jueves, 5 de marzo de 2015

El ocaso del simulacro



Que varios fiscales convoquen a una marcha para exigir justicia suena incongruente, pero que el presidente de la Corte Suprema de Justicia proponga terminar con la impunidad no tiene precio. Ricardo Lorenzetti quiso pasarse de listo y no quedó como tal. Al contrario, hasta la página oficial del Máximo Tribunal desmintió sus dichos respecto del atentado a la embajada de Israel. Encima, algunas anomalías de protocolo convirtieron la apertura del año judicial en un doloroso sainete que invita a diseñar un nuevo sistema de justicia. Y el videíto de quince que editaron para la presentación quedará para la antología del ridículo. Además de todo esto, Lorenzetti habló: aforismos de sobrecitos de azúcar, lugares comunes y frases de pósters con solemnidad de parodia fue todo lo que ofreció. Si hubiera compartido alguna receta familiar, el acto podría considerarse interesante. Al menos algunos consejos de cosmética ecológica. Pero no, sólo recitó generalidades para inspirar titulares a medida de quien quisiera tomarlos. Mucho de nada para un acto tan crucial.
Periodistas hegemónicos con lugares destacados y familiares de víctimas del atentado a la AMIA depositados en un patio. Todo un símbolo de ordenamiento social. Un claro mensaje sobre las prioridades de la Corte. Pero en su discurso no habló de la prensa sino que, a tono con el cortometraje con fondo de Himno Nacional, trató de mostrar solidaridad con las víctimas de la injusticia, desde el Terrorismo de Estado de los ’70 hasta delitos comunes. Un cóctel de desventuras que más que conmover, buscaba confundir, sobre todo con la imagen de cierre, con Nisman en tamaño familiar en paridad con desaparecidos, Madres y Abuelas, incendiados, aplastados y asesinados.
“Nuestras víctimas”, utilizó muchas veces, aunque no aclaró si el ‘nuestras’ significa identificación o autoría. Por la expresión de su rostro, pocas veces parecía la primera opción. ¿En qué sentido puede considerarse víctima al fiscal Alberto Nisman? Salvo que el Presidente de la Corte sepa algo que no puede decir o quiera condicionar la investigación sobre su muerte. O, más grave todavía, que avale las insustanciales sospechas que condujeron a la marcha de los paraguas. En cualquier caso, la mención del fiscal en ese contexto resulta irresponsable porque no hace más que inspirar titulares agoreros.
No sólo irresponsable sino también desinformado porque la decisión del juez Daniel Rafecas de desestimar la denuncia aporta un dato nuevo: los escritos que descansaban en la caja de seguridad de la fiscalía contradicen el mamotreto que tanta prensa consiguió. Uno puede cambiar de posición –hasta sostener lo contrario- con el paso del tiempo, pero no con la simultaneidad de esos documentos. Si de algo fue víctima el fiscal es de un trastorno disociativo, conocido como doble personalidad. Esto puede entrar en el terreno de la psiquiatría o sugerir la posibilidad de que su muerte –orquestada como suicidio- se haya pergeñado para aportar contundencia a su ya desbaratada denuncia. Entonces, el victimario no estaría en la Casa Rosada, sino en un oscuro rincón al otro lado de la grieta.
El muerto que parla
Más por superstición que con sabiduría, algunos consideran que no se debe hablar mal de los muertos. Algo así como que la muerte limpia las culpas. Un lugar común que contiene una verdad relativa. En todo caso, no se puede juzgar a un muerto –al menos legalmente-, pero sí analizar los malos actos que cometió en vida. Y del tamaño de esas acciones dependerá el resultado de esa evaluación. Por más muertos que estén, siempre tendremos la libertad –y la tentación- de seguir denostando a los malvados personajes que han opacado nuestra historia. El caso de Nisman no llega a tanto, pero el accionar de sus últimos días está enturbiando nuestro presente, a tal punto que podría considerárselo vivo. Todavía sigue denunciado por encubrimiento a La Presidenta y a la vez, contradice esa delación. En tanto no se dilucide cuál de los Nisman murió, no podremos dejar que descanse en paz y, como en las pelis de terror, su fantasma seguirá acosándonos.
Más allá de los sortilegios a los que apelemos, lo tendremos un tiempo más entre nosotros. Hasta que no se dictaminen las causas de su muerte, seguirá protagonizando las noticias. Hasta que no se esclarezca el porqué de las posturas contrapuestas simultáneas, seguiremos debatiendo si el mamotreto de 300 páginas es fruto de su producción o sólo aportó su firma –y su investidura- como un vulgar testaferro. Y seguirá más vivo que nunca mientras las fuerzas destituyentes insistan en resucitarlo.
A pesar del fundamentado fallo de Daniel Rafecas, el fiscal Gerardo Pollicita arriesgó su inexistente afán de justicia para aportar sus gotitas de veneno a la causa opositora. El dictamen no sólo invalida las pocas pruebas presentadas sino que dictamina la ausencia de delito; no sólo demuestra que la intencionalidad del memorándum de entendimiento con Irán no es encubrimiento sino todo lo contrario. También evidencia que el fiscal Nisman no sostenía lo que denunciaba, algo que sugiere una presión o, al menos, una tentación para la gloria efímera. A pesar de todo esto, Pollicita vuelve a arremeter contra el Gobierno Nacional para alimentar las sospechas de los prejuiciosos e inspirar la campaña de los candidatos al fracaso.
Esto es malgastar recursos públicos que podrían servir para aplicar justicia en serio. De esto no habló Lorenzetti en su marketinero discurso. Porque si la apelación de Pollicita contribuye a la campaña de su candidato, debería ser el PRO el que pague los gastos. Este razonamiento también podría aplicarse a la investigación por la muerte del fiscal: si el fallecido fuera un don nadie, ya se habría sentenciado suicidio. Como hay sectores interesados en que sea un homicidio por conveniencias políticas, quieren estirar la resolución hasta después de las elecciones. Bueno, que sean estos personajes los que abonen la factura, esos que tanto se preocupan por el crecimiento del gasto público. No debemos olvidar que ellos están jugando con nuestro dinero.
Que sigan jugando, que sigan explotando esos espacios de prestigio para favorecer intereses espurios. Que continúen con la estafa de hacernos creer que son justos e independientes. Que mantengan las máscaras sobre sus horripilantes rostros. Que operen tranquilos, como si nos estuvieran engañando. Mientras ellos se entretienen con estas menudencias, nosotros recobramos fuerzas y planeamos cómo erradicar tanta carroña en el nuevo momento que tenemos por delante para construir un país en paz del que podamos gozar todos.

3 comentarios:

  1. Gracias de nuevo y con permiso lo tomo para difusión citando la fuente por supuesto. Un abrazo

    Pablo López

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    1. Tome tranquilo, pero ojo con la alcoholemia. Abrazo enorme y gracias por ayudar con la difusión

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  2. Espectacular como siempre. Lo que si, yo no me encerraría tanto en el suicidio, dejemos abierta la posibilidad del homicidio, y en ese caso, que se investigue hasta llegar a los autores materiales e intelectuales, que ya sabemos quienes pueden ser, aquellos que buscan perjudicar al gobierno con ésta muerte. Un abrazo!

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