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viernes, 15 de agosto de 2014

La mano invisible de un socialista



Una vez más, un conflicto nos convoca a tomar una posición. Desde la Rebelión de los Estancieros, la ciudadanía se acostumbró a acomodarse de un lado o del otro, algo que desespera a los adoradores de los desideologizados noventa. Claro, en esos tiempos, el sentido común construido durante la dictadura bastaba para desmantelar al Estado, obsequiar los bienes, incrementar la desocupación y distribuir la pobreza. Ahora, los nostálgicos de los años oscuros encuentran dificultades para convertir sus angurrias en medidas de gobierno. Y sus emisarios –de tan desorientados- no saben cómo argumentar. Que un socialista como Hermes Binner cuestione las reformas a la Ley de Abastecimiento con sus creencias sobre la mano invisible parece un chiste, aunque es una muestra más de la obsecuencia que promete. Para los confundidos, estos planteos visualizan dos posiciones extremas del Estado: su ausencia o su presencia en las relaciones de una sociedad. Si el Estado existe para facilitar los negocios de una minoría avarienta o para garantizar el bienestar de la mayoría serían las opciones, con todas sus variantes intermedias.
Cada día, las piezas están mejor posicionadas en el tablero, lo que permite comprender quiénes son los enemigos y cuáles son sus intenciones. Desde el recrudecimiento de la batalla con los buitres, una parte importante de los argentinos comprendimos que ceder significaría nuestra ruina; que resistir los embates carroñeros no es sólo una cuestión de dinero, sino de soberanía; que los holdouts no son frágiles ancianitos que nos prestaron plata de buena onda, sino fieras voraces de fauces monstruosas. Pero hay una moraleja que es crucial en esta historia: si estos nefastos personajes han cobrado tamaña dimensión es porque el poder político ha cedido terreno. Con el verso de la mano invisible, los poderosos de la economía han absorbido las riquezas de más de la mitad del planeta. Con la falacia de la libertad de mercado, se han dado el lujo de convertir la economía global en un garito donde siempre ganan los mismos. Con trampas, por supuesto.
Cuando Adam Smith planteó los principios del liberalismo económico –último cuarto del siglo XVIII- el comercio se basaba en el intercambio de bienes materiales y la piratería era cosa de aventureros audaces. El sistema financiero actual no era siquiera una pesadilla y la existencia de los monopolios, un vislumbrado peligro. Fabricantes, mercaderes y comerciantes eran personas visibles y trataban con los compradores casi de igual a igual. La competencia era una realidad y no un simulacro mafioso entre personajes sombríos. El Estado que rechazaba Smith era el de las monarquías absolutistas, conformado por parásitos derrochadores y obsecuentes tenebrosos. Además, el título de su famoso libro –La riqueza de las naciones- induce a pensar en algo diferente a la acumulación supranacional de hoy.
El mundo económico actual no es el que diseñó Adam Smith, sino un monstruo deforme pergeñado por sus sucesores, sobre todo Milton Friedman, el demiurgo del neoliberalismo más despiadado. Por eso, que un candidato del progresismo apele a la metáfora de la mano invisible para afirmar que “hay una forma donde se van adaptando y arreglando las cuestiones” demuestra que es un hipócrita o un absoluto ignorante. Para que quede claro, lo que dice es que la Política sólo debe estar para arreglar los desastres que la Economía deje a su paso, como si fuera un fenómeno climático implacable. No para frenar los abusos ni la prepotencia de los angurrientos, sino para permitir los estragos y después hacer las reparaciones necesarias. Lo que plantea Binner, alguien que se dice socialista, es una posición que sin dudas, forma parte del ideario neoliberal. Lo que promete Binner, de llegar a ser presidente, es convertirse en un felpudo donde los exponentes del Poder Económico limpiarán sus botas después de salir de cacería.
Cuando el gato no está…
Si el Estado no controla a los Grandotes nos pasan por encima y no se necesitan demasiados datos para demostrar esta afirmación. ¿Qué haría Hermes Binner con el banco HSBC, sospechado de maniobras de evasión y lavado de dinero por cerca de 600 millones de pesos? ¿Allanaría sus oficinas o dejaría correr la travesura hasta que se arrepientan? Y si se descubriera que el incendio en el depósito de Iron Mountain fue un sabotaje para destruir documentación comprometedora, ¿miraría para otro lado o les ofrecería una papelera más eficiente para desechar sus chanchullos? ¿Castigaría a los beneficiarios de las cuentas ocultas para evadir y lavar o los invitaría a un asado de confraternidad para salvar las diferencias? ¿Qué haría con Clarín, que se empecina en incumplir con todas las leyes?
¿Se animaría a denunciar a una imprenta multinacional por quiebra fraudulenta o aceptaría, sumiso, la espuria maniobra? ¿Aceptaría las presiones de los empresarios preocupados por el renacimiento de la ley de abastecimiento o seguiría adelante con una iniciativa que busca frenar el saqueo de nuestras billeteras? ¿A quién representaría Binner en caso de llegar a la presidencia, al pueblo o a las corporaciones? No hay que pensar demasiado para llegar a una conclusión: algo invisible lo guía y no es una amigable mano sino una infecta garra que ya no puede ocultarse.
Que haya preferido a Capriles antes que a Chávez, puede ser moderación; que considere subidas de tono las calificaciones a Singer y Griesa puede provenir de una cortesía apolillada; que priorice el diálogo y la concordia será por temor a la confrontación. Pero lo de la mano invisible, no tiene ni pies ni cabeza.
En su discurso del jueves, tal vez impulsada por el entusiasmo, La Presidenta aseguró que a su izquierda sólo estaba la pared. Considerar al kirchnerismo como la extrema izquierda argentina quizá sea una exageración. Sin embargo, es el máximo progresismo con capacidad de gobernar y transformar las relaciones de fuerza en beneficio de la mayoría. Progresismo entendido no como la simulación de Binner o la confusión de Macri, sino como la tendencia a disminuir la desigualdad y conquistar derechos. Y la acción efectiva de limar los privilegios de una minoría que siempre nos ha pateado en contra. Tal vez por eso estos individuos están tan desesperados: sus emisarios ya no garantizan una derrota del kirchnerismo. Ni siquiera disfrazándose de lo que no son.

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