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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Consecuencias insalvables del pensar “contrera”



Si hay alguien que sabe perder votos es la diputada por la CABA, Elisa Carrió. En las elecciones presidenciales de 2007 obtuvo más del 23 por ciento de los votos. Cuatro años después, menos del dos por ciento. Ahora sale a dar cátedra sobre la representatividad, envalentonada por las 581096 voluntades conquistadas en la CABA en las elecciones del año pasado, lo que poco significa en relación al padrón general. Resentida como pocas, debe considerar que la ciudadanía no comprende su propuesta de gobierno y eso despierta su desprecio. “Scioli es la nada misma y es el que mejor imagen tiene –analizó, sesuda- la gente que se siente nada, vota a nada y un ejemplo es Scioli”. Si continúa menospreciando así a los votantes, cada vez conseguirá menos apoyo. ¿O esto formará parte de su estrategia de campaña para el año próximo? Tal vez el lema ya está elaborado: sea cualquier cosa menos K. Extraña paradoja que alguien como ella, sin propuestas ni asistencia a las sesiones de la Cámara, sea la que califique como ‘nada’ a los demás. Sobre todo a los ciudadanos, que son los que deciden el destino del país.
Destino del que ella se desentiende cuando ostenta asistencia perfecta sólo en los medios hegemónicos, sobre todo TN, que es como su segundo hogar. Casi el primero. Pero este texto no versará sobre los nuevos exabruptos de Carrió, sino de lo que se pierde por haber renunciado a gobernar desde la banca que le ha brindado la voluntad popular. Y no sólo ella, sino todos los diputados y senadores que se amontonan para salir en la foto de los elegidos del establishment; los postulantes del casting para ejecutar los planes de una minoría que quiere gobernar otra vez en su exclusivo beneficio. El requisito fundamental es que digan cualquier cosa, que hablen del fracaso, que auguren abismos, que reciten números alucinados e insultos inéditos. Que hagan cualquier cosa para horadar la legitimidad del gobierno de CFK, como mentir descaradamente y pisotear la institucionalidad. Que asusten, desmoralicen, demonicen, acomplejen. Que fustiguen, blasfemen, denuncien, conspiren. Todo vale en esta larguísima carrera presidencial, hasta desdeñar la soberanía y proteger privilegios.
Aunque la respuesta esté cantada, siempre vale preguntarse qué hubieran hecho estos personajes en el conflicto con los fondos buitre. ¿Someterse al caprichoso fallo del juez Griesa y regalar el futuro del país o desafiar el poder imperialista de la justicia del Norte depositando los fondos a los bonistas para ver cómo se desesperan los buitres? ¿Hubieran suplicado una humillante negociación o propuesto una ley soberana para eludir la injusta sentencia? ¿Hubieran aceptado la presión del que oficia como embajador yanqui o le hubieran marcado los límites? Algunos podrán pensar que en la defensa de la soberanía no debería entrar en juego ningún posicionamiento ideológico. De ser así, la respuesta a esta serie de dilemas los dejaría muy mal parados: si optan por el primer término de estas disyunciones, revelarían que la independencia de nuestro país les importa un comino. Y si no es así, si elegir el primer término es coincidente con las ideas que portan, también quedan mal parados, porque ese ideario nos conduciría a un país colonial, explotado y empobrecido. Todavía no han advertido que garantizar los privilegios de una minoría no nos conducirá nunca a un país más justo.
Los erráticos opositores
Y esto también lo demuestran a la hora de tomar sus decisiones y opinar sobre otras políticas de Estado. Mientras por un lado destilan lágrimas artificiosas al hablar de la pobreza, por el otro vomitan improperios sobre las iniciativas de inclusión, sobre todo las económicas. A la vez que claman por la necesidad de inversiones, omiten denunciar a los que fugan divisas hacia cuentas en el extranjero. Si en una toma denuncian la inflación, en la siguiente rechazan la necesidad de controlar a los formadores de precios. Si de perfil exigen que se incrementen las exportaciones, de frente defienden a los estancieros que acumulan granos en los gusanos gigantes. Analizar este juego de ideas contrapuestas que conviven en una misma cabeza nos llevaría más allá de un análisis político o filosófico y se corre el riesgo de quedar empantanados en el terreno de la psiquiatría.
Para evitar estos peligros, podríamos intentar con la dramaturgia, la sofística o la mutación de las especies. Y si eso no nos satisface, siempre aporta recurrir a los diferentes modelos de análisis comunicacional. Todo sendero nos conducirá más o menos a lo mismo. Si una persona piensa de manera tan contradictoria no sabe lo que quiere. Si no es así, está simulando. No está considerando un problema para buscar una solución sino para mostrar su posición contraria a todo lo que proponga, decida, sugiera el Gobierno Nacional. Una actitud peligrosa de la que sólo resulta la disolución social, eso que algunos llaman la grieta. Hendidura que deja cada vez más pequeña la otra parte, la que habitan esos individuos que se niegan a la reconstrucción de Argentina y quieren sus bienes sólo para sí mismos. En ese peñasco oscuro, se amontonan los que farfullan y protestan cuando se conquistan derechos a costa de limar apenas sus cuantiosos privilegios y contener sus destructivos intereses.
Desde la demonizada Formosa, La Presidenta mostró otra postal: un multitudinario público alegre y consustanciado, compuesto por ciudadanos con nuevos derechos y dignidad en construcción. “Los dirigentes del proyecto político que hoy gobierna la Argentina podemos hablar más de media hora contando todo lo que hicimos sin criticar a nadie”, confesó CFK. Esa es la Palabra que molesta a los detractores, la que explica, la que se compromete, la que denuncia. Ese discurso en que el orador pone su cuerpo, no en un gesto actoral, sino con una carnadura que enciende los ánimos. Después, ironizó sobre ellos, sobre los candidatos que buscan más satisfacer los caprichos angurrientos de la minoría que obedecer la voluntad de la mayoría. “Saben todo, hasta la fórmula de la Coca-Cola –punzó Cristina- y cuando llegan al gobierno no saben ni hacer un mate cocido”. Y eso no sería tan grave: lo peor es que nos han hundido en las peores crisis de nuestra historia. Y lo quieren volver a hacer. Si fuera por el mate cocido, se lo sirve cualquiera, pero la presidencia no se la vamos a regalar. Menos, en bandeja de plata.

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