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lunes, 26 de mayo de 2014

No hay milagros para la construcción de un país




Parece mentira que tan pocas líneas sirvan de inspiración para tantas pavadas. Sin embargo, dejó una vez más al descubierto que algunos personajes de los medios de comunicación no quieren el bien para el país. Y esta afirmación no es sólo una opinión, sino un recorrido por algunas evidencias. El absurdo episodio de la carta papal no sólo muestra la fragilidad del rigor informativo, sino las malsanas intenciones de los siervos del establishment. Porque los medios opositores no sólo se dedicaron a amplificar una supuesta trampa –o una insignificante desconexión- sino que la utilizaron para horadar la credibilidad del Gobierno. O, en el más leve de los casos, para sugerir una desprolijidad en el manejo de la información pública. De una o de otra manera, intentan deslegitimar a las Autoridades Nacionales, buscan despertar al cacerolero dormido para allanar el camino hacia la restauración neoliberal. Y que todo esto ocurra en la semana previa a las celebraciones de la Revolución de Mayo no es casual. Monseñor Karcher les regaló el hueso y los carroñeros lo mordisquearon hasta sangrar sus encías. O hasta el ridículo, como todos los serviles monigotes que mascullaron su desprecio ante cámaras, micrófonos o teclados para machacar con la insostenible hipótesis de que Cristina y sus secuaces hacen todo absolutamente mal.
En este nuevo capítulo de la operación “Tumbemos a la yegua”, también quedaron expuestos como en todos los anteriores. Seguramente, las escaramuzas verbales que destilaron en tan sólo unas horas servirán como archivo para análisis académicos no sólo sobre ética periodística, sino también sobre estrategias destituyentes. Poética, retórica, plástica, psiquiatría, sociología y otras disciplinas podrán alimentarse de ellas porque hubo tanta riqueza en esos improperios opinativos que hasta podría diseñarse una nueva escuela de pensamiento para el siglo XXI.
Para no saturar este apunte, tomaremos sólo algunas muestras, porque el corpus es tan amplio que no permite abarcar la totalidad de las tonterías que se dijeron. Para empezar, es necesario buscar un punto de partida, como debe ser. Todo comenzó con la ya estelar carta que, de tan burocrática, parece de película que haya desatado tanta batahola. Aunque en realidad, todo empezó con monseñor Guillermo Karcher, encargado del protocolo de El Vaticano que se posicionó como vocero de Francisco, aunque no lo es. El escándalo se desató con sus irrespetuosas desmentidas, pues debería saber que rutinariamente se envían estas cartas vía telegrama ante las fiestas patrias de cualquier país. Y también debería saber que esos telegramas se imprimen con el membrete de la Nunciatura. ¿O el punto de partida es el constante accionar de los peleles trajeados para sembrar la desconfianza, el desprecio, el prejuicio desde esos medios que sólo buscan el caos?
El jueves a la noche, desde El juego limpio, Nelson Castro superó su habitual histrionismo para declamar: “esto del gobierno de echarle la culpa a otros siempre es característico y queda  manifiesta esta maniobra que alguien ideó con la intención de ponerle a la presidenta una cáscara de banana que el gobierno pisó como consecuencia de lo que es el relato”. En La Nación, Mariano Obarrio, escribió el viernes que “la relación entre el Gobierno y el Vaticano quedó envuelta ayer en un inédito escándalo por la difusión de una falsa carta del papa Francisco a la presidenta Cristina Kirchner”. O la tapa de Clarín “Papelón diplomático: El Gobierno difundió una carta del Papa que resultó ser trucha”. Y como expertos, apelaron a la hermenéutica, a la grafología, comparación de membretes y a cualquier otro saber para demostrar el engaño que no era tal. Otra vez quedaron intoxicados por su propio veneno, porque el asunto no era tan grave para destilar semejante cantidad.
La magia del compromiso
