jueves, 31 de agosto de 2017

El huevo de la serpiente



Los PRO se molestan con los que comparan estos tiempos con la dictadura, aunque Ellos se cansaron de acusar de dictadores a gobiernos más benignos. Hay que insistir en esto: no estamos en dictadura a pesar de los gestos autoritarios de Macri y sus secuaces, de los números que se asemejan, de la persecución policial, judicial y simbólica que muchos padecen, del modelo de despojo y vaciamiento que están aplicando y de la complicidad mediática que oculta, disimula y atenúa las trapisondas. A pesar de que muchos funcionarios son apologistas, formaron parte o se beneficiaron, no estamos en dictadura. A pesar de la impronta represiva de las fuerzas de seguridad, no estamos en dictadura. A pesar de Santiago Maldonado y todo lo que rodea el caso, no estamos en dictadura. En serio, no estamos en dictadura pero el esfuerzo de los Amarillos hace inevitable la comparación.
No son pero quieren parecerse. Ellos revuelven nuestros peores recuerdos, amenazan la memoria y pisotean los símbolos. Ni los pañuelos respetan. Hasta hacen que tengamos que reformular los conceptos y volver a pensar en lo que es un desaparecido. Y nos obligan a desempolvar los cánticos de los tiempos en que, deslumbrados, salíamos de la Oscuridad. Como bloques de hielo caían las piezas de un rompecabezas horroroso. También conocimos el para qué y aborrecimos el cómo, que trataron de presentar como errores y excesos. Mucho tiempo después empezamos a descubrir que los beneficiados económicos eran también los instigadores, que todo era para poner todo a sus pies. Como ahora, por eso las comparaciones.
No estamos en dictadura pero Pablo Noceti, el actual Jefe de Gabinete del ministerio de Seguridad, fue abogado defensor de represores y su nombre sobrevuela en dos desapariciones: la de Julio López y la de Santiago Maldonado, dos testigos de horrores diferentes pero parecidos. Noceti no será dictador pero es apologista y amenazó con meter presos a todos los mapuches que insistan en recuperar las tierras usurpadas por Benetton. La democracia amarilla tiene la inefable tendencia de poner el aparato del Estado para defender los privilegios de una minoría insaciable. Quien se oponga a esta normalidad sentirá sobre su lomo los azotes de una nueva Conquista del Desierto; los que resistan la arbitrariedad del Poder padecerán el rigor de los bárbaros que se disfrazan de civilizados.
Si algún lector piensa que esto es exagerado, basta echar una ojeada a un informe que el Ministerio a cargo de Patricia Bullrich presentó a mediados del año pasado. Allí se establece que los reclamos de los pueblos originarios no son derechos garantizados por la Constitución –algo que no es cierto- sino un delito federal porque "se proponen imponer sus ideas por la fuerza con actos que incluyen la usurpación de tierras, incendios, daños y amenazas". La caprichosa interpretación de las normas es otra señal que los asemeja a una dictadura, aunque no lo son.
Los poseídos
“Los demonios no eran tan demonios”, eructó la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich entre copas sabatinas. Un lema tan pueril bastó para despertar a los adoradores de los peores demonios. Una invitación para volver a las mismas discusiones de hace treinta años. La frase de Vidal el día que se convirtió en gobernadora -“cambiamos futuro por pasado”- dejó de ser un fallido para transformarse en una norma. La repulsa de algunos padres a la iniciativa de discutir la desaparición de Santiago en las aulas evoca aquellos cortos televisivos en blanco y negro que mostraban a un estudiante que rechazaba un panfleto partidario con una sentencia contundente: “yo vengo a estudiar”. Estos padres firman notas para repudiar el adoctrinamiento que recibirán sus hijos pero ni se preocupan por las falacias informativas que alejan de todo entendimiento a las mentes que las reciben. Estos padres tan preocupados por la educación de sus hijos, exhiben su indignación si se habla de Santiago pero ni se inmutan ante la visita del ex ministro de Educación y actual candidato oficialista, Esteban Bullrich, que pasea su incoherencia por las aulas. Esto no es adoctrinamiento ni política; lo otro sí.
Individuos que prefieren aceptar absurdos antes que evaluar razones; que convierten en parámetro los peores prejuicios y deciden permanecer empantanados en el Cambio antes que reconocer el engaño del que fueron víctimas; que cierran los ojos a las evidencias y se abrazan a las fábulas que apuntalan la zona de confort dominante. Televidentes sumisos que tildan de ‘ideológico’ todo lo que contradiga a la pantalla que tanto los ilumina. Hasta son capaces de utilizar apolilladas etiquetas para enfatizar los estigmas de su dedo acusador. Hoy gritan “con mi hijo no” los que mandan fotos de niños con su dedo medio alzado para que aparezcan en el show manipulador de los domingos.
Padres que destilan bilis por los bolsos de López pero naturalizan las empresas off shore de los Gerentes de La Rosada SA; que vibraron con las excavaciones en cadena que buscaban la Ruta del Dinero K pero ignoran a conciencia los escandalosos blanqueos de la evasión M; que chillaban contra los subsidios y ahora aceptan gustosos las voluminosas facturas de los servicios públicos. Padres tan coherentes que se emocionaban con Félix Díaz y los quom y ahora aplauden las balas contra los mapuches.
Buenos vecinos que comparten fotos de hambrientos en África y esperan las colectas parroquiales pero siguen apoyando un modelo que multiplica la desigualdad; que se conmueven por un perro callejero pero llaman al 911 si ven una familia en la calle; que sumaron sus cacharros a los estancieros en sus destituyentes demandas pero destinan indiferencia a los pequeños productores, cada vez más hundidos por la hipocresía amarilla; que se burlaban de Precios Cuidados y ahora son militantes de los Precios Corajudos; que recitan de memoria las más perversas, superficiales y engañosas consignas pero rechazan los más contundentes argumentos; que exigen autocrítica sin avergonzarse de sus propias incoherencias.
Aunque sea tentador, no hay que enojarse con estos padres. En cierta forma, son víctimas de una melodía que los embelesa. Como la flauta que sonaba en Hamelin, como las sirenas que enloquecieron a Ulises. Tal vez temen rehusar el hechizo de esos sones, temen el enojo de los poderosos, temen coincidir con los que desprecian, temen reconocerse como los verdaderos adoctrinados. Quizá despierten antes de caer al río torrentoso o recién cuando se estampen contra las piedras. Entonces, necesitarán más asistencia que reproches, más fraternidad que resentimiento. Ahora que conocemos el truco y quiénes son los artífices, otra vez seremos uno para recuperar el país y resguardarlo de futuras amenazas.

