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viernes, 28 de febrero de 2014

El internacionalismo de las cacerolas


Como era de esperarse, el Gobierno Nacional manifestó una vez más su apoyo a la democracia en Venezuela, amenazada por vecinos disconformes con las políticas del presidente Nicolás Maduro. En realidad, no con las políticas de Maduro, sino con todo lo que huela a chavismo. Porque una cosa es oponerse y otra despreciar. Una cosa es ser crítico y otra, criticón. El crítico cuestiona después de informarse, evaluar, meditar. El criticón siempre está dispuesto a protestar, aunque no sepa demasiado de qué se trate el asunto. Una cosa es rechazar una medida en concreto y otra, repudiar en su totalidad a un gobierno y todo lo que representa. El crítico realiza un recorrido de lectura para adquirir y asimilar datos y diferentes puntos de vista. El criticón sólo se somete a la manipulación de los medios hegemónicos para justificar sus prejuicios. Las revueltas venezolanas parecen estar protagonizadas por una versión más sulfurada de los caceroleros vernáculos, sumamente exasperados y mucho más intimidantes. Y algunos, más que cacerolas, portan armas. Lo que tienen en común con nuestros caceroleros es el hartazgo egoísta del individuo que pretende preservar privilegios, no tanto propios, sino de una minoría acostumbrada a gobernar.
Otra similitud se encuentra en los representantes de esos disconformes. Hay una simbiosis entre el imaginario de dirigentes y dirigidos, a tal punto que se confunden los roles. Los primeros están tan manipulados como los segundos. Una obviedad: un dirigente debe dirigir, no ser dirigido. Por supuesto que debe escuchar las demandas, pero es necesario profundizar en los temas para transformarlas en propuestas políticas. Un ejemplo criollo puede resultar ilustrativo. En estos días, el diputado por el PRO, Federico Pinedo, ha dado otra muestra de irresponsabilidad e inconsistencia. Ya había deleitado a su público al considerar que sólo Aristóteles podría superar a Mauricio Macri en su capacidad política.
Por supuesto que no lo dijo en serio. Pinedo acostumbra a jugar con humoradas, como muchos políticos de todas las latitudes. Si no fuera por eso, la política sería demasiado solemne. Un tedio absoluto. Pero tampoco la pavada. Una comparación entre Aristóteles y Macri sólo puede hacerse como una ironía que deja mal parado a uno de los nombres utilizados. Y no será el griego, precisamente. Porque Aristóteles pugnaba por el gobierno de los mejores, considerados como parte de la aristocracia –aristos, los mejores-, pero no en el sentido que tenemos en la actualidad de ese término. Los mejores, no porque han ganado mucha plata de la peor manera, sino por su sabiduría, su equilibrio, su justicia. La única comparación, es por la negativa: Macri nunca será el mejor en nada.
Pero lo nuevo de Pinedo es la lectura sin anteojos de la situación en Venezuela. En una entrevista radial, defendió a Leopoldo López sin saber quién era ni qué había hecho: es su héroe sólo por sus intentos destituyentes. Y lo peor: justifica la interrupción del gobierno venezolano porque Maduro “está pirado”. Cuando Cynthia García llamó su atención sobre la calificación utilizada, protestó porque no se respetaba su opinión libre. Decir que un mandatario está pirado, puede ser cualquier cosa menos una opinión y más aún cuando es emitida por un diputado. Y, sobre todo, califica más al que utiliza ese término que al calificado.
Gruñidos desde las góndolas
Tanto acá como allá –todos los ‘allá’ posibles- los medios hegemónicos cumplen un rol fundamental por su capacidad para deformar realidades y desorientar a la opinión pública. Sin dudas, han dejado de ser herramientas de comunicación para convertirse en armas de destrucción, de disolución de la sociedad, de aniquilación de las conciencias. Las malformaciones que difunden con el formato de noticias no tienen otro objetivo más que promover el descontento, la desconfianza, el desánimo. La amenaza de catástrofe como contenido permanente. Lo podemos comprobar con sólo hacer una recorrida por la tapa de los principales diarios. Y eso no es nada: gran parte de los titulares se basan en mentiras o deseos de sus redactores.
Un esfuerzo enorme deben realizar esas plumas para conformar la errática línea editorial que construyen. Errática y contradictoria. Nada importa a la hora de desgastar a Cristina y su séquito de aplaudidores. Si se expropian las acciones de YPF, saltan en defensa de la multinacional que vació la emblemática petrolera. Si se paga como corresponde, se quejan porque se gasta el dinero de las reservas. Si se alcanza un acuerdo a treinta años, destacan el monto total que se abonará con intereses. Tanto desconcierto editorial hay en esos medios, que La Nación denuncia “un giro a la derecha del gobierno”. Para los que no entiendan la contradicción, ese diario es la expresión de la derecha argentina, por lo que deberían alegrarse si ocurriera algo así. Esto podría señalarlo algún columnista de Página/12 o Tiempo Argentino, pero no los de Clarín, La Nación, Perfil o algunos de los derechosos.
Este confuso itinerario ideológico se traslada también a los exponentes de la oposición que son fieles seguidores de la agenda mediática, que se desviven por unos segundos de atención. Protagonistas casi exclusivos de las pantallas, recitan las sandeces más desconcertantes con tal de obtener el beneplácito del Gran Director. No dudan en abandonar las banderas que alguna vez blandieron con tal de recibir una magnánima caricia en el lomo. Algunos, como Felipe Solá o Facundo Moyano, no tienen reparos al sugerir una rebaja salarial para frenar la inflación. Un absurdo insostenible. Pero lo hacen adrede, para instalar el tema en medio de las discusiones paritarias, para desviar la atención de la opinión pública, para victimizar a los empresarios, para asustar a los trabajadores. No en vano el presidente de la UIA, Héctor Méndez, advirtió que podría haber “pérdidas de empleo” en el sector industrial. “No dijimos que hoy haya pérdida de empleo, pero avisamos que puede haber”. Eso, más que advertencia, parece una amenaza.
Amenaza por lo que puede venir. Uno de los tópicos que dejó en evidencia el programa Precios Cuidados es la descomunal tasa de ganancia de los grandes empresarios, tanto los que producen como los que comercializan. Muchos analistas y organismos de defensa del consumidor coinciden que hacia allí deben apuntar las nuevas medidas, a reducir esas ganancias escandalosas que van desde el 150 hasta el 1000 por ciento. Entonces, aparece Héctor Méndez con el as en la manga, como si dijese: “si se meten con ese asunto, puede haber despidos”.
Tanto los diputados del Frente Renovador –que de tan renovadores, cambian sus ideas todos los días - como el presidente de la UIA ponen los salarios y los puestos de trabajo como variables de ajuste de la economía. Como si el asalariado estuviera en una encerrona: si no se deja robar con los precios, puede ver reducidos sus ingresos o perder el trabajo. Extorsión con todas las letras. Y esto demuestra que nos estamos acercando al núcleo del problema de los precios, de la tan mentada inflación.
No hay que pensar en leyes nuevas para frenar el saqueo que se produce en las góndolas. La Ley de Abastecimiento -20680- brinda instrumentos más que suficientes para frenar tanta angurria, para castigar a los que elevan de manera artificial los precios, los que obtienen ganancias abusivas, los que inventan intermediaciones, los que remarcan los productos. Sólo falta establecer una reglamentación más enérgica porque, más que cuidar los precios, hay que preservar a los compradores.

