lunes, 13 de junio de 2016

Los desestabilizadores de siempre



Aunque algunos se resistan a las evidencias, el empresidente Macri está cosechando más antipatías de lo que se había propuesto. A pesar de los esfuerzos mediáticos para minimizar los impactos que su impronta clasista produce, la efímera luna de miel de la alternancia se está transformando en divorcio. Entre todos los cuentitos que componen el relato amarillo, ahora aparece el de un intento de desestabilización por parte del kirchnerismo. Pero la caída en la imagen del gobierno es el resultado de sus propias medidas. Y a esta conclusión se puede arribar sin demasiado esfuerzo intelectual. ¿O acaso alguien puede ser feliz si en poco tiempo advierte amenazas en su recién alcanzado bienestar? Y que encima reciba reproches por los disfrutes del pasado por parte de muchos de los exponentes PRO, más que sumar, irrita. En realidad, el gobierno amarillo está apelando a la vieja estrategia de victimizarse, con la novedad de que los victimarios son muchos de sus integrantes.
El viernes se cumplieron los primeros seis meses de esta angustiante gerencia y ni sus seguidores encontraron ánimos para celebrarlo. Lo intentaron, pero no les salió. Los militantes de Cambiemos convocaron a Plaza de Mayo para festejar y apoyar a Mauricio Macri ante el intento desestabilizador de grupos fanatizados que no toleran vivir en Democracia”, expresaba la invitación. "El 10J desde las 18:00 hs vamos a hacer una demostración de que la gran mayoría silenciosa apoya al gobierno que intenta poner orden al desastre que dejó la era K", agregaba, para hacerse eco del discurso oficial de la pesada herencia. Esta mayoría no sólo es silenciosa: también es invisible. Quizá el frío desalentó a algunos, que prefirieron renunciar al calor de las masas para degustar los lujos de la calefacción propia. Otros, tal vez, estén más acostumbrados a poblar las calles con cacerolas y sin ellas se sienten desnudos. O puede ser que, a pesar de haber contribuido a este inexplicable triunfo, todavía no encuentran nada para festejar. O peor, la vergüenza les impide celebrar despidos, hambre y recesión. Por lo que sea, no fueron ni los convocantes.
Y eso que Macri trató de levantar los ánimos desde Yapeyú, la ciudad correntina donde nació el Padre de la Patria. Sin temor a mancillar ese sitio histórico, el ocupante ocasional de la Rosada habló de una “minoría que mete miedo”, que quiere que al gobierno “le vaya mal” y por eso “todos los días dice barbaridades”. Aunque no explicó demasiado, resulta obvio que se refiere a los kirchneristas o los partidos de izquierda, los únicos que se oponen en serio al accionar del Gran Equipo. Hay mucho para deconstruir en estos dichos. Las minorías que meten miedo no son las que cuestionan las medidas oficiales, sino las que operan en las sombras para sacar ventajas de las crisis; son los que generan corridas cambiarias y fugan divisas, los que evaden fortunas, los que incrementan sus ganancias a fuerza de succionar nuestros bolsillos. Esas minorías que meten miedo son las que obligaron a Alfonsín a terminar su mandato con anticipación; las que apoyaron a Menem y nos condujeron a la peor crisis de nuestra historia; las que se beneficiaron con la estatización de deuda de la dictadura y la pesificación asimétrica de Duhalde; los que estuvieron detrás de todo golpe de Estado, de cada fusilamiento, de cada bomba, de cada desaparecido. Esta es la única minoría que mete miedo; las demás minorías sólo juegan en el terreno de la política.
