viernes, 31 de enero de 2014

Los gusanos rurales de la especulación


Silos-bolsa: enormes gusanos plásticos y blanquecinos
que parecen carcomer la argentinidad de los campos.
Apuntes discontinuos, 29 de enero de 2014

Cuántos de los que apoyaron sin comprender demasiado la rebelión de los estancieros en 2008 estarán dispuestos a sumarse a la nueva asonada que el poder fáctico pergeña. En aquellos tiempos, las frases “yo estoy con el campo” o “el campo es patria” adornaban vidrieras y parabrisas casi con orgullo ciudadano. Hoy, tal vez, avergonzaría un poco sumarse a los conspiradores eternos de la democracia. Más aún, cuando los grandes productores siguen negándose a liquidar los granos a la espera de mayores ventajas para llenar sus rellenos bolsillos. Encima, justifican su avaricia tratando de despertar solidaridad con sus desconsolados lamentos. Carlos Garetto, de Coninagro, manifestó que “si hubieran ganado plata, estarían en Dubai”. Ese es el paraíso para ellos, el monumento a la riqueza obscena, a la desigualdad bestial, al aquelarre económico en donde ganan unos pocos. En eso quieren transformar nuestro país. El círculo rojo se ha puesto en movimiento porque sus integrantes comienzan a sentirse menos dueños del país que consideran su exclusiva posesión.
Un nuevo embate estamos presenciando, cuyo objetivo es propinar un golpe mortífero al Gobierno Nacional. Una acción coordinada que incluye operadores económicos, políticos y mediáticos que quieren instalar la idea de una economía que se derrumba. Un imaginario construido desde los medios hegemónicos que apunta a mostrar una Presidenta sola, desconcertada, desfalleciente, inactiva. Como siempre, titulares que manipulan, mienten, exageran, silencian. Y en las sombras, siniestros personajes que apuestan sus fichas para acelerar un desmadre que, desde hace mucho, les está negado. Más de una vez se ha dicho en este espacio que esos individuos angurrientos ganan mucho más en el desastre que en la bonanza. Nada les importa más que llenar sus arcones con fortunas extraídas de la miseria. Tanto quieren al país que hacen lo imposible por hundirlo. 
Algunos exponentes de este grupete despreciable se animan a poner la cara para difundir su nefasto ideario, hasta justificar la indisimulable gula que los impulsa. Desde que el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, anunció la adquisición de dólares para atesoramiento, están más encabritados que nunca. En vez de menear los rabos ante la devaluación del dólar –como exigen siempre-, gruñen y babean porque quieren más. Quizá algún desprevenido no comprenda del todo el alcance de sus pretensiones. Simple: ellos quieren todo. Los integrantes del círculo rojo serían más que dichosos con un gobierno que elimine los impuestos, garantice sus ganancias exorbitantes, permita la explotación laboral y esconda a los desplazados. El país ideal sería uno en el que 40 millones trabajen por mendrugos para preservar los privilegios de diez mil patricios. El país del Centenario, con todas las letras.
Para muestra, basta un poroto
Sin pudor, exhiben un gataflorismo patético, más adecuado para un personaje de Capusotto que para la vida real. En todos estos años los hemos escuchado clamar por una devaluación de nuestra moneda porque con un dólar bajo, las exportaciones no son competitivas. Para ellos, ‘competitivo’ significa ganar mucho fácilmente, sin invertir, sin innovar. Sus ganancias no son el resultado del trabajo, sino de una renta jugosísima. Ahora que las autoridades económicas ubicaron la moneda verde a ocho pesos, tampoco están conformes. El titular de Coninagro, Carlos Garetto, aseguró que esa cotización “no es un incentivo” para liquidar los granos que descansan en el vientre de los enormes gusanos blancos que infectan nuestros campos. Pero, en una esquizofrenia aterradora, se lamentó porque "los productores compran muchos insumos importados, así que, en ese sentido, un dólar más caro no es tan conveniente". Entonces, ¿qué quiere? ¿Un dólar a 20 pesos para exportar y otro a uno para importar?
El mismo individuo también habló de la presión tributaria, que parece asfixiarlos hasta volverlos azules, como el dólar con el que juegan. Pero ellos quieren ser verdes, como las tierras que explotan y el dólar que anhelan. La cotización que los excita es la del ilegal, el que ellos llaman blue por elegancia cromática, aunque en realidad debería ser ghost, fantasma, porque aumenta aunque nadie opere con él. Y el condimento ideal para completar este plato es la anulación absoluta de cualquier tributo.
Antes de que alguno se conduela ante tanto sufrimiento, este dirigente que dice representar a los cooperativistas, adopta los argumentos de los patricios rurales, los grandes productores que monopolizan la argentinidad tanto simbólica como material. Los terratenientes herederos de tierras usurpadas a fuerza de balas y los nuevos estancieros que crecieron gracias a su complicidad con la dictadura y al descontrol noventoso. Porque no son humildes campesinos los que están clamando por un beneficio mayor: los pequeños y medianos productores no tienen el respaldo económico para mantener su cosecha en los silos. Son los grandotes, los que no sólo tienen respaldo, sino un asiento aerodinámico reclinable con masajeador incorporado.
De acuerdo a los cálculos del ministro de Agricultura, Carlos Casamiquela, “hay 8 millones de toneladas de granos, mayormente soja, sin liquidar. Esto equivale a 3500 millones de dólares que podrían ingresar al país”. Como para que no queden dudas de que estamos ante una conspiración, en enero del año pasado se había liquidado el 97 por ciento de la cosecha de soja, en cambio hasta ahora sólo se puso en movimiento el 83. En la campaña en curso, se estima que la producción superará los 103 millones de toneladas y, de todo eso, la soja constituye la mitad. Una entrada de divisas por 5760 millones de dólares con una ganancia para los exportadores de más de 30000 millones de pesos. Demasiado dinero para pocas manos; mucho poder para mentes tan perversas.
Estos malintencionados están pidiendo medidas drásticas. Para la exportación de productos agropecuarios, la histórica Junta Nacional de Granos. Para la derivación de recursos a la industria, una especie de IAPI. La aplicación de la ley de abastecimiento también abarcaría a los que especulan con los productos esenciales. El Congreso tendrá la posibilidad de discutir leyes antimonopólicas y poner un freno a la extranjerización de la economía. Los poderosos están desbocados y nosotros, al borde del hartazgo. Para continuar con este proyecto de país, no sería saludable que ganen la pulseada. Si nos derrotan en esta mano, nos pasan por encima. Y lo estamos pasando demasiado bien para perder otra vez.

