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lunes, 4 de mayo de 2015

Sinceridad de mal gusto



El Día del Trabajador nos encontró, una vez más, distintos. Algunos descansaron, pocos trabajaron, otros marcharon y muchos viajaron. Las protestas de antaño quedaron para un manojo de nostálgicos que sólo encuentran su razón de ser en el mero estar en contra. Por supuesto, no estamos en el paraíso –si es que eso existe- pero estamos mejor que nunca. Y a diferencia de una de las célebres frases del Infame Riojano, “estamos mal pero vamos bien”, ahora podemos afirmar: “estamos bien, vamos muy bien y estaremos mucho mejor”. Para confirmar esta idea, no hace falta recurrir a engorrosos procedimientos científicos ni cálculos infinitesimales. Con un poco de memoria y corazón basta y sobra. En algunos casos, la dosis de cada uno de estos ingredientes deberá incrementarse, sin límites ni contraindicaciones, pues no hay temor a sobredosis ni consecuencias insalubres. Pero con estos dos componentes de nuestro cuerpo alcanza para comprender la tensión política de estos momentos y tomar partido por el bando más conveniente para todos. O para la mayoría, cuanto mucho, porque el otro, el que debería ser minoritario, promete un viaje expreso al peor pasado, al no tan lejano de principios de siglo.
Esa minoría está muy bien representada por el Alcalde porteño y pre candidato a presidente, Mauricio Macri. La voz del establishment, sin dudas. El Poder Económico encarnado en una persona. Los intereses más despiadados y las intenciones más nefastas confluyen en el Ingeniero que quiere habitar la Rosada y pretende poner el país al servicio de unos pocos. Estas no son premoniciones ni lecturas mentales realizadas a distancia. Macri lo confirma con todos los días de su gestión en la Capital del país y con parte de lo que dice. Sólo una parte porque el resto no es más que el recitado de frases elaboradas desde las marketineras cuevas del pensamiento PRO. Esas frases que encantan porque son fáciles de comprender, con lugares tan comunes que casi nadie podría disentir. Y esto adornado con globos, música, baile y gente muy buena, que exhibe una estrambótica coreografía desacoplada. Populismo, demagogia y cinismo.
Cuando se escapa del libreto de frases de posters, aparece el verdadero Macri, el siniestro; el que deja aflorar sus perniciosas intenciones, que coinciden con las de los integrantes del Círculo Rojo; el que promete un futuro oscuro para la mayoría. No sólo él, sino casi todos los integrantes de ese selecto club. Con sólo escuchar las excusas que han dado para esquivar la responsabilidad por la muerte de Orlando y Rodrigo en el incendio de la textil clandestina sobra para preguntarse cómo han llegado a ocupar ese lugar. Y para avergonzar a sus votantes o al menos a los que no se enorgullecen por compartir esas ideas. Porque una agrupación así, sólo puede captar, como máximo, a un 20 por ciento del electorado, por coincidencia de ideas e intereses. Que rasguñe la mitad de las voluntades en la capital del país y en la provincia de Santa Fe desconcierta a muchos analistas.
El laberinto del terror
Lo que fluye de la limitada verba de Macri cuando improvisa es la sinceridad de su pensamiento, como un libro abierto de la doctrina que sigue: un catálogo de neoliberalismo crudo que se niega como ideología y se disfraza de sentido común. Si no, ¿cómo interpretar sus declaraciones respecto a la tragedia de la calle Páez?  El Jefe de Gobierno porteño sostuvo que éste “es un tema muy traumático” pero ante la falta de trabajo y en muchos casos combinado con la inmigración ilegal, hay gente que abusa y le da trabajo en condiciones inhumanas sin respetar las leyes locales y en forma clandestina”. Por si el lector no pudo comprender la metáfora, la responsabilidad por el incendio es del Gobierno Nacional y no de su equipo, que no ha atendido la denuncia presentada por La Alameda en septiembre del año pasado. Tampoco de los empresarios inescrupulosos que sólo aprovechan la coyuntura para llenar un poco más el chanchito.
Pero además de esquivar las culpas, justifica su desaprensión y sienta un precedente normativo: “en la desesperación la gente se agarra de estos trabajos y encima se enoja con uno cuando va y los clausura". Como esta máxima puede resultar increíble, o cuanto mucho incomprensible, aporta un ejemplo para su antología de fábulas: "es una situación de tipo que uno dice la gente 'no puede trabajar en estas condiciones' y la gente te contesta: '¿Usted qué se mete? Si yo quiero trabajar así, déjeme'. Pero no se puede trabajar así". El Estado que fundamenta su ausencia porque la gente se niega a cumplir la ley, que suplica a la víctima de la trata de personas que no se deje explotar. El Estado que no intenta siquiera enojarse con los explotadores porque son sus amigos, aliados incondicionales. A ellos ni les suplica; sólo los deja hacer.
Este tipo de emprendimientos ha crecido mucho en los últimos años. Empresas que tercerizan la confección de las prendas y tienen como clientes a las grandes marcas. El trabajador que la cosió, además de vivir en una situación cercana a la servidumbre y con su libertad cercenada, cobra entre tres y cinco pesos; pero jamás advierte que el fruto de su labor llega a la vidriera de los shoppings a 1000 pesos porque no tiene permitido pasear por esos lugares. Según La Alameda, unas 130 marcas de ropa de confección se benefician con estos brutales métodos de producción. Y el Jefe de Gobierno porteño y pre candidato a la presidencia se enoja con esta situación, no porque le conmuevan las víctimas sino porque vio la luz su complicidad.
Complicidad que se extenderá a los ciudadanos que elijan para el futuro este modelo de desigualdad que, en otros tiempos tuvo otros colores pero ahora está teñido del peor amarillo.

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