Un túnel sin salida
Desde su asunción, Macri, sus secuaces y apologistas tratan de convencer a la sociedad de que si al gobierno le va bien al país le irá bien. Un concepto no muy difícil de entender y fácil de recordar. Hasta su lógica parece exudar cierta sabiduría. Sin embargo, tiene un requisito: las buenas intenciones del gobierno. Cuando éstas son inexistentes, la frase se transforma en una trampa. Hasta ahora, ninguna medida ha sido beneficiosa para el bien común. Todo lo contrario. El mercado interno se redujo, la industria y el comercio se están viendo resentidos por la recesión y la importación, persianas que se bajan, personas que quedan sin empleo y los precios hacen piruetas por los aires. Y esto como resultado exclusivo de las medidas que impusieron sin demasiado esfuerzo.
Al gobierno le fue muy bien en estos meses, pues pudo desmantelar la ley de SCA, arreglar con los buitres y superar los 30000 millones de dólares de endeudamiento. Al gobierno le va tan bien que tiene a gran parte de los diputados de su lado a la hora de aprobar riesgosas leyes. Al gobierno le ha ido muy bien, pero al país le está yendo muy mal. Y no le irá mucho mejor por más que los años venideros traigan un semestre extra. A pesar de todo esto, Macri invitó a los argentinos a que crean en su palabra porque “el gobierno nacional eligió decir la verdad y construir sobre la verdad”. Salvo con el episodio de los Panamá Papers y sus declaraciones juradas, en donde las mentiras se enredan en sus cortas patas. Y en lugar de construir sobre la verdad, destruye a partir de sus falacias. Porque después continuó con su alienada recitación: “Argentina está saliendo de un punto de partida muy difícil: un país estancado, cinco años sin crecer, enfermo por la mentira, la inflación y la corrupción”. Sin embargo, el INDEC de Todesca informó que el crecimiento del año pasado fue de 2,1 por ciento, uno de los más altos de la región y similar a los anteriores. No estábamos estancados ni enfermos de nada. Y de la tan denunciada corrupción, lo único que se ha demostrado es que son ellos los que tienen cuentas off shore. Ahora estamos en retroceso como resultado del cambio que muchos eligieron.
Pero por más que traten de camuflarlo, el descontento se hace notorio. Por más que inventen las excusas más absurdas, el pacto se está resquebrajando. Por más que al gobierno le vaya bien, el pueblo olfatea que al país le irá mal. Pocas son las consultoras que no detectan en sus encuestas una caída de la imagen, más allá de las diferencias numéricas. Muchos son los rostros que han perdido la sonrisa. Muchos son los hogares cuyos ocupantes restringen gastos para asegurar sólo lo elemental. Bastantes los que ya ni eso pueden. Las señales sobran y hay que aprender a interpretarlas para evitar más angustias.
Y no hay que dejarse confundir. La decepción es real y se percibe en las calles. Los que prometían que íbamos a estar cada día mejor hacen que estemos cada vez peor. Sólo unos pocos deben haber festejado el viernes, pero en privado y con champaña importada sin impuestos: los beneficiados por las medidas regresivas que parecen no tener fin y los propagandistas que lograron que la engañosa fórmula de los globitos se impusiera en el balotaje. Del resto, unos guardaron silencio, casi avergonzados y otros esperan que el clamor que ya se empieza a sentir se convierta en un grito que ponga fin a este tormento.