miércoles, 29 de enero de 2014

Davos y CELAC: el cotejo del siglo


Hugo Moyano ya no sabe dónde estacionar, ya no encuentra espacio que romper, ya ha perdido toda orientación. Pero lo peor es que ya no defiende lo que antes defendía. Ahora coquetea otra vez con Macri, el dirigente más alejado del interés de los trabajadores. Una foto que ya ni risa provoca. Sus declaraciones, en cambio, significan una renuncia a cualquier principio. “El Jefe de Gobierno fue a Davos y La Presidenta fue a ver a Fidel Castro y eso confunde”, recitó, sin rubor y esquivando todas las señales de advertencia. En primer lugar, Cristina no fue a visitar a Fidel Castro, que no tiene nada de malo, sino que viajó a Cuba para participar de la segunda Cumbre de la CELAC. En segundo lugar, eso no confunde, sino que aclara de qué lado está cada uno. El Alcalde Amarillo estuvo codo a codo con los más poderosos del mundo, con los forjadores de crisis y miserias, con los que se quieren quedar con todo, con los que gobiernan sin que nadie los vote. CFK, en cambio, se reunió de igual a igual con los mandatarios democráticos de la región para combatir la desigualdad que los divos de Davos tratan de incrementar. No es casualidad que el líder del PRO haya sido el único en abrevar en esas aguas tan envenenadas.
En verdad, uno se siente más liviano sin el camionero. Porque, al contrario del rey Midas que con su toque convertía todo en oro, Moyano desluce lo que cae en su mira. De acá al 2015 dejará fuera de carrera a muchos de los presidenciables, él mismo incluido, con sus apoyos piantavotos. Tal vez se esté sacrificando para garantizar la continuidad del camino iniciado en 2003. Porque que alguien que dice representar el interés de los trabajadores pondere a los inventores y beneficiarios del neoliberalismo es una incoherencia más grande que una familia de elefantes o una estrategia K de la más enredada y perversa que pueda concebirse. Más aún cuando en los noventa combatió con energía ese modelo. O por lo menos, simuló hacerlo.
Como sea, Mauricio Macri fue el único dirigente nacional que demostró un enorme orgullo por asistir a Davos y se enojó con el resto por no compartir su entusiasmo. Claro, con su miope mirada patricia, todos están equivocados menos él, que afirma que el mundo está arrancando mientras nosotros nos quedamos estancados. Nunca aclara qué mundo está arrancando ni con qué destino. No se puede exigir demasiado a sus balbuceos. Sí es posible discernir el país que promete: uno abierto a la avidez global, pero cerrado a los derechos de la mayoría. Y aquí no hay confusión posible: de tanta sinceridad, ya resulta cínico. Después de tanto tiempo de gestión en la CABA, sólo puede engañarse quien quiera estar engañado. Alguien como él no gobierna para todos, sino para una minoría selecta y algunos invitados más que no exijan demasiado del festín.
Comparaciones odiosas, pero necesarias
 “Parece que algunos quieren hacernos comer otra vez sopa, pero además con tenedor”, comentó CFK desde La Habana, respecto a las maniobras especulativas de la semana pasada, que tenían como objetivo forzar una devaluación del peso. Juan José Aranguren, presidente de Shell en nuestro país, y el banco HSBC fueron los que pergeñaron la embestida contra la moneda nacional. Para los que no recuerden o no hayan entendido, una breve explicación. La entidad bancaria publicó en pantalla la intención de un cliente de comprar más de tres millones de dólares a $8,70 cuando su cotización estaba a menos de $7,20. El banco tenía stock y podía haber concretado ese jugoso negocio, más aún cuando la petrolera anglo-holandesa siempre opera en esa institución. Si bien no parece ser ilegal, es un intento desestabilizador.
Sólo algunos desvergonzados periodistas salieron a defender a Aranguren de las críticas de los funcionarios nacionales. Y, más desvergonzados, aún, los diputados del PRO, que presentaron en Mesa de Entrada del Congreso un proyecto de resolución para “expresar su solidaridad con el presidente de Shell”. Representantes de los ciudadanos que salen en defensa de una empresa multinacional que quiere sacar ventajas de la tensa situación cambiaria. No es la primera vez ni será la última, pero cada vez que lo hacen, duele un poco más. Porque, aunque cueste creerlo, también son argentinos y deberían defender los intereses nacionales. Tanta obsecuencia hacia los carroñeros no despierta más que asco.
Y si la situación cambiaria está tensa es porque los productores agropecuarios y las empresas exportadoras de cereales –extranjeras, especuladoras y evasoras- retienen los productos de nuestra tierra a la espera de una cotización mayor de la moneda verde. Los silos-bolsa están rebosantes. Cualquiera que haya viajado en estos tiempos habrá visto esos enormes gusanos plásticos y blanquecinos que parecen carcomer la argentinidad de los campos. Eso es individualismo, egoísmo, extorsión. Como buenos patriotas, son liberales con las ganancias pero socialistas con las pérdidas, porque, cuando hay sequía, granizo, inundaciones o cualquier cosa que amenace sus cuantiosas ganancias, lloran para obtener una compensación estatal. Y lloran cuando no reciben el combustible subsidiado. Pero, a la vez, también lloran por las retenciones y por cualquier tributo que deban rendir al Estado. Ahora, que tienen la oportunidad de devolver los favores recibidos, como bestias cebadas por la proximidad de la sangre, sonríen y babean porque creen estar cercando al Gobierno Nacional.
También las empresas formadoras de precios -tanto productoras como expendedoras- embisten contra nuestros intereses, adornando las góndolas con cifras escandalosas. Ellos, que han crecido como nunca en estos años gracias a la intervención del Estado, que inyecta recursos para fortalecer el mercado interno. Ellos, que se han beneficiado esquivando cualquier ley anti-monopólica, ante el incomprensible descuido de las autoridades correspondientes. Ellos, que también se ven favorecidos por los subsidios estatales a la energía, créditos y otras ventajas que sería largo explicar. Ellos también se quieren apropiar de nuestros ingresos.
Porque de eso estamos hablando, queridos lectores. De nuestros ingresos y de los que nos meten las manos en el bolsillo, para utilizar la metáfora de los avarientos. Combatir la desigualdad es un objetivo al que nadie se puede oponer. Para que se haga realidad, los que más tienen deben renunciar a una porción de sus ganancias. Una porción mínima, como una devolución de lo que nos han saqueado en décadas anteriores. Así de simple: que ganen un poco menos, que contengan su angurria, que piensen en el conjunto. Ya no pretenden usar una pala manual, sino una mecánica para llenar sus arcas rebosantes. Al ver que el país sigue creciendo, su avaricia se potencia hasta índices inmorales: evaden, fugan, esconden, aumentan, conspiran y explotan.
Con este recorrido se puede comprender la diferencia entre la reunión de Davos y la cumbre de la CELAC, “un proceso de integración sin precedentes”, como lo calificó La Presidenta. La primera, una orgía de ricachones que pergeñan estrategias para incrementar su vampirismo. La segunda, la conformación de un bloque político para luchar contra todas las desigualdades. Perdón, Moyano, pero no hay confusión posible, sino la diferencia entre sostener privilegios minoritarios y ampliar derechos para la mayoría.