miércoles, 26 de febrero de 2014

La inmoralidad de los poderosos


A veces parece que estuviéramos pidiendo favores. Y no es así. Por ahora, la mayoría de los argentinos quiere construir un país equitativo y para eso hay que profundizar la inclusión. En esto, deberíamos estar de acuerdo todos, salvo las malas personas. Porque –y en esto tampoco puede haber desacuerdo- quienes pugnan por la inequidad y la exclusión tienen méritos suficientes para ser considerados como escorias. Más que ideológica, ésta es una cuestión moral. Entonces, la ruindad debe ser desechada de la vida en sociedad. Ahora sí, definir cuáles son las acciones viles que se cometen a diario constituye un problema ideológico.
En principio, con vileza no estamos hablando de cualquier incumplimiento de la ley. Los ruines no son solamente delincuentes, sino mucho más. Tanto, que a veces no parecen tales. Por eso duele que estemos negociando con los empresarios para que no nos cobren tanto, que achiquen sus tasas de rentabilidad, que no remarquen con un 1000 por ciento sus productos, que no evadan ni exploten a los trabajadores. En plena democracia, les estamos suplicando que dejen de estafarnos, que concedan una tregua al saqueo, que pongan precios razonables. Lejos de aceptar las nuevas condiciones de un capitalismo amigable, con la más tierna expresión de cordero, se burlan en nuestras barbas y cobran lo que se les antoja. Y encima se lamentan como si estuviesen al borde de la pobreza. Eso no es todo: envían a sus emisarios para emporcar las paritarias, para que la opinión pública comprenda que la inflación es culpa de los altos salarios. Mentirosos. No tienen vergüenza. Por eso son viles y no merecen tan buenos modales.
Las negociaciones con Repsol han terminado bien, en apariencia. Pero, ¿no es demasiado que se alcen con 5 mil millones de dólares después del vaciamiento que han producido en YPF? Si esa empresa era apenas una distribuidora de combustible al recibir como regalo la petrolera nacional y ahora es una de las más importantes productoras. Y su crecimiento lo hemos pagado entre todos. No es el único caso. Cuando compramos cualquier cosa, estamos contribuyendo al crecimiento no sólo de la empresa a la que le compramos, sino a de muchas otras que están encadenadas. Nadie se desarrolla en soledad. Por eso, si alguno quiere cobrarnos de más, todos deberíamos sentirnos ultrajados.
En estos días se difundió el ranking 2013 de los argentinos más ricos: la suma del patrimonio de los primeros quince casi alcanza las reservas del Banco Central. Y que nadie venga a hablar de trabajo esforzado y ahorro porque en estos casos no hay nada de eso. Los hermanos Bulgheroni son los que encabezan la lista con unos 5800 millones de dólares y a eso no se llega poniendo monedas en un chanchito. Detrás de esa cifra hay años de evasión, explotación y corrupción, además de gobiernos cómplices que facilitaron las palas para llenar esas arcas. Por eso no hay que suplicarles nada, sino exigirles que contengan su avidez.
Para garantizar la continuidad
El presidente de Fiat, Cristiano Rattazzi, reconoció en estos días que “los empresarios a veces somos nocivos y a veces somos necesarios”. Extraño. Si hubiera dicho “necesarios pero nocivos”, no sería preciso analizar esta frase. O “nocivos pero necesarios”. Lo que llama la atención es esa alternancia entre la nocividad y la necesidad, no sólo como si estuviera reconociendo su peligrosidad, sino como si se ufanara de ella. Casi suena a amenaza, como si estuviera gruñendo antes de morder. El autor de estos apuntes está tentado de proponer un vacío hacia los coches que fabrica esta empresa. Pero en sus fábricas hay trabajadores que no tienen la culpa de las ruindades de su dueño y que serían los primeros en pagar las consecuencias de una caída en las ventas. Ese es el juego que explotan: necesarios y nocivos. O a la inversa.
Igual que con los laboratorios. ¿Quién pone en duda la importancia de los que pueblan las farmacias con sus productos? Pero de ahí a que se abusen de eso, ya es otra cosa. Como los yogures, los medicamentos también se presentan con variedades de fantasía para engañar a los incautos. Forte, plus, más, premiun son algunos de los motes con que adornan los productos tradicionales. Las ganancias alcanzan porcentajes escandalosos que superan el 500 hasta casi el 1000 por ciento. Necesarios, nocivos y piratas. Por eso tampoco hay que celebrar demasiado el acuerdo de precios alcanzado con ellos. No hay que agradecerles que acepten ganar el doble de lo que deberían. Ahí también se hace imprescindible que se tomen medidas para establecer costos y ganancias. Y es lo que se viene.
Y mientras estamos discutiendo un nuevo parámetro que oriente la relación entre el precio de los productos y los usuarios, aparecen los mascarones del Frente Renovador para hablar de reducción salarial. ¿No parece una obscenidad que aparezcan para instalar como salida a la inflación una reducción del 10 por ciento de los salarios? ¿No es una vergüenza que estos diputados vengan a instalar una idea que irá en detrimento de los representados? ¿Qué estarán pensando los incautos que depositaron un voto de confianza a la lista encabezada por Sergio Massa?
No sólo los exponentes del oficialismo salieron a cuestionar esta descabellada y confusa propuesta. El presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, explicó que “al Frente Renovador le molesta una economía al servicio del hombre, que pone a los trabajadores en el centro de la decisión nacional. Prefieren una economía al servicio del mercado, donde se congele el salario y se paralice el consumo”. Aunque sorprenda un poco, el senador por la UCR, Ernesto Sanz, declaró que “la variable de ajuste no debe ser el salario”, quizá con un dejo de arrepentimiento por pertenecer al partido que redujo en un 13 por ciento el ingreso de estatales y jubilados. Y Ricardo Alfonsín, con una humorada de antología, pidió a los dirigentes del massismo que “dejen a los empresarios que se defiendan solos, que lo hacen muy bien”.
Con un poco más de profundidad, la Convocatoria Económica y Social en la Comisión Nacional de Valores reunió a referentes sindicales, empresariales, culturales, políticos para realizar una lectura muy profunda de la encrucijada en la que nos encontramos y “profundizar el compromiso y la organización en defensa del pueblo argentino”. El economista e historiador Mario Rapoport sostuvo que “el dinero que necesita el país debe salir de las ganancias de las exportadoras. Son estas transnacionales las que en realidad dominan la economía argentina. Lo que se hizo hasta acá es muchísimo. Pero debemos profundizar e ir a fondo, porque los sectores externos y los locales también están dispuestos a todo”. Contra todo lo que se dice en los medios hegemónicos, en estos años de kirchnerismo la participación extranjera en nuestra economía ha crecido muchísimo. La discusión no debe pasar por la nacionalidad de los capitales sino por quién los gobierna, si su propia avidez o las autoridades democráticas.
Quizá el eje de la discusión por venir lo señaló el historiador Norberto Galasso. “Debemos unificar el campo popular –propuso- Si hay que desechar personajes que están con los intereses antinacionales, habrá que hacerlo. El general Perón nacionalizó los depósitos y el comercio de granos y, cuando tuvo que cerrar La Prensa, no le tembló la mano. Entonces, además de unificar el campo popular, se necesita audacia”.
No sólo audacia necesita un gobierno para profundizar este camino de recuperación y defensa de nuestros intereses, sino el apoyo de sus representados. En nuestras manos está decidir si los frutos del país están para el beneficio de todos o para seguir alimentando el ranking de un puñado de individuos nocivos.

