lunes, 2 de noviembre de 2015

Incontinencia neoliberal



Si a los del PRO les molesta que se agiten los fantasmas del pasado, que dejen de hacer propuestas noventosas. Si son ellos los que quieren cambiar “futuro por pasado”, como vociferó la electa gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, en una inoportuna traición de su subconsciente. Cualquiera puede equivocarse en medio de semejantes festejos, pero otros referentes del espacio opositor, en pleno uso de sus facultades, ya están anticipando cuáles serán las medidas que se tomarán para que el futuro se convierta en pasado. Y no hace falta buscar archivos de unos meses atrás. Ahora que están en una nueva campaña, han cambiado en serio: en lugar de las propuestas amables con que han conquistado un lugar inmerecido, están anunciando cómo nos castigarán si nos atrevemos a elegirlos. En serio, como si no quisieran ganar, como si ya se sintieran satisfechos con haber logrado usurpar el centro del país.
Aunque todavía no asumió, Vidal ya está asustando. Los gremios, ante la mención de recortes y ajustes, se están preparando para resistir. Un escenario perfecto para los amarillos: un caos provocado por ellos mismos que siempre termina en represión, un ejercicio periódico para que la tropa pueda mantener bajos los niveles de colesterol y triglicéridos. La encantadora Vidal de los spot televisivos está despojándose de su máscara. Si tuviera la intención de aportar votos para la victoria de Macri, mantendría su amable maquillaje por unos cuantos días. ¿Para qué apurarse a mostrar su verdadero rostro? Los legisladores deberían pensar alguna normativa para que las promesas de campaña sean compromisos asumidos, porque si no, se convierten en publicidad engañosa. Y los votantes, primero envueltos en una estafa y después, víctimas del despojo.
Pero no sólo Vidal está pateando en contra de la campaña de su jefe político. Los asesores económicos y potenciales funcionarios no atinan a contener su verborragia neoliberal. El puro pasado sin disimulo. Hasta Carlos Melconián se atrevió a mencionar la necesidad de elevar la edad jubilatoria. A coro, todos claman por la devaluación de la moneda, la reducción impositiva y la disminución del gasto público. Desde Martínez de Hoz escuchamos estas demandas y vienen a reclamar que no agitemos los fantasmas del pasado. Y si nos espantamos es porque cada vez que se aplicaron estas medidas terminamos en crisis fenomenales. “Y en el mismo lodo, todos manoseaos”. Todos no, porque siempre hay unos cuantos que se enriquecen con nuestras catástrofes. En realidad, nunca dejan de enriquecerse pero parece que les gusta vernos sufrir.
Recuerdos del futuro
El lector podrá hacer un ejercicio para comprender el trasfondo de cada propuesta que consiste en preguntarse cuál será su beneficio. De esta manera, es probable que se enrede en un laberinto que conduzca a los verdaderos beneficiados entre los que, por supuesto, no estará el meditabundo leyente. Con la devaluación de la moneda no hace falta pensar demasiado, porque en nuestra historia se encuentran los más dramáticos ejemplos. Un aumento brusco del dólar lo único que logra es incrementar en pesos la fortuna de exportadores y perpetuos coleccionistas de la moneda verde. Un beneficio temporal para los que están acostumbrados al vértigo. Para el resto de los ciudadanos, la disminución de nuestro poder adquisitivo ante la escalada de los precios internos que una devaluación provoca. Una bestial transferencia de recursos hacia los que más tienen.
La eliminación de las trabas al comercio exterior también aparece entre las propuestas de los economistas amarillos. Que no se preocupe el lector, nuestra historia también nos muestra episodios ilustrativos. Si se libera la exportación y con un dólar alto, los productores venderán todo dejando desabastecido al mercado interno. Si la importación se vuelve indiscriminada, entrarán artículos a precio de dumping y con cero aranceles que eliminarán toda competencia vernácula. Sólo quedarán en pie los importadores y los pocos que tengan espalda; el resto de las fábricas bajará sus persianas y la desocupación comenzará a extenderse. No, con esto tampoco se beneficiará el lector.
Lejos de la amigable cámara publicitaria, la candidata a vice presidenta de Cambiemos, Gabriela Michetti protestó: "no podemos pagar la luz, el gas y el transporte como lo pagamos. La clase media paga tarifas irrisorias". ¿Y cuál es el problema?, será la pregunta del lector para poder de-construir esta amenaza macrista. El Estado destina 150 mil millones de pesos al año para subsidiar nuestros servicios. Si se elimina esta transferencia, habrá menos dinero en nuestros bolsillos, tendremos 150 mil millones menos para consumir en otras cosas y eso, ya sabemos es un camino que conduce a la recesión y el desempleo.
En todo lo que proponen los socios de este club que, en apariencia, pretende gobernar Argentina, domina la intención de revertir el círculo virtuoso de la economía para retornar a la amorfa figura geométrica a la que nos sometieron antaño. El tortuoso modelo del derrame. Si el lector presta atención, todo apunta a favorecer la concentración de la economía en pocas manos, porque serán los que más tienen los sobrevivientes de la hecatombe que prometen. Y el resto –algunos adherentes de estas ‘novedosas’ ideas- quedará en la periferia clamando por migajas. Como inauguramos el siglo, precisamente.    
En todo está la idea de un Estado garante del enriquecimiento y protector de esas fortunas; obediente para tomar las medidas necesarias para acelerar el crecimiento patrimonial; pequeñísimo, para que no sea necesario recaudar tantos impuestos. Ahora mismo están anunciando recortes en la provincia de Buenos Aires, a la vez de una reducción impositiva. Los beneficiados son los mismos y los perjudicados, los de siempre, nosotros.
En estos días comenzará la campaña. Estas voces nostálgicas del horror se acallarán para dejar lugar a los que saben pronunciar amorosas frases de autoayuda. Mientras muchos sectores advierten sobre los peligros del afán recortador del PRO, los medios hegemónicos se ocupan de limar sus asperezas. Todo está en manos de la decisión soberana del pueblo, algo difícil de lograr si gran parte de los votantes son sólo público cautivo de comunicadores que ayudan a tender la peor de las trampas.     

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