lunes, 27 de enero de 2014

Un paso atrás: el chupete del dólar


El Autor de Estos Apuntes sólo una vez se rindió a los embrujos de la moneda verde y no le fue tan bien. Ya lo dice el viejo dicho: el que pierde con el dólar, ve una casa de cambio y llora. Después de todo, el rostro de Evita es más bello que el de Benjy, el político que jugaba con los rayos. Penoso explicar nuestra relación con el dólar; difícil erradicar esa adicción que tanto daño nos ha hecho. Y lo sigue haciendo, porque los especuladores siguen arremetiendo para quebrar la voluntad de un gobierno que ha transformado para bien nuestra historia. Otra vez el dólar amenaza el horizonte y las nuevas medidas parecen tener sabor a derrota. También parece que su objetivo es seducir a los protestones. Pero no: si antes se quejaban por la imposibilidad de comprar, ahora manifiestan el temor por las reservas. Ni ellos se entienden. Mientras tanto, los productores sojeros siguen negándose a liquidar los granos, porque esperan una devaluación mayor. Una vez más, los dos modelos en pugna vuelven a colisionar en esta batalla que ya es más que cultural.
Desde los tiempos de la plata dulce instaurado por el ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, nuestra relación con el dólar ha sido tortuosa. Un amor que, a veces, logra satisfacer una pulsión individual a costa de empeñar el futuro colectivo. Aunque no más de un diez por ciento de la población tiene relación directa con la moneda norteamericana, su atractivo verdano parece afectar a toda la población. El desafío de los tiempos que se vienen pasa por armonizar esa relación, por contener la avidez, fortalecer nuestra divisa y recuperar a los dolaradictos, para que su patología no desestabilice la economía del país.
Hay toda una historia en torno al dólar que merece ser revisada. Caótica y dramática. Amor y muerte, como en los mitos. Un trauma cultural que debe ser desterrado. La pasión por la moneda verde atraviesa gran parte de nuestros peores años y es inevitable que su cotización produzca temblores hasta en las mascotas. Aunque en estos años el dólar no ha dado buenos resultados como inversión, su poder colonial hace mella en los estados de ánimo.
La relación de los argentinos con el dólar es como una telenovela larguísima que comienza a mediados de la década del ’70 y todavía no ha terminado. Amor y odio, encuentros y desencuentros, placer y dolor, fidelidad y traición, todo envuelto en una pasión que parece imperecedera. No es que el dólar haya aparecido en la vida nacional en esos tiempos pero sí comienza esa danza entre festiva y macabra para la maleable clase media. En tiempos de la última dictadura, fue Martínez de Hoz el que tocó los primeros acordes de esa melodía que combina momentos sublimes y exultantes con los infernales tonos de la devaluación cíclica. La monotonía melódica de los noventa, con el delincuencial uno a uno, permitió que muchos soñaran con un Primer Mundo criollo.
El final enérgico de la sinfonía del dólar se produjo en 2001, cuando el amante argentino padeció la peor de las traiciones: habituados a una paridad ficticia, los bancos garantizaban una escueta rentabilidad. El salto verde –pero no ecológico- se produjo en simultáneo con un corralito que impedía recuperar ahorros. Y todos los instrumentos se sacudieron en un ritmo enloquecedor. Lo de siempre en todo culebrón: un tiempo para curar la heridas, tapar las cicatrices y vuelta a los besos.
El Estado toma las riendas
En 2011, el Gobierno Nacional aplicó controles para la compra de moneda extranjera con el doble objetivo de frenar la fuga de capitales y detectar evasores. Algunos consideraron esto como una afrenta, como la supresión de un derecho constitucional, como el menoscabo a la libertad de ahorrar. Aunque suene paradójico –y hasta absurdo- para el imaginario argentino el dólar es tan criollo como el dulce de leche y tan necesario como la yerba. Más allá de los usos turísticos o para operaciones inmobiliarias, el dólar es visto como una garantía de futuro, aunque su valor real como moneda internacional está en un tobogán resbaladizo. Menos de la mitad del circulante verde tiene respaldo en oro y sólo algo más del cuarenta por ciento de las cifras que se ostentan tiene aval en billete, por lo que el resto es virtual. Si los poseedores de grandes fortunas quisieran sacar en billetes su capital, no habría tantos fajos para responder. Esas cifras que tanto fascinan, no son más que expresiones digitales que se trasladan de un lugar al otro del globo, como si de un juego de video se tratase.
Ante las restricciones dispuestas por el equipo económico nacional, recrudecieron las operaciones en las cuevas, esos espacios ilegales donde los especuladores, evasores y blanqueadores juegan a la ruleta con el dinero de todos. Operaciones insignificantes pero molestas que, gracias a la amplificación brindada por los medios hegemónicos, se convirtieron en el anticipo de una crisis que jamás llegará. Lugares misteriosos y secretos que atienden con total impunidad a los granujas de siempre. Porque aunque le digan blue, es más oscuro que la negritud de un pozo profundísimo. De celeste no tiene nada, sino mucho de infernal. Las clausuras sólo sirvieron para su proliferación. Ante cada clausura, brotan como hongos en la vereda de enfrente. Foto paradójica: un arbolito junto a un policía que mira para otro lado.
Paradójica, dolorosa y también sospechosa. Un ciudadano de a pie se sorprende ante tanta ilegalidad a plena luz del día. ¿Torpeza o permisividad? ¿No se dan cuenta o les dejan el chupete para que no lloren tanto?
Para frenar el desaliento, las nuevas medidas no significan una rotunda victoria de los carroñeros. Los controles de la AFIP seguirán estando y sólo los que tengan capacidad fiscal podrán comprar dólares. Pero mientras sigan existiendo las cuevas, donde juegan con el dólar ilegal para perfumar las flatulencias de evasores y blanqueadores, siempre estará el riesgo de que los angurrientos descalabren todo.  
Hay muchas dudas sobre cómo funcionará esto. El permiso para adquirir moneda norteamericana puede inspirar algunas trampas, chiquitas pero riesgosas. Un trabajador con buenos ingresos puede comprar el dólar oficial y vender lo adquirido en el paralelo para obtener una pequeña ganancia. Ahí tendrá que aparecer un control sobre qué hace el comprador con los billetes. También puede ocurrir que volcar dólares al mercado ilegal puede hacer que su cotización baje. Pero siempre está el riesgo de la fuga, el futuro en clave individual, un retroceso en la defensa del interés de todos. Los carroñeros, más que obedecidos, deben ser castigados de una vez por todas para que abandonen sus angurrias individuales y se sumen a los fines colectivos.
La avidez por el dólar no sólo repercute en nuestra economía, al extender sus garras hacia las reservas, sino que socava la soberanía. Jugar con el dólar no es garantizar un futuro, sino bombardearlo. Pensar en verde es abandonar el celeste y blanco; es pisotear el símbolo para seguir siendo colonia. Una colonia sin perfume agradable, sino con las pestilencias de la putrefacción, las que hemos padecido en los momentos más dramáticos de nuestra historia reciente.

