jueves, 7 de julio de 2016

Los pobres del Bicentenario



El crecimiento de la pobreza es el tema de la semana. Los números oscilan entre cuatro y cinco millones de pobres más desde la asunción de Macri. Antes también había muchos, pero ahora hay más. Que conmemoremos el bicentenario de la Independencia discutiendo la cantidad de pobres en un país que puede alimentar a 400 millones de personas debería avergonzar a esos privilegiados que ven crecer su fortuna cada minuto. No por simple humanidad, sino porque es esa avaricia incontenible la que multiplica la desigualdad. Y también a los dirigentes que pretenden que un goteo esporádico puede calmar las necesidades más elementales de un tercio de nuestros conciudadanos. Y ellos, que jamás han padecido estas carencias, desde sus calefaccionadas oficinas, con sus costosos abrigos y el estómago repleto sólo hablan de semestres o plazos medianos y largos. Ya que el Gran Equipo experimenta tanto con nuestras vidas, deberíamos someter a sus integrantes a un Gran Hermano de la pobreza. Unos días bastarán para que comprendan cuánto sufrimiento generan con casi todas las decisiones que han tomado hasta ahora.
Pero lejos de esto, los gerentes amarillos sólo balbucean excusas y promesas increíbles. Todos menos Macri, que está más preocupado por ser reconocido como un gran bailarín que como un buen presidente. Lo primero avergüenza hasta como chiste y lo segundo ya está descartado al confesar que sus promesas de campaña sólo buscaron engañar al votante. Sus verdaderos propósitos –ésos que merecen el manicomio- están muy lejos de distribuir felicidad y reducir la pobreza. Por el contrario, ha alcanzado la primera magistratura para incrementar cuentas bancarias de los que –como él- ni recuerdan cuánto tienen.
Algunos apologistas satélites no vacilan inmolarse ante micrófonos y cámaras con declaraciones más adecuadas para la galería del ridículo. Un par de semanas atrás, Gabriela Michetti y Javier González Fraga pusieron en agenda la idea de la ilusión de consumo, como cínica forma de atenuar las restricciones de hoy. Para ellos, el bienestar de los sectores medios es el resultado de una fantasía populista. Desde hace años, todos los exponentes de la fuerza gobernante han denostado al ‘populismo’ sin muchas explicaciones pero con bastante bilis. En su gira europea, el empresidente felicitó a Mariano Rajoy por su reciente victoria y, de paso, regurgitó su veneno clasista. Con el aval de su ignorancia hegemónica, sostuvo que el movimiento Podemos “ha estado financiado por el chavismo y por el kirchnerismo” y para que nadie dude de la moraleja, explicó “que forma parte del populismo”. Esa es la etiqueta que utilizan para rechazar de plano cualquier intento de mejorar la vida de los más vulnerables que no sea el modelo del derrame que llevan impreso en su oligárquico ADN.
Ni saben qué decir
En cuanto olfatean un atisbo redistributivo, empiezan con sus cantinelas del Estado elefantiásico que incrementa el gasto público. Aunque el neoliberalismo sólo produce desigualdad en todo el mundo, sigue siendo el modelo con mayor consenso. Su lógica bestial logra convencer hasta a sus principales víctimas. Hasta parece indiscutible que los estados deban facilitar las ganancias de las empresas más encumbradas para que produzcan un gradual derrame con sus contenidas inversiones. El resultado siempre es el mismo: enriquecimiento para unos pocos, miseria para muchos, gobiernos desprestigiados y países fundidos.
Cuando un proyecto alternativo logra conquistar las preferencias electorales en algún país, todas las armas del establishment disparan para destronarlo. Las excusas son muchas: autoritarismo, enfrentamientos, desunión, pero la más exitosa es la corrupción. A pesar de que los empresarios evaden, contrabandean y conspiran los corruptos sólo son los políticos, sobre todo los que intentan mejorar la vida de los más vulnerables. La propaganda de sus poderosos medios de comunicación logra imponer un destructivo relato para que las culpas nunca recaigan sobre ellos. Aunque las corporaciones saqueen las riquezas de todos los pueblos, sus accionistas se presentan como víctimas o héroes pero nunca como lo que son: saqueadores. Aunque los ciudadanos padezcan las peores penurias cotidianas, desde las carencias más elementales hasta catástrofes sanitarias, la sentencia nunca salpica el prestigio de los que las provocan.
