jueves, 17 de septiembre de 2020

La historieta del eterno retorno

 

Las cosas pasan muy rápido en Argentina, tanto que casi nos olvidamos que una semana atrás un grupo de policías bonaerenses se plantó con armas y patrulleros frente a la Quinta de Olivos para exigir un aumento de sueldo. Hay hechos que son tan confundidos por los relatores mediáticos que, el sábado a la tarde, unos cuantos rosarinos salieron a reclamar por el 1 por ciento de coparticipación que el gobierno nacional le sacó a la CABA. La protesta hubiera sido más coherente cuando, en 2018 Mauricio Macri se lo dio de más, porque ahí sí afectaba al reparto general. Ahora también, pero parece distinto. En estos tiempos, hay tan poca valoración de la palabra, tan bastardeada está la discusión política, que Patricia Bullrich, la presidenta del PRO, recién curada de coronavirus y aún sin saber dónde se lo pescó, vuelve al ruedo para seguir haciendo campaña anti cuarentena.

Podemos seguir enumerando viñetas absurdas del presente argentino, pero nos quedamos con la Bullrich porque es tan divertido como una noche de copas. Además, a partir de sus incoherencias podemos hilar todas las demás. Cuesta creer que un personaje así mantenga cierta trascendencia y alguno dirá que eso ocurre porque, al criticarla, le estamos dando cabida. Pero si no lo hacemos, con la prepotencia mediática dominante, queda como una antorcha que ilumina nuestro futuro. Y no lo es, claro está. Por contener las críticas a la gestión PRO en La Capital, nos pasó Macri y si los seguimos ignorando, nos puede pasar Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal o algún infierno peor. Volvamos a Bullrich un ratito más: ni bien curada, la ex ministra de Seguridad de la Revolución de la Alegría esputó que la fuerza política que preside es mirada “por la sociedad como la posible sustitución de este gobierno en las elecciones de 2021”. Después dicen que el covid no deja secuelas. Parece que además de la capacidad para vomitar pamplinas, deja un resabio destituyente.

Entre muchas sandeces, la etílica ex funcionaria reclamó a Alberto “menos modelo soviético y más apertura”, como si ya no la hubiera, con los estragos que está generando. Pero como no podía quedarse sólo con eso, avanzó más hacia la galería del ridículo y calificó la cartita que Macri publicó en La Nación como “muy clara y conceptual”. Si tan claros tiene los conceptos el Infame Ingeniero, ¿por qué no los aplicó durante su gobierno, en lugar de endeudarnos como nunca, habilitar negocios para sus amigotes y poner jueces funcionales a dedo? Si tanto conoce la Constitución, ¿por qué no la siguió al pie de la letra para ampliar derechos, en lugar de potenciar privilegios?

Abandonemos a Patricia y su extravío pos covid para centrarnos en la carta del Buen Mauricio. No mucho porque, salvo algunos fanáticos, todos la cuestionaron. Hasta su ex asesor, Jaime Durán Barba, la consideró casi un bodrio. Pero hay algo que muchos no advirtieron: la similitud de la carta publicada el domingo con el editorial firmado por Roberto Noble, el fundador de Clarín, para celebrar el golpe de Estado de 1955. En aquel viejo texto, Noble se vanagloriaba de haber sido partícipe de la revolución que terminó con el gobierno de Perón, al que consideraba un tirano. Después, Clarín se convirtió en un ferviente apologista de la dictadura. No sólo de ésa, sino de todas las que siguieron. Apologista y beneficiario. Y hoy, sigue siendo un diario destituyente de cualquier gobierno que no satisfaga las apetencias de sus dueños, mintiendo, difamando, blasfemando y posicionando presidentes que le hacen mucho daño al país. El gran diario argentino, todos sus medios y los monstruos que crea son lo más anti argentino que existe en el mundo. Y es, sobre todo, la pesada ancla que no nos deja arrancar hacia el país que nunca termina de ser el mejor sueño.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Privilegiados y caraduras

 

La vara del debate político está cada vez más baja. Y eso no sólo desconcierta: también desalienta. Como si estuviéramos siempre dando vueltas sobre lo mismo. Los que perdieron las elecciones presidenciales no cesan de reivindicar el desastroso gobierno cambiemita, no sólo por sus resultados sino por sus procedimientos. En cambio, nada dicen de sus malas intenciones, porque no conviene. Ahora aparece Macri –que nunca estuvo ausente-, como una pluma ilustre en el diario La Nación, pontificando sobre transparencia y respeto a las instituciones. Él podrá ser un caradura, pero hay un discurso dominante que lo avala, que lo erige como el paladín de la República y la honestidad. De eso deviene que haya un público cautivo que crea en esas patrañas. Mientras tanto, el presidente Alberto Fernández esboza un discurso conciliador destinado a los que son incapaces de conciliar nada.