viernes, 24 de enero de 2014

Perfumes y pestilencias del país en construcción


Un grupo de estudiantes de Harvard inventó un dispositivo para enviar aromas a través de los teléfonos inteligentes. De esta manera, un turista podrá mandar a sus familiares no sólo las fotos de los paisajes sino sus olores. Los diferentes perfumes que exuda el mar en su brava disputa con la orilla o el olor del hielo de un glaciar. O las pestilencias de un mercado abierto o de algún monumento demasiado orinado por los irrespetuosos del arte. Algunos ya están pergeñando el envío de hedores gasíferos como broma a algún amigo o como afrenta al que no lo es tanto. Hay otros que merecen olores peores, y entonces, la imaginación vuela hasta límites insospechados. Pero el Autor de Estos Apuntes está recién retornado de sus vacaciones en la costa y desea abordar temas menos urticantes. Aunque es muy difícil brindar una mirada optimista con el calor citadino que está al borde de enloquecernos. Más aún cuando comprendemos que las locuras humanas –por llamarlas de manera elegante- están desbaratando nuestro clima.
Mientras un veraneante se siente culpable por una colilla o un papelito en la playa, nadie se avergüenza por la deforestación sin pausa en beneficio de los agro-negocios. La angurria de algunos y la complicidad de otros permiten la pérdida de miles de hectáreas de bosques, a pesar de la ley que los protege. Desde su sanción, sólo en Salta fueron arrasadas unas 360 mil hectáreas de frondosa arboleda, algo así como 164 canchas de fútbol por día. Y los intendentes de las ciudades más importantes del país siguen aprobando la construcción de torres que no sólo recalientan el ambiente sino que exigen cada vez más recursos energéticos para su funcionamiento. Hay que frenar la tendencia de llenar el país de sembrados y edificios que sólo sirven para engrosar la billetera de unos pocos y arruinar la vida de la mayoría.
El Estado en todas sus dimensiones debe actuar para frenar tanta locura calorífica. En las grandes ciudades, una idea alocada pero no muy compleja es que se expropien los inmuebles que están en la mira de ser demolidos para convertirlos en espacios verdes, con césped, plantas y árboles. Una de estas placitas cada dos o tres manzanas puede evitar el sofoco que estamos padeciendo. Y el verde no sólo brinda frescura sino que atrae la humedad, la lluvia que muchas veces se nos niega.
Una iniciativa interesante -aunque resultado de una tragedia- es no utilizar para negocios inmobiliarios el espacio dejado tras la demolición de los edificios que explotaron en agosto por negligencias múltiples en Rosario. Un espacio para la memoria quedará en ese lugar céntrico de la ciudad, siempre y cuando no se convierta en un monumento al cemento, como acostumbran a hacer los arquitectos socialistas. Un poco de verde y algún monolito puede cumplir las dos funciones: el recuerdo y la oxigenación urbana. Los extraños fenómenos climáticos y las altas temperaturas invitan a pensar el país en clave un poco más ecológica. Más humana y menos monetaria.
Los aromas del mañana
Como estamos comprobando en estos días, hay cosas verdes que no refrescan. A pesar de las restricciones y controles, el dólar se está disparando, pero no por problemas estructurales de nuestra economía, sino por bajezas morales de algunos carroñeros. El presidente de la SRA, Luis Etchevehere, realizó su más cínica confesión: “gana más el que especula que el que produce”. No dijo esto preocupado, sino complacido porque forma parte de ese sector que tanto daño nos está haciendo. Desenmascararlos ya es poco. Un mensajito de texto con olor a bosta podría resultar un simpático recordatorio. Pero los tiempos exigen algo más enérgico si estamos decididos a la construcción de un país para todos. Ya es hora de que demostremos nuestro hartazgo ante los boicoteadores de siempre. Ya no merecen buenos modales los que nos quieren ver otra vez de rodillas.
Porque dicen que nos ofrecen el paraíso, pero sólo son apologistas del infierno; se quejan por el cepo al dólar y después sueltan lágrimas de cocodrilo cuando hay devaluación; se lamentan por la pobreza pero son los primeros en protestar contra las medidas de inclusión. Y no sólo protestan, sino que niegan recursos a través de la evasión impositiva y la liquidación a cuenta gotas de los granos. Son miserables, porque quieren todo para ellos, aunque, en realidad, merecen la ruina.
“Se van a necesitar muchas décadas para recuperar en la Argentina tanto daño social”, reconoció La Presidenta el miércoles, cuando anunció el lanzamiento del programa Progresar. Y más aún con estos tipos que no pueden controlar su avidez. Mientras en los países adorados por esta caterva de buitres se cercena el bienestar, en Argentina “estamos consolidando un sistema de seguridad social sin precedentes en nuestra historia”. Desde estos Apuntes se ha dicho muchas veces: el crecimiento se produce de abajo hacia arriba, a pesar de lo que pretenden los nostálgicos de la ortodoxia. Los beneficiarios del nuevo programa, “son los hijos del neoliberalismo, cuyos padres no tenían trabajo y no fueron educados en la Argentina del trabajo y del esfuerzo y necesitan el apoyo del Estado para salir adelante”.
Los especuladores y evasores, seres individualistas y peligrosos, también fueron educados durante el neoliberalismo de la dictadura y, sobre todo, en tiempos del Infame Riojano. No sólo los jóvenes deben ser reeducados en la cultura del trabajo, sino también estas alimañas que insisten en restaurar el modelo que saqueó nuestra economía. Y el Jefe de Gobierno porteño, que pretende instalarse como La esperanza de los carroñeros, se foguea por el foro de Davos como si allí estuviera la tabla de salvación de un mundo que sólo promete ruinas. Ya no debe engañarnos su desesperada convocatoria para rendir culto a los creadores de la crisis, esos personajes que ostentan las mayores fortunas. Fortunas que no son producto del trabajo esforzado ni el ahorro extremo, sino de la especulación, explotación, evasión y corrupción. Más que reverencias, merecen el repudio por provocar la pobreza que asola a gran parte de los habitantes de este planeta.
Ahí no se discute sobre el futuro, sino sobre la imperiosa necesidad de engrosar cuentas bancarias a costa de negarnos todo. El futuro está en desterrar el neoliberalismo de la economía global, esa distorsión enfermiza del capitalismo, su lado más salvaje y cruel. El futuro está en reactivar la economía poniendo en manos de los que menos tienen lo que siempre ha estado ausente: el bienestar. Para eso, los ostentadores de fortunas, deben poner límites a su avaricia. Y si no los ponen ellos, los pondremos nosotros. Y deberemos ser más drásticos.
El futuro está en la generación de empleos en condiciones dignas, para que los desplazados se conviertan en consumidores. Consumo de lo necesario, no consumismo obsceno de los que tienen de sobra. El futuro está en manos de los Estados, siempre y cuando los gobernantes se sumerjan en las necesidades de sus representados y se comprometan a satisfacerlas. Y que den la espalda de una vez por todas a esos individuos que alcanzan el orgasmo cuando sus fortunas se multiplican a costa del sufrimiento de las mayorías.