lunes, 24 de febrero de 2014

De gallinas, huevos y también de gansos


De nosotros dependerá que este febrero sea recordado por siempre. Las redes sociales instalaron la idea del Apagón de Consumo, que tuvo repercusión el primer viernes y después se fue diluyendo por falta de difusión en los grandes medios. Y no de Clarín, La Nación y todos los satélites, sino de los otros. Todos debemos ser los protagonistas de estas transformaciones en nuestros hábitos de consumo. Si queremos domesticar a los grandotes, debemos manifestar nuestro disgusto de la manera más intensa posible. Dar la espalda a sus abusos es la manera más efectiva de poner freno a la sangría de nuestras billeteras. No podemos esperar que el Gobierno se encargue de todo. En algo debemos ayudar, a pesar de los irresponsables mediáticos que convocan a la inacción. Sobre todo ahora, que ya comenzamos a tener en claro cuál es la operatoria con que los filibusteros expropian nuestros salarios.
Desde hace un tiempo, los grandes supermercados se han convertido en inevitables. Cuando comenzaron a asomar sus hocicos en las ciudades más pobladas, se esforzaron por mostrar algunas de sus ventajas. El hecho de comprar todo lo necesario en un solo lugar y a un precio más conveniente que en los negocios pequeños fue la manzana de la tentación. Una vez que se convirtieron en hábito y después de fundir a los comerciantes de varias cuadras a la redonda, abandonaron las buenas intenciones y se zambulleron en las ofertas engañosas y sobreprecios escandalosos. No son los únicos: la concentración en la producción de alimentos también incentiva la imaginación a la hora de satisfacer la codicia.
Desde el Estado, podemos esperar medidas y leyes que frenen el saqueo. Poner límites a la tasa de rentabilidad de cada uno de los actores de la cadena de producción y comercialización es uno de los pasos más audaces que puede darse. Controlar los productos que se ofrecen en las góndolas para evitar las trampas con que nos muestran productos tradicionales con agregados nuevos para multiplicar su precio. Impedir que las grandes empresas posean diferentes marcas de lo mismo, en un hipócrita escenario de competencia. Fomentar la aparición de cooperativas y empresas familiares y facilitar su acceso a las góndolas. Expandir mercados y ferias en todas las ciudades del país para establecer referencias en los precios.
Hay mucho para hacer en este tema y recién estamos comenzando a comprender que la inflación no es un fenómeno climático ni se soluciona con una rebaja salarial; que la reducción del gasto público o de la emisión monetaria nunca frenará la avaricia de los empresarios; que cuando el mercado es libre los consumidores quedamos cautivos de la mezquindad.
El Estado nacional puede establecer una nueva trama en esta historia y los gobiernos provinciales y municipales también pueden sumarse a esta contienda contra la piratería mercantil, en lugar de mirar para otro lado. Algunos intendentes toman partido para defender la mesa de los trabajadores, impulsando mercados y ferias populares. Otros son más contundentes. Berazategui –la ciudad bonaerense que se ha hecho famosa por el paso de un tornado en estos días- debe ser la única que prohíbe la instalación de supermercados o cadenas de electrodomésticos de más de 1000 metros cuadrados. En 1996, Juan José Mussi firmó la ordenanza 2960 y su hijo, Juan Patricio, reforzó la decisión para impedir que los comercios de gran escala aplasten a los pequeños. El resultado: 9000 negocios que garantizan la creación de empleos y una verdadera competencia.
Los que nunca se llenan
En estos días, los medios hegemónicos sacaron a relucir el sueldo que cobra La Presidenta, con la obscena intención de seguir arrojando bolas de estiércol en la opinión pública. Pero también de confundir, tapar, minimizar los esfuerzos del Gobierno Nacional para garantizar la redistribución del ingreso. El plan Progresar es una nueva inyección de recursos para incluir a un sector vulnerable de la sociedad: los jóvenes entre 18 y 24 años serán beneficiados con una suma mensual para terminar su formación educativa. Una cifra que se vuelca al mercado interno para contribuir al crecimiento. Porque este Estado se ha convertido en garante de la redistribución, mientras los grandes empresarios fugan, evaden y especulan con la escandalosa protección de los medios consustanciados con el establishment.
Y no sólo eso: también intentan apropiarse de esas sumas incrementando los precios. Si no abundaran estas reacciones mezquinas, alcanzar la equidad sería más sencillo. Porque además de fugar, evadir, especular y expropiar salarios se lo pasan cuestionando, criticando, exigiendo y conspirando. Y encima, de lo que ganan, invierten muy poco en el país porque desconfían del proyecto que los ha enriquecido como nunca. Y por si esto fuera poco, envían a sus sicarios políticos y mediáticos a instalar la posibilidad de bajar los salarios.
Cristina, desde Florencio Varela, llamó una vez más a la coherencia. No maten a la gallina de los huevos de oro que les ha dado muchísimos huevos, que ha engordado muchas canastas y les ha permitido hasta crecer e invertir en el exterior gracias a la rentabilidad que obtenían en la Argentina. No significa solidaridad, significa inteligencia, necesidad de seguir manteniendo y sosteniendo este crecimiento”.
Contra todos los pronósticos de los expertos en economía, en 2013 nuestro país creció un 4,9 por ciento respecto al año anterior. Y si esto ocurre es porque el Estado distribuye con todos los mecanismos a su alcance. No con dádivas o subsidios para vagos sino con planes y programas que cubren los espacios que los privados se niegan a ocupar, aunque les sobren recursos para hacerlo. Algunos caraduras hablan de crisis terminal, olvidando que estos diez años de kirchnerismo han sido los mejores desde mediados de los 70. Y en muchos sentidos. Si la desocupación alcanzó en el último trimestre de 2013 un 6,4 por ciento no es por la generosidad de los que más tienen, sino por la insistente prédica y la comprometida acción del equipo gobernante.
Si ya dijimos que estos sectores fugan, evaden, especulan, expropian salarios, cuestionan, critican, exigen y conspiran, falta agregar que también lloran. El colmo sería que pidan una pastillita para curar el empacho. Eso sí, ante cualquier medida que tome el Gobierno para limar apenas sus privilegios, salen a recitar un rosario de lugares comunes republicanos, denuncian autoritarismo y sobreactúan como doncellas mancilladas. Si un grupo de vecinos manifiesta su disconformidad por los precios o distribuye afiches con los rostros de los dueños, afirman que se sienten atacados y declaman que con la violencia no se llegará a ningún lado. Nada más violento que sus ganancias, sus precios, sus productos tramposos. Nada más autoritario que el poder fáctico, que pretende gobernar a su antojo y para siempre sin que nadie los vote. Sus integrantes no son merecedores ni de la gallina ni de los huevos. Hasta ese punto nos tienen.