Después de firmar el decreto para reducir la coparticipación a la CABA –y contrarrestar el decreto con que el Buen Mauricio le concedió de más-, explicó que no está “sembrando discordias, sino igualdad”. ¿A los PRO les va a hablar de igualdad, cuando su nefasto modelo sólo funciona en base a la desigualdad? Y esa también es una discusión vana. Construir igualdad es hacer que todos tengamos exactamente lo mismo; ni siquiera el eufemismo de igualdad de oportunidades para todos es realizable, porque implica que todos partamos desde el mismo punto, sin herencias, apellidos, historias, estudios. Poner como meta la igualdad nos llena de hipocresías, más de las que ya pululan por estas tierras.

En un intento de ampliar su frase, el presidente agregó: “ningún diálogo se rompe, pero a alguno le duele renunciar a los privilegios”. Una declaración para sordos porque la pérdida de privilegios no provoca dolor; la de derechos, sí. Además, ningún privilegiado reconoce serlo. Hasta los que descansan en el podio de los más ricos negarán ser privilegiados; hasta son capaces de pregonar a los cuatro vientos que sus descomunales fortunas de muchísimas cifras garantes de holgura para incontables vidas han sido producto del trabajo esforzado y honesto. Si el trabajo honesto y esforzado garantizara la fortuna, todos seríamos multimillonarios y no unos pocos.

Esa declaración de Fernández necesita que los aludidos reconozcan que su privilegio es el que esquilma derechos al resto y eso es un abuso de ingenuidad. ¿Acaso los apellidos que encabezan el listado de Forbes van a admitir que conquistaron ese lugar explotando trabajadores, especulando en todas las timbas posibles, evadiendo y escondiendo el botín en empresas fantasmas? Si llegaron a eso fue con el consentimiento de una sucesión de gobiernos cómplices que armaron un entramado legal para conformar la injusticia que padecen muchos argentinos. Los privilegios que cercenan derechos se eliminan sin pedir permiso ni buscar consenso, menos con los privilegiados. Y eso no es autoritarismo; lo autoritario es que muchos padezcan necesidades esenciales porque unos pocos tengan de sobra. Eso es lo que vulnera toda institucionalidad y rompe con los derechos garantizados por la Constitución. No es ilegal que el Estado intervenga una empresa que ha fugado, estafado y evadido: en la ilegalidad están los empresarios que han cometido esos delitos. Y reparar el resultado de esos delitos no es incumplir con la Constitución, sino todo lo contrario: es hacer Justicia.

lunes, 7 de septiembre de 2020

El precio de la estupidez

     El discurso dominante –impuesto desde los grandes medios y sostenido por dirigentes irresponsables- está haciendo estragos en el entendimiento de algunos argentinos. Uno comprende que comerciantes, empleados y trabajadores informales se encuentren afectados por las restricciones derivadas de la pandemia. De ahí a empatizar con los que se amontonan a tomar cerveza con los amigos, los fiesteros de Chapelco y los incineradores de barbijos del Obelisco hay un abismo. Sin dudas, el anticuarentenismo es una excusa que encontraron para manifestar su incomodidad por el resultado de las elecciones pasadas. Otra cara de la famosa grieta que los que tanto la denuncian no quieren cerrar.