jueves, 9 de junio de 2016

Más amarillo que nunca



El otoño más frío de los últimos treinta años nos toca justo en estos tiempos de tarifas sinceradas. El cambio ha venido con tanto énfasis que ya dan ganas de despedirlo. El túnel en el que nos han metido tiene tantas sorpresas que parece más el de los parques de diversiones, poblado de monstruos, fantasmas y bichos espantosos. No es el del amor que prometieron en campaña, sino el del terror que muchos anticipamos. Encima, ni ellos saben cuál es la extensión del suplicio porque la luz del final ni se asoma. Y cuando se avizore, no sabremos si es la del país luminoso con el que todos soñamos o la pesadilla de la tierra incendiada que inició este siglo.
Por algunas postales de los últimos días, parece que es hacia esta tenebrosa estación donde nos encaminamos. Algunas consultoras señalan que muchos de los índices en la caída de la economía son similares a los de principios de 2002 y los demás no se habían dado nunca. El derrumbe es tan notorio que el cuento de la pesada herencia no alcanza para silenciar su estruendo, a tal punto que muchas bancas de inversión desaconsejan destinar fondos en nuestro país. El deterioro del mercado interno desalienta tanto que los mimados capitales no van a generar ni una mínima garúa de dólares. Además, sus dueños están desconcertados: el informe que recibieron del equipo económico no tiene mucho que ver con las patrañas que difunden puertas adentro: el primero es un país próspero ideal para invertir y el segundo, una tierra arrasada que sólo auspicia angustias.
Angustias, vale repetir, generadas por las medidas tomadas por el Gran Equipo desde su asunción. El combo conformado por la devaluación, la quita de retenciones y el desmedido incremento de las tarifas provocaron una inflación que no se daba en quince años. El encarnizado despido de empleados del Estado Nacional habilitó a otros estados a seguir el mismo camino y esto alentó a los privados a recortar personal, algunos con verdadera necesidad y otros, por pura angurria y maldad. Todo esto junto más la filosofía de González Fraga y Michetti –que genera culpa hasta por degustar un caramelo relleno- hace que el consumo sea, en algunos sectores, una práctica en vías de extinción. Desde los electrodomésticos hasta los alimentos, pasando por la indumentaria y el esparcimiento están cuesta abajo. Ahora, hasta el jefe de Gabinete, Marcos Peña, reconoce que la pobreza cero es una meta inalcanzable, menos aún con estas recetas de distribución regresiva del ingreso. Si ese macanero fin está cada vez más lejos es por el tortuoso túnel en el que nos metieron sin ninguna necesidad.    
Globos que explotan en el camino
En pocas palabras, engañaron al votante, tanto los candidatos como los apologistas mediáticos. La transparencia, la pobreza cero y la unión de todos los argentinos fueron los ejes de una campaña muy insincera. Con expresiones al estilo grasa militante, pesada herencia, los caudillos que provienen de provincias no hay posibilidades de unir ningún país, aunque tenga quince habitantes. Con funcionarios procesados y espadachines de sus empresas, cuentas off shore y declaraciones juradas por las que nadie juraría, la transparencia se vuelve muy opaca. Hasta los propagandistas disfrazados de periodistas simulan espanto.
En el nuevo acto de esta perversa tragicomedia, el sinceramiento se convierte en burla. Quienes creyeron que Macri tenía intenciones de cumplir con lo de pobreza cero merecen el Nobel a la ingenuidad. El resto de sus votantes sólo son cómplices. En toda sociedad siempre existe un grupo que menos tiene, salvo que estemos ante una que haya alcanzado la igualdad absoluta. Lo que todo Estado debe aspirar es que ese ‘tener menos’ incluya condiciones dignas de vida. Esto no tiene nada que ver con la célebre frase que sintetiza una cínica resignación: pobres siempre hay. La desigualdad es la impronta del capitalismo; lo que se debe extirpar es la crueldad que provoca.
De ahí a creer que Macri y el mejor equipo de los últimos cincuenta años tenían como objetivo desterrar la pobreza hay un paso enorme. Ni las intenciones tuvieron con sus primeras medidas, que sólo lograron ensanchar la brecha. Y menos con las segundas y las cuartas. Para distribuir el ingreso de manera equitativa el único camino es cobrar más impuestos a los que más tienen; para mejorar la vida de todos los habitantes el camino no es el modelo del derrame, sino un proyecto que distribuya desde la base de la pirámide; para  atenuar los efectos del capitalismo hay que controlar a los grandes empresarios y desalentar la concentración en la economía; para cuidar el empleo, hay que facilitar el consumo y promover el ahorro, no privatizar el consumismo y favorecer la acumulación.
Que los funcionarios amarillos y los periodistas que hacen de coro comiencen a reconocer que la pobreza cero es inalcanzable es otra muestra de la hipocresía con que nos gobiernan. No es por accidente que estamos atravesando un “momento difícil con el sinceramiento de la economía”, como expresó el empresidente ante la crisis de los clubes de barrio. Si estamos mal es porque ellos decidieron realizar una grosera transferencia de recursos a los que no lo necesitan. Si el túnel nos está asfixiando es porque ellos decidieron meternos en él. Si no hay ninguna luz en el horizonte es porque ellos nos están conduciendo hacia el país de las tinieblas. Finalmente, si abunda el pesimismo en estas líneas es porque el optimismo no los incluye, salvo que decidan torcer el rumbo antes de que nos estampemos contra el iceberg. Y esto no es golpismo, sino puro sinceramiento.

