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lunes, 24 de agosto de 2015

Carroñeros con todas las letras



Dos meses quedan para la Gran Final y la oposición se debate entre pegotearse en una coalición anti K o arrojar todos los muertos posibles sobre el escritorio de Cristina. Lo primero es imposible, al menos legalmente; tampoco garantiza nada de cara al futuro: tan sólo la ilusión de ganar el partido. Lo segundo –reemplazar la política con la necrofilia- es pura mugre. Así quedan los carroñeros cuando se dan un festín: con las fauces emporcadas con la carroña. Así quedarán ellos, los que destilan denuncias infundadas, pergeñan operaciones y distribuyen acusaciones de homicidio a los cuatro vientos. Hasta con sus metáforas opositoras juegan con la muerte: “no maten al campo” es el lema de la nueva movida de los productores agropecuarios, un intento más de los grandotes por imponer un programa neoliberal para incrementar sus ganancias. Todo pasa por eso, por restaurar un pasado que sólo beneficiará a unos pocos y dejará al resto lejos de cualquier idea de bienestar.   
El 2008 ya está lejos, no sólo en tiempo sino en símbolo. Entonces, el Campo sirvió como alegoría aglutinante de una oposición incomprensible. Muchos de los que nutrieron la comparsa de la Mesa de Enlace, hoy observan con recelo este reiterado lamento de los angurrientos. Lejos de la identificación automática que casi se lleva puesto al Gobierno, el lockout de esta semana sólo despierta indiferencia. Claro, ahora sabemos que la eliminación de las retenciones –tema central del reclamo- no va a beneficiar al conjunto de la sociedad, sino todo lo contrario.
Nadie quiere matar al Campo, tan sólo contener la avidez de los que se creen dueños del país. En realidad, ese diez por ciento que maneja el 80 por ciento de la producción agropecuaria es el que pone en riesgo el equilibrio vital de nuestra economía. Siempre especulando, amenazando, despreciando. Nunca pierden pero siempre lloran. Y si encuentran algún candidato que se haga eco de sus demandas, sus lágrimas recrudecen como si fueran los participantes del casting para un culebrón. Esta vez deben quedar clamando en soledad, viles en su individualismo despótico, en su imposibilidad de pensar en el conjunto, en la obscenidad de su angurria. Solos y repudiados merecen quedar estos grandes productores por querer endosarnos el saldo negativo de su más descontrolada especulación.
Pestilencias y perfumes
No sólo ellos merecen la soledad, sino todos los que día a día contribuyen a malograr nuestro ánimo con su prédica estercolera, los siervos de los poderosos que se disfrazan de periodistas comprometidos y los gerentes que se muestran como candidatos del cambio. Esos que siembran desconfianza para cosechar deslegitimación, que hablan con éxtasis de las instituciones pero no pierden oportunidad de pisotearlas, que recitan principios constitucionales pero destilan veneno hacia las mayorías. Esos que impulsan la unión pero redoblan sus esfuerzos para ensanchar la grieta.
¿Qué merece la diputada Elisa Carrió, después de ofrecer su departamento para una operación deleznable? ¿O los que ostentaron oportunismo ni bien apareció el cadáver del fiscal Alberto Nisman? ¿O los que alucinan con un crimen político ante cualquier homicidio? ¿O los que se escandalizan por la violencia que ellos mismos generan? Todos estos –un puñado de cínicos- merecen algo más que el repudio porque no juegan limpio, porque son los que pinchan la pelota cuando ven que están perdiendo y después denuncian que la pelota está pinchada. Encima se erigen como impolutos próceres que quieren salvar la República, cuando lo que buscan es facilitar el saqueo de los integrantes del establishment.
Lo auspicioso es que cada vez son menos los que se dejan engañar por estos infames personajes. Las urnas están clamando por la continuidad de este proyecto, ante la sorprendida mirada de los que esperan otros resultados. Estos estafados por los medios que consumen a diario no pueden comprender que algo tan malo sea elegido por la mayoría. Porque, aunque la cotidianidad lo desmienta, están convencidos de que el kirchnerismo ha hundido al país. Si la pantalla afirma que esto es una dictadura y que estamos peor que nunca habrá que votar al primer monigote que se comprometa a cambiar todo.
No, ni esto es una dictadura ni estamos peor que nunca y el que se compromete a cambiar todo también dice que va a continuar con todo. Que es un monigote es lo único cierto. Un monigote peligroso que esconde las peores intenciones de la pandilla de rapaces que representa. Esta semana lo veremos, justificando las mezquinas medidas de fuerza de los que más tienen, repartiendo demagogia tanto a los palcos VIP como al gallinero, prometiendo ajustes y desigualdad en su confusa media lengua. Esta semana lo veremos, con su patricia soberbia a cuestas, intentando disimular la desesperación del que se sabe derrotado, procurando pinchar todas las pelotas posibles.
Hay que estar muy confundido para votar a Mauricio Macri desde la mitad inferior de la pirámide social. Muy extraviado para creer que la pobreza se esfumará con su porteño pase mágico. Muy embrollado para confiar en el modelo del derrame que promete, una vez más, su tortuoso y exiguo goteo.   
No todo está tan mal para el suicidio colectivo, que ya hemos experimentado en varias oportunidades. Alguno dirá “ni todo es tan perfecto como dicen los K”. No estamos en el infierno ni en el paraíso, sino en tránsito hacia un país mejor del que teníamos. Y esto es indudable: hay más argumentos para estar a favor que para estar en contra. Y lo más probable es que los argumentos para estar en contra no sean más que excusas elaboradas a partir de datos inexistentes, hechos que nunca ocurrieron o lecturas malintencionadas de los tropiezos. En cambio, los logros existen, se olfatean en la calle y su perfume consigue sofocar el hedor de la carroña que quiere volver a invadir nuestra Nación.

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