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lunes, 11 de mayo de 2015

En busca de un nuevo héroe



La semana pasada estuvo teñida por la hipocresía en defensa de la ancianidad por parte de aquellos que se apropiaron de los fondos de los jubilados para realizar suculentos negocios con las AFJP. Ellos, que celebraron la reducción de jubilaciones y pensiones en un 13 por ciento, ahora pretenden convertir en joven dinámico a un nonagenario que insiste en permanecer en un cargo de vital importancia. Ellos, que fueron cómplices y beneficiarios de la dictadura, ahora denuncian torturas. Ellos, que trataron de desacreditar a Cristina en cada una de sus células, salen en defensa de Carlos Fayt ante los cuestionamientos oficiales sobre su salud. Sólo falta que traten de reeditar el éxito de la marcha de los paraguas con una manifestación ciudadana a favor del casi centenario Supremo. Como antesala de esto, se difundió un mensaje de tres minutos grabado por el ministro como si fuera un patético certificado de supervivencia; como si su capacidad de hablar fuese suficiente para demostrar su aptitud para el lugar que ocupa, cuando, en realidad, parece convertirlo en un fenómeno de feria.
Una nueva operación que trata de ocultar el fracaso de Lodenisman, que ya está cercano. En menos de una semana, los peritos médicos y criminalistas dictaminarán la muerte del fiscal como suicidio, aunque cabe esperar algunos pataleos del equipo de Sandra Arroyo Salgado. Un final predecible que se estirará unos meses más gracias a los vericuetos judiciales, que siempre están dispuestos a generar títulos periodísticos. Y se agrega un detalle: de acuerdo a sus colaboradores de la fiscalía, la presentación de la denuncia de Nisman contra La Presidenta estaba planeada para octubre, en pleno proceso electoral. Los cambios en la Secretaría de Inteligencia a mediados de diciembre aceleraron el sainete, lo que dio tiempo al oficialismo para desarticularlo. La muerte del fiscal, que en principio resultó funcional a la oposición, ahora sólo muestra con crudeza el final de un personaje corrupto y oscuro.
Como ya no les queda héroe ni mártir, ahora necesitan a Fayt, una nueva víctima de Cristina. Tan perverso es el accionar de las corporaciones, que puede sospecharse que la acordada de la Corte para reelegir a Lorenzetti como presidente fue tan desprolija a adrede. El establishment requiere groserías para confundir a la ciudadanía porque no tiene argumentos para la restauración neoliberal. Una provocación para incorporar este tema en la campaña, para exponer el inexistente autoritarismo del Gobierno Nacional, para poder escribir iluminados editoriales en defensa de la Justicia Republicana, ese nocivo sistema que resguarda los privilegios de una minoría que se cree dueña del país.
Desterrar la mentira
Desde hace un tiempo, el afán manipulador de los medios hegemónicos se ha convertido en desesperación. En el libro “Mentime que me gusta”, Víctor Hugo Morales hace un recorrido por las más recientes fábulas salidas de las propaladoras de estiércol, algo similar a lo realizado por el periodista Pascual Serrano en “Desinformación”. El comunicador español debe realizar una ardua tarea para desarticular las falacias de los medios internacionales, que son un poco más sutiles para confundir a su público. En cambio, el esfuerzo deconstructivo de Víctor Hugo no necesita ser tan descomunal, no porque no le dé el talento, sino por la obscenidad de los medios locales. Claro, el oriental aclara que para creer en esas mentiras hace falta una férrea voluntad por parte de los lectores. Más que voluntad, un cúmulo de prejuicios y, por sobre todas las cosas, un profundo desprecio por la representación de la mayoría.
Desprecio por la información, también. Y por la coherencia, además. Después de miles de diatribas hacia el impuesto a las ganancias, simulando defender el bolsillo de los trabajadores, ahora que hubo una quita considerable de la contribución, buscan la vuelta para convertir la novedad en mala noticia. De locos: el pobre lector cautivo debe tener un huracán en su cerebro, con tantas idas y venidas. Encima, los afectados por esta tasa apenas supera el diez por ciento de los asalariados por lo que, como siempre, operan a favor de la minoría.
Sin dudas, tenemos por delante varias tareas pendientes. Además de adecentar nuestro sistema judicial, también es imprescindible establecer mecanismos para que los medios de comunicación se conviertan en un servicio a la sociedad y no que sean mensajeros del Poder Fáctico. De ninguna manera debe entenderse esto como un control sobre los periodistas, sino como una forma de erradicar las mentiras, manipulaciones y fabulaciones de todos los días. Tampoco como un atropello a la libertad de expresión. La información también es un derecho, además de un deber y el público merece veracidad y precisión en los análisis que se difunden.
O al menos, estar advertidos de que lo que uno lee y escucha es la fantasía desesperada de los que necesitan imponer una mirada única del mundo; una expresión de deseos de los que nos quieren perjudicar; una serie de órdenes de algunos personajes anónimos que ahora empiezan a recuperar su oscuro nombre. Y además, considerar que la independencia y objetividad de la que muchos se ufanan no es más que una máscara para ocultar un recetario que nos ha enfermado en décadas pasadas. Un tratamiento para curar una enfermedad que no existe y que puede provocar dolencias ya experimentadas. Una terapia que se disfraza de periodismo crítico para embaucar a un público que no encuentra un representante de sus intereses y que, de tan confundido, ya ni sabe cuáles son.

5 comentarios:

  1. A.del Valle dice: ¿En este caso sería una especie de Cid Campeador? Una gloria del pasado que se manda al frente atada a su montura. Buen final.

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    1. Una especie de estatua viviente es lo que están defendiendo. Gracias

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  2. Excelente análisis Gustavo. Siempre te leo desde Café de por medio. Impecable (y gratísima sorpresa al saberte hoy profesor de mi hijo. Gracias por ayudarlos a pensar y re pensar el mundo)

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  3. En el Complejo Gurruchaga. Primer año. Taller de Periodismo, y le estás llenando de pajaritos la cabeza.

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