lunes, 28 de agosto de 2017

Los riesgos de la indiferencia



Un puñado es lo que cabe en un puño. No es una medida precisa, sino una metáfora para sugerir una insignificancia. Nadie se pondrá a medir cuántos votos, porotos o personas caben en un puñado porque, más allá del tamaño del puño en cuestión, todos sabemos que es muy poco. Los que festejaron después de las PASO ahora desdeñan el puñado que los derrotó, aunque, después del balotaje, los amarillos presentaron como un montón al puñado que convirtió a Macri en empresidente. Un puñado dudoso con las mañas del Correo Argentino para el conteo de los votos. Despectivos de puñados ajenos, buscarán superar el tercio que los apoyó en las legislativas con un puñado propio. La polarización es lo que se anticipa en las urnas de octubre, de acuerdo al aroma del ambiente. Los indecisos evalúan arrojar una moneda en el umbral del cuarto oscuro o dejarse llevar por los prejuicios nutridos por las pantallas que no se atreven a abandonar. Una disyuntiva riesgosa porque lo que hemos experimentado del cambio y lo que preparan sus gestores no deja espacio para los indiferentes.
El rabino Sergio Bergman disfrazado de planta es una imagen que invita a unas cuantas lecturas. Por la repercusión que tuvo –tanto a favor como en contra- parece un señuelo para desviar la atención de los usuarios de las redes: unos aplaudieron la audacia de un funcionario y otros se burlaron por su ridiculez. Si su gestión al frente de la secretaría de Medio Ambiente fuera brillante, podría tomarse como una divertida licencia. Si su intención hubiera sido profunda, podría respetarse un poco más. Ni lo uno ni lo otro: un disfraz no simula eficacia ni las bolsas verdes son el camino para una revolución ecológica.
El cambio climático que tanto denuncian no sólo se combate con bicicletas o restricción energética a fuerza de tarifazos: la sobre-explotación de la tierra, la extracción saqueadora de minerales y la deforestación a mansalva de los terratenientes deberían ocupar el primer lugar de la agenda. La invocación al ciudadano para que cuide el agua, separe los residuos y no malgaste la energía queda como adorno si no se controla a los angurrientos que quieren convertir en dólares fugables nuestros recursos naturales. Además, de nada necesita disfrazarse un funcionario que, al momento de asumir, confesó su desconocimiento sobre el tema y que, tanto en su trayectoria como en su expresión, exhibe un abanico de vegetales que resultaría penoso enumerar. Aplaudir o abuchear debería ser más que una reacción espontánea: situar cada foto en una secuencia nos aleja de conclusiones superficiales para tomar decisiones más certeras. Un buen consejo que, de haber sido escuchado en su momento, hubiera contribuido a esquivar los espejitos de la Revolución de la Alegría.
Mentiras sin patas
Hasta ahora, el Cambio es un rosario de promesas que exige innumerables sacrificios. No para todos, por supuesto: los deciles medios y bajos de la pirámide deben renunciar a su modesto bienestar para saciar los toneles que algún día derramarán un excedente siempre mezquino. Una advertencia que ni siquiera apareció con letras minúsculas en el contrato que se votó en 2015. Tampoco aparece ahora en los versitos de campaña de los exponentes del oficialismo, aunque a veces emerge de los sectores más oscuros del subconsciente alguna idea que no logran reprimir. Mantener el disfraz es lo que más les cuesta, aunque muchos no lo adviertan. Claro, apelan al maquillaje no para engañar a los que coinciden con su desigualadora impronta: las palabras amigables, los gestos serenos y los dedos timbreadores son postizos destinados a indecisos, incautos y distraídos que se sienten más amenazados por los lamentos de los vulnerables que por las dentelladas de los poderosos.
El horroroso rostro detrás de la máscara está sugerido por lo que muestran y por lo que se les escapa. Para mejorar la competitividad sólo proponen quita de impuestos y bajas salariales, pero jamás mencionarán la ganancia empresarial intangible que se amontona en paraísos fiscales. Cuando condenan la violencia, sólo tienen en cuenta la reacción de los explotados y no la patada de los explotadores. Cuando hablan de inseguridad, sólo piensan en represión y si convocan al diálogo, sólo exigen obediencia. Detrás del maniquí que está a la vista se esconde un monstruo, un otro yo que pergeña pesadillas y se burla de los afectados.
Así funciona el marketing y su objetivo es seducir apartando al destinatario del camino hacia toda verdad. Así, el ciudadano deviene en público y el colectivo, en manojo de individuos. El resultado es un espécimen que asimila lemas, repite excusas y acepta con sumisión penurias innecesarias. Temerosos de la grieta, se suman a los que la provocan y no hacen más que ensancharla. Lo más peligroso de estos seres es que se perciben como neutrales y se escudan en la indiferencia, pero no advierten que de esta manera terminan avalando cosas inaceptables.
La desaparición de Santiago Maldonado emerge como parte-aguas. En un caso así no cabe la abulia. El que se deja convencer por la inverosímil creatividad de los medios hegemónicos o el que se abraza a las modernizadas versiones de excusas de la dictadura es mucho más que un incauto. El que cree que un artesano de barba, pelo largo, vegetariano y solidario con los mapuches merece ser desaparecido que levante la mano. Si no cree eso, que reclame su aparición con vida y el castigo a todos los responsables. No estamos ante alguien que se extravió en un bosque o que, en un delirio místico, decidió huir de su familia. Sin dudas, no desapareció por arte de magia y su aparición tampoco dependerá de eso.
Este tema incomoda a los gerentes porque los revela capaces de cualquier cosa para defender los privilegios de una minoría insaciable. La ministra Bullrich lo sintetizó en un fallido: “el bando de los que quieren encontrar a Maldonado y el de los que no queremos encontrar a Maldonado”. ‘Encontrar’ es uno de los tantos eufemismos PRO para no confesar lo que han hecho con Santiago. Los verdaderos dos bandos: los desaparecedores y los desaparecibles. Un antagonismo que no acepta indecisos, indiferentes ni neutrales. El público también debería sacarse la máscara para que el espejo lo acomode en el bando correspondiente.

