miércoles, 29 de julio de 2015

El cinismo: una superación de la hipocresía



Un multimillonario visita una villa para lo que sea, entra en una casita humilde, observa las paredes endebles, la precariedad, la escasez en todo. Conmovido, estrecha manos, reparte abrazos, distribuye besos. Dolorido, se pregunta cómo pueden llevar una vida tan miserable. Lo que nunca se preguntará este empresario es la relación entre esa realidad tan dura con las cifras que guarda en su cuenta bancaria. Jamás pensará que en el proceso de acumulación en que ha basado su vida ha dejado un tendal de realidades similares. Nunca se le ocurrirá considerar que su carrera por ocupar el podio de los más ricos es la principal responsable en la producción de semejante desigualdad.
En beneficio de la duda, quizá le han explicado las cosas de una manera diferente; que los que no alcanzan su posición son vagos o incapaces; que con empeño, trabajo y sacrificio cualquiera puede enriquecerse; que la pobreza es inevitable; que la culpa la tienen los malos políticos porque no administran bien; que la voluntad produce milagros. Tal vez crea que el incremento de su fortuna podría, en un futuro impreciso, terminar con un problema tan lastimoso.
Entonces, pone su empeño en eso y hace lo imposible por multiplicar su capital al infinito, aunque para eso deba apelar a recursos que lo incomoden con su almohada. El sueño tarda en llegar porque busca la manera de sacar el máximo beneficio de sus recursos, convencido de que así, esa familia que visitó para lo que sea dejará de estar en esa situación lastimosa. Gastar lo mínimo para ganar lo máximo es su primordial mantra, aunque deba ahorrar en insumos, infraestructura y salarios, aunque deba cobrar sus productos mucho más de lo que valen. Ah, y evitar en todo lo posible los impuestos, que considera sumas que se pierden en los laberintos del Estado. Porque el Estado es su principal enemigo: una banda de sanguijuelas que trata de vivir a costa de su trabajo.
Mientras este multimillonario guarda en su memoria esas imágenes tan cruentas –la de la familia pobre- no abandona su suntuosa vida: viajes, fiestas, mansiones, coches, yates, aviones. Y en ese contexto publicitario –tan lejos de ese espantoso cuadro- comparte horas con sus pares, tan ricos como él y educados en los mismos principios. Si surge el tema de la pobreza, saltarán las mismas justificaciones desde distintas bocas, llenas de caviar y champaña añeja.
Y podemos especular un poco más con la vida de este multimillonario que visitó una villa para lo que sea: tal vez, una vez a la semana, asista a alguna ceremonia religiosa y escuche al cura, pastor o rabino que habla de pobres y una lágrima amenaza con resbalar por su mejilla. Después, para atenuar su enemistad con la almohada, deja que un par de billetes vuelen hacia la alcancía de las limosnas. En el camino a su casa, donde lo espera un abundante asado dispuesto por sus amables empleados, sigue pensando en esa familia, que seguramente tendrá poco y nada para nutrir su mesa dominical. Lo mejor, piensa, será que mi empresa siga creciendo.
La realidad es otra cosa
Este multimillonario que visitó una villa para lo que sea puede ser un ingenuo acosado por enormes contradicciones, que son desencuentros involuntarios entre el pensar y el hacer. Pero es un poco difícil creer que el universo de los más ricos esté poblado por individuos tan cándidos. En verdad, para alcanzar esas cifras de muchos dígitos, el abandono de la candidez debe ser imprescindible. La mayoría de los multimillonarios –si no todos- son conscientes del estropicio que producen a su paso. Conmoverse por las consecuencias de su crecimiento económico no es más que hipocresía, pero convertir ese camino en programa político es puro cinismo.
Porque el cinismo no es otra cosa que la justificación de la hipocresía. Un asesor económico puede pensar que lo mejor para el crecimiento empresarial es la devaluación de la moneda, eliminación de impuestos y aranceles, baja de salarios y aumento de precios. Claro, estas medidas facilitarán la acumulación del capitalista, pero sostener que ese engendro va a beneficiar al conjunto de la sociedad ya es otra cosa. Suponer que un país va a funcionar mejor con pocos ricos y muchos pobres es no entender demasiado. Pero, si a la vez que se presentan estas demandas, aparece la preocupación por los que menos tienen que no se quejen si los calificamos como cínicos.
Sin dudas, estamos en un momento crucial de esta historia que estamos escribiendo. Las máscaras siguen cayendo y no hay quién las pueda sostener para ocultar esos siniestros rostros. Cada uno puede pensar lo que quiera, pero que se haga cargo. La libertad de mercado no es una garantía constitucional ni una verdad científica universalmente válida, sino una mirada ideológica sobre el ordenamiento económico de los países. Una libertad que se convierte en libertinaje cuando son unos pocos los que se quieren quedar con todo. El que está de acuerdo con eso que se ponga de parte de los poderosos pero después no venga con lágrimas domingueras ni fotos de niños desnutridos. El que apoya esta mirada individualista e inequitativa de la distribución de la riqueza termina siendo un hipócrita si se conmueve por la pobreza. Al neoliberal no le importa el otro y menos aún si ya no le queda más jugo para succionarle.
Por si alguien no está muy seguro de estas afirmaciones, que intente responder unas preguntas: ¿a quién benefician las medidas expuestas por los economistas del establishment?; ¿aliviar la carga impositiva de los que más tienen va a mejorar la vida de los menos favorecidos?; ¿de qué manera aportará al conjunto que eliminen tres millones de jubilaciones?; ¿cómo mejorará la vida de todos que nos bajen el salario y a la vez, nos aumenten los precios? Si logra responder con cierta lógica esta serie de preguntas, debería hacerse una más: ¿por qué me conmueve y enoja un documental sobre la desnutrición infantil en el Norte Argentino y a la vez me opongo a los planes, apoyo a los poderosos y protesto porque le dan jubilaciones a cualquiera? Y si sale indemne de ese interrogante, puede probar con una última: ¿no seré un hipócrita con mérito suficiente para ascender a cínico?

4 comentarios:

  1. Describiste muy bien a Kristina, militonto, segui escribiendo asi que tu jefa te paga por palabra. Te lo digo de onda, pelado pocofollower!!!

    https://nomadecosmico.wordpress.com/tag/cfk-miente/

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    1. Tu insulto me ennoblece. Al menos pongo mi nombre. No tengo jefa sino que escribo lo que siento y lo que me da la gana. No cobro ni un centavo. De paso, expongo mis argumentos con fundamentos. La proxima agresión la borro.

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  2. "Gastar lo mínimo para ganar lo máximo", toda una definición, toda una propuesta de vida; toda una manera de ver la vida, toda una manera de manejar a la gente.

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  3. na:::en qué categoría habría que poner a los hijos de millonarios, que, no por casualidad, Clarín a ordenado votar -parece que uno u otro da igual- en las próximas Noelecciones?

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