lunes, 6 de junio de 2016

Aterrador ritmo de latidos amarillos



Extraña manera tienen los funcionarios amarillos de informar al público que el empresidente Macri tiene corazón, contra lo que había dicho su padre un tiempo atrás. A diferencia de la vieja canción de Luis Aguilé, este Pinocho posee un cuore y no necesita de hadas para que funcione. Una arritmia de viernes –negada al principio- ocupó las últimas horas de una semana un poco adversa al oficialismo. La marcha de repudio al veto presidencial a la ley anti-despidos y las críticas que se esbozaron durante el Ni una menos mostraron que la calle todavía es opositora. El rechazo a los tarifazos en distintos puntos del país alteró aún más la armonía del cambio y puso freno al desenfreno empresarial del ministro de Energía. Las alertas desde distintos sectores sobre la caída de las ventas y la producción anticipan que el segundo semestre no será mejor. Y, como frutilla de este amargo postre, las encuestas revelan que los globos se desinflan cada vez más. Con todo esto, no hay corazón que aguante, por más que sea del más frío y duro material.
Mientras las telenovelas judiciales entretienen al público cautivo, el Gran Equipo trabaja a destajo para satisfacer las demandas de los grupos concentrados. Después de la devaluación, de la quita de retenciones, de la apertura del comercio exterior que encarece nuestra mesa y destruye industrias locales, ahora se viene la simulada preocupación por el ingreso de los jubilados. No de los que cobran la mínima, por supuesto, sino de los que superan los 10 mil pesos y que a partir de 1991 padecieron una mala liquidación de sus haberes. Algunos tienen sentencia y a lo largo de estos años recibieron un resarcimiento gradual, otros están en proceso judicial y el resto, sólo espera. Para saldar esas deudas, el oficialismo ofrece un abanico de recursos, desde el blanqueo de capitales evadidos hasta la liquidación del FGS, las acciones que el Estado recuperó con los fondos de las AFJP.
La propuesta no pasa por abonar la totalidad de lo adeudado sino de ofrecer acuerdos parciales en cuotas que podrían abrir nuevos litigios. El proyecto de ley de “Reparación histórica para jubilados y pensionados” es un simulacro de solución, aunque muy costoso. Detrás del noble fin está por un lado, el famoso blanqueo cuyos propietarios no tendrán siquiera la obligación de dejar esas sumas unos meses en el país, como era en otros tiempos. Como no incluye a funcionarios, los miembros del Gran Equipo podrán mantener sus fondos en los paraísos fiscales sin un atisbo de rubor. Por otro lado, están las acciones en empresas privadas que la ANSES ha manejado con eficacia desde la desaparición de las AFJP, con ganancias crecientes, mejora en la distribución de dividendos y un incremento en la valorización de mercado en más del 400 por ciento. Por más que el Estado no ha sido un socio perjudicial en los negocios de los privados, algunos empresarios quieren erradicarlo de sus compañías. El proyecto que el Gobierno envió a la Cámara de Diputados satisface esa demanda del establishment, pues habilita la venta de las acciones que constituyen un respaldo del sistema previsional y una herramienta para enfrentar futuras crisis. 
Pero hay otra trampa más perversa: la creación del Consejo de Sustentabilidad Previsional en el ministerio de Trabajo para elaborar el proyecto de un nuevo régimen previsional “universal, integral, solidario y sustentable”. Que no incluya términos como ‘publico’ o ‘de reparto’ hace sospechar el retorno del viejo sistema de capitalización privada, que sólo enriquece a unos pocos. Aunque frente a las cámaras los PRO simulen contener las lágrimas cuando hablan de los jubilados, sólo buscan facilitar los negocios de los especuladores de siempre. A pesar de que en estos años se alcanzó la cobertura previsional más alta de Latinoamérica, con más del 97 por ciento de beneficiados, eliminaron de un plumazo las bondades de la moratoria. En breve, quienes tengan aportes incompletos, han sido estafados por sus empleadores o trabajaron en la informalidad deberán conformarse con la pensión a la vejez, una dádiva que será del 80 por ciento del haber mínimo. Tantos titulares machacones en contra de las jubilaciones regaladas lograron convertir un derecho en una limosna y la prédica denostadora de Carlos Melconián se elevará a la categoría de política de Estado si este proyecto prospera.
