martes, 31 de marzo de 2020

Idiotas funcionales


Aunque dejó de ser un secreto desde unos días atrás, el Presidente lo convirtió en noticia: a pesar de las presiones mafiosas de los grandes empresarios y los medios de comunicación concentrados, el aislamiento se prolongará hasta después de Semana Santa. Las medidas tomadas por el gobierno nacional de cierre de fronteras y aislamiento ciudadano son tomadas como ejemplo en muchos países. Por supuesto, menos en Brasil cuyo mandatario, el inefable Jair Bolsonaro, alienta romper la cuarentena y asegura que los templos evangélicos cumplen un rol tan importante como hospitales y sanatorios. Un bruto histórico que debería avergonzar con énfasis a los brasileros que lo votaron. Pero no es el único caso de irresponsabilidad en esta crisis sanitaria.
Los defensores y voceros de eso que se conoce como el Mercado están comenzando a alterar el consenso a la cuarentena simplemente porque sus ganancias son un poco menores a lo que pretenden. Las redes sociales se hicieron eco de un hashtag malintencionado que circuló durante el fin de semana contra sueldos de políticos y funcionarios del Estado, que se reforzó después del mensaje presidencial de la noche del domingo. No molestó tanto la extensión de la cuarentena sino el consejo de Alberto hacia las grandes empresas por su afán aumentador y despedidor. Al día siguiente, durante una entrevista radial, como si le estuviera hablando al propio Paolo Rocca –cuya empresa intentó despedir a más de 1400 empleados por una semana de baja de la actividad- Fernández lo dejó en evidencia: “has ganado tanta plata en tu vida, tenés una fortuna que te pone entre los más millonarios del mundo; hermano, esta vez colaborá, y hacelo con los que hicieron grande a tu empresa, con los trabajadores”. No es para menos: Techint es la acerera más rica del país y su titular está en la lista de los más ricos del mundo. Por eso indigna que despida trabajadores porque las obras a su cargo han sido canceladas por la emergencia sanitaria.
Pero más indigna aún que algunos individuos se hayan dejado llevar por la mirada economicista de los medios concentrados, plagado de mercenarios disfrazados de periodistas que se muestran preocupados por las ganancias de sus anunciantes. Esos mismos serviles del establishment que impulsaron la presidencia de Macri y callaron durante cuatro años sus atrocidades. Y esos individuos que hicieron un vergonzoso silencio durante el ruidazo contra los femicidios y que aplauden todas las noches a los agentes de salud, el lunes a la noche cacerolearon desde balcones y terrazas por primera vez contra el gobierno que asumió hace algo más de tres meses. Idiotas útiles que escuchan a esa cloaca radial y televisiva que sólo impulsa la disolución de un Estado que afronta la crisis de manera cauta y responsable para cuidar a sus ciudadanos. En ese cacerolazo se concentra toda la bronca contenida porque el peor presidente de la historia –Macri, por supuesto- perdió las elecciones. En esa protesta encerrada de fin de marzo se sintetiza la ignorancia de los que se dejan llevar de la nariz por manipuladores de cuarta. La antipolítica vuelve a amenazar la salida del pozo en que nos dejó la Revolución de la Alegría más la novedad del coronavirus.
Los antipolíticos son aquellos personajes que encontramos por las calles, que mascullan las incoherencias que asimilan de las usinas de estiércol que consumen, que “nos están robando lo que pagamos de impuestos”, que “hay vagos que cobran planes”, que aceptan sumisos los bestiales incrementos que padecen en sus compras, que rompen la cuarentena como rebelión al gobierno populista. En este río revuelto de la antipolítica ganan los de siempre, los especuladores y fugadores, un puñado de tránsfugas que, hasta en estos dramáticos momentos, no paran de ganar fortunas. Y perdemos, también como siempre, todos los demás, hasta los que se suman a los cacerolazos destituyentes con la convicción de que van a pasar a la historia como ciudadanos ejemplares.

