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lunes, 16 de noviembre de 2015

Un maquillaje que se desmorona



La palabra ‘cambio’ es la principal víctima de esta campaña, sobre todo de aquellos que la usan como nombre de fantasía para su minoritario club de amigos. Tan ‘buenas’ son las intenciones de Mauricio Macri que su ideólogo, Jaime Durán Barba, ordenó a los asesores económicos que calmen su ansiedad destructora por unos días y dejen de anunciar sus tóxicos remedios para enfermar y expoliar al país. Hasta le pidieron a Domingo Cavallo que suspenda sus piropos al candidato amarillo hasta después del balotaje. Mientras tanto, la mutación PRO continúa y con ella, se profundiza el cinismo. María Eugenia Vidal afirma –sin rubor- que el ministro de Economía de Macri será menos importante que el de Educación y Salud, Federico Pinedo asegura que el horizonte es el gobierno de Kirchner –al que había que “tirar por la ventana porque no lo aguantamos más” (Mauricio dixit)- y el propio Alcalde sorprende al aconsejar no pensar tanto en el dólar. Un camaleón envidiaría tanta capacidad y rapidez para el camuflaje. Una estafa con todas las letras que el debate logró desnudar, a pesar de los esfuerzos del Gran Simulador para esquivar los estoques de Daniel Scioli.
Sólo los cómplices y seguros beneficiarios de los planes quirúrgicos no enumerados en los spots pueden apoyar a Cambiemos. Los demás están engañados, envenenados, confundidos, extraviados. Tal vez se asusten con la impronta belicista del kirchnerismo –más mediática que real- pero es imposible combatir la injusticia con buenos modales, más aún cuando los que la provocan quieren conservar y multiplicar sus privilegios. La confrontación es necesaria si se quiere construir un país desarrollado y equitativo. Sobre todo con los integrantes del establishment vernáculo que, de tan angurrientos y tránsfugas, en los países que toman como modelo serían considerados delincuentes. Con ellos, el diálogo sólo es posible con la premisa de la obediencia y eso no es democracia.
Quizá estos votantes no imaginan que serán los primeros desplazados por la podadora macrista. Claro, durante todos estos años, los medios que deforman su entendimiento han construido un enemigo del Gobierno que más derechos ha incorporado en la ciudadanía, más crecimiento ha generado con sus políticas inclusivas, más desarrollo científico y tecnológico ha impulsado, entre muchos otros logros que sería extenso enumerar. Tanto deforman el pensar cotidiano que han logrado que muchos vean como aliado al que seguramente cercenará gran parte de esas conquistas y del bienestar alcanzado. Tanto, que consideran salvador al que será su verdugo.    
La arena del debate
Los dos candidatos prometen continuidad con cambios, pero uno de los dos miente. No es difícil saber cuál. ¿Cómo podemos creer que quien denostó todas las medidas tomadas tanto por el gobierno de Kirchner como el de Cristina será el designado para mantenerlas? ¿O que el incumplidor de todas sus promesas al frente de la CABA va a cumplir con todas las que hace en sus spots de campaña? ¿O que se logrará disminuir la pobreza con el listado de medidas que proviene del FMI? ¿O que Macri sea el encargado de distribuir el ingreso si hasta no hace mucho protestaba contra esa idea? ¿Cómo va a llevar adelante un Estado que nos cuide alguien que pretende reinstaurar el liberalismo absoluto? ¿Cómo va a proteger a los que menos tienen el que creó una fuerza policial para molerlos a palos?
Nada de esto respondió Mauricio Macri en el debate presidencial. Agresivo, evasivo, canchero. Triunfador, se sintió el Alcalde porteño, pero no le salió. Atado a las mentiras y estigmas planteados por los medios dominantes, parecía empecinado en convencer a un Scioli descarriado, en lugar de hablar a un votante indeciso. “Mirá en lo que te convertiste; parecés un panelista de 678”, agredió, con picardía. De acuerdo al clima instaurado por el establishment mediático, estaba crispado. Sin dudas, se mostró a la defensiva, aunque no fue atacado. La ayudita de Bonelli respecto a la pobreza infantil citando un dato inexistente de la Unicef no sirvió para encumbrar al candidato de la derecha vernácula.
Y Scioli dejó correr muchas cosas. Macri puso como ejemplo a la Metropolitana, responsable de atrocidades indefendibles: la represión en el Borda y el intento de homicidio a Lucas Cabello. Macri mintió con la devaluación, el crecimiento y el ajuste anunciado por sus economistas. Macri eludió responder por qué se opuso a todo lo que ahora dice apoyar. Scioli no le preguntó por qué redujo año a año el presupuesto educativo. Pero el Ingeniero estaba nervioso, belicoso, embustero. Scioli no rememoró la célebre frase del Alcalde, que en su gobierno se terminará el curro de los DDHH. Todavía duele que haya confundido el apellido de una de las Madres de Plaza de Mayo –la más emblemática- con la marca de un café.
Claro, no se puede hacer mucho en tan poco tiempo. Los ejes temáticos propuestos por los organizadores, amplios y difusos, más las sugerencias de los moderadores no caben en pocos minutos. Tampoco alcanza para corregir todas las mentiras que desplegó el candidato opositor. Ni sus inconsistencias. En el módulo Calidad Institucional, Macri propuso una reforma electoral con su sueño del voto electrónico incluido y agregó que pondrá freno a las re-elecciones indefinidas, como si eso estuviera en sus manos. Si conociera el tema, sospecharía que los distritos tienen la facultad de disponer de sus instituciones sin injerencia del Gobierno Nacional. También debería saber que no es un buen ejemplo que el juez Claudio Bonadío haya concretado un allanamiento en Río Gallegos con el auxilio de la policía Metropolitana, porque eso es como una invasión unitaria al estilo siglo XIX.
Aunque Clarín trate de poner humor con el título principal de la tapa –“Macri lució tranquilo ante un Scioli tenso”-, el propio Alcalde reconoció la derrota. En dos o tres oportunidades advirtió su fracaso en sus intentos de convencer a Scioli, hasta que pronunció esa frase fatal: “me rindo”. El ex Gran Diario Argentino habrá estado mirando otro canal. La pose de Macri, desde el momento en que apareció en el escenario, no era la acostumbrada. Ni padre, amigo o empresario exitoso: adoptó el papel del porteño sobrador. Y eso no cae bien en todos lados.
Daniel Scioli, con energía, se plantó como un defensor de todos ante la amenaza neoliberal; intentó en todo momento desenmascarar la falacia de Cambiemos; señaló contradicciones, incumplimientos y falencias de su gestión en la CABA. Hasta se dio el gusto de denunciar plagio en el plan Belgrano que esgrime Macri. En el poco tiempo que tuvo, resaltó que el postulante amarillo privatizará los ministerios al poner gerentes del establishment como funcionarios.
Ante un Macri que intentó dar los primeros golpes, Scioli se mostró decidido a defender un proyecto. En esto fue claro: no habló de Cristina ni de ninguno de sus funcionarios sino de los logros colectivos y del camino hacia lo que falta. En la arena del debate, Macri perdió un poco de su maquillaje: cambiará todo aquello que dificulte la acumulación de los mismos de siempre. Scioli, en cambio, mostró la firmeza necesaria para continuar por el sendero que estamos transitando y para defender nuestros derechos. La victoria está al alcance de nuestra mano porque estamos más juntos que nunca y además, Macri ya se rindió.

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