Si alguien espera que se disculpen o que den el paso al costado que siempre exigen a los funcionarios implicados en sus fabulaciones, quedará decepcionado. Por el contrario, redoblaron la apuesta para seguir manipulando a su público, cada vez más disminuido. Después de que los hechos quedaron aclarados, llegaron a sugerir que Francisco confirmó la veracidad de la carta para ayudar a Cristina. Bastante tontuelo creer que el Mandatario de El Vaticano arriesgue su credibilidad para salvar la imagen de La Presidenta. Pero los tontos existen y también los prejuiciosos. Por eso, las usinas de estiércol continuarán aportando su dañino material hasta lograr la disolución de la sociedad o perecer en el intento.
Mientras tanto, una multitud desborda Plaza de Mayo para demostrar el apoyo indisoluble a CFK. Lejos de las celebraciones con desfiles militares, cargadas de solemnidad, ahora toda fecha patria se convierte en fiesta popular. Más lejos aún de aquellos discursos de ocasión de los presidentes anteriores, ahora hay palabras consustanciadas con el pasado y comprometidas con el futuro. A miles de kilómetros de aquellos pacatos que se escandalizaron con el Himno según Charly García, ahora no sólo se lo corea sino que se lo baila. Y a una distancia sideral de Fernando de La Rúa que, desde la soledad, suplicaba por un milagro para salvar a la Patria. Ahora, no hay milagros, sino política; no hay soledad, sino multitud; no hay solemnidad, sino la alegría del pueblo.
Para atraer la mirada de los medios hegemónicos, los políticos de la oposición ya estarán recitando sus lloriqueos de siempre: que es un festejo de todos y no de un partido, que La Cámpora se apropió de una fecha patria, que la mayoría fue a ver gratis a los artistas o que Fuerza Bruta repartía choripanes. En fin, apelarán a las inconsistencias habituales con tal de no advertir el fracaso en que se están encerrando. Ninguno de los que se creen salvadores de la República lograría convocar tanta gente ni despertar tanta pasión. Ninguno de sus discursos generaría tantas expectativas ni esas miradas cargadas de admiración y esperanzas. Que digan lo que digan porque sabemos que están equivocados.
Y también se equivocarán en las interpretaciones del discurso presidencial. La idea del diálogo siempre aparece como fórmula mágica para salir de los escollos. Muchos de los exponentes de la oposición reclaman el diálogo a cada rato, aunque se fugan por la tangente cuando tienen oportunidad. Para ellos, el diálogo es sólo la obediencia a las órdenes del Poder Fáctico, a sus exigencias para garantizar el flujo de divisas hacia sus arcas. Para evitar confusiones, el diálogo sólo se da entre iguales; entre desiguales, es conflicto, puja, lucha.
Algo similar ocurre con la palabra ‘unidad’, a la que CFK apeló en su discurso por el 204 aniversario de la Revolución de Mayo. “Convoco en esta fiesta patria a la unidad nacional –expresó La Presidenta- Pero no a cualquier unidad, no me interesa la unidad nacional para volver para atrás, no me interesa la unidad nacional para no ocuparse de los pobres y los excluidos”. Claro, no es lo mismo la unidad que la unión. Esta última se da de arriba hacia abajo y tiene un carácter autoritario; la unión es aceptar los condicionamientos del establishment; es un pegote impuesto por los poderosos. La unidad, por el contrario, es una construcción que surge desde abajo, horizontal, democrática, solidaria, fraternal. A esto convoca Cristina, a una consolidación colectiva de lo que hemos edificado en estos años. “Cualquier esfuerzo individual, cualquier esfuerzo de un puñado de hombres, no puede construir una Nación –explicó ante la mirada atenta de los asistentes- Solamente lo hace cuando ese puñado de hombres es acompañado por el pueblo”. No con rezos ni milagros: sólo de esa manera se construye un país, entre todos y con todos. Salvo aquellos que no quieran saber nada con todo eso y sólo deseen un territorio al servicio de sus mezquinos intereses. Esos sí deben quedar afuera para siempre.

2 comentarios:

  1. Leer hoy a La Nación es una muestra de como se puede negar la realidad de un acto masivo e ignorar la vitalidad del kirchnerismo

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    1. Por supuesto. Están construyendo un público alienado, incapaz de discernir, criticón y desconfiado.

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