lunes, 20 de enero de 2014

De tal palo, tal pastiche


El Papa da para todo. El ex Bergoglio recibió al equipo de heladeros argentinos que participará del Mundial del Helado en la ciudad italiana de Rimini y le brindó la bendición para que superen el título de campeón latinoamericano. Los muchachos agradecieron el gesto y le dejaron como obsequio un nuevo gusto para el cucurucho, al que bautizaron como “Francisco”. Casi nadie ha lengüeteado a un Papa para saber qué gusto tiene, así que habrá que esperar la estrambótica variedad helada para poder saborearlo. Algunos dicen que una monja italiana ya lo ha probado –extraoficialmente, por supuesto- y de alguna manera, ha quedado embarazada. En realidad, las mujeres pueden llegar a ese estado por tres caminos: el coito, la inseminación artificial y el milagro divino. Parece que ésta última fue la manera, porque acudió al médico por un dolor abdominal y salió con la ecografía de un fetito. Ella, que realiza tareas en un geriátrico, se hará cargo del bebé al que llamará, como no podía ser de otra manera, Francisco.
 Aunque no se llame Francisco –sólo le falta la sílaba del medio- Macri es muy franco. Pero no el célebre ingeniero que supo asolar la Capital Federal, sino el padre de la criatura. De haberlo engendrado en estos tiempos, lo habría bautizado como el pontífice argentino para iluminarlo un poco más. Lejos de eso, se sincera. Aunque no lo reconozca abiertamente, el empresario Franco Macri debe leer Apuntes Discontinuos, sobre todo aquellos textos que señalan la ausencia de sentimientos del Alcalde Amarillo. “Tiene la mente de un presidente –opinó sobre Mauricio- pero no el corazón. Es una vocación. Ser presidente de un país es renunciar a su propia vida y eso es algo que nunca le pediría a un hijo”. Un agradecimiento enorme, aunque no nos caiga nada bien este beneficiado por la dictadura, porque el consejo paterno y la aceptación del hijo pueden salvar a la República.
Vale insistir: es probable que nunca nos caiga bien nada que provenga de alguno de estos Macri, pero, al menos, Franco se esfuerza por conquistar nuestra simpatía. No lo logrará del todo, pero lo está intentando. Sin dejarnos engañar, vale la pena el arrojo de prestar atención a sus palabras. Como si renunciara a sus intereses para seguir el camino de los sentimientos, consideró que “el nuevo presidente tiene que salir de La Cámpora”. Pavada de bronca se habrá llevado el líder del Pro cuando escuchó que, para su padre, los puerilmente demonizados militantes son los más adecuados para tomar la posta. Como si lo estuviera provocando, el creador de la empresa que creció gracias a las topadoras de Cacciatore se consideró muy optimista, “porque este gobierno ha sembrado bien, el próximo tendrá que cosechar”. Algo que va en contra del afán destructivo de Mauricio.
La paja y el trigo
No nos hagamos ilusiones: no estamos ante la expiación de un empresario. Si Franco Macri sale a apoyar el proyecto K –en detrimento de la aberración que representa su hijo- no es porque se haya transformado en Nac&Pop. En algo le debe convenir la continuidad de este camino y no debe ser el único en su especie que piense en este sentido. En cierta forma, el desarrollo industrial –tímido por la resistencia de los poderosos locales- es beneficioso para todos, porque permite la creación de empleos y la ganancia empresarial, además del incremento de la recaudación del Estado y la consecuente redistribución del ingreso.
Lo que afirma el dueño de Socma no es una declaración patriótica, sino de conveniencia. Y deja traslucir una duda compartida por muchos: ¿para qué quiere Mauricio Macri ser presidente? No sólo adolece de pasión -tema sobre el que vamos a volver- sino que le falta una mirada más abarcadora, que vaya más allá de la CABA y el círculo de sus angurrientos amigotes. Y cuando el Macri mayor destaca los logros de esta década, contradice los dicterios recurrentes de su retoño.
La falta de corazón que señala Franco va más allá de la explicación que brinda a la revista Noticias. No sólo le falta pasión, sino sentimientos. Mentira que se conduele por los pobres porque –para su miserable concepción de las cosas- merecen vivir en ese estado. Y esto no es exagerado: basta observar el sentido que toman todas sus decisiones. Los sucesivos presupuestos presentados en la Legislatura con recortes en gastos sociales, vivienda, salud y educación pública e incrementos en publicidad, decoración y educación privada constituyen su declaración de principios. Lo que Franco Macri vislumbra es que la presidencia en manos de su hijo dejará al país en la ruina, junto con la mayoría, sometida a un modelo que no será siquiera de derrame, sino apenas de un mezquino goteo. Quien piense que con Macri vamos a estar mejor que ahora se equivoca muy feo o persigue intereses espurios.
Para buscar un cierre a este apunte, debemos volver a una pregunta: ¿para qué quiere Macri ser presidente? En primer lugar, él se considera una especie de salvador, un ángel que surge de las cloacas del paraíso para conducir nuestro país vaya a saber dónde. Si su modelo de gobierno es el de la Capital, sólo puede llevarnos al desastre. Además de mezquino, limitado y mentiroso, su inexplicable soberbia inspira la ausencia de autocrítica. Si algo sale mal en su distrito –casi todo- la culpa será del Gobierno Nacional, algo que él llama El Estado, como si no formase parte de esa institución. Pero en realidad, más que yerros, hay mucha intencionalidad en su gestión. No se equivoca tanto el equipo PRO, sino que pergeñan medidas para perjudicar a gran parte de los porteños.
Sin dudas, con Macri como presidente el futuro del país será como lo peor de nuestro pasado. Admirador del intendente de facto Osvaldo Cacciatore y del Infame Riojano, nada bueno podrá incluir en su plataforma de gobierno, salvo que mienta como lo ha hecho hasta ahora. Y que continúe recibiendo la cómplice protección mediática y judicial. Porque hace unos años que está procesado y a la espera de un juicio oral y muchos ni se han enterado. Ya asumió su segundo mandato en esta situación y no sería institucionalmente correcto que pueda continuar con su carrera política como si nada.
En segundo lugar, Macri quiere ser presidente no porque le interese pasar a la historia, sino para consolidar su lugar de patricio, para lograr un título más en su currículum, una nueva copita en la repisa de su estudio, como una anécdota más para contar a sus nietos. Una carrera en ascenso que significará un retroceso en el resto. Y entonces, no tendrá a quién echarle la culpa. Llegue a donde llegue, lo más importante para él seguirá siendo su paso por Boca.
Para el final queda desentrañar los objetivos del padre. Quizá haya entendido que la mejor manera de que el país crezca es cuando nos va mejor a todos. Puede ser que, en el ocaso de su vida, sus reflexiones incluyan algo de humanidad. Pero tal vez esté harto de que su apellido esté en boca de todos y al borde del desprestigio. Ante la posibilidad de ser rozado por alguno de los juicios por complicidad con la dictadura, pretende tender algún lazo amigable. Y también mitigar la posibilidad de que su astilla, el ingeniero que, como Atila, deja desolación a su paso, alcance su sueño de ser presidente. Y desalentar a los que piensan desperdiciar un voto de esa manera tan irresponsable. No existe heladero que se atreva a acomodar sobre el cucurucho un sabor tan amargo.

