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lunes, 9 de febrero de 2015

Una comparsa de fiscales, adherentes y afines



Por lo general, los malos propósitos se disfrazan de buenas intenciones. El ya famoso 18F está mostrando una enagua cada vez más mugrienta. La mancha más importante es la malsana intención de depositar un muerto sobre el escritorio de La Presidenta. Si el grupo de fiscales que convoca a esta marcha está reclamando Justicia es porque suponen que la fiscal Viviana Fein no investiga como corresponde la muerte de Alberto Nisman. Hasta ahora, toda la información recogida por la funcionaria sugiere más un suicidio que un asesinato. Sin embargo, algunos de esos fiscales y casi todos los periodistas y políticos de la oposición están más que convencidos de que esto es un homicidio pergeñado por Cristina. Demasiada irresponsabilidad por parte de estos personajes. Pero de esta “patriótica y justiciera” movida que intenta asediar al Gobierno se puede extraer algo positivo: éste será el acto más extremo y desesperado para desterrar al kirchnerismo. Después de esto quedarán tan extenuados y vacíos que no podrán aportar nada más a la campaña electoral que tenemos por delante.
Tal vez por eso necesiten creer en la –hasta ahora- infundada hipótesis del asesinato. Por eso se abrazan al denuncismo descabellado de la diputada Carrió y su gravísima sentencia: “el régimen mata”. Por eso la confusa frase de la diputada Laura Alonso “Cristina Kirchner ordenó todo” se exhibe como un mantra para que repitan los caceroleros. Por eso la advertencia del fiscal Carlos Stornelli –“podría no ser el último”- toma más la forma de una amenaza. A no ser que estemos ante la presencia de una epidemia de suicidios, si un fiscal tiene datos de semejante trascendencia, su obligación es aportarlos para que se investiguen y evitar más dolor en nuestra sociedad. Después de la muerte de Nisman, se olvidaron de su inconsistente denuncia. Ahora, con este cacerolazo descafeinado de indudable intención desgastante, el fiscal que intentaron convertir en mártir ocupará mucho menos que un segundo plano. 
Para poder transformar este desafortunado episodio en tema de campaña necesitan olvidarse de toda la verdad que sugiere: una denuncia sin fundamentos contra La Presidenta y un fiscal que muere cuando la operación empieza a desbaratarse. La muerte del fiscal comienza el mismo momento en que llega a Buenos Aires, alentado por fantasías épicas que no se convirtieron en realidad; más preocupado por cuidar su malversado cargo que por resolver la causa que llevaba adelante. Después de un meteórico rally mediático, comenzaron a llover las desmentidas, no sólo desde el oficialismo sino hasta del propio ex director de Interpol, Roland Noble, que negó que se haya pedido la baja de las alertas rojas sobre los sospechosos iraníes, dato crucial de la demanda.
Entonces, en un gesto desesperado, algunos diputados de la oposición, como Laura Alonso y Patricia Bullrich planearon legitimar el mamotreto nismaneano en el Congreso; imaginaron convertir la institución legislativa en un tribunal inquisidor, como un juicio exprés con destitución de CFK incluida. Eso sí, como es moneda corriente en toda confabulación, esta sesión debía ser reservada y con la sola presencia de los exponentes opositores. Pero los legisladores oficialistas, con mucho olfato, decidieron asistir y convertir la tertulia de amigos en una asamblea pública con la presencia de los medios. Claro, para el fiscal no era lo mismo recitar ligerezas en un contexto amable que responder preguntas en un ámbito republicano. Y menos aún cuando no era portador de ninguna verdad, sino el testaferro de un listado de falsedades. Ahí su muerte se hizo imprescindible para trocar el escrito en un texto sagrado, de esos que nadie lee pero todos rinden culto.
Vacas que reclaman leche
Aunque el golpe pergeñado ya se está debilitando, algo han logrado instalar en una parte de la sociedad: la sospecha. Una sospecha tan infundada que requiere del prejuicio para volverse perdurable; grabada a fuerza de titulares más fantasiosos que verídicos; amplificada por representantes obedientes y candidatos con cargo; convalidada por fiscales y jueces compinches del establishment. Una sospecha que se convierte en certeza cuando el desprecio desborda a sus portadores hasta transformarse en odio. Por eso, ya no importa la verdad. Si fue suicidio o asesinato no interesa a ninguno de los posibles asistentes. Casi deben haber olvidado al dueño del nombre que dicen ser. Si algún día se confirma que ha sido un suicidio, seguirán pidiendo Justicia, aunque no haya nadie a quién condenar. No les importa la verdad ni la Justicia. Tampoco les interesa Nisman. Ahora sólo quieren la cabeza de Cristina, la única culpable de todos los males -imaginarios o no- que estos individuos afirman padecer.
Ahora que la planearon, la convocaron y la justificaron, que no vengan a suspender la marcha porque descubrimos sus oscuros fines. Y si la cancelan, no presenten las excusas del miedo y la violencia ni lloriqueen por los medios sobre amenazas y falacias por el estilo. Si se echan atrás, confiesen que es porque están avergonzados de haber sido sus encarnizados impulsores. Que fiscales salgan a la calle para exigir justicia es como si las vacas salieran a reclamar leche. Así de paródico, de absurdo, de insostenible. Esto, sin tener en cuenta el oscuro prontuario de muchos de los anfitriones.
Y si son pocos los que se adhieren, que no mientan afirmando que fue por temor a las hordas de La Cámpora. El 18F ya está en marcha y exhibe el descarnado tinte que le imprimirán sus futuros concurrentes. Aunque los organizadores de este baile de máscaras pretenden despojarlo de banderas partidarias, consignas políticas o carteles agresivos, ya se están enganchando algunos candidatos de la oposición, las frases circulan por las redes y la agresividad se dibujará en los rostros.
Estas son las consecuencias inevitables cuando un manojo de individuos se deja extraviar con promesas vacías y corona como héroe a quien no merece siquiera un recordatorio público. Este es el resultado cuando un sector piensa que la democracia está para preservar los privilegios de una minoría y no para garantizar los derechos de la mayoría. Y ésta es la constante: la prepotencia de un poder que nadie elige pero todos padecemos.

5 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias. No soy un ídolo, apenas un disperso pensador que sabe manejar los dedos sobre un teclado. Abrazo enorme

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  2. Mónica Halima Gorra10 de febrero de 2015, 4:23

    Gracias por la claridad!!!!!!!! comparto,para que aquellos que se manejan con ignorancia, se les aclare el panorama, porque a los que se manejan con odio al proyecto de país, no tienen remedio.

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    1. Gracias, Mónica. Siempre es bienvenido el aporte a la difusión. Besotes

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