Al contrario: mientras más insistan en hacer el juego a los poderosos, más la profundizan. Los incendiarios del Obelisco tomaron el barbijo como un símbolo de lo que odian, de lo que tanto desprecian. El barbijo simboliza el populismo; para esos clasemedieros aspiracionales, el acto del sábado fue como una quema de brujas, como una hoguera en la que debían arder Alberto, Cristina, Axel y todos los choriplaneros. Los fiesteros de Chapelco ostentan inmunidad, como si pertenecieran a una clase social invulnerable. Además de inmunidad, ostentan ignorancia con la frase "¿se dieron cuenta que en Europa y en San Martín de los Andes ya no hay cuarentena?". Estos individuos aspiran a ser lo que no son con su identificación con Europa y, sobre todo, con su desinformación supina. Los que se amontonaron en los bares el viernes pasado en la CABA, como si respondieran a una orden de su Jefe de Gobierno, desafían al Covid y provocan a las autoridades. Todos provocan para recibir una sanción y poder denunciar a los cuatro vientos la infectadura que creen padecer.

Lo que no advierten es que lo único que provocan es hartazgo. Mientras ellos juegan a disfrutar, muchos padecen en serio. Médicos, terapistas y enfermeros exponen su salud para cuidar a los que enferman por accidente y también a los que se contagian por voluntad. Y encima, el inasible Alfredo Casero, con su inexistente coherencia, vociferó que para eso les pagan a los trabajadores de la salud. No hay país que soporte tanta estupidez vomitada desde su capital. Encima, los famosos PRO son los que más se contagian, reeditando el viejo chiste de “¿cuál es el colmo de…?”. El colmo de un anticuarentena es padecer coronavirus. Pero son tan anti que son capaces de morir por la causa.

Si tenemos que perder tiempo explicando algo tan simple, ¿cuánto nos llevará convencerlos de la necesidad de distribuir la riqueza que nos sobra? ¿Cuánta saliva tendremos que gastar para que comprendan que en un país tan extenso no puede existir un solo argentino sin su tierra? ¿Cuánto tendremos que escribir para demostrar que si producimos alimentos para más de 300 millones de personas no puede ser que estén tan caros y menos que haya argentinos que no pueden comer? La respuesta a todas estas preguntas es mucho: mucho tiempo, mucha saliva y mucha escritura. Lo que sea necesario para desterrar la desigualdad que tanta vergüenza debería darnos.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Propósitos inconfesables

 

Algunas situaciones de la política argentina parecen escenas de las peores comedias. En muchos casos, los actores provienen de Juntos por el Cambio, que parecen empecinados en tener un lugar privilegiado en la Galería del Ridículo. Guiados por la palabra del inconcebible Líder, Mauricio Macri –que no es ejemplo de sabiduría ni de nada- son capaces de arriesgar el poco prestigio que les queda con tal de llevar adelante el rol de opositores rabiosos. Lo demostraron el martes en la cámara de Diputados con el intento de frenar cualquier alternativa de trabajo parlamentario. En medio de la pandemia que cada vez suma más contagios, 94 cambiemitas se movilizaron desde sus lugares de residencia para decir no a todo con el único objetivo de demostrar a sus verdaderos representados –los más ricos- que están dispuestos a cualquier cosa para frenar el populismo. Como irresponsables que son, arrastraron a un centenar de patriotas indignados que, en pos de la República, quisieron invadir el Congreso, arrojaron piedras y vociferaron consignas incongruentes.

Si fueran coherentes, los exponentes de Juntos por el Cambio se manifestarían en contra de legislar virtualmente en todos los distritos. Sin embargo, no es así porque la legislatura porteña -en donde son mayoría- funciona de manera virtual; lo mismo en muchas provincias donde tienen diputados y senadores. En el Senado Nacional tampoco presentaron objeciones. Entonces, ¿a qué viene este espantoso circo? Como a pesar de todo, la imagen del gobierno nacional sigue siendo alta, buscan debilitarlo con la generación de sainetes televisivos y titulares agoreros. Como buenos antidemocráticos que son, el objetivo es deslegitimar los futuros debates sobre la mal llamada reforma judicial y, sobre todo, el aporte solidario de las grandes fortunas. Y, para no perder la costumbre, amenazaron con recurrir a la justicia para demostrar que se pasan por cualquier lado la independencia entre los poderes.

En una táctica de pinzas, los intelectuales amarillos elaboraron un esforzado documento en el que dejaron atrás la insólita “infectadura” para denunciar “el uso ilegal del terror sanitario”. Si Netflix descubriera a las plumas ilustres de Luis Brandoni, Santiago Kovadlof, Maximiliano Guerra o Sandra Pitta llenaría su plataforma con las comedias más desopilantes. Lo más paradójico de todo esto es que muchos mediáticos y políticos anticuarentena se están contagiando para descubrir que el  coronavirus no es un invento de Alberto. Y encima, la curva ascendente de infectados pone en vilo a los trabajadores de la salud, que ya no dan más, mientras muchos irresponsables disfrutan a cuatro manos.