jueves, 24 de agosto de 2017

Ojos bien cerrados



Mientras estamos a la espera de los resultados definitivos de las primarias, el escenario se dispone para las elecciones generales. Tal como se supone, los números cantarán que los festejos del domingo 13 fueron demasiado exagerados. Una elección de medio término no es una copa mundial y no arroja ganadores absolutos. Que Cristina haya superado a Bullrich en la provincia de Buenos Aires no inspirará multitudes en las calles arrojando papelitos. Apenas la satisfacción de vencer los vientos en contra que sopla el establishment desde hace mucho tiempo. Si la estigmatización mediática, la persecución judicial y los recursos publicitarios de los amarillos no pudieron opacar el liderazgo de CFK, todavía quedan esperanzas para recuperar el camino hacia un país más justo. Que hayan tenido que apelar a las más obscenas trampas para que los diarios del lunes dibujen una realidad paralela, sugiere que el temible poder que ostentan los Gerentes no es tan poderoso como parece.
Quizá sea eso lo que provoque semejante desenfreno. La suspensión del juez Eduardo Freiler y la elevación de su causa a juicio político quedará como una muestra más de la prepotencia patronal que nos des-gobierna. Que la Corte Suprema haya participado como cómplice necesario de tan brutal atropello institucional no es el mejor camino para combatir la impunidad. El fin no justifica los medios, aunque la ilustre pluma de Joaquín Morales Solá concluya que el macrismo se está contagiando de kirchnerismo. No sólo por los turbios procedimientos a los que apelan para domesticar a jueces, fiscales y abogados sino también por las picardías en la carga de datos en el escrutinio provisorio.
La idea que quieren instalar es que el Cambio puede cometer ciertas atrocidades porque el kirchnerismo también las cometió, al menos en el imaginario que construyeron a fuerza de pecaminosos titulares y análisis inverosímiles. Los que venían a corregir fabulados atropellos son los que atropellan todo con las mejores caras que logran ensayar. Total, para maquillar las tropelías hay apologistas mediáticos capaces de afirmar sin sudar que psicoanalistas K manipulan el pensar de psicoanalizados M. O que Santiago Maldonado estuvo en cualquier parte menos en el lugar donde los gendarmes lo desaparecieron. Como el espíritu de los escribas está en extremo corrompido de tanto servir a los perversos amos, un columnista de Clarín puede hablar del “artesano que se hizo humo” sin remordimientos.
Y la gestión PRO, lejos de apartar a la fuerza de in-seguridad que defiende el millón de hectáreas de Benetton de los mapuches, acerca a los infantes las armas que usa Gendarmería y hasta regala camioncitos Unimog de juguete por el día del niño porque los medios que la apuntalan no esbozan ni una línea adversa. Y si la ministra Patricia Bullrich revela el nombre y la dirección de un testigo protegido, tratan de disfrazar el algo habrán hecho que no pueden contener. Una vez más, vale recordar que no hay democracia posible con una parafernalia mediática dispuesta a malograr la coherencia colectiva.
Los límites de la estafa
