sábado, 12 de abril de 2014

Chistes para llorar


La Presidenta dio -una vez más- en la tecla. Desde su cuenta de Twitter, consideró que los que criticaron la Cadena Nacional desde Tecnópolis no tienen sentido del humor. Los medios opositores ponen a toda hora los chistes más desopilantes contados por una caterva de personajes infames y nadie les dice nada. Eso sí que es una cadena del peor humor negro y se quejan porque Cristina ocupó tres minutos de su desmoralizante programación con los chistes de un deslucido Guillermo Celci. ¿O acaso no han pasado hasta el hartazgo el chascarrillo de Pablo Micheli o la broma de Hugo Moyano con forma de confesión? ¿O los irónicos informes de Telenoche con la voz del periodista santacruceño Mario Markic no se asemejan a crónicas satíricas? ¿O los furcios de Marcelo Bonelli, Edgardo Alfano, Adrián Ventura, entre otros, no son la mejor muestra del stand up criollo? Claro, en el monstruoso país que construyen con sus voces maléficas sólo hay lugar para los dramas y las burlas ramplonas y destructivas. Tato Bores tenía una calificación adecuada para el espectador de estos medios: los ‘cara de bragueta’.
Don José, el tío del siempre extrañado Tato, consideraba que el gesto de estreñimiento perpetuo de muchos argentinos es el principal problema del país. “Qué bronca, qué mufa, qué yeta, qué chinche, qué jeta, qué pálida completa”, decía la canción. Una expresión que acompaña de manera constante a la especie urbana vernácula. El ceño apretado, la mirada baja, el paso apurado, la boca fruncida o con las comisuras lo más abajo posible están presentes en ese rostro con el que uno se encuentra día a día. Los motivos: “y qué querés, con todos los problemas que uno tiene”, explicarán seguramente. Si uno tiene tiempo para hurgar en ese problemático universo, se encontrará con lo cotidiano transformado en tragedia: “entre el trabajo, los chicos, el cañito que gotea, los impuestos, el seguro de los dos coches y las cuotas del viaje a Cancún ya no tengo ganas ni de sonreír”. O, con una síntesis incrustada gracias a años de horadación de cabezas, practicará un exagerado gesto de resignación y recitará: “¿cómo querés que me vaya en este país?”.
En el país de las pesadillas, el que oscurecen cada día más los medios dominantes, no cabe nada que aliente una esperanza. La vocinglería mediática presenta una prédica que destruye cualquier intento de buen humor. Y las sonrisas que despiertan parecen la resignada burla del que está a punto de estamparse contra un lejano suelo. Como los cartelitos que exhibía el coyote cuando, ante un nuevo fracaso en su intento de atrapar al correcaminos, caía al más profundo de los abismos. Uno no les pide que se conviertan en la oficina de prensa de Presidencia de la Nación, porque eso sería tan nocivo como lo que ocurre ahora. Y haría desconfiar a muchos, quien escribe estas líneas, inclusive. Pero esta continua cantinela de que estamos mal y somos irrecuperables está perturbando la convivencia. Cuando uno se encuentra con un cautivo de semejante bochinche, parece que viviéramos, no en dos países distintos, sino en dos galaxias separadas por millones de años luz. Y no es una cuestión de opiniones: ninguna apreciación o crítica es válida si está elaborada a partir de hechos inexistentes; menos aún cuando es sólo la repetición de una sentencia emanada desde la tele.    
El libreto oscuro de los detractores
Después del paro general convocado por los dirigentes sindicales, sus principales exponentes comenzaron a propalar los más disparatados dichos. El chiste por excelencia consiste en que los trabajadores realicen una medida de fuerza en connivencia con los patrones y los principales ricachones del país. Y encima, los miembros de la sociedad rural aplaudieron que quienes trabajan en sus campos hagan una huelga. Los empresarios del transporte alentaron a sus choferes para que no salgan a la calle. ¡Vamos, que ya somos grandes y nos conocemos mucho!