Mientras tanto, la vida real continúa más o menos a buen ritmo. El martes, con bombos y platillos, el ministro de Economía, Martín Guzmán anunció los resultados del acuerdo alcanzado con los bonistas privados para saldar la deuda innecesaria que la Revolución de la Alegría nos dejó. Una injusticia que tengamos que pagar la especulación de unos pocos, pero, según dicen, nos ahorramos un montón de plata, aunque podríamos ahorrar mucho más si pasáramos la cuenta a los ganadores de esa estafa.

En ese mismo acto, Guzmán anunció que el acuerdo con el FMI –la otra deuda que el nefasto macrismo nos dejó- tardará unos seis meses en concretarse y Alberto Fernández destacó que la postura de la nueva titular, Kristalina Giorgeva es diferente a la de Christine Lagarde. Es decir, que nos tenemos que desenamorar de una para enamorarnos de la otra. Pero acá hay que ser más enfático: si el préstamo con ese organismo no pasó por el Congreso, como ordena la Constitución, es el más voluminoso de la historia y se usó para la fuga, contra lo dispuesto por los estatutos del Fondo, ¿no deberían saldarlo los gestores de ese desaguisado? Que esos 50 mil millones de dólares lo paguen Macri, Dujovne, Lagarde y todos los que embolsaron esa monstruosidad en paraísos fiscales. Si hay que enojar a los vándalos, que sea por algo trascendente y no por pavadas como los debates virtuales.

sábado, 29 de agosto de 2020

Una metamorfosis necesaria

 

El jueves, la reforma judicial tuvo media sanción en el Senado y, a pesar de que no propone nada revolucionario, algunos retrógrados reaccionaron como si lo hiciera. Claro, el Poder Real no permite siquiera ser rozado. Los cambiemitas –que no quieren cambiar nada- fieles representantes del establishment, repiten los prejuicios mediáticos y se niegan a dialogar con la excusa del consenso. Si no dialogan, ¿cómo van a construir consenso? Lo que pasa es que esas palabras han sido apropiadas por el discurso dominante y, como siempre, terminan tergiversadas. Cuando los poderosos dialogan sólo dictan órdenes y el consenso que buscan es la obediencia. A eso se han acostumbrado, a mandar y ser obedecidos. Ésta es la principal reforma que debemos afrontar si queremos garantizar un país más equitativo.

El episodio Duhalde puede ser un buen punto de partida para clarificar un poco. La amenaza presentada ahora como advertencia –o viceversa- contiene un dejo de ingenuidad. El temor a un golpe militar ya no tiene sustento en nuestro presente porque los militares no son necesarios para condicionar la democracia. Las corporaciones no “golpean la puerta de los cuarteles”, como hicieron hasta 1976 porque las armas que tienen son mucho más efectivas: los medios de comunicación y el sistema financiero bastan y sobran para desalentar transformaciones profundas del statu quo. Ese poder de fuego lo tienen intacto porque sólo fueron condenados militares y civiles que ejecutaron secuestros, torturas y desapariciones. Los instigadores y beneficiarios del terror siguen impunes. El brote psicótico del ex presidente de prepo Eduardo Duhalde apuntó a los militares, no a los civiles que aún continúan conspirando para que este gobierno termine cuanto antes o no pueda concretar las transformaciones necesarias.

 Al final, Duhalde puso la cabeza en vano. O denunció a los que no debía haber denunciado. Si ya sabemos quiénes son los antidemocráticos, los destituyentes. Detrás de los peleles mediáticos que anticipan un “que se vayan todos” con guerra civil incluida, se esconden los principales empresarios que no pueden contener su angurria y como tienen cola de paja, presienten que algún día deberán pagar por el daño que han hecho durante décadas, evadiendo, especulando, complotando, fugando, explotando, estafando. Y por el que siguen haciendo. Ni sus emisarios mediáticos obtienen un freno –o al menos una reprimenda- a su libertinaje manipulador y dañino. Nadie paga las consecuencias de tanta irresponsabilidad comunicacional. Los titulares ya ni se acercan a los hechos, los editoriales son cuentos fabulosos y la vergüenza ni se asoma cuando una conductora televisiva genera una muerte por tomar dióxido de cloro en cámara.

