viernes, 24 de enero de 2014

Perfumes y pestilencias del país en construcción


Un grupo de estudiantes de Harvard inventó un dispositivo para enviar aromas a través de los teléfonos inteligentes. De esta manera, un turista podrá mandar a sus familiares no sólo las fotos de los paisajes sino sus olores. Los diferentes perfumes que exuda el mar en su brava disputa con la orilla o el olor del hielo de un glaciar. O las pestilencias de un mercado abierto o de algún monumento demasiado orinado por los irrespetuosos del arte. Algunos ya están pergeñando el envío de hedores gasíferos como broma a algún amigo o como afrenta al que no lo es tanto. Hay otros que merecen olores peores, y entonces, la imaginación vuela hasta límites insospechados. Pero el Autor de Estos Apuntes está recién retornado de sus vacaciones en la costa y desea abordar temas menos urticantes. Aunque es muy difícil brindar una mirada optimista con el calor citadino que está al borde de enloquecernos. Más aún cuando comprendemos que las locuras humanas –por llamarlas de manera elegante- están desbaratando nuestro clima.
Mientras un veraneante se siente culpable por una colilla o un papelito en la playa, nadie se avergüenza por la deforestación sin pausa en beneficio de los agro-negocios. La angurria de algunos y la complicidad de otros permiten la pérdida de miles de hectáreas de bosques, a pesar de la ley que los protege. Desde su sanción, sólo en Salta fueron arrasadas unas 360 mil hectáreas de frondosa arboleda, algo así como 164 canchas de fútbol por día. Y los intendentes de las ciudades más importantes del país siguen aprobando la construcción de torres que no sólo recalientan el ambiente sino que exigen cada vez más recursos energéticos para su funcionamiento. Hay que frenar la tendencia de llenar el país de sembrados y edificios que sólo sirven para engrosar la billetera de unos pocos y arruinar la vida de la mayoría.
El Estado en todas sus dimensiones debe actuar para frenar tanta locura calorífica. En las grandes ciudades, una idea alocada pero no muy compleja es que se expropien los inmuebles que están en la mira de ser demolidos para convertirlos en espacios verdes, con césped, plantas y árboles. Una de estas placitas cada dos o tres manzanas puede evitar el sofoco que estamos padeciendo. Y el verde no sólo brinda frescura sino que atrae la humedad, la lluvia que muchas veces se nos niega.
Una iniciativa interesante -aunque resultado de una tragedia- es no utilizar para negocios inmobiliarios el espacio dejado tras la demolición de los edificios que explotaron en agosto por negligencias múltiples en Rosario. Un espacio para la memoria quedará en ese lugar céntrico de la ciudad, siempre y cuando no se convierta en un monumento al cemento, como acostumbran a hacer los arquitectos socialistas. Un poco de verde y algún monolito puede cumplir las dos funciones: el recuerdo y la oxigenación urbana. Los extraños fenómenos climáticos y las altas temperaturas invitan a pensar el país en clave un poco más ecológica. Más humana y menos monetaria.
Los aromas del mañana
Como estamos comprobando en estos días, hay cosas verdes que no refrescan. A pesar de las restricciones y controles, el dólar se está disparando, pero no por problemas estructurales de nuestra economía, sino por bajezas morales de algunos carroñeros. El presidente de la SRA, Luis Etchevehere, realizó su más cínica confesión: “gana más el que especula que el que produce”. No dijo esto preocupado, sino complacido porque forma parte de ese sector que tanto daño nos está haciendo. Desenmascararlos ya es poco. Un mensajito de texto con olor a bosta podría resultar un simpático recordatorio. Pero los tiempos exigen algo más enérgico si estamos decididos a la construcción de un país para todos. Ya es hora de que demostremos nuestro hartazgo ante los boicoteadores de siempre. Ya no merecen buenos modales los que nos quieren ver otra vez de rodillas.
Porque dicen que nos ofrecen el paraíso, pero sólo son apologistas del infierno; se quejan por el cepo al dólar y después sueltan lágrimas de cocodrilo cuando hay devaluación; se lamentan por la pobreza pero son los primeros en protestar contra las medidas de inclusión. Y no sólo protestan, sino que niegan recursos a través de la evasión impositiva y la liquidación a cuenta gotas de los granos. Son miserables, porque quieren todo para ellos, aunque, en realidad, merecen la ruina.
“Se van a necesitar muchas décadas para recuperar en la Argentina tanto daño social”, reconoció La Presidenta el miércoles, cuando anunció el lanzamiento del programa Progresar. Y más aún con estos tipos que no pueden controlar su avidez. Mientras en los países adorados por esta caterva de buitres se cercena el bienestar, en Argentina “estamos consolidando un sistema de seguridad social sin precedentes en nuestra historia”. Desde estos Apuntes se ha dicho muchas veces: el crecimiento se produce de abajo hacia arriba, a pesar de lo que pretenden los nostálgicos de la ortodoxia. Los beneficiarios del nuevo programa, “son los hijos del neoliberalismo, cuyos padres no tenían trabajo y no fueron educados en la Argentina del trabajo y del esfuerzo y necesitan el apoyo del Estado para salir adelante”.
Los especuladores y evasores, seres individualistas y peligrosos, también fueron educados durante el neoliberalismo de la dictadura y, sobre todo, en tiempos del Infame Riojano. No sólo los jóvenes deben ser reeducados en la cultura del trabajo, sino también estas alimañas que insisten en restaurar el modelo que saqueó nuestra economía. Y el Jefe de Gobierno porteño, que pretende instalarse como La esperanza de los carroñeros, se foguea por el foro de Davos como si allí estuviera la tabla de salvación de un mundo que sólo promete ruinas. Ya no debe engañarnos su desesperada convocatoria para rendir culto a los creadores de la crisis, esos personajes que ostentan las mayores fortunas. Fortunas que no son producto del trabajo esforzado ni el ahorro extremo, sino de la especulación, explotación, evasión y corrupción. Más que reverencias, merecen el repudio por provocar la pobreza que asola a gran parte de los habitantes de este planeta.
Ahí no se discute sobre el futuro, sino sobre la imperiosa necesidad de engrosar cuentas bancarias a costa de negarnos todo. El futuro está en desterrar el neoliberalismo de la economía global, esa distorsión enfermiza del capitalismo, su lado más salvaje y cruel. El futuro está en reactivar la economía poniendo en manos de los que menos tienen lo que siempre ha estado ausente: el bienestar. Para eso, los ostentadores de fortunas, deben poner límites a su avaricia. Y si no los ponen ellos, los pondremos nosotros. Y deberemos ser más drásticos.
El futuro está en la generación de empleos en condiciones dignas, para que los desplazados se conviertan en consumidores. Consumo de lo necesario, no consumismo obsceno de los que tienen de sobra. El futuro está en manos de los Estados, siempre y cuando los gobernantes se sumerjan en las necesidades de sus representados y se comprometan a satisfacerlas. Y que den la espalda de una vez por todas a esos individuos que alcanzan el orgasmo cuando sus fortunas se multiplican a costa del sufrimiento de las mayorías.

2 comentarios:

  1. Me gustó eso de mandarles olor a bosta x sms.

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  2. A mi, más que el olor, me gustaría mandarle toda la bosta. Pero todavía no inventaron nada para eso, salvo la puntería "en directo".

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