miércoles, 2 de septiembre de 2015

El peligro de ceder



La telenovela del fraude en Tucumán promete ser tan larga y absurda como el romance de ciertos medios con el inexplicable gigoló. Pero mucho más perniciosa, porque entra en juego la voluntad de la ciudadanía que, no sólo está pisoteada sino sometida a una insólita malversación informativa. Que a esta altura de los hechos Clarín y sus candidatos sigan omitiendo quiénes fueron los autores de la quema de urnas es un indicio de eso. Sobre todo porque toman esos incidentes como principal sostén de sus intentos de deslegitimación de las autoridades elegidas. Mientras estas ladinas operetas pretenden malograr el festejo de los triunfadores, las buenas nuevas se filtran para mostrar un horizonte auspicioso que está a disposición de todos los que quieran contemplarlo.
Como si los dioses hubieran levantado el maleficio que nos acosaba, en estos días una serie de números y sentencias confirman que transitamos por el camino más adecuado para construir un país desarrollado y justo. El fallo del Tribunal de Apelaciones de Nueva York que limita las decisiones a la carta del juez Thomas Griesa debería dibujar una sonrisa en el rostro de todos. Esto no significa que el conflicto con los buitres haya finalizado, pero es una señal de que ya no tienen tan buena prensa. Salvo en algunos caranchos locales, como el economista asesor del PRO, José Luis Espert, que lamentó este triunfo del populismo. Un dato más para guardar en el cajoncito de nuestra memoria reciente. Sin dudas, este personaje con un cargo en un posible gobierno de Macri no será más que un traidor a los intereses de todos. Y esta tendencia debe contagiar, seguramente, a todo el espectro del equipo amarillo.
Y para inflamar el hígado de éste y todos los agoreros, la Organización Mundial de Comercio reclamó a Estados Unidos que levante la prohibición al ingreso de carne argentina. El conflicto comenzó en 2001, cuando el gobierno de la Alianza ocultó la existencia de aftosa en el país, lo que nos trajo inconvenientes, como la suspensión del comercio cárnico con el Imperio. Aunque en 2007 la OMC declaró que Argentina está libre de aftosa, Estados Unidos no cambió el estatus sanitario y esto sirvió como inspiración para que las plumas opositoras delinearan sus mejores páginas. Ahora, que no existen esas barreras que nos perjudicaron en unos 1600 millones de dólares, probablemente, guardarán un prudente silencio.
Pero ya estamos acostumbrados a eso. Las buenas nuevas no tienen cabida en ciertos medios. Que la desocupación está en sus niveles más bajos, que el consumo crece día a día, que la recaudación bate records, que la actividad industrial continúa sumando actores, que la construcción es incontenible, que el turismo se ha convertido en un disfrute habitual y muchas cosas más no aparecen en titulares destacados. Y si aparecen, siempre es con una retorcida lectura maliciosa. La impronta machacona y en cadena sólo es recomendada para aquellas novedades que salpiquen barro hacia el gobierno K. Eso se nota tanto que mirar para otro lado requiere un descomunal esfuerzo.
“Ni un tantico así”
Por eso el resto debe mirar hacia el lado que corresponda, para no extraviarnos en el camino. Ya sabemos que no son sólo adversarios los que asechan desde los rincones más oscuros, sino verdaderos enemigos que nos quieren retrotraer a nuestros peores momentos. Cínicos, se presentan como salvadores pero sus aviesas miradas revelan los planes más perversos, esos que nos sumergieron en la desocupación y la pobreza, los que distribuyeron la miseria y se quedaron con el oro.
Todavía estamos pagando sus festicholas y hacen lo imposible para incrementar la deuda que nos legaron. Desaforados, quieren apropiarse de nuestros dólares para fugarlos a algún paraíso lejano. Testarudos, desean restaurar el país desigual de la agro-exportación. Nostálgicos, buscan rescatar del pasado la patria financiera que nos condujo a la ruina. Esto es lo que exigen los economistas del establishment cuando claman por el cepo, lloran por las retenciones o denuncian que estamos aislados del mundo. Tanto los conocemos que no necesitamos subtítulos para comprender sus parlamentos.
Entonces, no hay que ceder. Mientras más se enojen, mejor nos irá. Mentira que quieren el diálogo: sólo pretenden obediencia. Ellos hablan de autoritarismo porque ya no pueden mandar y es mejor que así sea. Cuando el Poder Económico tome el timón, sin dudas, nos conducirá hacia el iceberg. La crisis que están atravesando los países del otrora Primer Mundo es una muestra de ello, una postal que debemos evitar. Y la experiencia de Grecia es la consecuencia de ceder a las presiones de los poderosos. Ni hablar de Brasil: Dilma intentó una aproximación que fue tomada como debilidad y ahora le quieren pasar por encima. No, no hay que ceder, no hay que concederles una sola de sus demandas. Una sola sonrisa que les destinemos y se sentirán tentados de dar rienda suelta a sus angurrias. Una advertencia, nada más.
Con el Círculo Rojo no tenemos nada que ver. Ni con sus sirvientes, que nos dicen a toda hora que son el pilar de nuestra economía. Mentira: no son las grandes empresas las que contribuyen a nuestro desarrollo. Casi lo contrario. Daniel Scioli parece que lo ha comprendido. Aunque muchos no lo crean, no es el mismo de unos meses atrás. La búsqueda del consenso con estos personajes no es una buena estrategia para continuar con este proyecto. Cuando reconoce que las pequeñas y medianas empresas “generaron el 70 por ciento de los puestos de trabajoes porque las considera dentro de la “gran agenda del desarrollo argentino y son la garantía de sustentabilidad del mercado interno”. Pero lo más importante de sus conceptos es “que no hay desarrollo sin industria, ni industria sin Estado”.
Un poco más claro: la especulación financiera, la avaricia terrateniente y la exportación desaforada no contribuyen al desarrollo ni a la distribución del ingreso sino al incremento de los privilegios de unos cuantos individuos. El bienestar compartido se construye entre los medianos y los pequeños. Los Grandotes, sólo conspiran para quedarse con todo.

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