Esta debería ser la principal reforma que debemos afrontar: la discursiva. Que la mentira, el menosprecio, la blasfemia, el odio, la calumnia no tengan lugar en los mensajes que circulan en los medios porque construyen un sentido común mediocre y destructivo. Castigar a los que alimentan la opinión pública con ingredientes tan indigestos no es antidemocrático, sino todo lo contrario. La libertad de expresión sin responsabilidad significa la opresión del público cautivo. De eso también se han apropiado los poderosos.

martes, 25 de agosto de 2020

La cancha embarrada

     

Siempre son bienvenidas las decisiones que restituyen o garantizan derechos, por más tardías que sean. Aunque se hayan tomado para contrarrestar el impulso de Rodríguez Larreta de obligar a seis mil estudiantes porteños a asistir a clases presenciales por problemas de conectividad. Esto también debería modificar la decisión de muchas provincias, como Santa Fe, en donde se plantea la presencialidad en aquellas localidades donde la virtualidad se dificulta. Un problema que desde abril se había detectado y recién ahora aparece la solución

De cualquier modo, la medida sorprendió, sobre todo a los empresarios que no resignan un centavo de sus ganancias. Al contrario, siempre quieren más, sino de los usuarios, que sea del Estado. Por eso, los que especulan con todo están muy alterados. Por eso Clarín –que tiene intereses en casi todas las áreas de la economía- tergiversa los hechos desde sus titulares y programejos radiales y televisivos, en un intento de conquistar adeptos para la alteración democrática. Aunque en los cuatro años de la Revolución de la Alegría, las empresas de comunicaciones han aumentado un diez por ciento más que la inflación -40 en total-, no están dispuestos a permitir que el gobierno nacional impida el saqueo al que están acostumbrados. Ya en los ochenta, el dirigente radical César Jaroslavsky denunciaba que Clarín “ataca como partido político y se defiende con la libertad de expresión”. Siempre el mismo verso. Y eso que en aquellos tiempos la empresa liderada por Héctor Magneto no era lo que es hoy: un monopolio todo terreno con intenciones de crecer mucho más.

A esta altura ya se sabe: el decreto presidencial viene a corregir la modificación inconstitucional de dos leyes realizadas por el Infame Ingeniero apenas asumió, como agradecimiento al periodismo de guerra de los medios hegemónicos para garantizar el acceso al inmerecido cargo de presidente. Clarín y toda su cloaca comunicacional inventaba hechos, algunos jueces y fiscales de Comodoro Py otorgaban verosimilitud a las ficciones, gastando fortunas en procedimientos lejanos a la búsqueda de la verdad y los PRO y sus aliados convertían las fábulas en propuestas seudo políticas. El resultado de este engendro es una alteración del pensar común que pone en peligro la vida institucional del país. Cuando el Poder Económico pretende gobernar desde las sombras, no hay democracia posible. Cuando el periodismo se erige como primer poder a fuerza de falacias para defender intereses opuestos a los de casi todos, la vida constitucional se malogra. Cuando el prejuicio se propaga hasta convertirse en norma y la manipulación conquista rating es muy difícil garantizar el futuro.

Como el Grupo Clarín está en todo, cualquier modificación del statu quo le afecta, no sólo desde lo económico sino desde su gobernabilidad de facto. Si la reforma judicial puede limar su incidencia malsana, el decreto del viernes pasado condiciona sus intenciones de incrementar ganancias a costa del bolsillo de todos. Y no olvidemos que tienen bonos de deuda, con lo que pueden boicotear cualquier intento de soberanía económica. Aunque desde sus medios siga insistiendo con el cuco de Valenzuela, en ningún país del mundo existe un conglomerado empresarial tan gigantesco y nocivo.