viernes, 21 de febrero de 2014

Los zarpazos de los ahogados


 
A la larga, le van a encontrar la vuelta. Tanto que lo intentan, lo pueden lograr. Si alguien sospecha que esto es paranoia, tal vez tenga razón. Es posible que la mirada alarmista sobre los hechos de Venezuela esté teñida por un corazoncito que todavía conserva latidos revolucionarios. Quizá los opositores que marchan por las calles incendiando autos y edificios públicos, con sus armas dispuestas a disparar a quien se cruce no tengan malas intenciones. En todo caso, destituir a un presidente elegido democráticamente y pedir su cabeza a los gritos no sea algo tan grave para las instituciones. O tal vez uno se confunde: que una cadena internacional de noticias pida a gritos un golpe de estado en un país latinoamericano no necesariamente vulnere la soberanía. Claro, para llegar a estas conclusiones es necesario consustanciarse con la mirada imperialista y justificar sus intromisiones cuando el curso de los hechos no satisface su avidez hegemónica. Lo hemos visto: jamás han escatimado recursos para torcer el rumbo de la historia. Bombas, atentados, conspiraciones son las herramientas a las que apelan cuando alguna nación pretende escapar de su sombra. Y entonces, no importa nada la vida, la democracia, la libertad ni los derechos.
Porque como Ellos son los autores del discurso único que estamos intentando desterrar desde hace un tiempo, pueden acomodar las cosas a su antojo. Que Leopoldo López esté preso por intentar derrocar un presidente es un atropello propio de la peor de las dictaduras. Está clara la paradoja: para defender los privilegios de la minoría vale todo, pero para resguardar los derechos de la mayoría, hasta un suspiro hiere la susceptibilidad de los gringos. Si el líder opositor venezolano con poco respaldo en las urnas gozaba de la libertad para conspirar y alentar la violencia fue gracias a un indulto que el dictador Hugo Chávez le concedió después del fallido intento de golpe de 2002. Si la revuelta hubiera triunfado, sus promotores no habrían dudado en fusilar a los funcionarios chavistas o, al menos, dejarlos presos de por vida.
Para la visión hegemónica de las cosas, cualquier recurso es válido a la hora de destruir intentos transformadores. Sus exponentes torturan, asesinan, censuran, saquean pero consideran como un atropello que un conspirador esté preso. Ellos llaman disenso convocar a una revuelta o pedir la cabeza de un mandatario. Ellos dicen que mentir, distorsionar o manipular es libertad de expresión. Ellos llaman “democrático” a cualquier gobierno que empobrezca a su pueblo en pos de intereses corporativos. Ellos catalogan como “violencia” la reacción de los que intentan escapar de la opresión. Observar estas cuestiones con claridad ayudará a frenar los intentos del Imperio por ordenar su patio trasero. Los países suramericanos con proyectos populares están en peligro porque el Norte quiere exportar su crisis.   
 Para que esto no ocurra, es necesario estar atentos y neutralizarlos. Y, sobre todo, comprender de una vez por todas que no desean el bien de todos. Detrás de sus airadas denuncias y su disfraz republicano se esconden las peores intenciones. Si están desesperados es porque ven amenazados los privilegios que han gozado durante décadas. Acá, allá y acullá. Y el Imperio está muy atento porque el  Sur se está transformando. La equidad que se está construyendo es la refutación del modelo neoliberal que han defendido todo este tiempo porque la libertad de mercado que defienden es la mejor manera de condenar a los pueblos a la pobreza.
A civilizar la barbarie
Como cualquiera puede comprobar, lo que insume una década construir, puede destruirse de un plumazo. De nada valen los logros si una consigna agorera triunfa en la malversada opinión pública. Un candidato aséptico con buena prensa puede conquistar voluntades con promesas pueriles. Sólo basta asegurar que los cambios profundos se pueden hacer sin molestar a nadie. Aunque parezca tentador, eso es imposible. El conflicto es inevitable para transformar las cosas en serio. Para reducir la inequidad, es necesario que los que más tienen renuncien a algunos de sus cuantiosos privilegios. Para que la redistribución se convierta en realidad, hace falta que los más ricos resignen una mínima parte de sus ganancias.
Y aunque en estos diez años han ganado como nunca, los grandes empresarios quieren todavía más. El desenfreno en su avaricia se pone en evidencia con los porcentajes con que remarcan los productos. Ningún negocio garantiza porcentajes de tres y hasta cuatro dígitos. Menos aún en la comercialización de alimentos. Un productor recibe 50 centavos por cada kilo de cebollas, pero en el supermercado se vende a más de seis pesos. Eso es un abuso, una estafa, un acto de piratería que debería castigarse. Uno de los resultados positivos del programa Precios Cuidados es que ha puesto en debate la tasa de ganancia de productores y comerciantes, sobre todo de aquellos que gozan de una posición dominante. Y esto, más que libertad de mercado, exige mayor regulación por parte del Estado.
Por eso, ante las denuncias presentadas en la Secretaría de Comercio por incumplimiento del acuerdo, La Presidenta y su equipo ya se han puesto a analizar una serie de medidas para combatir la concentración y la posición dominante en distintos sectores de la economía. El Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich señaló en estos días que “si la actitud de todos los sectores económicos fuera responsable y seria, no se generarían remarcaciones alevosas que exigen una intervención del Estado”. No son responsables ni serios, sino avaros, angurrientos, miserables. Tampoco son confiables, porque ni cumplen con un acuerdo firmado por ellos mismos. Con la impunidad que caracteriza al poderoso, se burlan de las autoridades y de los consumidores.
En el Congreso, algunos legisladores ya están preparando algunos proyectos de ley para que las multas no sean frenadas por la servil protección que brindan algunos jueces. Otros están considerando la revisión de la ley de abastecimiento, para neutralizar una herramienta de especulación y desestabilización. En una semana, CFK inaugurará las sesiones ordinarias y quizá en su discurso, presente todas las iniciativas para dejar a estos conspiradores sin armas para alterar nuestra vida. A lo mejor incluye algún proyecto para limitar los porcentajes de ganancias o para impedir que con agregados mentirosos encarezcan los productos tradicionales. Como no se puede confiar en ellos, hay que limitar sus posibilidades tramposas 
Algunos se escandalizan porque consideran que lo mejor para la economía es la libertad de mercado. Por eso llaman autoritario a todo gobierno que esboce algún intento de regulación, como si esa libertad fuera un derecho constitucional. No lo es, por supuesto: apenas significa una mirada sobre el mundo económico. Esa libertad es una hacedora de desigualdad; la única libertad que propaga la opresión. Asociar ‘libertad’ a ‘mercado’ debería estar prohibido en todas las constituciones. Y hay otra libertad sobre la que habría que debatir en profundidad. La libertad de expresión –patrimonio exclusivo de los medios dominantes- termina siendo libertinaje vociferante. También son peligrosos, destituyentes, atroces. Si no fuera por ellos, todo sería más fácil. Gracias a ellos, gobiernan los que nunca son votados. Pero los hechos demuestran que estamos en el buen camino y que ellos están equivocados. Por eso su desesperación. Por eso nuestra tranquilidad, la de la segura victoria, la del mejor futuro.   