 Alguna vez, los embelesados por los festivos bailes, los brillantes globos y los anodinos timbreos tendrán que advertir el horrendo rostro que se disimula con tanto maquillaje. Tarde o temprano, las floridas excusas que recitan los Ceos revelarán su infamia a los hechizados. En una fecha impredecible, tanta burla ofenderá el sentir del buen vecino y la realidad que no está en tapa ya no se podrá tapar. La paciencia tiene un límite cuando las promesas no se cumplen y el arribo de la bonanza se posterga cada vez más. El tiempo que dure esta distracción voluntaria está en manos de los que se resisten a admitir que han sido víctimas de una estafa. Y lo seguirán siendo hasta que la conciencia abra sus ojos o la crisis prefabricada inunde su vida de pestilencias que hagan voltear la nariz hacia aires más saludables.
Por ahora, muchos de los votantes del Cambio se abrazan a un entramado de falacias que brinda cierto confort. Ya no perciben el clima beligerante ni la crispación que provocaba el kirchnerismo. Los dueños han tomado las riendas y, mientras quedan a la espera de un vivificante derrame, se acurrucan a sus pies de aquel lado de la grieta. Y mientras esperan, memorizan los justificativos del saqueo que pronto padecerán en formato autoayuda. Hasta llegan a celebrar los padecimientos ajenos como el camino necesario para llegar al país normal.
Por eso los PRO hacen lo que hacen y dicen lo que dicen: la distracción funciona mientras llenan sus arcas, ocultan el botín y eliminan todos los obstáculos; los prejuicios alentados sirven de plataforma para un ideario destructivo; la meritocracia y el emprendedurismo aparecen como un faro para individuos que desconfían de lo colectivo; la culpa echada sobre la víctima exime a los victimarios. Y si algo se les va de las manos tienen un catálogo de frases de póster que encajan con vaselina en cualquier circunstancia. Si la CGT organiza una marcha contra el ajuste, el empresidente Macri sentencia que es una “pérdida de tiempo” y que las cosas se resuelven con diálogo. Y aunque todos sabemos que en boca de los poderosos el diálogo es un vómito de órdenes, algunos se dejan convencer con esa predisposición fingida. Tanto que los sindicalistas postergan la decisión de otra medida de fuerza hasta dentro de un mes, cuando la proximidad de las elecciones la vuelva inconveniente.
¿Cuántas chances más hay que darle a esta pandilla de destructores? ¿Qué de bueno se puede esperar de Ellos, si no han hecho más que producir daño? Si los escandalosos conflictos de intereses, la malaria creciente, la decadencia acelerada, el cinismo insultante, la inoperancia manifiesta, la arbitrariedad vandálica no son evidencias del abismo que nos espera, ¿qué lo puede ser? Si la aplicación de las recetas no trajo más que retroceso de la producción, desempleo y aumento de la desigualdad de manera acelerada, ¿qué milagro se puede producir? Si desde el principio han apelado a la represión para ajustar nuestra dignidad, ¿por qué aceptar sus iniciativas? Si se convierten en encubridores de una desaparición, ¿por qué confiar en que respetarán nuestras vidas? Si porque dicen que ganaron despliegan su autoritarismo, ¿por qué algunos siguen poniendo buena cara?
Nunca se ha visto tanta desfachatez con banda presidencial; jamás la derecha más bestial había encantado la voluntad popular; ni una vez en la historia se produjo tanto engaño electoral. Algo tan insólito amerita una resolución insólita y eso sólo está en manos de los damnificados cuando reconozcan que los prejuicios, la indiferencia y el odio no pueden conducir a nada bueno; cuando descubran que los más ricos no se vuelven generosos; que alguna vez en la vida hay que abandonar la pantalla y tomar las riendas de la propia conciencia.