Que esto no se interprete como una amnistía para aquellos representantes y funcionarios que se han visto tentados por conseguir dineros fáciles. Que la Justicia caiga sobre ellos lo más rápido posible, pero que también avance sobre los que ningún juez se atreve a acusar. A otro perro con el hueso de que los únicos empresarios que lavan, coimean y se benefician con sobreprecios son Lázaro Báez y Cristóbal López. Hay más de 30 grandotes que siempre han sido contratistas del Estado y resulta increíble que nadie dude de ellos.
En realidad, no debería ser tan increíble. Acá y en cualquier latitud esos grandotes son los que tienen las herramientas para convencer a las muchedumbres distraídas de lo que sea. Hasta de que no son culpables de nada, que son simples mortales muy exitosos en sus negocios y que la pobreza es una epidemia, una elección o un designio divino, menos la consecuencia necesaria de su desmedido enriquecimiento. Hasta se dan el lujo de ser cínicos y conmoverse ante imágenes de los desplazados del mundo.
Tan seguros están que hasta uno de sus representantes puede contradecirlos. En el marco de la Cumbre de los Líderes de América del Norte hubo un llamativo cruce conceptual. El mandatario mexicano, Enrique Peña Nieto, como fiel exponente del establishment, realizó en su discurso duras advertencias sobre el populismo en Sudamérica. Barack Obama, la estrella de la Cumbre, lo interrumpió para descolocar a todos. “Deberíamos tener un sistema tributario justo –comenzó Obama, contra los blanqueos y exenciones que se plantean en nuestros países- y personas como yo, que se han beneficiado de las oportunidades ofrecidas por la sociedad, paguemos más para asegurarnos que niños menos afortunados tengan esa oportunidad”.
Una generosidad inaceptable para aquellos privilegiados que siempre exigen pagar lo menos posible. Y para descolocar aún más a evasores, fugadores y cómplices, agregó: “debería haber transparencia en cómo funcionan nuestros sistemas para que no existan personas que evadan el pago de impuestos estableciendo cuentas extraterritoriales. Supongo que se podría decir que yo soy un populista". Quedará en la conciencia de Obama la sinceridad de estas palabras y cuánto ha hecho durante sus dos gestiones para alcanzar esos fines, pero los detractores vernáculos del populismo se estamparon contra sus excesos verbales. Tanto desprecio desplegado en vano. Después de tantas gárgaras de veneno contra los populismos sudamericanos y de lucir escarapelas foráneas en sus pechos, en lugar de unas caricias en el lomo, el presidente del Imperio se declara populista.
Eso por no tener en claro a quiénes representan. O sí, pero de tanto disimular, mentir, falsear, engañar terminan extraviados en sus ideas y ya ni saben quiénes son. Hasta terminan disparando contra sus propios pueblos.

2 comentarios:

  1. Ellos multiplican pobreza mientras aumentan sus cuentas bancarias. Una tristeza enorme para este Bicentenario. ¡Qué diferencia con el anterior Bicentenario, que fue una fiesta popular! ¿Cuánto más retrocederemos con esta banda?
    Cris Teller

    ResponderEliminar
  2. Es bueno leer el mensaje de Obama aunque dudemos de si lo implementa por lo menos logra descolocar a estos empresidentes que como Macri mintió sin pudor en la campaña y ahora ejecuta el mismo plan de 1976 seguido luego por otro Gobierno que desvalijó el País y dejo una deuda externa e interna creo yo similar a la que va a dejar este de CAMBIEMOS

    ResponderEliminar

Para los que aplauden tanta locura

Aunque los números no están confirmados , los especuladores celebraron, un gran supermercado congeló su latrocinio por unos meses y a...