Si hablamos de queso cremoso Sancor sólo alcanzaba para 25 kilos y hoy para casi 60. Antes, uno podía obtener 91 docenas de huevos y hoy 169. Y respecto de la carne, un asalariado de la mínima se arreglaba con 25 kilos de tapa de nalga y hoy da para 59 kilos. Estos números son más fáciles de comprender que los casos de corrupción casi novelescos con los que muchos se apasionan. Encima, casi todos infundados.
Desde las propaladoras de estiércol ya no saben qué hacer para romper el embrujo K. Como están acostumbrados a digitar el ánimo del público, no entienden cómo las viejas tretas han dejado de dar resultado. Para fin de mes planean una nueva catarsis cacerolera –de las espontáneas- y quizá por eso ponen todo su ingenio en juego para inventar los casos más alocados. Ni siquiera se preocupan por inventar historias verosímiles. Las bolsas de dinero vuelan descontroladas en una peligrosa coreografía de corrupción. Las denuncias se convierten en sentencias antes de llegar al kiosco de Tribunales. El Jurado mediático apuesta al linchamiento porque, en la vida real, la Justicia es más lenta. Los cómplices y bufones de esta estrategia destructiva apuran las denuncias ante cámara porque saben que un Juez no las tomaría en cuenta, salvo para darles el gusto. O para entrar en el juego.
Los que se abroquelan en la tan desorientada oposición participan del casting que propone el establishment para coronar al Elegido, sin sospechar que de esa manera van camino a la aniquilación. La agenda mediática es tan antojadiza que es imposible convertirla en política y los políticos que se zambullen en ese tejido terminan tan enredados que no saben qué pensar. Ejemplos sobran. Pero el último resulta doloroso. El gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, quizá conmovido por la reciente muerte del Dictador o preocupado por el futuro de los cómplices civiles, realizó una confusa propuesta que después se esmeró en negar. Tarde, por supuesto. “Argentina necesita un baño de reconciliación” exclamó, como un iluminado, en el programa de Alfredo Leuco. Lejos de reconocer algún mérito al gobierno que eliminó las Leyes del Perdón e impulsó los juicios por delitos de Lesa Humanidad, trató de ironizar pero quedó en ridículo. El mediterráneo con aspiraciones al fracaso afirmó que el gobierno desarrolla “una política del resentimiento; en vez de negociar para conseguir la información necesaria se dedicó a amenazarlos diciéndoles ‘los vamos a reventar’”. Inspirado a más no poder, propone una negociación con los genocidas, “como en otros países: ‘Te ofrezco reducirte las penas si me decís realmente dónde están los que nos faltan’”. El repudio no fue escaso ante semejantes ideas extemporáneas.
Porque para seguir creciendo hay que avanzar y no retroceder. Para recuperar lo que perdimos en décadas pasadas, el Estado tiene que ocupar aquellos espacios que los privados abandonan. El ministro del Interior y Transporte, Florencio Randazzo, no descartó “estatizar el sistema ferroviario de pasajeros si las empresas que operan las líneas no cumplen con su función, que es que los pasajeros viajen todos los días un poco mejor”. Una diferencia enorme con otros tiempos, cuando lo privado era garantía de excelencia, pero, en realidad, privaba a los usuarios hasta del mínimo servicio. Lo único de excelencia era la cantidad de plata que se llevaban.
Cualquier síntesis que se haga de estos diez años resultará insuficiente. Los anuncios de La Presidenta muestran un Estado que garantiza la distribución del ingreso y reactiva el mercado interno para dinamizar el crecimiento. Pero además, es capaz de señalar a los responsables de la inflación, que tanto desespera a los adoradores de la ortodoxia económica. Por eso, CFK convocó a los militantes con el programa “Mirar para cuidar”, que recibió las más disparatadas interpretaciones de los disparatados de siempre. Antes, la observación de los precios estaba en manos de individuos que recorrían las góndolas para cuidar su propio bolsillo. A partir de ahora, serán grupos de ciudadanos organizados que destinan su tiempo para resguardar el bolsillo de todos. Las transformaciones que hemos tenido en estos años son tantas, que no entran en ningún texto que pretenda ser sintético. Menos aún, en una frase. Pero lo más significativo de esta década es, sin dudas, la conformación de un colectivo solidario que se vuelve cada vez más indisoluble.