miércoles, 19 de febrero de 2014

Dramáticas postales de una región acosada


Parafraseando una célebre frase, “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la argentinidad”. En realidad, ninguno de los dos pasos ha sido tan pequeño. Ni el de la Luna –si es que se dio- ni la aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El de la Tierra, es el primer paso para reducir al más grandote, al más nocivo, al más ponzoñoso. A pesar de todas las pestes que arrojaron en el ambiente, el Gobierno logró que la ley se aplique y cuando se cumplan cinco años desde su aprobación, el monstruoso Grupo Clarín se convertirá en seis unidades independientes entre sí. Una memorable victoria de la democracia sobre una de las corporaciones que más ha condicionado las instituciones. Uno de los más notables triunfos de esta batalla simbólica –y no tanto- que deberá continuar hasta que todos comprendan cómo actuar en el país que estamos construyendo.
Y no hay dudas de que los grandes medios son los que más pisotean la libertad de expresión, con sus fotos trucadas, mentiras, manipulaciones y arengas destituyentes. Ningún gigante acepta ser gobernado por los pequeños. Pero la democracia es eso, el gobierno de los pequeños y si los gigantes no lo aceptan, deberán buscar otros horizontes. Nuevos vientos soplan en estas tierras, dispuestos a barrer con la inmundicia que nos ha dejado el neoliberalismo. Todavía falta mucho, pero ordenar el sistema de medios y acotar su poder de daño es un paso muy auspicioso 
Para los que no entiendan, una pequeña aclaración. Si uno de estos medios emite una crítica hacia el gobierno de turno, no lo hace por proteger a los ciudadanos, sino para resguardar los privilegios del sector al que representa. La inflación, los salarios, la pobreza, los haberes jubilatorios son sólo las excusas a las que apelan para crear el clima de malestar. Si en otros tiempos no han dudado en apoyar los ajustes que afectaron a gran parte de la población. Y esto no ocurrió hace dos siglos, sino a comienzos de éste. Si han sido cómplices y beneficiarios de la dictadura, ¿qué de bueno pueden aportar en democracia?
Porque si alguno lo duda, no les importa la forma de gobierno, siempre y cuando puedan gobernar desde las sombras para acrecentar sus arcas. Y cuando las autoridades no obedecen a sus caprichos –lo que ellos llaman diálogo y consenso-, no tienen reparos en pasar por encima. Los dramáticos hechos de la convulsionada Venezuela constituyen un nuevo capítulo de la desesperación de los que quieren retomar el control de la República Bolivariana. No para beneficiar al pueblo, sino para llenar sus bolsillos. La especulación con el precio de los productos básicos y las consignas golpistas que difunden los medios son las armas que esgrimen para socavar la legitimidad de un gobierno democrático.
Y, por supuesto, las mentiras. Las fotos que difundieron las agencias informativas y los principales medios, tomadas en momentos y geografías lejanas, ponen en evidencia que la verdad no es lo que persiguen. La ministra de Comunicación, Delcy Rodríguez, denunció estas anomalías: “hacemos un llamado a los medios nacionales, a los medios internacionales, a que no se presten para este tipo de actividades, porque estas manipulaciones arteras, bajas, están penalizadas, no solamente en la legislación nacional sino también en la legislación internacional”. El prejuicio aporta lo suyo para pintar a Maduro con los colores del autoritarismo. “Venezuela es víctima de bandas fascistas de derecha que buscan crear una crisis política que justifique un golpe de Estado, con una intervención gringa –explicó el Presidente caribeño- El guión de estos hechos fue escrito por quien paga y manda: el gobierno estadounidense”.
La antesala del infierno
Lo ocurrido en Venezuela es el tráiler de lo que están preparando para todos los países que han optado por gobiernos identificados con sus pueblos. Si cae uno, caerán todos. De ahí la importancia de sostener la estabilidad del país caribeño. Y en eso no debe haber dudas: no son buenos los que intentan recuperar el poder. De lograrlo, el retroceso será irreversible y la restauración del ideario neoliberal será cruenta. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina son los blancos principales de los que nos quieren vencidos. Por eso no paran de intentarlo sin escatimar esfuerzos.
A fines del año pasado probaron en estas tierras. Como en Ecuador y Bolivia, las protestas policiales actuaron como fuerzas de choque, con el agregado de los tradicionales saqueos, infaltables a la hora de armar la escenografía del descontento social. El guión y la puesta en escena, se cocina en los grandes medios, cuyos periodistas alcanzan el orgasmo cuando presentan malas noticias. No dejarán de intentarlo para horadar los nuevos estados que se están construyendo. La angurria los guía y el caos los precede; se muestran como salvadores del desastre que ellos se encargan de instalar. Tretas ya ineficaces, por obvias, por reiteradas, por obscenas.
Los antojadizos y exorbitantes precios con que adornan las góndolas no sólo buscan incrementar las ganancias de los inescrupulosos. Tomar por asalto la billetera del ciudadano es la mejor manera que encuentran para desestabilizar la cotidianeidad. Nadie puede oponerse a que los empresarios ganen en función de sus inversiones, pero los porcentajes con que remarcan los productos alcanzan niveles escandalosos. Perdón, ya sobrepasa el escándalo para entrar en el terreno de la piratería. Aunque han ganado mucho en estos diez años, en tiempos de crisis es mucho más fácil. La ruleta financiera y la importación desenfrenada multiplican sus fortunas, aunque la mayoría de la población esté hundida en la pobreza. El proyecto K se está tornando intolerable para los rapaces. Porque los que más protestan –tanto en Venezuela, Argentina y en todos los países acosados por la rebelión- son los que más tienen. Y disfrazan su desprecio hacia los senderos populares con asépticos conceptos republicanos.
Como si vivieran en la más bestial dictadura, claman por la libertad, la democracia, la concordia. Como la heroína de un culebrón, lloran por la división que se ha instalado en la Patria. Como portadores del sentido común, cuestionan la ideologización de la vida. Como si fueran conquistadores, apelan a la violencia para imponer la pacificación. Cínicos, se muestran preocupados por el futuro y por eso quieren llevarnos al peor pasado.
Claro que no podrían instalar estas oscuras ideas sin la ponzoña inyectable y constante de los medios hegemónicos. Desde que comenzó el debate por la nueva ley de medios, allá en el lejano 2009, recrudecieron las operaciones para deslegitimar a casi todos los funcionarios del Gobierno Nacional. Explotando a los prejuicios de un sector del público, apelaron a sus más mugrosas argucias para convertir en mala noticia cualquier iniciativa oficial. Ahora que el monstruoso Grupo deberá adecuarse a la ley, algunos de sus voceros políticos están reclamando el retorno de un Estado neutral. No hace falta aclarar que la neutralidad, para ellos, no significa otra cosa más que la obediencia. El Estado ideal sería el servil, a falta de complicidad.
No, señores. Desde mayo de 2003 el Estado no es ni será neutral, sino todo lo contrario. Después de décadas de gobiernos consustanciados o sometidos a los intereses de una minoría por demás de enriquecida, ahora quieren un Estado neutral. Ahora, el país merece –necesita- un Estado comprometido con las mayorías y que contenga las dentelladas de las corporaciones. Un gobierno que impulse leyes para limitar las ganancias y disminuir el poder de daño de las grandes empresas. Un gobierno que reduzca la desigualdad con el aporte de los que más tienen, una forma justa de devolución del despojo que hemos padecido desde mediados de los setenta. Después de unas cuantas décadas de un Estado así, podemos sentarnos a conversar sobre esta tontería de la neutralidad.