lunes, 21 de agosto de 2017

Creer para reventar



A una semana del ensayo electoral conocido como PASO, la reacción de los ceócratas amarillos, acólitos y beneficiarios da más miedo que esperanzas. Si la información pública fuera veraz más allá de los posicionamientos ideológicos, muchos conciudadanos estarían indignados por la estafa del Cambio. Como no lo es, no lo están. Hasta reprocharían la celebración de un triunfo inexistente. Al contrario, un tercio sigue convencido de sus bondades, lo que no está mal si tuvieran todos los elementos de análisis necesarios para sostener esa convicción. Quizá la insistencia suene a redundancia, pero no hay que descuidar el poder de los medios para construir opinión pública ni la peligrosa ingenuidad con que muchos consumen sus productos. Tomar un dato falso para justificar una posición quizá nunca sea delito, pero no es el camino más saludable para una decisión soberana. La consolidación de la democracia precisa ciudadanos y no autómatas accionados a control remoto que someten su pensar al capricho de los guionistas de este drama.
Alguien dijo alguna vez que cuando el peón y el patrón votan al mismo candidato, el perjudicado es el peón. Sólo la confusión puede desencadenar semejante anomalía. Un transeúnte podría argüir que lo óptimo es que nadie salga perjudicado. Algo así como la ancha avenida donde todos marchamos felices al paraíso que nos merecemos. Un cuento de hadas que incluye un toque mágico que solucione los problemas sin despertar objeciones. El país unido donde todos tiremos para el mismo lado, hemos escuchado muchas veces. El florido sendero despojado de conflictos no existe en esta dimensión. Toda medida de gobierno dejará conformes y disconformes, sonrientes y tristes, beneficiarios y damnificados.
Lo esencial es considerar la finalidad, la motivación y la proporción del daño. Quiénes son y cómo quedan los destinatarios. Eliminar una ayuda económica a los más vulnerables para perdonar tributos a los más privilegiados es un ejemplo adecuado. Un planteo en estos términos no haría dudar a casi ningún peatón. Hasta los más ricos estarían en desacuerdo, siempre y cuando no sean ellos los que deban resignar parte de sus exorbitantes ganancias. Para que una decisión así sea aceptable en una sociedad debe ser presentada con algunos adornos y fundada en muchas falacias: meritocracia, sacrificio, resignación, castigo, derrame y demás delicias de la repostería no-política. Y, por supuesto, contar con una complicidad mediática capaz de amoldar el universo simbólico al pensar de los angurrientos. Gracias a este cóctel perverso, muchos ciudadanos se convierten en la gente, en buenos vecinos que aún creen que La Revolución de la Alegría está a la vuelta de la esquina.
El público quiere más
Filosofar sobre la ‘creencia’ siempre demanda litros de café. Creer en una deidad no requiere fundamentos; en un proyecto político, sí. Mover una montaña puede ser un desafío para la fe, pero lograr Pobreza Cero, República, Justicia y crecimiento por el camino del Cambio es un prodigio imposible para cualquier dios que se precie de tal. En este caso, la creencia deviene en credulidad. Cualquier diario que afirme que en un barrio de Gualeguaychú todos se parecen a Santiago Maldonado no merece ser comprado al día siguiente y menos aún ser tenido en cuenta para conformar la agenda informativa. Sin embargo, desde hace décadas publica absurdos parecidos y sigue siendo el Gran diario argentino, a pesar de los esfuerzos para dejar de serlo.