Como los colectiveros adhirieron a la medida, la dificultad para el traslado de los que querían –o debían- ir a trabajar garantizaba cierto éxito. Dificultad que inspiró una de las célebres frases de Pablo Micheli, la pata izquierda de esta protesta derechosa: “los carneros que vayan caminando o en bici”. Vale repetir la pregunta del apunte anterior: ¿quiénes son los carneros, los que querían cumplir con sus obligaciones laborales o los que se asociaron con la patronal para destronar este proyecto que tanto ha transformado nuestro país?
Otra de Micheli -que no necesitó de risas grabadas para desatar la carcajada- fue la referida a la simpatía que despertaría esta huelga en personajes como Agustín Tosco o Rodolfo Walsh. Malvina Tosco, la hija del incorruptible dirigente sindical, respondió a través de una carta semejante exabrupto. “La verdad que no me atrevo ni siquiera a pensar qué hubiera hecho mi padre –escribió- Qué caradurez la de estas personas que se atreven a mencionar a Tosco y a Walsh, verdaderos héroes de la historia Nacional”.
El camionero Hugo Moyano no se dejó amedrentar por el ingenio de Micheli y gambeteó sus contradicciones con una poco creíble confesión. Ahora se da cuenta de su error al enfrentarse con los estancieros en 2008 por la famosa resolución 125, que establecía retenciones móviles para las exportaciones agropecuarias. Semejante revelación lo deja al desnudo, por más desagradable que eso resulte. Ya no hay un simple coqueteo con el Poder Fáctico sino un romance indisoluble. “Se ha formado una pareja”, gritaría, exultante, Roberto Galán, el conductor del ciclo televisivo Yo me quiero casar ¿y usted? Más que una pareja, esto parece una muchedumbre que redundará en problemas de alcoba.
Por eso, las críticas a la ya famosa Cadena Nacional donde el actor Guillermo Celci presentó tres minutos de medianos chistes poco celebrados por el público resultan exageradas. Pero algunos pisaron el palito y convirtieron esto en una causa de Estado y salieron a pontificar sobre el mesurado empleo que debe tener la cadena. Algunos quedaron encadenados en sus torpezas, como el diputado por el FAP, Hermes Binner, que consideró que "el uso indiscriminado de la cadena nacional es una política comunicacional propia de los populismos".
Y, como una muestra más de su esquivo socialismo, citó un ejemplo: “la última vez que se utilizó la cadena nacional en España fue el 23 de febrero de 1981, cuando tras el intento fallido de golpe de Estado, el rey Juan Carlos se pronunció al país dando por terminado el conflicto. El mensaje duró un minuto". La mirada europeizante de siempre con los geriátricos toques que Binner tiene de sobra. Los españoles usaron ese mecanismo institucional -que es una facultad de todo representante del Estado- hace más de treinta años. ¿Y qué? ¿Acaso eso debe convertirse en ejemplo? Sólo basta echar una mirada a la situación actual de ese país para advertir que el modelo aplicado no debe practicarse en ningún lugar del mundo.
Y para cerrar este chistoso apunte, un último chascarrillo para terminar bien la semana: los que no ganaron en las elecciones presidenciales y quedaron muy golpeados en la contienda pretenden enseñar cómo debe gobernarse un país. Y para eso pintan un cuadro desolador con un equipo presidencial desastroso que nos está hundiendo en la peor de las crisis. Quienes creen esta patraña son los que deambulan con cara de bragueta, mascullando odios, cavilando nuevos prejuicios, memorizando titulares. No podría ser de otra manera: con tantos humores infectos pululando por sus mentes, no les queda espacio para dibujar una sonrisa.

1 comentario:

  1. Estupendamente escrito. Hasta envida da, vea. Fuerte abrazo. Ah, estoy totalmente de acuerdo.

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