miércoles, 21 de mayo de 2014

Con el desprecio de siempre


Si muchos de los exponentes de la oposición dieran un paso más allá de los estudios televisivos, se encontrarían con un panorama diferente al que sirve de inspiración para sus dicterios. Pero no, insisten en explotar al máximo el espacio que brindan los medios hegemónicos y elaboran sus consignas a partir de esos contenidos. Y lo peor es que confunden rating con intención de voto. Tal vez por eso, el Jefe de Gobierno porteño comenzó su campaña presidencial con un novedoso instrumento: concretar matrimonios, como si en lugar de ingeniero fuese un Juez de Paz. Al menos, de fracasar sus intentos de mudanza a la Casa Rosada podrá emular a Roberto Galán en su emblemático programa televisivo “Yo me quiero casar”. Ajena a todo esto, la senadora Gabriela Michetti está convencida de que el líder de PRO ya casi es presidente. Por eso propone que todos se enfilen detrás de Mauricio Macri para derrotar al kirchnerismo el año que viene. Enceguecida por su desprecio –y temerosa de la segura derrota- lanzó un ultimátum a la comunidad: “es República o Estado narco”, a tono con las tendencias de la moda informativa, para variar. Por suerte, nuestro país está muy lejos de esa disyunción: de ser así, todos los que simpatizamos con este proyecto con tantos logros en su haber–y promete mucho más- estaríamos involucrados en la comercialización de estupefacientes. Y no es así, por supuesto. Con estos dichos, la senadora del PRO no hace más que reciclar el siempre vigente lema sarmientino: civilización o barbarie.
Y no es lo único que actualiza. La mirada patricia siempre está presente en muchos de los integrantes de esa fuerza no-política. Como los iluminados que no son, creen tener la solución para todos los problemas del país. Gabriela Michetti, en una charla organizada en la Legislatura porteña junto a Elisa Carrió, Julio Cobos y Ricardo López Murphy, señaló que “el PRO es un espacio que requiere que en 2015 muchas personas se hayan sumado”. La pretensión de ella y muchos más es conformar una nueva política de dirigentes “y no de partidos”, porque, según datos estadísticos que sólo la senadora debe conocer, “sólo el 20 por ciento de los argentinos se ve representado por un partido”. Por eso, su mejor propuesta es hacer política por fuera de la política, con gente que nunca se ha dedicado a ello.
Esta nueva idea no tiene nada de nuevo: no es más que el sentido común que tantos estragos ha hecho en el pasado de pensar que existe una manera lógica de resolver los problemas del país por fuera de cualquier posicionamiento ideológico. Cuando estas propuestas prenden en la sociedad, quienes se hacen cargo del manejo de los asuntos del Estado son los exponentes del Poder Fáctico, que sólo quieren que todos estemos sometidos a sus intereses. No hay que escuchar estos cantos de sirena, pues detrás de esos sones encantadores se escudan las peores bestias, dispuestas siempre a depredar nuestros bienes.
La llegada de un milagro
Pero las fieras angurrientas no son patrimonio exclusivo de nuestro querido país. La llegada al gobierno de Michelle Bachelet promete necesarias transformaciones en el vecino país y las consabidas protestas de los destructores de siempre. El mito del milagro que muchos aún recitan queda destruido con la desigualdad que padece gran parte de su población. A mediados del mandato de Sebastián Piñera –el Macri trasandino- los pobladores de Puerto Aysén, localidad ubicada a 1300 kilómetros al sur de Santiago, solicitaron que Argentina los adopte, debido al abandono que padecían en los servicios esenciales. Después, las demandas estudiantiles por el acceso gratuito a una educación de calidad terminaron por demoler el poco prestigio conseguido por el empresario devenido a presidente con la epopeya de los 33 mineros. No es para menos: el lucro que persiguen muchas entidades educativas deja a las familias endeudadas durante gran parte de su vida. Por eso, muchos estudiantes han decidido seguir su carrera en nuestro país, pues resulta más económico que pagar las cuotas que cobran.
Bachelet inició su mandato con dos medidas que prometen enardecidas reacciones. En primer lugar, el proyecto de reforma impositiva despertó el enojo del embajador estadounidense en Chile, Michael Hammer, que consideró amenazadas a las empresas de su país. En segundo lugar, presentó un gran proyecto de reforma educacional escolar para poner fin al lucro y establecer la gratuidad. “Sin una reforma profunda a su educación, Chile no logrará el desarrollo”, justificó la Mandataria en el Palacio de la Moneda. “La educación es un derecho y no un privilegio –agregó Bachelet- el lucro, la selección y el copago son incentivos equivocados que combinadamente afectan la calidad y comienzan la discriminación, la segregación y la inequidad”. Romper con el país pergeñado por el dictador Augusto Pinochet, la rancia derecha vernácula y los Chicago boys de los setenta costará mucho esfuerzo, pero es necesario para que todos nuestros vecinos puedan vivir con dignidad.
En el contexto regional parece inevitable abordar este maravilloso sendero hacia la equidad que muchos países emprendieron. En el primer mandato de Bachelet muchas reformas quedaron en el tintero, por esa falaz consigna de evitar los conflictos y las divisiones. Claro, las minorías privilegiadas pretenden que todos estemos de acuerdo en la permanencia de sus privilegios, por más que eso nos hunda en la pobreza. Ante cualquier intento de modificación de ese estado de las cosas, amenazan, calumnian, insultan. Desbocados, acusan de autoritario a quien intente apenas limar sus fortunas, producto de la explotación, la especulación y la corrupción.
Para estos avaros que se piensan patricios, sus ideas parten del sentido común, en oposición a las propuestas reformistas, originadas en ideologías despreciables. Para ellos, sostener sus privilegios, acrecentar sus ganancias a costa del padecimiento de la mayoría, someter la democracia a sus angurrias no es ideología, sino la lógica por la que se mueve el mundo. Pero ya están deschavados: apenas unos pocos desprevenidos se dejarán engañar por estas nocivas consignas. Sólo un Estado comprometido con los intereses de la mayoría puede garantizar la conquista de derechos y la consecuente equidad. Y para eso es necesaria la existencia de políticos convencidos de que sólo las ideas pueden transformar un mundo tan desigual. Para no olvidar: cuando un político quiere conquistar votos negando la política, hay que dejarlos solos porque detrás de ellos se esconden los más desaforados vampiros.

2 comentarios:

  1. Ernesto de LKorenzo desde Entre Ríos, Argentina, digo: excelente, totalmente afiatado a la verdad planetaria, ya no sólo nacional o regional

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    1. No es mi pretensión abarcar tanto como la realidad planetaria porque reniego del internacionalismo. De cualquier modo, a veces, cuando uno pinta su aldea, está pintando al Mundo. Abrazo y gracias por leer mis textos.

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