El retorno de los “dueños”
Si el corazón de Macri se resintió en estos días no sólo fue por la resistencia que empieza a presentir en la sociedad, sino por las presiones de sus verdaderos representados. Por el Poder Real se está jugando el pellejo. No es que le molesten las exigencias de los miembros del Círculo Rojo, sino porque quieren todo de golpe. La inusitada transferencia de recursos que nos alejó del 50-50 en por lo menos 20 puntos; la eliminación por decreto y complicidad parlamentaria de la ley de SCA, un modelo en el mundo; la invasión de ceos y gerentes en áreas clave de la Rosada; la privatización del fútbol por unas monedas; la destrucción del empleo para abaratar costos y la eliminación de Pymes para acrecentar la supremacía de los más grandotes son algunas de las acciones sustanciales de estos meses. Además, con el decreto 721 no sólo devuelve la autonomía a las FFAA para sus asuntos internos, sino que renuncia a un mandato constitucional. Como corolario, en una entrevista con Infobae, Macri deseó que más jueces presenten su renuncia, en lugar de enfrentarse a un jury de enjuiciamiento, “para dar lugar a la renovación”. Con el Consejo de la Magistratura ilegalmente en manos del oficialismo, este angelical objetivo se convierte en una nueva amenaza.
Para la ‘justicia’ del futuro, conviene que haya más bonadíos y menos casanellos. Más que justicia, busca concretar una venganza y lograr el objetivo de que no se vuelva a repetir una experiencia similar al kirchnerismo. Para ello, no sólo deben esconder cuadros, cambiar nombres y erradicar periodistas, sino demonizar hasta el absurdo la gestión anterior y procesar a la mayor cantidad de ex funcionarios, aunque se deba forzar la interpretación de las leyes. Claudio Bonadío es el esbirro más destacado, el más presto a cumplir con los requerimientos del patriciado vernáculo. No conforme con procesar a CFK por la causa dólar futuro, ahora hace lo propio con Ricardo Echegaray por haber denunciado a los que habían fugado divisas a través del HSBC de Suiza. Con jueces así triunfan los tránsfugas, los que devaluaron la moneda desde su lugar de funcionarios para beneficiarse y los que provocaron el vaciamiento del país con 4040 cuentas sin declarar en Suiza. Con jueces como éste, ganan la mafias y no el país.
Una canción que se corea en las calles iguala a Macri con la dictadura del ’76. Una síntesis que acaba en exabrupto, que confunde, que fracasa. Aunque la empresa familiar haya crecido gracias a la alianza con las juntas militares; aunque su idea del país unido sugiera la amnesia colectiva sobre delitos de lesa humanidad; aunque se sienta más cómodo al amparo de las corporaciones, Macri no es un dictador. De alguna manera, puede parecerlo, pero no lo es. Sólo es la expresión más pura de la más egoísta derecha, a pesar de que jure carecer de ideología. De su mano, se profundizará la desigualdad, perderemos derechos, se entristecerán nuestros días. Si encuentra resistencia en sus planes clasistas, apelará a la violencia, como ya ha demostrado en varias oportunidades. Pero Macri no es un dictador porque ganó las elecciones. La dictadura está en otro lado, en esa minoría que siempre gobierna sin ser votada, en esos seres oscuros que ganan cuando todos pierden, que se acurrucan en sus madrigueras cuando todo parece pudrirse, que se erigen como paladines de la democracia a la hora de reconstruir lo que ellos mismos han destruido. Sólo cuando empecemos a reconocerlos, podremos domesticarlos para recuperar el país. Mientras tanto, no nos queda otra más que esquivar sus zarpazos.