viernes, 27 de marzo de 2020

Las lecciones del Covid


Aunque cuesta, nos vamos acostumbrando al aislamiento, tanto que puede sorprendernos evocar cómo nos movíamos diez días atrás. También nos cuesta imaginar otra forma de vida en el futuro más que la de mantener la distancia que nos protege del temido virus. ¿Quedarán para siempre los espacios entre los integrantes de una cola, la costumbre de entrar de a uno en los negocios o la graciosa forma de saludar con un leve toque de codos? A quienes resulte exagerada esta pregunta, que echen una ojeada a series y películas de los ochenta y noventa donde se fumaba hasta en los sanatorios para verificar cómo horroriza la cotidianidad de antaño. Tal vez en poco tiempo más nos espantarán los que se saludan con besos y abrazos y se amontonan en locales cerrados para escuchar una conferencia, una banda o una obra de teatro.
Muchas cosas quedarán atrás después de este entuerto. La más necesaria: que nuestra vida deje de estar sometida a los caprichos del mercado. Si ahora, ante la emergencia, los popes de la economía –esos que lamentaron con emotivos obituarios la muerte de Bartolomé Mitre- no paran de especular y aconsejar al gobierno austeridad, lo que será cuando este dramático trance termine. Si la farmacia macrista de Mario Quintana –Farmacity- acapara alcohol en gel mientras en sus locales falta, lo que hará cuando volvamos a la normalidad. Si el Ingenio Ledesma –empresa azucarera del impune asociado con la dictadura Pedro Blaquié- obliga a trabajar a los mayores de 60 años y los padecientes crónicos, ¿qué será capaz de hacer cuando nos descuidemos?
Esta pandemia nos está llenando de anti ejemplos: los muertos se cuentan de a miles en aquellos países atravesados por el egoísmo neoliberal; lo mal que suena que el presidente de Chile anuncie que no van a cobrar los que no trabajen; lo obsceno que quedan los tuiteros PRO nutriendo el hashtag #NoALosMédicosCubanos y lo tontuelo de Laura Alonso tildando de espías y comisarios a los profesionales que ofrecen una mano, justo ella, que es emisaria del buitre Paul Singer y forma parte de un partido que inunda con chimentos los oídos de la Embajada Imperial; lo didáctico que resulta que el Primer Ministro británico, Boris Johnson haya sido invadido por el virus que ninguneó.
El presidente Fernández muestra ser de otro palo: un reformista que se enorgullece de serlo; no revoluciona el estatus quo, sino que lo suaviza; no estatiza bancos pero intenta domesticarlos; no expropia empresas esenciales, sino que las intima a facilitarnos la vida. Tan diferente es su impronta que la fuga de capitales –que durante el macrismo llegó al récord de 5900 millones de dólares- ahora se ubica en apenas 144 millones. Encima, la OMS eligió a Argentina como uno de los diez países capaces de iniciar los ensayos para la cura del coronavirus.
Atrás quedará el indignante anecdotario de estos días. El alocado surfista que debe admirar a Macri y sus secuaces, terminará, seguramente, procesado. Los que piden que Cristina hable, que son los mismos que antes pedían que se calle, quedarán como odiadores incurables. Los que burlan el aislamiento simplemente porque detestan el populismo, quizá acaben apestando a sus familiares. Los que buscan cualquier pelo para potenciar su costumbre quejosa, estarán cada vez más descolocados. Todo esto y mucho más deberá quedar atrás cuando dominemos al virus. Cuando podamos salir a la calle sin temor a contagiarnos, debemos construir sobre los escombros un país nuevo, donde el individualismo destructivo no tenga cabida, la solidaridad sea la norma y las provocaciones de los idiotas caigan en saco roto. Y si este nuevo horizonte prospera, tal vez podamos pensar en un mundo menos odioso que el que los carroñeros globales estaban construyendo antes de la pandemia. Si no aprovechamos este brete para construir un futuro más igualitario, será que no estamos entendiendo nada.