A pesar de que sus pretensiones sean indefendibles, tanto es su poder que sus espadachines no temen al ridículo a la hora de dar el presente desde la primera fila. Federico Pinedo denunciando la estatización de los medios, Patricia Bullrich con la censura, Ernesto Sanz con la caída del gobierno y Eduardo Duhalde advirtiendo que el año que viene no habrá elecciones. Hasta anticipan que caerán las inversiones, aunque el semestre pasado, las empresas del sector han destinado apenas un 30 por ciento a mejorar la calidad de los servicios. Marionetas que bailan al ritmo de Magneto para no perder pantalla porque saben que sin eso, no serían nada. Si no fuera por los incautos que se niegan a reconocer cuán engañados están, Clarín tampoco sería nada.

jueves, 20 de agosto de 2020

La marcha de los ridículos

 

Este comentador de la realidad está harto de la pandemia, pero no la del coronavirus, sino la de la manipulación informativa. En la marcha del 17 de agosto se puso en evidencia que hay una porción ínfima de la población de las grandes ciudades que es víctima de ese virus: el de la pésima información. En carteles, cánticos, actitudes y gritos, esa minoría intensa hizo público su déficit discursivo. Sin dudas, piensan mal porque se informan mal. Sus razonamientos deformes provienen de conciencias deformadas. Ante cámaras y micrófonos eructaron con orgullo lo poco que entienden de todo. Desde el lunes hasta ahora, se han leído y escuchado miles de análisis de esa manifestación, algunos minimizando su incidencia y otros con un absurdo orgullo patriótico. Ni lo uno ni lo otro: si no actuamos contra el virus de la manipulación, si no erradicamos ese odio visceral que busca excusas para estar en contra, si no elevamos el pensar colectivo de una parte de nuestros compatriotas, nunca podremos construir el país que nos involucre a todos.

Por más que se diga que la protesta fue legítima porque estamos en democracia, el contenido y los motivos la deslegitiman y la muestran como algo muy poco democrático. En principio, resulta imposible la postura sobre el respeto porque sus protagonistas no se respetan a sí mismos. Si no dudan en mostrar sus lemas ridículos no debemos contenernos en calificarlos así: el que dice ridiculeces no es más que un ridículo; la opinión construida en base a la desinformación no merece respeto. Y en esta andanada de expresiones callejeras no hacen más que mostrar su profundo espíritu antidemocrático. No aceptan haber perdido las elecciones; no asumen que el nefasto personaje con el que se identifican no pudo renovar su mandato; no reconocen que lo que defienden –si es que defienden algo- hizo mucho daño al país. Pero lo peor es que no advierten que son peleles manejados a control remoto.

Los apologistas del “anticuarentenismo” advierten que hay que atender esos reclamos. ¿Cuáles? ¿El de los que denuncian que la cuarentena es un delito de Lesa Humanidad? ¿Los que exigen libertad en plena libertad, los que denuncian la pandemia como una confabulación sionista o comunista, los que quieren ir a misa, los que no quieren que les impongan una vacuna sino aplicarse la que ellos elijan? Quien intente convertir en plan de gobierno estas demandas terminaría con su raciocinio extraviado. ¿Cómo aceptar que rechacen la reforma judicial sin conocer una línea de la propuesta? Más aún si los que la rechazan guardaron un cómplice silencio cuando Macri conquistó la Justicia a fuerza de decretos, extorsiones y coimas. ¿Cómo responder a un grupo de ciudadanos que quieren consumir libremente litros y litros de dióxido de cloro porque una conductora televisiva empinó el codo en cámara? ¿A quién van a reclamar si el isopado les da positivo, a los dueños de Clarín, La Nación, A24 o al Estado que tanto desprecian? Si se intoxican con dióxido de cloro, ¿a quién responsabilizan? ¿a la Canosa, a Bolsonaro o al Estado que permitió su venta?

Esto ha sido más que una catarsis cacerolera: no olvidemos que gracias a esta alianza entre manipuladores y manipulados tuvimos al peor presidente de los últimos años. Cuando la desinformación se expresa en las urnas, la democracia se debilita. Si el río está revuelto no ganan los pescadores, sino los buques factoría que capturan millones de peces. Detrás de los individuos que expresaron su bronca infundada se escudan los verdaderos enemigos de nuestro futuro, los que cada vez tienen más poder y más angurria. Descorrer la venda es un desafío, siempre el mismo, desde hace décadas. Aunque es necesario, parece que siempre estamos empezando de cero.

La historieta del eterno retorno

  Las cosas pasan muy rápido en Argentina, tanto que casi nos olvidamos que una semana atrás un grupo de policías bonaerenses se plantó con...