lunes, 15 de febrero de 2016

Las primeras cuotas del infierno amarillo



Fuera de la armónica escenografía que construyen sus asesores, el empresidente no puede encontrar el amor prometido. Cuando se topa con la vida real, algún cartel o un pibe arisco arruinan la foto. Menos mal que la fisura en la costilla le sirve como excusa para ausentarse de territorios hostiles, como la cumbre de la CELAC o la ciudad de San Lorenzo. Y en los que prometen ondas positivas, los asistentes se pueden contar con los dedos. Aunque conquistó el número en el balotaje, no puede cautivar el corazón ni de sus propios votantes. Quizá no le interese, por temor al denostado populismo, que tanto utilizó durante la campaña. Mientras la vicepresidenta demuestra haber asistido a pocas sesiones del Senado con su inexperiencia en el protocolo, Mauricio Macri insiste en gobernar para unos pocos a costa de sacrificar a muchos. Eso, a la larga, se paga. O más a la corta, de acuerdo a la caída de su imagen positiva, cuando apenas hemos pagado dos de las 48 cuotas que nos quedan del gobierno del cambio.
Desde Calingasta, San Juan, el ex presidente de Boca, reafirmó su compromiso irrenunciable… con los que más tienen. Por supuesto, siempre está el disfraz. “La minería se empezó a desarrollar con ciertas reglas y lamentablemente hace más de 10 años alguien violó esas reglas y puso las retenciones a la explotación minera, sacándole recursos a San Juan para llevárselos a la Nación, que son recursos que los sanjuaninos necesitan para seguir desarrollándose”. Para él, cobrar impuestos es violar una regla sagrada y, aunque esté a cargo del Ejecutivo Nacional, el Estado sigue siendo el enemigo.
En realidad, esos recursos por retenciones, tampoco quedarán en San Juan. Esos 3300 millones de pesos, que no irán a las arcas del Estado ni se invertirán en su totalidad en las provincias explotadas, volarán derechito a las casas matrices como remisión de utilidades. Las ganancias de las empresas mineras se han multiplicado gracias al incremento del 52 por ciento en la cotización del dólar y nadie verá un centavo de ellas. Esas son las reglas y Macri es garante de que nadie las viole.
Después, “Macri=hambre” fue la sentencia que se coló en la alegría del sábado. Y “No fue magia”, la frase eterna que le quitó todo mérito. La inauguración del primer tramo de la electrificación de la línea Roca servía para demostrar dos cosas: que su gobierno es eficiente y que algunos opositores le rinden pleitesía. Lo primero es un simulacro porque hasta ahora su presencia coronó la ampliación de un supermercado y las obras ferroviarias que ya estaban terminadas antes del 10 de diciembre. Nada realizado por él durante su gestión, que apenas lleva dos meses, lo cual es comprensible. Lo segundo, la pleitesía de los opositores, es discutible. Al menos, en este caso. La presencia de Florencio Randazzo no sugería sumisión, de acuerdo a las opiniones vertidas a la prensa y menos traición, pues estaba para reafirmar la autoría de la obra. Y el escaso público que se acercó hasta el lugar no se mostraba muy festivo.
Fabricantes de una crisis
La alegría amarilla se desinfló apenas inaugurada. La persecución de periodistas y medios consustanciados con la gestión anterior provocó satisfacción en unos pocos. El salvaje despido a los empleados estatales dejó víctimas hasta en los que habían optado por el cambio. La ilegal y vengativa prisión de Milagro Sala resulta tan incómoda que hasta el Papa Francisco le envió un rosario bendecido para demostrar de qué lado está. El temor a que la cosa se ponga más fulera ha borrado las distendidas sonrisas que antaño adornaban a los transeúntes.
No es para menos: la inflación que hasta hace unos meses sólo se notaba en alarmantes titulares, ahora se hace visible como una amenaza palpable y cotidiana. Tanto, que ha desplazado a la inseguridad como principal problema. Los números en la CABA aseguran que en enero trepó a algo más de 4 por ciento, un poco alta para los que se espantaban con números menores y se mostraron como expertos en el tema. Y, como un trago de su propia medicina, en breve aparecerá el famoso Índice Congreso, no elaborado por Jorge Todesca, que ahora que está del otro lado del mostrador no se atreve a mostrar un número ni presentado por Patricia Bullrich y Laura Alonso, sino por el nuevo amiguito Sergio Massa.
El Gran Equipo –una banda de simuladores- no habla de inflación, sino de sinceramiento. En todo caso, la sinceridad es la que guía a la ortodoxia económica: todo el país debe estar dispuesto a enriquecer a unos pocos. Y las explicaciones son evasivas, como si la inflación fuera una fatalidad divina y no una acción deliberada para apropiarse de los ingresos de la mayoría. Víctor Fera, dueño de Maxiconsumo, desafió a Alfredo Coto “a debatir si son o no formadores de precios”, en respuesta al juego del Gran Bonete que propuso el empresario que nos conoce a todos. Una discusión que sólo se puede saldar con fuertes controles a la cadena de comercialización, para que un kilo de peras que sale de la huerta a 15 centavos no llegue a las góndolas a más de 25 pesos. Guillermo Draletti, vicepresidente de la Unión General de Tamberos, aseguró que “tenemos entre productor y consumidor la brecha de precios más grande del planeta”. Cuando no hay responsabilidad social y prima el latrocinio, la libertad de mercado se transforma en libertinaje de piratas. Y las víctimas somos nosotros, más indefensos que nunca, porque ahora, hasta el Estado se pone de parte de los vándalos.
Pero la estrategia de las máscaras comienza a perder su eficacia. A pesar de que Macri mantiene una aprobación moderadamente alta, en 40 días ha perdido casi diez puntos. De acuerdo a un estudio elaborado por Roberto Bacman para Página/12, la desaprobación subió y la aprobación bajó en la misma proporción y por primera vez, los insatisfechos con el gobierno de Macri superan a los satisfechos, con un 49 a  48. Y si, de acuerdo a lo anunciado por el presidente amarillo, deberemos padecer más de esto durante tres o cuatro años, es fácil suponer que la caída será mayor.   
El plan de catálogo que aplica el gobierno no sólo multiplicará la inflación, sino que instalará problemas que ya creíamos superados, como el desempleo y la recesión. El mercado interno –que se convirtió en el sostén de la economía en los últimos años- registra desde hace tres meses una notable desaceleración, con caídas de hasta el 20 por ciento. Y esto no tiene que ver con la pesada herencia, sino con la intención de transferir recursos para probar, una vez más, con el fallido modelo del derrame. Total, como hemos visto tantas veces, la crisis no la pagan ni los privilegiados del Círculo Rojo ni sus secuaces sino nosotros, los que estamos en los pisos inferiores de la pirámide. Pero esta vez no debe ser así: el cambio que padecemos desde el 10 de diciembre es una bomba que ellos mismos están fabricando y, por primera vez en la historia, deberán ser ellos los que padezcan la explosión.

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