viernes, 17 de enero de 2014

El concurso de los horribles


Según uno de esos extraños rankings que pululan por allí, Lizzie Velázquez es considerada –vaya a saber por quiénes y a fuerza de qué parámetros- como “la mujer más fea del mundo”. Por una extraña enfermedad, esta joven de 24 años no puede asimilar los alimentos y su aspecto es piel y huesos. Lejos del desmoronamiento que puede provocar esta situación, se ha convertido en una oradora motivacional de las que aceptan las cartas que le han tocado y tratan de convertir las debilidades en fortalezas. En este caso, la fealdad en belleza. No es con hechizos ni besos encantados como se puede lograr semejante transformación. En nuestro país, las mutaciones se producen a fuerza de lamentos y de esta forma, los más ricos lloran más que los más pobres. Y eso los vuelve verdaderamente horribles. El Poder Fáctico está intentando recuperar terreno y para eso está convocando a su tropa. Ahora, parece concentrarse en el grupete de estancieros que, como siempre, arrancan el año con los lloriqueos a que nos tienen acostumbrados. Y sus lanceros –medios hegemónicos y políticos falderos- están preparando sus armas habituales.
Ahora que estamos prestos para estrenar el nuevo IPC, los periodistas del establishment hacen lo imposible para erosionar el debut. En estos días se esforzaron en afinar sus lápices siempre en un mismo sentido: convencer a su manipulado público de lo mal que estamos. El tema favorito y en el que mejor saben dibujar son los números. Los que sean. El clima capitalino los ayuda para multiplicar el calor que derrite a las principales ciudades del país. Y en un esfuerzo de producción, dedicaron parte de su programación a destacar cuánto aumentaron las cosas desde 2003 hasta ahora. De acuerdo a los índices oficiales, la inflación en estos diez años fue del 231 por ciento y los datos opositores –siempre el doble-, indican 462 por ciento. Escalofriantes cifras, por supuesto, arrojados al desconocimiento público fuera de contexto y sin historia.
Una historia que haría cerrar sus insistentes y agoreras bocas. La dictadura dejó en nuestro país más de 300 mil por ciento de inflación, el alfonsinismo, superó 1972000 y el combo menemismo más Alianza y después, algo más de 11700 por ciento. Si fueran capaces de reconocer algún logro de esta década, uno no se enojaría tanto con ellos, pero como son malintencionados, debemos estar pendientes de las sandeces que arrojan a la escena política y desbaratarlas con energía. Porque más allá de los fríos números inflacionarios, el poder adquisitivo de los salarios ha mejorado como nunca. Tanto el salario como el haber jubilatorio mínimos han triplicado su capacidad de compra desde 2003 a la fecha.
Por supuesto que estos datos no están incluidos en sus malsanos informes. Para construir un cacerolero no tiene que haber información sino prejuicios que se amplifican con cada zócalo, con cada titular. El objetivo es que cada vez haya más descontento. Un público tan obstinado es el que crean que, a pesar de que aparezcan otros datos sobre la mesa, jamás renunciarán al desprecio visceral que sienten por el proyecto en curso. Un público desmemoriado y caprichoso que nunca reconocerá que ahora está mejor que nunca.
Los amos y sus servidores
Desde hace unas semanas, los estancieros se han convertido en blanco de los coqueteos de aquellos políticos que quieren vestir la banda en 2015. Si el fin de semana pasado, Sergio Massa brindó una romántica serenata, ahora es Julio Cobos quien templa la guitarra para reeditar el heroísmo de su voto no positivo. La promesa para una campaña que comienza con demasiada antelación es la necesidad de una reforma tributaria para “que el sector agropecuario pague menos impuestos”. Así de simple y de sencillo. Una lengua larga y eficiente dispuesta a lamer botas de potro.
Una fortaleza lamedora que le impulsa a recitar los más enredados trabalenguas. “Analizamos la situación que está atravesando el país respecto de la falta de competitividad producto de la inflación y el serio daño que causa ésta a las economías regionales y a los pequeños productores. En este sentido, coincidimos en la necesidad de avanzar con acciones que den fortaleza institucional al país, generar certidumbre para lograr inversiones genuinas”, dijo el pequeñajo mendocino. Como si favorecer la angurria chacarera resultara beneficiosa para la economía del país: en lugar de invertir lo ganado lo transforman en dólares y lo guardan en alcancías gigantes. Encima escatiman los productos de la tierra para forzar una devaluación, lo que provocaría más inflación. Y el ex vice de Cristina promete desfinanciar al Estado para garantizar mayores ganancias no a todos, sino a una minoría. La traición es un viaje de ida, no te subas.
Y lo más gracioso de este episodio es que uno de los principales objetivos de Cobos es lograr la fortaleza institucional, precisamente él que con su voto lo único que fortaleció fue el clima destituyente que planeaban los patricios. No sólo es traidor por convertirse en opositor dentro del Gobierno, sino por actuar en contra de los intereses de la mayoría. Si todos somos el campo, como se decía en aquellos tiempos, la ganancia debería ser compartida y no restringida a los que ya no saben qué acumular.
El director técnico de esta movida no es otro que el presidente de la Sociedad Rural, Luis Etchevehere quien, en un comunicado comenzó a impartir órdenes a la tropa. “Solicitamos que en el ámbito legislativo se coordinen los diferentes proyectos relativos al campo para que puedan aprobarse y no haya cinco proyectos de diferentes fuerzas que no se puedan coordinar entre sí”, expresó el estanciero. ¿Qué es lo que quieren?, se preguntarán algunos. La respuesta es sencilla: que el Estado garantice sus descomunales ganancias pero que no les toque un centavo. Y, en caso de que el clima malogre apenas un grano, exigen subsidios y créditos blandísimos a no devolver nunca. Una especie de liberalismo patológico con unos toques de socialismo distorsionado. Algo así como que las ganancias son sólo nuestras y las pérdidas, de todos.
Todos tienen recetas para frenar la inflación, que si bien es molesta, todavía no es alarmante. Como ocurre con todos los temas que abordan, en lugar de buscar soluciones, acrecientan la inquietud. Lo que nunca van a revelar Cobos ni los expertos que danzan en los medios dominantes es cuál es la causa de la inflación. No son los salarios, como expresan los empresarios, ni la ayuda social, considerada ‘gasto’ por algunos personeros del establishment. No es la emisión monetaria ni la presión impositiva. La inflación es el resultado del accionar especulativo y desestabilizador de los que se niegan a refrenar sus angurrias, como esas bestias mitológicas que, ante el olor de la sangre pierden el control y se abandonan al salvajismo más destructivo.
No es la sangre lo que los excita, sino el perfume del dinero de un país en crecimiento. Las babas inundan sus pestilentes quijadas cuando advierten que parte de sus ganancias van a parar a manos de los que menos tienen. Por eso pugnan por los ajustes, por un enfriamiento de la economía, por una devaluación, por un cambio de gobierno. Tanto desenfreno en su avidez los convierte en seres monstruosos, horripilantes. Tanto, que la fealdad por la que tanto se lamenta Lizzie queda opacada por el horrendo rostro de los que se quieren quedar con todo.

