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miércoles, 18 de marzo de 2015

Espasmódicos pasos de baile



La alianza con el radicalismo trajo nuevos aires para el PRO. En pocas horas, Mauricio Macri recibió el respaldo judicial para usar las pistolas Taser y prometió que, ni bien asuma la presidencia, el dólar volverá a ser libre como una pájaro. O como un buitre, de acuerdo a sus apetencias y afinidades. También aseguró que eliminará las retenciones y el impuesto a las ganancias. Y todo esto sin tocar la AUH, el presupuesto educativo, la construcción de viviendas ni privatizar YPF, Aerolíneas y los fondos previsionales. Magia pura de quien tiene para exhibir bici-sendas y colectivos transformados en metro-bus. Más que magia, mucho maquillaje y demasiado cinismo. El Alcalde Amarillo está exultante y no ve la hora de comenzar a inflar los globitos para el festejo. Los radicales también están felices, aunque no tienen tantos motivos: han dejado que el candidato del establishment fagocite al centenario partido sólo para explotar su estructura de alcance nacional. Cuesta creer que estén tan contentos por haberse transformado en una especie de preservativo político.
Una sensación similar deben tener los productores afiliados a Federación Agraria que durante todos estos años rechazaron la segmentación de las retenciones para servir de comparsa a los grandes estancieros. Y no sólo eso: con su capacidad de movilización produjeron una crisis institucional histórica en aquellos tiempos de la 125. En esos aciagos meses de 2008, una inusitada virulencia sacudió al recién iniciado gobierno de CFK. Los medios hegemónicos contribuyeron a construir el artificial concepto del Campo para el consumo de las clases medias urbanas. Muchos encontraron la excusa para comenzar a oponerse en serio. Las rutas cortadas, las dificultades para la distribución de alimentos y los discursos destemplados ensancharon la brecha que comenzaba a vislumbrarse desde hacía un tiempo.
De un lado del conflicto, nació un nuevo actor social: el cacerolero, que sin comprender demasiado, se identificaba con los productores sojeros. El otro lado comenzó a nutrirse con ciudadanos que miraban con simpatía al kirchnerismo pero no al punto de calzarse la camiseta. Esos recién arribados al proyecto K tuvieron que aprender como en un curso acelerado todos los principios para poder defenderlos. Una pasión creciente fue el resultado de este conflicto, una consecuencia inesperada de esos intentos destituyentes.
Y los pequeños y medianos productores, por tozudez de su dirigencia, se pusieron del peor lado, del que menos les convenía. Una fábula instructiva para comprender que, en la alianza con los poderosos, los más débiles siempre terminan mal parados. Ahora que Eduardo Buzzi emprendió otro rumbo y después de muchos intentos, el Gobierno Nacional logró convencerlos para que abandonen la Mesa de Enlace que en nada los beneficiaba.    
La sutileza del ajedrez
“El Estado está para proteger a los más chicos, a los más débiles en todos los campos. En la agricultura también”, explicó Cristina por Cadena Nacional. Este anuncio significa que aquellos productores de granos que se ubiquen por debajo de las 700 toneladas recibirán la mitad de lo que contribuyeron con retenciones. Más de 46 mil chacareros, un 70 por ciento del total de productores, recibirán unos 2500 millones de pesos. Los grandotes, como siempre, con su mirada mezquina ven esa cifra como minúscula, sólo porque a ellos no les toca un centavo. Si esto no se concretó antes –vale reiterar- fue más por la resistencia de los dirigentes que por la negativa de las Autoridades Nacionales. Esta segmentación estaba incluida en el proyecto de ley que salió de la resolución 125 y después fue propuesta por el entonces ministro de Agricultura Julián Domínguez. Propuesta rechazada por Eduardo Buzzi sin siquiera leerla, más preocupado por agradar a los patrones y convertir en héroe a Julio Cobos que por beneficiar a sus representados.
A partir de esta medida, podremos distinguir entre productores y especuladores; los que contribuyen a nuestra riqueza de los que sólo están orientados por su desmedida angurria. Ahora sí podremos diseñar políticas para diversificar la producción agropecuaria y detener la sojización que está alterando nuestro territorio. Y, tal vez con desmedido entusiasmo, podremos comenzar a pensar la tierra como un bien colectivo y no como una parcela de explotación exclusiva de los que más tienen. Hasta podríamos tener en cuenta la posibilidad de controlar un poco más la exportación de nuestros productos.
Con este episodio, una vez más, la minoría queda del lado oscuro de la grieta, el bando de los que quieren retornar a las políticas de exclusión; ese manojo de individuos que sólo necesita un gerente que resguarde sus privilegios. En realidad, no necesitan buscar demasiado porque desde hace algunos años ya lo tienen elegido pero recién ahora está cobrando vigor. El Círculo Rojo decidió que su mejor apuesta es el candidato amarillo, aunque el naranja tampoco les parece del todo desechable. Sus integrantes lograron reeditar la vieja antinomia que atraviesa nuestra historia, aquella disyunción sarmientina que se recicla cada tanto: civilización-barbarie; unitarios-federales; conservadores-radicales; gorilas-peronistas. En los últimos años, esta dicotomía tomó muchas formas pero recientemente se reforzó la idea de República-kirchnerismo.
La extraña y explosiva alianza entre el radicalismo y el PRO tiene mucho de eso. El kirchnerismo es el bárbaro a erradicar para salvar la República, aunque para eso haya que apelar a la mescolanza que se decidió en Gualeguaychú. Cóctel indigesto que ya está empezando a mostrar sus fisuras. Macri –como indiscutible exponente clasista- hasta mira con desprecio a sus recientes aliados, como sirvientes a descartar en cuanto pierdan su funcionalidad. No hay diálogo ni consenso en esa amalgama, sólo un rejunte oportunista sin otro proyecto más que derrotar a un enemigo en común. Después, ¡qué importa del después! Con gente así, el después será el ayer. Ese ayer tan cercano que algunos parecen haber olvidado.

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