martes, 24 de marzo de 2020

Durante y después del virus


El Día de la Memoria sin marcha por primera vez en décadas. Sin marcha pero con la memoria intacta. Con manifestaciones virtuales, pañuelos blancos en balcones y ventanas, aplausos y cantos desde el aislamiento. Un 24 de marzo con calles vacías. La pandemia nos induce a buscar otras formas de estar presentes en una fecha como ésta: el compromiso también es creatividad. Mientras los genocidas toman como excusa el coronavirus para salir de las cárceles, el clamor Memoria, Verdad, Justicia los deja bien adentro. La conciencia se construye con paciencia y se manifiesta en cualquier circunstancia. En tiempos de cuarentena, esto se ve con mayor claridad. Mientras gran parte de los ciudadanos nos guardamos para evitar el contagio y la propagación del Covid 19, los individualistas siguen haciendo de las suyas.
Si no es un empresario rosarino que sale en su yate para pasarla bien con una joven, será otro irresponsable que encierra a la empleada en el baúl de su coche para no estar sin servicio doméstico. O serán familias que eludieron controles y advertencias para pasar el finde largo en la costa. Pero las fuerzas de seguridad se ensañan con un muchacho que salió a comprar una pavada. ¿Qué habría que hacer entonces con Ricardo Bussi –apellido oscuro de la historia-, que aunque padece coronavirus, siguió con su vida normal contagiando a muchos tucumanos? Y lo peor, en muchos sentidos, es legislador. En casos así, el castigo debería ser muy severo porque los que son como él tienen todo para cumplir las normas y, a pesar de ello, no lo hacen. ¿No deberían perder, si no los bienes, el prestigio del que gozan, como el navegante Gustavo Nardelli que, además de ser directivo de la estafadora Vicentín, es presidente de la Terminal Puerto Rosario?
Estos tipos tienen con qué pasar bien una cuarentena: viven en casas o departamentos con muchas habitaciones y además, el dinero suficiente para todos los bienes y servicios. Pero el estigma de que son hombres de bien hace que los uniformados los traten como a señores, a pesar de estar desatendiendo las medidas sanitarias: no hay palos ni amenazas si ven a Hernán Lombardi paseando en Pinamar o a Luis Novaresio haciendo ejercicios pero sí hay prepotencia para un joven con gorrita que salió a dar una vuelta para escapar un rato del hacinamiento en el que vive.
Este mal trance de la pandemia debe servir no sólo para cuidarnos ahora, sino por siempre. A cuidarnos no sólo del virus temporal que amenaza con hacer estragos, sino de los permanentes que son los que provocan la peor enfermedad de una sociedad: la desigualdad. A esos que se creen pícaros porque se fueron al extranjero cuando comenzaron las restricciones, que ponen los precios más allá de lo que valen los productos que venden, que ostentan impunidad valiéndose de sus privilegios inmerecidos, deberemos reconvertirlos de individuos egoístas a ciudadanos integrados y comprometidos. Y si no nos sale, deberemos pensar qué hacemos con ellos para que no sigan dañando el conjunto con sus conductas a contramano de la comunidad que necesitamos construir.

viernes, 20 de marzo de 2020

Lo que no mata, fortalece



Ya no hay dudas de que la pandemia modificó nuestras vidas: cualquier encuentro es asociación ilícita o peligrosa aventura; las demostraciones de afecto mantienen la distancia; el aislamiento es la norma. Siempre están los exagerados que untan alcohol en gel hasta a las empanadas, pero son los menos. Para la mayoría, la higiene de las manos se ha convertido en un hábito que no hay que perder. La facilidad en la transmisión del covid 19 hace que seamos precavidos en la cotidianeidad. Lo que será más difícil es concientizar a la población de que esto no termina el 31 de marzo, sino que nos estamos entrenando para los meses venideros.  
Así es: de poco sirve tanta preocupación si creemos que dentro de unos días volveremos a la normalidad. Lo que pocos dicen es que esto no es más que un entrenamiento para cuando llegue el invierno, que es el momento más propicio para la propagación del virus. Esto no significa que vamos a vivir en cuarentena hasta que llegue la primavera. Pero sí asimilar que deberemos mantener durante muchos meses las restricciones y cuidados que estamos teniendo ahora. Y empezar a distinguir entre lo que es necesario de lo que es inútil. Los encuentros masivos son tan riesgosos tanto ahora como dentro de un par de semanas. Entonces tendremos que acatar todas las regulaciones que se diseñen para espectáculos y fiestas privadas. El uso de guantes de látex por la calle, por más pintoresco y obsesivo que parezca, es absolutamente inútil porque es lo mismo que andar con las manos al desnudo. Lo más importante que debemos comprender es que el 1 de abril no es una fecha mágica para comenzar a relajarnos, sino todo lo contrario.
Lo que también hay que restringir –y quizá sea lo más importante- es la circulación de estupideces y declaraciones irresponsables. Que la ex modelo y actual diputada provincial de Santa Fe, Amalia Granata explote la pandemia para su campaña contra la IVE, debería ser sancionado. Y más aún que se burle con su tuit: "Quisieron legalizar la muerte y la muerte vino a visitarlos… El virus afecta a niños y tuvieron que suspender la ley de asesinato seguro y gratuito. ¿Casualidad?”. Después vienen a declarar que el coronavirus debería contribuir a superar la Grieta. Una vergüenza que la portadora de tanta malicia sea representante de parte de los ciudadanos santafesinos.
Otro que debería quedar fuera de juego es el pastor Héctor Giménez por prometer un alcohol en gel milagroso a cambio de mil pesos. Ni hablar de los genocidas condenados que, a casi nada del Día de la Memoria, solicitan el arresto domiciliario para evitar permanecer en la cárcel. También los que violan la cuarentena y, a pesar de haber regresado del extranjero se muestran en reuniones y fiestas como si nada. Un caso emblemático es el de Fernando Riccomi, empresario rosarino dueño, entre otras, de Medicym, una prepaga que no merecería poseer. Y, por supuesto, los formadores de precios que aprovechan la angustia colectiva para incrementar sus ganancias. Esos sí son viles y llama la atención que, recién ahora, las autoridades estén elaborando un listado con precios máximos para productos de primera necesidad, lo que deberían haber hecho desde el primer día, porque los que especulan con los consumos básicos de la población actúan desde siempre.
Estar aislados puede ser agobiante, pero es necesario para evitar que el virus se haga imparable. Quizá estemos ante un desafío que debemos superar en comunidad, a pesar de estar en nuestras casas. Un desafío que no comprendieron los que pensaron en tomar la suspensión de actividades como unas vacaciones imprevistas o los que esperan laxitud en los controles para burlar las restricciones de circulación. Estos son los menos; los más aprovecharemos el encierro para salir más fortalecidos y dispuestos a diseñar un nuevo escenario donde los caprichos del mercado dejen de regir nuestra vida.