martes, 14 de enero de 2014

Las vacaciones en clave de bienestar


A chiquicientos kilómetros de Rosario, el Autor de estos Apuntes disfruta del mar, la playa y de las quemaduras de cualquier grado que el sol –opositor, en este caso- ha propinado a su blanquecino cuerpo. Valeria del Mar es un pueblecito tranquilo, encantador, aunque abunda más la arena que en ningún otro lado; una arena que, en combinación con el inclemente viento, ha tomado la decisión de azotar los poros y persistir en el intento de introducirse por cada agujerito que encuentra en el camino. Con una hamaca y un tobogán, las orejas pueden transformarse en una original placita. Diminuta, eso sí. Otra cosa llamativa de Valeria es el tamaño de la playa: uno siente que tiene que caminar muchísimo antes de poder sumergir las carnes en el templado y casi tranquilo mar. Pero, cuando uno está de vacaciones, todo es disfrute y hasta tiene un poco de tiempo para pensar en los asuntos trascendentes de nuestra política vernácula.
Ya desde el momento mismo de la salida en la Terminal de Ómnibus Mariano Moreno, los hechos exigían una interpretación. Los servicios hacia la Costa Atlántica salían cada quince minutos, algo insólito, de acuerdo a lo que comentó el coordinador de una empresa. Un joven turista sanlorencino, estudiante que venía de Carlos Paz de pasar unos días con sus amigos para trasladarse a Villa Gessell para veranear con su novia, comentó que la gente viajaba tanto “para evitar que la inflación se coma los ahorros”. Como profesor en vacaciones, el escriba de Apuntes Discontinuos no quiso explicar demasiado, pero descartó la idea con un comentario humorístico, elegante y a la vez tan gracioso, que logró postergar toda posible discusión para un momento más adecuado.
Si la inflación deglute los ahorros, lo mejor es invertir en algún bien durable. El dinero gastado en vacaciones es un excedente, una segunda instancia de ahorro. Si mucha gente sale de vacaciones es porque, en cierta manera, los salarios permiten destinar algún monto –pequeño o no tanto- a tan necesario esparcimiento. Y está bien que así sea, porque forma parte del bienestar que tanto se quiere recuperar, para que la vida sea algo más que trabajar y comer. Quien no se sienta emocionado al ver a un trabajador que transita con su familia por los andenes de una estación con su equipaje, tiene el corazón de piedra. Y quien se sienta disgustado por estas escenas porque considera que las vacaciones deben ser el privilegio de unos pocos, debería ser condenado a unas semanas de pobreza, para que adquiera  un poco de conciencia solidaria y deje de cacerolear de esa manera.
 Los que reniegan de la Década Ganada, seguramente no se enteran de esos estudios económicos internacionales que dan cuenta de la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores argentinos. Sin embargo, los nuevos vientos en nuestra región han convertido en objeto de estudio la nueva realidad en relación a la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, los agoreros desfilan ante las cámaras con la expresión más dramática que puedan dibujar en su histriónico rostro para destilar –por supuesto- sus inconsistentes malos augurios en los  medios hegemónicos. Nada de lo que se ha hecho ni se hará podrá frenar la hecatombe que se aproxima en este año que, según sus deseos, resultará pésimo para todos y todas. Pero no será así. Este año será como todos los anteriores: un Gobierno que sabe conducir y afrontar los obstáculos que angurrientos, conspiradores y nostálgicos disponen en el camino. Y esto no hace falta demostrarlo porque sobran los ejemplos, con sólo revisar la historia reciente. De paso, también se podrá constatar que siempre han fallado en todos sus pronósticos de los últimos tiempos.
Los expertos que no saben qué decir
En realidad, no son expertos objetivos ni enviados celestiales: son operadores de las grandes empresas que buscan forzar el retorno del modelo neoliberal, que permitía que unos pocos obtengan grandes ganancias con poco esfuerzo. Ahora también ganan –y mucho- pero tienen que trabajar en serio e invertir si quieren ganar más. Ahora hay un Estado que les exige crecer, no para acaparar y especular, sino para seguir creciendo. Aunque las cosas están saliendo bastante bien, algunos insisten con las viejas recetas que tanto daño han hecho. Por eso difunden esas banales ideas –las que tienden a frenar la redistribución del ingreso- con forma de titulares o de opinión autorizada. Y el público prejuicioso o distraído las toma como norma y se convierte en difusor cotidiano de semejantes despropósitos.
Un reciente estudio de FLACSO y de la consultora Ibarómetro afirma que dos de cada tres argentinos gusta hablar de política. Lejos quedaron los tiempos de la despolitización noventosa y del que se vayan todos con el que inauguramos el nuevo siglo. Argentina es un país altamente politizado y casi el 70 por ciento de sus ciudadanos considera que la política tiene una gran influencia en la vida de los ciudadanos y  el 60 afirma entender de política. Si bien estos datos pueden resultar auspiciosos, sería interesante dilucidar qué quiere decir entender de política. Si es repetir como loros lo que se escucha en cualquier medio, sea el que sea, sin discernir cuánto de congruencia o de veracidad contiene, no es para descorchar una sidra. Entender no es recitar lo que otro coronado con cierto saber dice. Entender, en primer lugar, es separar la opinión de la información y saber qué fundamentos tiene cada una de ellas; después, apreciar su pertinencia y, sobre todo, descubrir su intencionalidad. Pero, sobre todo, contrastar lo que se lee o se escucha con lo que uno puede observar de la experiencia cotidiana. Y, finalmente, intentar elaborar conceptos.
Si un político inmerecidamente premiado con cierta cantidad de votos promete a los productores agropecuarios una baja o eliminación de retenciones para contener la inflación, no estamos ante otra cosa más que un coqueteo con los poderosos. Demagogia del estilo más destructivo. Si se eliminan las retenciones a las exportaciones primarias, a los productores les convendrá  más volcar todo al mercado internacional que al interno y eso puede provocar una baja en la oferta y el consiguiente proceso inflacionario. El líder del Frente casi nada Renovador, Sergio Massa, sabe confundir los conceptos con su inexpresivo encanto. Y como buen demagogo, sabe a dónde tienen que apuntar sus demagógicas promesas.
Jorge Capitanich consideró estos dichos como “las propuestas que uno espera de la oposición; propuestas grandilocuentes que no tienen coherencia ni tampoco sistematicidad para un programa de carácter estructural en materia económica”. Y el ministro de Economía, Axel Kicillof, anunció que este año se exportarán 1,5 millones de toneladas de trigo pero gradualmente para que no falte el pan a un precio razonable. Y agregó: “si fuera mejor la cosecha, todo el excedente por encima de lo que requiere el mercado interno será destinado a la exportación, cuando tengamos la certeza de que no hay ningún movimiento especulativo
Entender de política es comprender que gran parte de la inflación no la genera el Gobierno ni es el resultado de las políticas redistributivas. El proceso inflacionario que hemos tenido en estos años no es más que los embates especulativos de los que todavía insisten en quedarse con todo. Pensar la inflación en clave política es encuadrarla en una operación que tiende a desbaratar todo. Ah, entender de política también es analizar los hechos a la luz de la historia porque los que hoy se ponen el trajes de visionarios son los mismos que otrora apoyaron la salmodia ortodoxa, el neoliberalismo que, como una bestia ciega, arrasó todo a su paso.