jueves, 2 de junio de 2016

Amarillo desconfianza



Entre el catálogo de imposibilidades para gran parte de los argentinos y las disculpas de Prat Gay a los empresarios que nos saquearon, los PRO no dejan de desalentar la adhesión. Con la caída de la actividad en diferentes sectores de la economía doméstica y las promesas con plazos postergables, la confianza se vuelve cada vez más frágil. Las excusas recurrentes de los referentes amarillos –la pesada herencia, la bomba y el sinceramiento- convencen a los que aún están enamorados o se obligan a conservar alguna esperanza. Si no disfrutamos de la Revolución de la Alegría es porque no estamos acostumbrados a su amargo sabor o porque no la comprendemos. Así trató de explicarlo Gabriela Michetti en estos días. Mientras el segundo semestre está cada vez más cerca y muchos empiezan a extrañar los años en que estaban mal, los medios apologistas prueban diferentes formas de distracción para tapar todo lo que en otros tiempos habría sido tapa.
La discusión sobre la prensa hegemónica no sólo está en la agenda de algunos intelectuales vernáculos. Desde distintas latitudes, llegan voces críticas sobre su nociva incidencia en la sociedad en favor de los sectores dominantes. Sus construcciones periodísticas distorsivas de la realidad resultan perjudiciales para cualquier democracia. Un par de siglos atrás, las primeras publicaciones contribuían a despertar la conciencia de los oprimidos y buscaban defender a los ciudadanos ante los abusos del Poder. Por el contrario, hoy representan con escaso pudor al Poder que antes combatían, aunque para eso deban fabricar prejuicios para consumidores extraviados y presentar obscenas fábulas como única verdad.
A mediados de los ochenta, el referente del alfonsinismo César Jarovlasky, sostenía que Clarín ataca como un partido político y se defiende con la libertad de expresión”. Y eso que en aquellos tiempos, el Grupo no era lo que es hoy: un diario, una radio no reconocida, Papel Prensa y no mucho más. El histórico legislador encontraría ingenua su célebre frase si estuviera entre nosotros y seguramente modificaría la primera parte. Clarín ya no ataca como un partido político, sino como un ejército de ocupación dispuesto a conquistar o destruir lo que encuentra a su paso. Y de esta manera, logra imponer un sentido común adverso a los intereses de los ciudadanos que repiten sus conceptos.
Quizá nos hemos encontrado en estos días con algunos transeúntes que hicieron propios los conceptos de Javier González Fraga o Gabriela Michetti. El kirchnerismo “les hizo creer a los empleados medios que podían comprarse un celular o un plasma”, sentenció el primero; “les hicieron creer que podrían vivir de esa forma eternamente”, reforzó la segunda. Por lo menos, son creencias más tangibles que las religiosas. Mucho más creíbles que las promesas de campaña que el empresidente Macri no piensa cumplir. Más aún que la metáfora con que la vice pretende ilusionar a sus incomprensibles seguidores: “vamos a empezar a ver algunas luces este año que nos indican que estamos en un túnel y estamos yendo para la salida, y no para cualquier lado”. Por capricho, cipayismo o tozudez la gerencia amarilla nos ha embutido en un túnel que no es otro más que el del tiempo, cuyo destino es la estación donde se acumulan los peores momentos del pasado.
Golosinas envenenadas
En líneas generales, el discurso PRO es indigerible. Basado en falacias y lugares comunes, sólo busca justificar decisiones dolorosas para el presente y peligrosas para el futuro. También es contradictorio: por un lado prometen que vamos a estar cada día mejor, pero por el otro nos reprochan los disfrutes del pasado. El purgatorio de hoy es por el smart TV, el celular último modelo, el lavarropa, la heladera o el viajecito. Según ellos, nada de eso estuvo, está o estará a la altura de nuestras posibilidades. Todo lo de hoy es por lo de ayer y por eso nos castigan con despidos, tarifazos, devaluación y muchas provocaciones. El cambio se transformó en un castigo y la culpa es nuestro estigma.
El ministro Prat Gay brindó una lección de ignominia al pedir disculpas en España por recuperar el dominio sobre empresas mal manejadas por algunos empresarios. La pérdida de nuestra soberanía es menos importante que encantar a los conquistadores. Y para que no queden dudas, reiteró por dos veces su humillante muestra de sometimiento. Gracias a este personaje ya nos hemos doblegado con inusitada generosidad a la avaricia de los buitres. Seguramente, después de bombardear YPF y Aerolíneas, las entregará a sus antiguos destructores con moño y todo. Por si esto fuera poco, pidió un aplauso para Argentina por volver al mundo de los succionadores.
Unos provocan, otros guardan sus fortunas en paraísos y el resto recita explicaciones inverosímiles. Macri ordena al administrador del fideicomiso repatriar fondos que había negado tener y que no están incluidos en ese simulacro de transparencia. Aranguren compra gas a un país no productor al doble del precio boliviano para beneficiar a una empresa de la que es accionista. Otros especularon con el precio del dólar antes de decidir su nueva cotización. Las fuerzas de seguridad son alentadas para intervenir con ferocidad ante los desbordes por venir y los cuarteles empiezan a recuperar la autonomía perdida. Y todo esto oculto, minimizado o confundido en una parafernalia mediática que busca reforzar un consenso declinante.
Ya lo estamos experimentando: el cambio será tan profundo que, en breve, ni nos vamos a reconocer. Mientras más rápido reaccionemos, menores serán los daños. Y nos quedará bastante de la herencia para iniciar la reconstrucción.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...