lunes, 17 de febrero de 2014

La capital de los patricios


Irresponsable, cínico, simplista. Como siempre, el Jefe de Gobierno porteño sorprende con todo esto y mucho más. Y uno no se explica qué le vieron sus votantes. Quizá, muchos de ellos estén padeciendo la angustia de no encontrar un lugar en la escuela pública para sus hijos como consecuencia de las políticas privatistas de Mauricio Macri. Nunca imaginaron, al introducir el voto amarillo, contenedores disfrazados de aulas o separadores de cartón prensado en medio de los pasillos de un edificio histórico. La falta de imaginación se suplanta con la información, vale aclarar. El Alcalde Amarillo no esconde nada ni pretende disimular sus intenciones. Quien se sorprenda por los conflictos originados por la inscripción on line y la falta de vacantes, seguramente estaba mirando otro canal. O, mejor dicho, los canales que sólo existen para acomodar a alguien como él en el sillón presidencial.
A la vez que las partidas presupuestarias para la educación pública sufrieron periódicos recortes, las sumas destinadas a los colegios privados fueron creciendo en cada ciclo lectivo. Cierre de cursos, falta de mantenimiento, casi nula construcción de nuevas escuelas, mientras afirma una y otra vez su preocupación por la educación pública. Eso es hipocresía. Por eso, lo que hoy ocurre con más de 10 mil chicos en la CABA –que a pocas semanas del inicio de clases no saben dónde van a estudiar- no es imposibilidad, descuido o negligencia, sino producto de la peor de las intenciones: provocar descontento y favorecer nuevamente a los privados.
Los medios, los funcionarios del PRO y él mismo se encargan de echar culpas al Gobierno Nacional, aunque nada tenga que ver con el asunto. Siempre la culpa será de Cristina y su séquito de aplaudidores. Un recurso cuasi infantil de demonización. Lo importante es enojar a la gente para que empuñe sus cacerolas en contra del kirchnerismo y facilitar su camino a la presidencia en 2015. Su única manera de llegar es caminando sobre las ruinas del país que sólo existen en su limitada mente y el descontento injustificado de una minoría despectiva. A no asustarse: Macri es demasiado clasista para representarnos a todos y muy porteño para gobernar a todo el país. Macri es un neo patricio despojado de valores patrióticos. ¿Cómo solucionará esta crisis escolar? Como mejor sabe hacerlo. Ante la falta de lugares, derivará alumnos a los colegios privados y becará las cuotas. El plan perfecto para desviar recursos y beneficiar a sus amigotes.
Un capítulo aparte merece una de sus últimas fases, aunque no le dedicaremos demasiado espacio. Ante un grupo de vecinos, Mauricio Macri dijo "son todos chorros los que nos gobiernan". Sin embargo, él es el único gobernante a las puertas de dos juicios orales, postergados al infinito por los jueces del círculo rojo. Pero, además del cinismo y la puerilidad que ostenta esta frase, subyace una constante: nunca se piensa como gobierno, sino como gobernado; ni siquiera se siente Estado. Una negación que se nota, sobre todo en sus constantes vacaciones. Una gestión más apoyada en el marketing que en la acción, cuyo único objetivo es facilitar negocios más que concretar una ciudad para todos, a la que muchos no son bienvenidos.
Una ciudad en donde todo pasa
Quizá sea porque es la capital del país y allí confluyen los intereses más insospechados o porque los medios generan los contenidos para que todo así lo parezca. Pero a la distancia, parece que en la CABA se concentran los actos más abyectos. Especulaciones, conspiraciones, escaramuzas. Todos los protagonistas parecen estar allí, en ese escenario dispuesto para entretenernos a todos. Allí parecen pasar las cosas más interesantes, las más dramáticas, las más absurdas. Tal vez sea así en todas las capitales del mundo, pero ésta es la nuestra, la que parece comandar el ánimo, los humores y los destinos de la Nación.
Mientras los rescoldos se niegan a apagarse después de diez días de trabajo esforzado de los bomberos y varios de lluvias, la tragedia de Barracas promete estar durante más tiempo en el interés informativo. Las imágenes tomadas por las cámaras de Iron Mountain inducen a pensar en la intencionalidad del incendio que se llevó diez vidas de manera inexplicable. Más que guardar archivos, esta empresa parece dedicada a transformar en humo documentos bastante comprometedores. La investigación empieza en la zona del siniestro y las pistas conducen a las oficinas del Gobierno de la CABA. Cuando comenzó el incendio, Macri viajó con sigilo hacia Villa La Angostura. Igual que en los tiempos de los apagones, también estaba allí. Como si fuera una maldición. Seguramente, si se quedara más, la ciudad estaría espléndida.
Y en esa ciudad parecen también darse los aumentos desproporcionados en los precios. No se dan por designio divino o como consecuencia funesta del alocado clima que se ha instalado. No, es avaricia desaforada, angurria incontenible, voracidad rapaz. Rapacidad voraz que ordena incumplir los acuerdos firmados, esconder mercadería, confundir al comprador, multiplicar el lucro. Las sanciones millonarias repartidas por las autoridades apuntan a desalentar estas mezquinas arremetidas.
Ya lo advirtió La Presidenta y algunos de sus funcionarios: que no vengan algunos jueces  serviles a diseñar cautelares a medida. Si algo así ocurre, sus rostros deberán convertirse en afiches. Porque eso que hacen para proteger los intereses de una minoría destructiva no es justicia, sino servilismo. Pero ahora hay ciudadanos que se unen al colectivo que se ha animado a perderse en el laberinto selvático de las góndolas. Una aventura apasionante que puede detener el saqueo empresarial. Y el primer viernes de apagón de consumo, Macri provocó por twitter: en su mensaje, relató que había salido de compras a un súper. Para que no haya confusiones: puede comprar cuando quiera y donde quiera, pero ¿por qué ostentar tanto desprecio hacia los intereses de todos?
Por esto y mucho más, esa ciudad parece estar enloquecida y no es muy alocado suponer que puede contagiarnos a todos. Algo hay que hacer. Algunas semanas atrás, el presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, sugirió la posibilidad de trasladar la Capital Federal al norte del país. Una mudanza soñada pero cada vez más difícil desde el punto de vista material. En realidad, no hace falta semejante parafernalia para hacer que el país sea más federal. En estos diez años de proyecto K, la mirada hacia el resto del país ha sido más extensa que en las gestiones anteriores, aunque todavía falta para revertir tantas décadas de atraso. Sin embargo, todo arranca y termina allí. El bache de una de sus calles es el bache de todos. Y aunque algunos intentan mirar más allá de la emblemática General Paz, la miopía se acrecienta y a los pocos kilómetros, los párpados caen con pesadez.
 Si en la CABA y en provincia de Buenos Aires se concentra casi un 40 por ciento de la población, hay un 60 que se distribuye por todo el territorio nacional. Un montón de gente que ya se aburrió del espectáculo que ofrecen. Hay que encontrar la manera de trasladar la Capital sin mover un solo ladrillo. Un símbolo, un rasgo cultural que debemos transformar para construir el país con el que soñamos.