viernes, 10 de enero de 2014

La vida por un tomate


¿Cómo no recordar Psicosis, de Hichcock, al leer sobre el caso de Vicente López? Un grupo de vecinos denunció que de una casa salía un hedor sospechoso y cuando la policía entró al lugar encontró a su ocupante muerto desde hacía por lo menos 30 días. Pero lo extraño es que, sentada ante la mesa de la cocina, arropada y con unas pantuflas invernales, estaba su madre, muerta entre ocho y diez años atrás y naturalmente momificada. Un Norman Bates vernáculo del que nos hemos perdido su historia de soledad y perversión. Realidad y ficción parecen nutrirse constantemente y a veces se confunden en un mismo relato. Los peces muertos aparecidos en la superficie de los lagos de Palermo puede ser el inicio de un cuento de terror. O su crudo final. ¿Será por eso que el diputado Julián Domínguez propone el traslado de la Capital al norte del país, para preservar la vida de los peces? Si Belgrano pergeñó el Éxodo Jujeño para escapar de las tropas realistas, el ex ministro de Agricultura, ¿estará proponiendo el éxodo porteño para proteger a sus habitantes de las tropas del PRO, que destruyen todo a su paso?
Tanto protesta Macri contra el Gobierno Nacional que pronto quedará solito en su principado, como único responsable de sus atroces decisiones. ¿A quién le echará la culpa de todo cuando la Casa Rosada esté sin ocupantes? ¿O ya estará calculando los posibles negocios que concretará con tantos edificios desocupados? ¿Pensará abandonar la carrera presidencial si debe trasladarse a una ciudad tan cercana a los bolivianos que tanto desprecia?
Cuando el 16 de abril de 1986 el entonces presidente Raúl Alfonsín anunció el traslado de la Capital Federal a Viedma-Carmen de Patagones, muchos provincianos soñamos con la promesa de un nuevo país. En el siglo XIX, se pensó en Rosario como la posible capital y, aunque después la idea fue descartada, quedó el matutino que Ovidio Lagos fundó para apoyar tal proyecto. En definitiva, cada tanto surge la idea de cambiar la sede del Gobierno Central, como una búsqueda física de un federalismo esquivo. Antes de que aparezcan los mensajes engañosos, no será el primer país que decide semejante mudanza ni tampoco el último. Por supuesto, surgirán los agoreros que argumentarán que hay cosas más importantes, que es una cortina de humo, que no es momento de emprender semejante inversión. Para los conservadores, nunca es el momento, pero alguna vez tendrá que ser.
No es algo que se tenga que hacer ya, pero tampoco nunca. Lo importante es que estos tiempos permiten discutir temas para el largo plazo, como debe ser en toda re construcción. El primer paso es no negar la posibilidad porque la historia de nuestro país siempre ha estado atravesada por la oposición entre la Capital y el Interior. El diputado Ricardo Alfonsín no descarta la idea, aunque se mostró sorprendido por la propuesta. En cambio, el diputado progresista Hermes Binner, fiel a su estilo regresivo y desinformado, jugó con las palabras para enredarse en la inconsistencia, como siempre.  "Lo que hay que trasladar no es la capital sino el Estado –explicó el ex anestesista-  tiene que estar presente el Estado en la solución de problemas, en la ayuda, en encontrar un equilibrio para ese triángulo tan interesante como lo es el Estado, el mercado y la sociedad civil”. Vaya a saber uno qué quiso decir con semejante trabalenguas y en qué realidad está basado. Quizá lo mejor sería una capital itinerante, que se traslade cada tanto a cualquier punto del país.
Las figuras de una sociedad
Si Macri mencionó lo del círculo rojo, Binner habló del triángulo, aunque sin especificar el color. No se le puede exigir tanto. El triángulo que fascina al ex gobernador ubica en cada vértice al Estado, el mercado y la sociedad civil. Y, casi como si pensara en una utopía, propone el equilibrio para esa figura. Aunque comiencen igual, equilibrio no es lo mismo que equidad. En los noventa, el equilibrio neoliberal incrementó la desigualdad y el desequilibrio se produjo después. Para lograr la equidad hay que olvidarse de la geometría y buscar la unidad como única manera de garantizar la inclusión. Una unidad que tiene el pensar solidario como principal componente, a tal punto que provoque placer pagar impuestos para distribuir mejor los bienes; que un comerciante reduzca un poco sus ganancias si es para nutrir la mesa de todos; que nadie perjudique la economía doméstica fugando divisas o especulando con su valor; que ningún productor escatime los productos de la tierra con el fin de obtener un precio mejor. En un triángulo, los vértices están ligados pero distantes y parecen en tensión, como si quisiera huir cada uno por su lado. Si el círculo sugiere el hermetismo y la exclusividad, el triángulo promete la disolución.
Sin ponerse como un tomate –ahora que están de moda-, Binner sostiene que “el Estado tiene que estar presente en la solución de problemas”. Y aquí comete el mismo error que todos los opositores. Casi siempre, cuando mencionan al Estado sólo piensan en el Gobierno Nacional, aunque esté conformado por todos. Según nuestra Constitución, el gobierno tiene tres poderes y cada provincia, municipio o comuna tiene su propio representante a cargo del Ejecutivo. Entonces, no puede ser que Cristina sea la culpable de todo y la encargada de resolver la totalidad de los problemas que surjan. Si no, ¿para qué están todos los demás? En todo caso, los gobernadores, intendentes y jefes comunales también son el Estado y también tienen la función de resolver los problemas. Es hora de terminar con los cuentitos de la bruja malvada. Que las interpretaciones prejuiciosas, pueriles y banales queden para Macri, que le sientan mejor.
De una vez por todas, hay que jugar con todas las cartas descubiertas. Un empresario que especula con el desabastecimiento para ganar más no debe formar parte de ningún triángulo, círculo o rombo. Con los deshonestos no se puede construir nada porque no piensan en el colectivo, sino en el individuo, por lo que deben quedar afuera de toda figura geométrica. Tampoco con los que explotan a sus trabajadores ni los que conspiran para provocar una crisis. Y menos con los que mienten, tergiversan y manipulan para forzar la destitución. O someten sus ambiciones al interés público o quedarán afuera del nuevo país que estamos proyectando.
Si el Gobierno amenaza con la importación de tomates no es para perjudicar a los productores ni a los trabajadores, sino para contener la intención de los avarientos. Esto no es un problema, sino parte de una conspiración. Si Alfredo Coto introdujo todo lo referido al conflicto con el tomate, sería útil que diga de dónde sacó la información. Y si sólo fue el difusor de un rumor o su creador, que se lo trate como merece, como un mentiroso. En el rol asumido por los medios hegemónicos en este tema, hay una paradoja. Cuando hablan de inflación, responsabilizan al Gobierno y exigen que tome medidas. Cuando llegan las medidas, cuestionan el intervencionismo del Estado. No es que no entiendan o sean esquizofrénicos. Lo que hacen es presionar para que se tomen las medidas que ellos quieren: ajustes salariales, reducción del gasto, liberación del dólar y muchos más ingredientes del coctel ortodoxo. Después, se quejarán del desempleo, del cierre de fábricas, de la yerba importada, de los pobres. Quien se deje convencer por esos burdos libelos, a pesar de las constantes desmentidas, quien se deje llevar por los prejuicios con forma de titular, quien crea que todo está mal porque lo vio en la tele, que mire a su alrededor con un poco más de atención, autonomía y compromiso. De lo contrario, tampoco sirve para la unidad.
Si no hay tomates o están muy caros, podemos comer otra cosa: que los guarden en sus cajas de seguridad a ver cuánto duran. Quizá por eso es interesante conversar sobre el traslado de la Capital Federal, porque la Babel criolla nos está confundiendo a todos: creen que su mirada abarca todo el país cuando, en realidad, apenas miran su ombligo. Mientras en el Dakar se malgasta combustible y se pierden vidas por deporte, el Gobierno debe desperdiciar los tan preciados dólares para comprar tomates por la angurria de unos y la malsana intencionalidad de otros. Y la estupidez de algunos, sobre todo.

Un triunfo que no es tal

Las elecciones siempre inspiran alguna reflexión sobre la importancia de este acto cívico tantas veces extirpado de nuestra historia ...