miércoles, 4 de noviembre de 2015

Nuevas travesuras de los medios hegemónicos



El establishment, Clarín y sus acólitos tienen razón: el kirchnerismo está haciendo campaña con el miedo. Difundir quiénes son los economistas del PRO y lo que harían de llegar al gobierno produce algo más que miedo;  es revolver un tonel de estiércol. Y eso, además de asustar, es por demás de sucio. Si descubrir lo que hay detrás de los amables candidatos que han conquistado el corazón de muchos argentinos es una campaña sucia, deberemos encararla para evitar que los votantes sean engañados. Parece mentira que los que tienen el poder para hacer saltar el país por los aires con corridas cambiarias, desabastecimiento o estampida de precios, los que nos bombardean a todas horas con catástrofes no ocurridas y hecatombes que nunca se producirán, los que calumnian a cuanto funcionario se cruce en la mira, los que demonizan a militantes hasta la parodia se alteran porque consideran que revelar sus tretas es hacer campaña sucia. En realidad, todos estamos sucios. Mientras siga existiendo un monstruo mediático capaz de mentir y confundir el entendimiento hasta hacer ver como Heidi a Cruela de Vil todo será sucio.
Que un personaje procesado por escuchas ilegales, con más de doscientas causas abiertas, perdonado por contrabando de autos, creador de una fuerza policial para castigar indigentes, admirador del intendente Cacciatore -funcionario de facto que contribuyó al patrimonio familiar- y que se enriqueció con nuestra deuda haya sido dos veces Jefe de Gobierno porteño y sea candidato a presidente es producto de una suciedad constante. Que ese mismo candidato represente sin pudor intereses minoritarios y foráneos y a la vez logre el apoyo de más del 35 por ciento del electorado sigue en línea con la misma mugre. Estos medios se pasan la vida propalando miedos y ensuciando nuestra vida y vienen a denunciar que el miedo y la suciedad vienen de otro lado. De locos. ¿Habrá algún incauto que crea en esta nueva opereta que presenta como víctima al victimario de siempre? ¿Algún televidente cautivo se sentirá indignado por esta nueva ficción hasta poner su cacerola a disposición de una protesta contra la campaña sucia? ¿Quedará algún mayor de 30 años que no vea al lobo debajo de la piel del cordero?
 ¿O no es campaña sucia que hablen de amar, ayudar, proteger cuando en realidad están pergeñando ajustes, devaluación y liberación del mercado? Y ahora dicen que denunciar esto es meter miedo. ¿O no es campaña sucia que quienes se opusieron a la estatización de los fondos en manos de las AFJP, de Aerolíneas y de YPF se presenten como defensores de nuestros intereses? ¿O no da miedo que quienes dieron la espalda al matrimonio igualitario, la fertilización asistida, la identidad de género, el estatuto del peón rural y la prohibición del trabajo infantil se conviertan en garantes de nuestros derechos? ¿Qué artilugio han utilizado para que confíen en Macri como impulsor de la educación de calidad si no hace mucho protestó por “eso de poner universidades por todos lados”? ¿Cómo creer que nos van proteger quienes quieren abrir la tranquera para que se metan las más hambrientas fieras? Si algunos se han dejado embelesar por las promesas amarillas no es tanto por el histrionismo de los candidatos sino por la incesante campaña que desde hace años ejecutan las propaladoras de estiércol. 
El Grito Sagrado: Macri no
Si uno observa las tapas de Clarín desde finales del siglo pasado hasta ahora, encontrará una lógica que enfurece: generan el problema con rumores, presentan la solución, que genera nuevos problemas hasta que llega la solución propuesta por una nueva tapa que, a su vez, generará nuevos problemas y así hasta nuestros días. La única diferencia es que desde 2003, las tapas no condicionan las decisiones ni imponen las medidas. Sólo lo intentan. Ahora, el establishment que se escuda detrás de esas portadas corea el nombre de Macri como la solución de los problemas imaginarios que, una vez que asuma, se convertirán en problemas reales y hartamente conocidos: desocupación, explotación, exclusión, represión, recesión. No lo hacen de puro malos. Con cada crisis, llenan sus arcas mientras los demás quedamos boqueando. Ahora lo quieren hacer de nuevo.
Pero un clamor está recorriendo el país, una suave ventisca que está refrescando la densa atmósfera pos electoral. Después de la atroz sorpresa de ese domingo, sobrevino el desánimo. La tibia victoria tomó sabor a humillante derrota. Los números habían enloquecido. Una noche sin dormir, a la espera del dato que dé vuelta todo. En vano. Dudas, explicaciones, rumores, excusas. El enojo de Aníbal Fernández por la operación mediática en su contra intentaba disimular su impotencia. Muchos le dicen “la morsa” a partir de esa fábula de Lanata representada en el comedor de la diputada Elisa Carrió. Antes, no. Una evidencia del daño que puede producir sobre una persona la patraña que se convierte en verdad. Pero puede producir un daño mayor cuando incide sobre la decisión del votante. Si eso contribuyó a su derrota, hay que pensar seriamente nuestra convivencia con los medios hegemónicos. Una batalla desigual en la que la democracia puede terminar derrotada. El bien común sometido al capricho de los titulares.
Entonces, comenzó a susurrar ese suave viento fresco que se llevó el pesimismo y la desconfianza. Desde muy abajo y hacia todos lados comenzó a bullir una breve frase: Macri no. Pequeños y medianos empresarios, industriales y comerciantes encendieron sus alarmas: serían los primeros perjudicados con la apertura de las importaciones. Obreros, empleados y cuentapropistas serían los segundos. Todos, los terceros. Docentes, científicos, investigadores también están preocupados porque los intereses del Ingeniero Amarillo no pasan ni cerca del desarrollo de la ciencia. En realidad, los intereses que representa no pasan ni cerca de ninguno de nosotros. Entonces, ocurrió la contra hegemonía. De pronto, tomamos la palabra y nos animamos a todo para decir Macri no.
Pintadas, carteles, mensajes de texto, carteles en las redes sociales con un Macri no que recorre el país. Además, un estado asambleario nos reúne en plazas, clubes o cualquier esquina. Cada clase se transforma en un Macri no; cada charla de café, cada espera, cada intercambio ocasional. Hasta las mascotas parecen ladrar o maullar en clave de Macri no. Esta es la campaña a la que le tienen miedo, la que no pueden controlar con cortes publicitarios ni distorsionar con irónica locución. Esa es la campaña que denuncian como sucia porque está en nuestras manos. Una militancia impensada y dispersa a la que no pueden poner nombre ni demonizar. Si superamos con éxito este tropiezo, debemos buscar el equilibrio entre las voces, con todo lo que eso significa. Sólo así podremos comenzar a limar los privilegios de los que quieren extirparnos todos nuestros derechos.

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