viernes, 14 de febrero de 2014

Estrategias para gambetear un fallo adverso

    Lamentable, pero da la sensación de que el Poder Judicial no está dispuesto a romper su alianza con los poderosos. Por lo menos, algunos de sus miembros. El reciente fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre la pauta oficial invade un espacio descuidado por el oficialismo, que debería haber legislado la manera de difundir los actos de gobierno y otros mensajes de interés por los medios de comunicación. El año pasado, al declarar inconstitucional la reforma del Consejo de la Magistratura, los Supremos asumieron el rol del Poder Ejecutivo, porque vetaron una ley legítimamente aprobada. Ahora, con esta nueva sentencia, se atribuyen el papel de legisladores al dictaminar cómo debe repartir el Ejecutivo el presupuesto para propaganda. Una Justicia corporativa no es sana para la convivencia democrática, más aún cuando con su accionar, protegen a los que nos quieren derrotados.
No importa. Mientras exigimos que apuren el juicio por la apropiación de Papel Prensa con delitos de Lesa Humanidad de por medio y que resuelvan sobre la cautelar que exime a La Nación de abonar cerca de 300 millones de pesos por aportes patronales, algo podemos hacer con la nueva sentencia corporativa. Este tema presenta, en principio, dos aspectos: uno monetario y otro simbólico. De más está decir que Clarín chilla por plata, aunque la pauta oficial sólo represente menos de un 6 por ciento de la totalidad de sus ingresos por publicidad. Porque ese monto que recibirá sin que lo necesite significa un triunfo en sus sueños hegemónicos, una manera de tener al Gobierno bajo su dominio, con la complicidad de algunos jueces. Ante lo inevitable, hay que explotar el aspecto simbólico: llenar de argumentos los medios del todavía monopolio. 
El fallo de la Corte no fue unánime. Lorenzetti, Maqueda y Fayt en la delantera, consecuentes con los intereses de la minoría; Highton de Nolasco, Petracchi y Argibay ocuparon el mediocampo, como defensores y atacantes a la vez; y Zaffaroni, en absoluta soledad, cubriendo el enorme arco de la democracia. Los tres primeros, con inusitada dureza, cuestionan los criterios esgrimidos por el Estado, respecto de la decisión discrecional en la asignación publicitaria. “La importancia de la libertad de expresión en el régimen democrático –expresan en el texto- tanto en lo referente a la libertad que tienen los ciudadanos de expresar sus ideas como en la protección de la actividad crítica de los periodistas y en el rechazo a todo tipo de censura”, como si Clarín necesitase las monedas del Estado para seguir emponzoñando el ambiente.
Enrique Petracchi y Carmen Argibay practican algunos vericuetos para llegar a una conclusión más o menos similar. Pero quien aporta un poco de oxígeno a este ambiente enrarecido es la vicepresidenta, Elena Highton de Nolasco. Sin sospechar que su fundamento pueda sugerir una salida, cita un fragmento del artículo 76 de la LSCA, para establecer criterios de equidad y razonabilidad en la distribución de la inversión publicitaria oficial”. Estos dos términos son por demás de ambiguos, sobre todo el primero.  La equidad es dar a cada uno lo que merece, por lo que los destinatarios del fallo no deberían considerarse tan beneficiados. Eso sí: todos –menos Zaffaroni- coinciden al afirmar que Canal 13 ha sido “discriminado”. Después de derramar unas lágrimas por semejante injusticia, podemos seguir analizando el tema.
 ¿El tamaño o la intención?
Si los directivos de Clarín se sienten victoriosos es porque del fallo parece sugerir una distribución proporcional de los recursos, de acuerdo a la repercusión que sus medios tengan en la sociedad. Entonces, si El Trece es el canal más visto debe recibir una porción mayor que cualquier otro de los canales abiertos. Recordemos que desde el punto de vista económico no lo necesitan. Sólo plantean este tema para someter la democracia a sus caprichos. Entonces plaguemos su programación con mensajes oficiales, sobre todo con los cortos de  Argentina en Noticias, en medio de los noticieros centrales.
Ahora bien, seguramente esta estrategia de saturación no convencerá al colonizado público de ese canal, por lo que será dinero desperdiciado. También puede suceder que, después de la difusión del mensaje oficial, salgan los cancerberos periodísticos a destilar su veneno. Supongamos que una marca de yogurt publicita en ese canal y, después de la emisión del spot, aparece un periodista para hablar mal de ese yogurt. La empresa retirará sin dudas la publicidad del canal o, al menos, hablará con los directivos para condicionar los contenidos de la programación. Si el Estado hace algo así, será denunciado como censura. Y encima, no puede retirar la propaganda pública porque, de acuerdo al fallo, afectaría la libertad de expresión. Entonces, mientras los privados pueden mudar la publicidad de un medio a otro, el Estado quedará como anunciante cautivo de medios opositores, sin opción para elegir los canales más adecuados para propagar la voz oficial.
Buen momento para retornar a la equidad y razonabilidad. Si bien es razonable que sean los medios más consumidos los destinatarios de los mensajes oficiales –aunque no sean bien recibidos por su público-, desde el punto de vista de la equidad, no lo es. Porque la equidad puede considerarse como la búsqueda de equilibrio entre los grandes medios y los pequeños, para garantizar la pluralidad de voces, esenciales para la libertad de expresión, como recuerdan los Supremos. Y aquí una disyuntiva: el aporte oficial como difusión o como subsidio; como garantía de llegada de la obra gubernamental o como apoyo para los medios que no pueden conquistar una considerable carpeta publicitaria.
El artículo 76 de la LSCA también establece que los titulares de licencias de radiodifusión deben emitir, sin cargo, mensajes de interés público de hasta dos minutos cada uno. Aquí se encuadraría la difusión de derechos, advertencias sanitarias o mensajes didácticos sobre normas de convivencia. Y no se computan como publicidad, por lo que podrán lucrar como hasta ahora. Si quieren pauta oficial, también tendrán estos mensajes que no le reportarán réditos económicos pero ocuparán una parte sustancial de la programación.
Pero éste es el momento adecuado para comenzar a legislar sobre estas cosas. Que diputados y senadores debatan en el espacio que dispone el sistema democrático para brindar una herramienta legítima para distribuir palabras, ideas, obras y recursos. Y ya que estamos, hay muchos problemas que requieren el compromiso de los representantes legislativos. En estos días de discusión sobre precios, ganancias empresariales y sus estrategias para apropiarse de nuestras billeteras resulta imprescindible que la sociedad tenga nuevas reglas para la comercialización de los productos básicos y de los otros.
Lo que se puso en evidencia desde la aplicación del programa “Precios Cuidados” es la desaforada tasa de ganancia que tienen los actores de la cadena comercial. Que un supermercado remarque los productos con un 100, 300 hasta el mil por ciento debería estar prohibido y debe recibir una sanción quien abuse de manera tan bestial. Algo así debería considerarse como traición a la confianza depositada por la sociedad a una empresa que cumple un servicio, como es la distribución y venta de los productos. Poner límites a las ganancias empresariales resulta esencial para frenar la avidez de los actores económicos y cuidar en serio nuestros bolsillos. El diseño del nuevo país requiere una profundidad legislativa en el lugar que corresponde: el Congreso de la Nación. Que los estudios televisivos y los despachos empresariales queden para los que cacarean en defensa de los que más tienen.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Los pasos de la confabulación