lunes, 16 de marzo de 2020

La vida color de virus


Entre la paranoia descontrolada y el “no pasa nada” hay una gama de actitudes a tomar ante el severo Covid 19, el tan mentado coronavirus que –contra todo lo que se recomienda- está en boca de todos. Para bien o para mal, todos hablamos del tema, como expertos, súper informados o chamuyeros de feria. En cualquier escenario, vemos a los que se bañan en alcohol en gel cada medio minuto y los que, como si nada, tosen o estornudan sobre sus manos, saludan efusivamente y hablan hasta por los codos esparciendo microgotas infectadas a los cuatro vientos. También están los que se encierran aunque no estén en riesgo y se sobre abrigan y encienden las estufas porque escucharon que el calor es el peor enemigo del diminuto invasor. Hay de todo: hasta están los que piensan que éste es un nuevo castigo divino por la IVE y los que se resisten a la cuarentena porque es el gobierno K el que tomó la decisión.
Más allá de estas cuestiones, lo que más provoca pesadillas es imaginar qué sería de nosotros si Macri estuviera en la presidencia. Un contrafáctico que podría verificarse con sólo echar una mirada a los países europeos más afectados por esta pandemia. Mientras en China el virus está controlado y desde Cuba puede provenir la vacuna, en Italia, Alemania e Inglaterra el número de contagiados crece cada vez más. España demuestra que para enfrentar esta crisis hay que abandonar las políticas privatistas del neoliberalismo y es por eso que el Estado interviene en los sanatorios para que la salud deje de ser una mercancía. Estas decisiones irritarían al Buen Mauricio quien, pocos días atrás, esputó que el populismo es más peligroso que el coronavirus.
Sin embargo, una pandemia como ésta sólo se enfrenta cuando el Estado se hace cargo de la situación y no sólo obliga a la población a evitar la socialización, sino que la ayuda a cumplir con el aislamiento. ¿Alguien se imagina a Macri pensando en licencias o ayudas económicas para los que se ven obligados a la cuarentena? ¿Alguien podría esperar que él se ponga al frente de controlar el precio de los barbijos o el alcohol en gel? ¿O que cuestione el desabastecimiento o la acumulación compulsiva de productos por parte de los que creen que viene el apocalipsis? ¿Acaso lo imaginan a Macri sugiriendo el fútbol televisado gratis para suavizar el encierro? ¿O cerrando las fronteras, él, que es tan enemigo del aislamiento del mundo o usando Aerolíneas Argentinas para la repatriación y no las empresas aéreas de sus amigotes?
No. Precisamente este tipo de crisis se resuelven con las medidas populistas que Macri y los que piensan como él tanto denuestan. Este tipo de entuertos se resuelven con solidaridad, amor, empatía y no con el egoísmo tan PRO que conocemos hace tiempo. Algo estamos aprendiendo: las encuestas de los últimos días señalan una aceptación de más del 60 por ciento a las medidas tomadas por el gobierno de Les Fernández. Quizá este peligro sanitario nos incite a tomar un camino diferente; que nos haga comprender que no puede haber un puñado de buitres que se quieran quedar con todo, mientras los demás padecen hambre, enfermedad y despojo. Tal vez, el coronavirus es el empujón que nos falta para tomar las riendas del mundo antes que los angurrientos terminen de destruirlo.

