lunes, 25 de julio de 2016

La verdad amarilla de esta milanesa



El apunte 800 no se amilana
Las sorpresas no terminan. Del “si se puede” de la campaña pasamos al “por ahora no” de estos días. Contra lo supuesto, ninguna de las concesiones realizadas por el Gran Equipo a los sectores concentrados ha producido siquiera un mísero goteo. Por el contrario, la extorsión continúa. De los millones de las retenciones sólo se volcó una quinta parte; el pago a los buitres, en lugar de inversiones sólo provocó mayor endeudamiento; el desmantelamiento de la ley de medios más que pluralidad trajo monotonía discursiva. Mientras tanto, la voz dominante del oficialismo trata de convencernos de que, aunque estamos peor que hace unos meses, éste es el único camino para estar mejor de lo que estábamos. A la excusa de la pesada herencia se suma la idea del país pobre, que quiere instalar un complejo de inferioridad en un colectivo que empezaba a recuperar su autoestima. El cambio que seducía por su esplendor ahora se opaca por la mezquindad que porta y quienes creyeron en él, de a poco, se están decepcionando.
No bajaron la inflación y duplicaron el déficit; no unieron al país sino que insisten en dividirlo más; prometieron luchar contra la corrupción pero sólo buscan hacerla propia; aseguran que quieren el desarrollo pero aplican medidas altamente recesivas; juran que están recortando gastos, pero aumentan sus suculentos salarios; declaran que echan a militantes que vivían del Estado pero acomodan voluntarios que cobran el doble; dicen que combaten la pobreza pero multiplican la desigualdad; y como la lluvia de dólares se retrasa, presentan como esperanza el blanqueo, que no es más que una amnistía fiscal que perdona a los que nos estafaron. Todo es un doble discurso patológico y contagioso.
Aunque intentan inyectarnos optimismo, cada vez son menos convincentes. Y claro, si esta Revolución de la Alegría es más lacrimógena que una telenovela de los setenta. Las vacaciones de invierno nos encuentran tan magros que en los centros turísticos apenas contabilizan un 50 por ciento de ocupación hotelera. Ni el día del Amigo se topó con monedas en nuestros bolsillos. Según la CAME, las ventas registraron una caída del 7,4 por ciento respecto al año pasado y la mayoría decidió celebrarlo en casa, para no gastar tanto. Encima, la incertidumbre vuelve a instalarse en las decisiones cotidianas: uno no sabe si guardar plata para cuando decidan qué hacer con las tarifas de los servicios o poner unas botellas de aceite a plazo fijo.
¿Adónde está la luz?
Tanto cambiamos que ni nos reconocemos. Hasta hace un tiempo, en nuestra vida había sueños y hoy nos rondan las pesadillas. Antes podíamos proyectar mejoras, adquirir productos, programar viajes y ahora estamos contenidos, precavidos, cautelosos. La sensación de crisis a la vuelta de la esquina nos torna temerosos. Una guadaña amenaza recortar los disfrutes a los que muchos nos habíamos habituado. Las peores postales del ayer vuelven a estar ante nuestros ojos: los contenedores como fuente de alimento y la escuela como el único lugar donde muchos chicos pueden comer.
Las viejas discusiones nunca resueltas parecen revivir en esta restauración inaudita. También desmesurada, porque no es un retroceso a los noventa o a la llegada del neoliberalismo durante la dictadura. Ni siquiera a los tiempos del Centenario, con un trueque del concepto ‘granero del mundo’ por ‘supermercado’, como sugirió Macri varias veces. No, la mirada del empresidente está puesta más atrás para el futuro que pergeña. “Querido Rey, estamos tan angustiados por habernos independizado que queremos volver a ser colonia”, hubiera deseado decir Mauricio en el discurso del Bicentenario. Pero no lo dijo; apenas se atrevió a sugerirlo. Para él y sus secuaces, estamos tan abiertos al mundo que nos convertiremos en cualquier cosa, menos en lo que debemos ser.
Y por este camino, no seremos nada. Y no lo seremos hasta no resolver dudas sustanciales: ¿el país es para todos o para un puñado de privilegiados? ¿Por qué muchos viven ajustados o en la indigencia mientras otros se empachan de lujos obscenos? ¿Hasta dónde quieren incrementar sus fortunas a costa del empobrecimiento general? ¿Por qué tenemos que renunciar a nuestros derechos para obtener la gracia de una mezquina inversión? ¿Por qué los más ricos siempre privatizan sus ganancias y socializan sus pérdidas? ¿Por qué el Estado debe estar a favor de tanta ruindad?
Mientras los medios de comunicación eternizan la foto de López con el casco y el chaleco antibalas, los que están más arriba juegan con una perinola amañada con la que siempre ganan. La Argentina de hoy está en manos de empresarios avarientos que serían inaceptables en los países que siempre ponen como ejemplo. Y lejos de estar agradecidos por gobernar un país rico como pocos, embisten como salvajes para asolarlo. Y la angurria que los impulsa es tan incontenible que hasta despojan a los demás de lo poco que tienen. No les molestan los subsidios, quieren ser sólo ellos sus destinatarios. No quieren un estado mínimo, sino uno enorme al servicio de sus negociados.
Aunque cueste creerlo, los más ricos de nuestra economía envidian nuestros bienes, recelan de nuestros logros, condenan nuestro confort. Y creen que cada moneda les pertenece y estaría mejor en sus cuentas bancarias. En su mirada ombliguista, los sueldos son un gasto, los impuestos a la riqueza, un atropello a la propiedad y las leyes, una limitación de la libertad. Y ahora, que tienen un gobierno cómplice, están más desbocados que nunca.
Y apurados, también. Como si el tiempo les jugara en contra, no saben qué manotear. Si no es la suspensión silenciosa del programa Progresar es la amenaza de subir la edad jubilatoria. Todas las medidas que han tomado hasta ahora han sido para favorecer a los que más tienen. Y como son cínicos, las pocas que parecen beneficiar a los más vulnerables, son puro simulacro. Hasta lo de la transparencia es una pose: sólo codician el botín ajeno. Pero eso no les sale, pues tiran de los Panamá Papers y aparecen los Macri, prueban con Lázaro Báez y encuentran a Calcaterra y salen a cazar una morsa y se chocan con un Sanz.
Mientras Ellos nos entretienen con sainetes televisivos y nos entusiasman con promesas vanas, su ambición hace estragos con nuestro futuro. Mientras el Estado amarillo busca entregarnos al peor postor, tenemos que defender lo que consideramos propio. Y como primer paso, deberíamos diseñar un Estado celeste y blanco que dure para siempre y nos ponga a salvo de estas fieras.

2 comentarios:

  1. ahora me pregunto a donde carajo fueron esos bienaventurados "creativos" que el presidente y su gabinete auguraban en el verano......se los necesita en esos casos donde parece que "no hay alternativa".
    estafa, estafa, estafa que algo quedara......
    un SuperMercado NeoRealista para que la experiencia de comprar sea como en los tiempos de colonia, dale...animate.
    Y quien dice che que Mauri al final cumplira con esa liturgia teologica de traer el "cielo a la tierra"...ese Argentina S.A. TAX HEAVEN si que se puede ver...

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  2. Siempre vale la pena, tener a mano, la mirada realista de este blogg, pero siempre llego a la misma conclusión... hasta q punto crítico pensamos llegar sin levantarnos como pueblo, ante semejante ASALTO??

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