Ya lo decían las abuelas: grita quien no tiene razón y miente el que no encuentra argumentos. Podría agregarse que busca la ayuda de Dios el que está muy desesperado. Y si Dios está ocupado o renunció hace rato, siempre viene bien un papa. Las ya famosas –por irresponsables- tapas de La Nación y Perfil del pasado domingo, en donde informaban sobre una convocatoria de Francisco a funcionarios, sindicalistas y empresarios para frenar la crisis argentina, posibilitan varios puntos de análisis. El que más se destaca es el de la obscena, insensata, provocativa mentira, que rompe cualquier pacto de confianza con un lector hartamente estafado. Otro aspecto es el de la intencionalidad porque, junto a otros medios, estas nocivas manipulaciones buscan pintar un irreal estado de calamidad para horadar la legitimidad del Gobierno Nacional, con vistas a un adelantamiento de las elecciones. A esta estrategia neo-golpista se suman algunos actores del Poder Económico que intentan sacudir la mesa de los argentinos especulando con los productos de nuestra tierra. Pero no debemos asustarnos: son los estertores de una oligarquía que se resiste a perder privilegios, de la bestia que se rebela a la domesticación.
¿Qué sentirá el lector de estos dos matutinos cuando se entera de que lo leído no es más que una mentira? ¿Se sentirá traicionado, burlado, embaucado? ¿A quién le creerá más, a los autores de la fábula o al propio Papa, que la desmiente? ¿O le importará medio pepino que sea una mentira, siempre y cuando su contenido alimente el desprecio que siente hacia el kirchnerismo? ¿Qué le interesa más a ese lector, informarse o nutrir sus prejuicios? ¿O pensará que el ex Bergoglio no interviene porque ha sido cooptado por La Cámpora?
Cuando el Vaticano se vistió con un papa argentino, la derecha vernácula esperaba recuperar todo el poder por medio de un golpe divino. Pero la ayuda papal no llegó como deseaban, porque desde hace casi un año Francisco se fue despojando de Bergoglio. Los que saboreaban el triunfo por contar con un opositor de buenas influencias celestiales, se habrán atragantado con la novedad de un pontífice con duros conceptos hacia el capital globalizado, usurero y angurriento. Y que no considera que la pobreza sea una epidemia o algo por el estilo, sino una consecuencia de lo anterior. Para mayor sorpresa, sostiene que la propiedad debe ser un bien social y no absolutamente privado. Por eso llamaron su atención con una noticia mentirosa. “Vaticano, tenemos problemas. Esta noticia que inventamos sólo Usted puede convertirla en realidad”, parecían decir. Y hacia el público: “vean, estamos tan pero tan mal que sólo Dios nos puede ayudar y, como no nos atiende, debemos llamar a Francisco”.
Pero tienen tanta mala suerte. Los astros parecen favorecer a los malandras de La Cámpora. Por intermedio de una periodista de Crónica, Francisco desmintió: “no, eso no es cierto: es un disparate”. No sólo él salió a desmentir esta patraña, sino todos los invitados a esa reunión imaginaria. “Es motivo de preocupación y de reflexión que medios de comunicación que atacan sistemáticamente al Gobierno, a la Presidenta o al jefe de ministros, a quien le piden la renuncia cada día, generen esta operación mediática, esta mentira que involucra a la máxima figura de la Iglesia Católica”, declaró el Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.
Todos sabemos que para que una mentira sea creíble, debe ser verosímil, posible dentro de las normas de lo real. Desde que Bergoglio se convirtió en Papa es el mandatario de un Estado, El Vaticano, por lo que tiene el estatus de un presidente. De haber existido una convocatoria de esas características, podría haber desatado un conflicto diplomático por entrometerse en los asuntos de otro país. Quizá esto no interese a los asiduos lectores de estos libelos, pues no buscan informarse sino justificar su desprecio. Si en unos días se encuentran con titulares que demonicen a Francisco, seguramente comenzarán a  sentir menos orgullo por el papa argentino.
Los que sacuden la mesa
Que hayan pergeñado una mentira con el papa como protagonista, es huella de que no tienen límites y, como adolescentes, los están exigiendo. No son los únicos. De a poco, como la presión por una mayor devaluación les estalló en la cara, los cereales son vomitados por los gusanos blancos: por ahora, el dólar está bajando. Las grandes cadenas de supermercados multiplican sus ganancias y se burlan del acuerdo que ellos mismos habían firmado. Y también de sus clientes, vale recordar. Y los matarifes de Liniers patean hacia el cielo el precio de la carne. Todos están provocando, están clamando por regulaciones de las que, después, terminarán quejándose.
El caso del Mercado de Hacienda es por demás de evidente. La institución, privatizada apenas iniciado el gobierno del Infame Riojano, no opera con las reses que se distribuirán por todo el país, pero marca el precio al que se venderá la carne. De acuerdo a los principios de sus responsables, todo fluye de acuerdo al libre juego de la oferta y la demanda. Y la oferta es tan libre que la manejan como quieren, al igual que los precios: antes de la devaluación, los carniceros recibían la media res a 14 o 15 pesos el kilo y ahora, a 30. Claro, en esta semana apenas entraron 50 camiones con 1400 cabezas cuando a mediados de enero ingresaban 350 camiones. Y no hay motivos para tamaña reducción de oferta.
“Las carnicerías venían trabajando bien, con precios bastante razonables. Habrá que ver qué pasa con el mercado, porque todo nació en el Mercado de Hacienda de Liniers, ahí fue donde aumentaron los precios”, explicó Alberto Williams, vicepresidente de la Asociación de Propietarios de Carnicerías de la CABA. Una clara maniobra de los ganaderos para ganar más ofreciendo menos y de paso, una manera de realizar un aporte al malestar de la mesa familiar. De esta manera, abandonaron toda responsabilidad social para sumergirse en oscuras aguas destituyentes.
A sabiendas de ser merecedores de alguna sanción por parte de la Secretaría de Comercio, los dirigentes de la Sociedad Rural y de Confederaciones Rurales desafiaron al Gobierno Nacional. Con su accionar especulativo están pidiendo a gritos alguna forma de regulación, pero, a la vez, rechazaron cualquier presencia del Estado para controlar y evitar los recientes aumentos en el precio de la carne. Claro, ellos piensan que la libertad de mercado es un derecho constitucional cuando, en verdad, es una excusa para especular a su antojo y ganar mucho más de lo que corresponde. La libertad de mercado es la opresión de los trabajadores.
Los integrantes del Círculo Rojo están tratando de desbaratar nuestra vida desde todos los frentes posibles. Este movimiento de pinzas –productores, vendedores y financistas- tiene como claro objetivo provocar la caída del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Su angurrienta ansiedad le impide aguantar hasta 2015. Mientras ellos saquean nuestras billeteras, los políticos de la oposición se prueban el disfraz de candidato. No en vano, en estos días se ven tantos pases, alianzas, pactos. Mientras el casting de presidenciables desfila ante los ojos del poder fáctico, los medios hegemónicos aportan dramatismo para incrementar la angustia y la zozobra. Todos –que no son muchos- atentan contra la democracia clamando que lo hacen en su defensa. Pero no defienden otra cosa más que sus malsanos intereses. Ninguno de los que lloriquean tiene problemas reales. Sobreactúan para conspirar. Los Patricios –una clase minoritaria que se cree dueña del país- quieren retomar el mando y parecen dispuestos a todo. Bueno, después de treinta años de continuidad democrática ya deberíamos saber cómo funcionan las cosas y no hay máscara que esconda el rostro bestial de los carroñeros, que, otra vez, pretenden vernos en el fango para mordisquear nuestros despojos.