jueves, 12 de marzo de 2020

Distopía aquí y ahora


Como si protagonizáramos un apocalipsis fílmico, el coronavirus está ganando terreno. Mientras la OMS declara la pandemia, la canciller alemana Ángela Merkel pronostica que “entre el 60 y el 70 por ciento” de sus conciudadanos contraerá la enfermedad. Y, como si fuera la líder política del drama, ante el Parlamento germano, reconoce que “el virus está aquí y no hay vacuna ni tratamiento”. En tanto, los medios aportan el suspenso con siniestros conteos, imágenes de pánico y entrevistas a especialistas en nada. Hasta ahora, la peli se desarrolla dentro de una trama convencional: falta la heroína científica que descubra la cura y el investigador curioso que vislumbre el complot de un laboratorio transnacional que, en connivencia con alguna agencia internacional, propague el virus para ganar fortunas con el antídoto.
Claro que no es una película como muchas que hemos visto, donde un virus convierte a la desprevenida población en zombis, vampiros o padecientes agonizantes. Nada de eso, sino la vida misma: un virus que nos convierte en engripados y nos muestra lo vulnerables que somos. También, que hay muchos inescrupulosos, como los que explotan el coronavirus para incrementar sus ganancias con el precio de los barbijos o el alcohol en gel, aunque no sirvan para mucho. La TV se apropia del tema para convertirlo en único y las redes aportan confusión con consejos ineficaces, memes ingeniosos, carteles xenófobos y demás delicias de los eclécticos usuarios.
Como en 2009, nadie se acerca, el saludo es parco y la distancia se hace norma porque el otro puede ser un posible contagiante. El que tose o estornuda es mirado como si tuviera explosivos en el cinturón. Algunos paranoicos andan con el barbijo adosado, aunque se lo bajan cada tanto para fumar un cigarrillo, como si en esos minutos fueran inmunes a la proliferación del virus tan temido. El pañuelo que desagota la nariz es tratado como desecho radiactivo hasta que cae en la papelera y aún ahí, sigue generando terror. Algunos alucinan con el tan postergado fin del mundo, con la certeza de que formarán parte del grupo encargado de repoblar la Tierra. Los que pueden, colman las alacenas con mercancías para meses de encierro y buscan en internet los más esenciales consejos de supervivencia para cuando todo se desmorone. Los que no pueden, como siempre, sólo piensan en el día a día.
Pero que el coronavirus no tape el bosque, que la vida sigue, por ahora. Aunque los viajeros que vengan de los países afectados deban guardar cuarentena y nuestras manos se desgasten de tanto lavarlas a conciencia; aunque desaconsejen las aglomeraciones y los encuentros masivos; aunque recomienden el aislamiento en caso de presentarse algún síntoma; aunque nos parezca que el caos está pronto a adueñarse del mundo, siempre debemos vivir confiados en que tendremos futuro y que tenemos un presente que no debemos descuidar. Quizá no sea este bichito el que extinga a la especie humana; o tal vez la reduzca de manera drástica a menos de la mitad. Si, como decían los abuelos “no hay mal que por bien no venga”, tal vez estemos a las puertas de una nueva humanidad, compuesta por seres más solidarios, cuidadosos, compresivos y conscientes. Entonces sí, protagonizaríamos una película de las que valen la pena.

