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lunes, 19 de mayo de 2014

El espectáculo de las desproporciones


   La región central del país se despoja de la humedad que la aquejaba gracias a unos leves vientos del Sur que traen un aire invernal en medio de este primaveral otoño. Tal vez, esta transformación climática traiga un poco de coherencia al clima político, que, de tan recalentado, parece veraniego. Que unos cuantos trabajadores ferroviarios conviertan en noticia nacional un capricho disfrazado de reivindicación laboral no es más que una desproporción. Más aún cuando todo el país está poniendo plata para solucionar el problema de transporte en una porción minúscula de nuestro territorio. El pensamiento unitario sigue primando, a pesar de que el kirchnerismo ha seguido un sendero inusualmente federal. Muchos se sorprenderían al advertir que la provincia de Buenos Aires, si bien es la más poblada, no es la más extensa de Argentina. Tierra del Fuego tiene una superficie superior a los 980 mil kilómetros cuadrados mientras el distrito rioplatense ni se aproxima a la tercera parte de esa cifra. Causa náuseas ver desde un avión el apiñamiento poblacional de esa provincia, en comparación con lo desolado del paisaje patagónico. Tal vez por eso, cualquier eructo que provenga de esa mínima fracción provoca un eco ensordecedor en la imponente Cordillera.
  Que menos de cincuenta tipos alteren la vida de miles de trabajadores no sólo es una desproporción, sino un acto de prepotencia inadmisible, más aún cuando el Estado está invirtiendo como nunca para mejorar el transporte ferroviario. Y también resulta incongruente que los cacareos de un pequeño Pollo tengan tanta amplificación que se escuchan en todo el país. Chillidos insultantes, antidemocráticos, apátridas. No hay que olvidar que calificó de inútiles a los integrantes del Gobierno convalidado por el 54 por ciento de los votos hace poco más de dos años y que en las últimas elecciones consolidó su mayoría en el Congreso. Inútiles porque no conforman los caprichos de un dirigente sindical de poca monta. Inútiles porque no se dejan intimidar por dirigentes con actitudes extorsivas.
   Sin dudas, el principal problema es que lo que pasa en la CABA y el área metropolitana repercute en todo el país. Tal vez en esa excesiva concentración poblacional esté el síntoma, pues sus pobladores suponen que lo que ocurre en su entorno sucede en todos lados. Y no es así. Por más que los dirigentes con proyección nacional sólo mediática intenten imponer su mirada porteña a cada uno de los argentinos.
    Los exabruptos umbilicales
   Un par de semanas atrás, los medios hegemónicos y los políticos más afines a los estudios televisivos que a los escaños parlamentarios se regodearon con el documento de la Iglesia católica. A pesar de estar plagado de inconsistencias y generalidades, sirvió de inspiración a muchos titulares y comentarios que incrementaron las virtudes del documento episcopal. “Constatamos con dolor y preocupación que la Argentina está enferma de violencia”, afirma el texto firmado por los obispos. Nunca diagnosticaron nada así durante la dictadura, ante los secuestros, torturas y desapariciones ejecutadas por el Estado genocida de esos tiempos. Primero, un país no puede estar enfermo, aunque sí sus habitantes. Y eso no se animaron a decirlo. Un país es violento porque la mayoría de sus habitantes lo son. Y nada de eso se percibe en nuestro entorno. De ser así, no podríamos convivir.
   Un listado de episodios violentos no puede servir para categorizar la infinidad de acciones que se producen a cada instante y que están muy lejos de ser violentas. “Queremos detenernos a reflexionar sobre este drama porque creemos que el amor vence al odio y que nuestro pueblo anhela la paz”, continúa el documento que no expresa una lectura certera sobre lo que ocurre en el país. Aunque los eclesiásticos después amplían el concepto de ‘violencia’ hacia ideas más auspiciosas, periodistas y políticos agoreros interrumpieron la lectura para elaborar sus apresuradas intervenciones mediáticas
   Señalar como anomalía que “una violencia cada vez más feroz y despiadada provoca lesiones graves y llega en muchos casos al homicidio” deja mal parada a esta institución milenaria. La violencia siempre es feroz y despiadada, sino, no es violencia. Y si no provoca lesiones graves y muertes, habría que buscarle otro nombre. ¿Acaso proponen que busquemos formas no-violentas de violencia?
   Sin embargo, el documento aborda algunos puntos que pueden ser interesantes. Al menos, brinda la posibilidad de pensar en violencias evidentes y sutiles. A pesar de incurrir en una contradicción en la misma frase, la sensación de inseguridad está presente en esas tres carillas que sacudieron el escenario. “La creciente ola de delitos ha ganado espacio en los diversos medios de comunicación, que no siempre informan con objetividad y respeto a la privacidad y al dolor”. Aunque solapado, hay un palazo sobre el clima de miedo que construyen las propaladoras de estiércol pero, a su vez, los exponentes de la Iglesia se muestran influenciados por las ideas mediáticas. La creciente ola de delitos es más una conclusión inducida y apresurada que el resultado de un análisis riguroso.
   Lo que escapa del discurso dominante sobre este problema es que consideran como violencia no sólo los delitos, sino la exclusión social, la privación de oportunidades, de hambre y marginación, de precariedad laboral y “el empobrecimiento estructural de muchos, que contrasta con la insultante ostentación de parte de otros”. Pero más violento aún –y esto no lo dicen los ministros de Dios- es que esa minoría no se conforma con ostentar su riqueza, sino que lloran y conspiran para ganar aún más. Eso sí que es violencia y de la más despreciable.
   En ese documento, los obispos apuntan hacia todos lados sin priorizar ninguno. De tan ambiguo, es funcional a cualquiera. Por ejemplo, cuando dice que “nos estamos acostumbrando a la violencia verbal, a las calumnias y a la mentira, que socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales”. De tan general, no involucra a nadie. O peor, involucra a todos. Y ya sabemos que cuando la culpa es de todos, es de nadie. Si de generalidades innecesarias se trata, hacia el final apelan al lugar común de exhortar a toda la dirigencia para que desarrolle “un diálogo que genere consensos y políticas de Estado para superar la situación actual”.
  Pero los políticos opositores tomaron este documento como contundentes cuestionamientos al Gobierno Nacional. Y como en algunas de sus líneas incluye la corrupción –“tanto pública como privada”-, salieron como un coro a pedir un paso al costado del vice Presidente Amado Boudou por la no-causa Ciccone. "Frente a esta realidad y altura, el vicepresidente debe pedir licencia y someterse a la Justicia hasta que la Justicia determine qué es lo que realmente pasó en esta causa", afirmó el senador radical Ernesto Sanz. Sorprendente: le hace ruido que Boudou siga ejerciendo su cargo cuando aún no está imputado judicialmente, no ha sido convocado a declarar ni se lo ha acusado de ningún delito y Sanz coquetea con Mauricio Macri que sí debe enfrentar un juicio oral por las escuchas ilegales. Es más, aunque no se sabe de qué se acusa a Boudou ya ha sido condenado por estos violentos sin condena.
  Lo que no han dicho los obispos es que abandonar la política genera violencia. Si repasamos los hechos más dramáticos de nuestro país advertiremos que esta conclusión no es descabellada. Los que renuncian a la política, apelan a recursos violentos. Que quede como advertencia para todos aquellos que aspiran a apropiarse del futuro por los medios más atroces, sean pollos o gallaretas.

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