El problema no sólo está en los que escriben, sino también en los que leen. Si esta idea se extiende a todos los medios que blindan a los Gerentes es comprensible la dificultad para romper el hechizo: esa fascinación que se mezcla con distracción, indiferencia y desinterés para construir al individuo que, a pesar de los perjuicios cercanos, sigue confiando en el Ingeniero. Aunque la inflación no de tregua, el consumo sea un lujo y el horizonte prometa más angustias, no pierde la esperanza. A pesar de las evidencias, cree que esto es mejor que aquello. Y hasta está convencido de que no hay conflictos o que los que hay son provocados por los malos perdedores. Este individuo siente que sus venas estallan cuando los piqueteros cortan una calle por unas horas pero ni se inmuta cuando una gran avenida se interrumpe durante un fin de semana para un campeonato de asadores. Hasta aplaudió a los que tomaron las rutas durante la Rebelión de los Estancieros. Para alguien así, importa más quién es el que corta que el corte en sí.
Este buen vecino se enoja cuando la pantalla le dice; no es cuestión de desperdiciar ira en cosas que no lo merecen. Si los informes híper recontra chequeados de los domingos muestran la corrupción K, habrá que pensar que las empresas off shore, los escandalosos conflictos de intereses y el crecimiento patrimonial de los funcionarios M no son tan ilegales. Y si afirman que los mapuches son guerrilleros peligrosos habrá que justificar la cacería de los gendarmes y si la orden “tirale al negro” no suena demasiado republicana, habrá que ignorarla. Si alguien reclama por la desaparición de Santiago Maldonado, habrá que escupir un Jorge Julio López aunque no sepa demasiado de qué se trata. La demonización del otro no tiene límites ni argumentos, sólo credulidad.
Para que las cosas vayan bien, el buen vecino necesita creer en todo lo que provenga de las sonrientes bocas de los funcionarios PRO y sus apologistas. Si el verso del segundo semestre fracasó, la lluvia de inversiones te la debo y los brotes verdes se marchitaron, habrá que abrazarse a los veinte años que recitan ahora. Si Ellos afirman que son transparentes, habrá que ignorar las omisiones en sus declaraciones juradas. Si Ellos aseguran ser republicanos, deberá festejar cuando atropellan las instituciones. Si Ellos echan jueces que no resultan funcionales a sus fines persecutorios, será ésa la manera de lograr una Justicia Independiente. La credulidad es un viaje de ida que conduce a aceptar que se quiten los subsidios a los servicios públicos pero se multipliquen los destinados a los clubes de golf.
Cuando se empieza a creer, hasta Patricia Bullrich puede parecer apta para el cargo que ocupa, aunque haya eructado pavadas en el Senado para defender a las fuerzas de inseguridad que desaparecieron a Santiago. Todo es válido si Gendarmería se encarga de reinventar las pericias para convertir el suicidio de Nisman en un homicidio cometido por Cristina. Entre sus balbuceos, Bullrich destiló una idea reveladora: este gobierno cree en los DDHH. Claro que eso es una falacia más. Los derechos –todos- se conquistan, se construyen, se defienden, se consolidan. Como la Justicia o la Democracia: no son deidades en las que hay que creer. Ningún país se construye con creencias, sino con convicciones; no con crédulos sino con ciudadanos convencidos del camino que eligen.

Globos para el arbolito

El clima de esta época es agobiante y no por la proximidad del verano , precisamente. Además de la avidez propia de los angurrientos, los P...