lunes, 9 de marzo de 2020

La Grieta de siempre


Ya sabemos que Macri es una máquina de decir burradas. Un párrafo de sus tartamudeos es una lección invaluable de lo que no se debe pensar ni expresar. Su discurso es la exhibición de un ideario que nos arrastra a lo más oligárquico del siglo XIX. Aunque su gobierno ya terminó, el daño provocado en estos cuatro años perdurará por mucho tiempo, no sólo el económico, sino también el simbólico. Para no dejar de ser él, en Guatemala dijo tonterías y la más memorable será que –según él- el populismo es mucho más peligroso que el coronavirus. Por supuesto, trató de explicar esta sandez con más sandeces. Patrañas sin fundamento y mucho cinismo, como que los populistas “necesitan gobernar sin contrapesos para poder imponer todas las arbitrariedades que niegan los avances del mundo y de la tecnología”. Esto dicho por él, que orquestó un sistema de persecución judicial a los opositores, que desfinanció el Conicet, regaló el Arsat y boicoteó todo esbozo de investigación para el desarrollo soberano de nuestra tecnología.
En ese encuentro en donde los consustanciados con el neoliberalismo buscan soluciones para los daños que ellos mismos provocan, el Ingeniero instó a “ponernos metas con fechas inamovibles para mejorar las asimetrías”. ¿Qué sería ‘mejorar las asimetrías’, profundizarlas? Quizá sí, porque es lo que hizo durante su mandato. Y lo de las “metas con fechas inamovibles” suena a magia, como si decretara que a partir de tal día no debe haber más pobres o algo así. Y después, una confesión: “en la democracia cuesta mucho más tiempo cambiar las cosas”. Claro, por eso desde La Rosada no hizo más que derogar leyes por decreto, echar de un plumazo a jueces y fiscales desobedientes y mantener al Congreso lo más inactivo posible; por eso, para los que son como él, las elecciones son un gasto o una pérdida de tiempo, las leyes son un obstáculo y la Constitución Nacional, un viejo libro olvidado en un sótano; por eso, sus actos públicos fueron pantomimas televisadas con invitados selectos; y el Estado es un enemigo cuando no está al servicio de las apetencias interminables de una minoría privilegiada y angurrienta.
Aunque Macri ya no está en el gobierno –y esto hay que celebrarlo todos los días- ha dejado un legado que no sólo está conformado por la monstruosa deuda externa, el crecimiento de la pobreza y el desempleo, el cierre de miles de Pymes y una inflación más que duplicada: acostumbró a los más ricos a hacer lo que se les dé la gana con la plena seguridad de que nadie reprenderá sus predatorias decisiones.
Durmiendo con el enemigo
Desde el principio, el Buen Mauricio gobernó para una minoría y, poniendo el modelo del derrame como excusa, con gran parte de sus medidas incrementó la brecha entre ricos y pobres. Como dijo en Guatemala, “mejorar las asimetrías”. Erradicar la vil costumbre de multiplicar fortunas poniendo cada vez menos es un desafío quimérico. No sólo porque los poderosos resisten límites y controles, sino también porque tienen la capacidad de sumar a su mezquina causa muchos ciudadanos que nada ganan con sumarse. Claro, los medios de comunicación hegemónicos inoculan confusión en el imaginario de su desprevenido público.
Pero no sólo eso: esta semana dos revelaciones confirmaron, una vez más, que los medios no son sólo intermediarios entre un hecho y el destinatario, sino artífices de una realidad que se construye a la medida de los intereses de una clase. En primer lugar, el periodista de La Nación Carlos Pagni confesó en su programa televisivo que las atroces prisiones preventivas a los funcionarios K fueron resultado de la presión de ese diario, el mismo que está acostumbrado a publicar con formato de editorial el pliego de condiciones que presentan a cada nuevo presidente.
El segundo hecho tiene que ver con el lockout que los agrogarcas ejecutarán esta semana como protesta contra el incremento del impuesto a las exportaciones que afecta sólo a los grandes productores y beneficiará a los más pequeños. Esta nueva Rebelión de los Estancieros fue impulsada por Clarín y convertida en titular antes de que los protagonistas tomaran la decisión. Por si no se entiende: el titular ordenó la medida de fuerza. El presidente de la Federación Agraria, Carlos Achetonni, reconoció en una entrevista radial que, de no haber mediado la falsa información del ex Gran Diario Argentino, la entidad que representa no se hubiera adherido.
Si la vida del país va a estar ordenada desde la redacción de un monopolio mediático, la democracia parece cartón pintado. Si gobiernan los que nunca son votados, las instituciones se desdibujan. Si los poderosos quieren seguir succionando los recursos que son de todos y las plumas ilustres de los diarios alientan esta pulsión, los lamentos por la pobreza sólo son superficiales declamaciones que no buscan transformar nada. Aunque parezca mentira, algo hay que agradecerle al macrismo: que ha dejado en claro quiénes son los enemigos de nuestro futuro y no hay tiempo que perder para derrotarlos definitivamente.

Idiotas funcionales

Aunque dejó de ser un secreto desde unos días atrás, el Presidente lo convirtió en noticia: a pesar de las presiones mafiosas de los grand...