domingo, 17 de octubre de 2021

Una humillante bandera blanca

 

El abuso de los precios no se soluciona con consenso. Como dicen por ahí, las leyes están para volverse efectivas y los actores principales de la Economía están en rebeldía desde hace mucho. El diálogo es insuficiente ante tanta avaricia.

 El presidente Fernández estuvo en el coloquio de IDEA para hablar de asuntos que los asistentes no quieren escuchar. Claro, los grandes empresarios sólo tienen una idea: la de ganar más invirtiendo menos. En su carta de presentación, los organizadores de este encuentro anual y sus patrocinadores declaran que “las empresas tenemos un rol fundamental en la generación de valor y de trabajo de calidad, que necesitamos potenciar” y para eso convocan “a todos los actores sociales a sumarse en un diálogo plural acerca de los temas estructurales que necesitamos abordar para lograr el desarrollo sostenible de la Argentina en el marco de las grandes tendencias globales”. Como para creerles, si siempre reclaman “soluciones” para engrosar sus enormes arcas: baja impositiva, quita de derechos a los trabajadores, subsidios, eliminación de controles, devaluación de la moneda de acuerdo a sus apetencias. Y encima nos saquean los bolsillos con los precios de lo que producen.

No es una revelación: maquillan con palabras bonitas la depredación que ejecutan desde hace años para obtener el abultado botín que esconden en paraísos fiscales. Detrás del “diálogo plural acerca de los temas estructurales” se oculta la exigencia de un Estado cómplice que les facilite la multiplicación de sus fortunas a costa de empobrecimiento de la mayoría. Ante estos nefastos personajes, Alberto no abandonó su tono conciliador y pedagógico para invitarlos a "abandonar los insultos y las quejas altisonantes" para dejar de ser una sociedad “con bandos en pugna”. En otras palabras, el mandatario les pidió que dejen de ser como son.

En la explicación está la solución: "Argentina necesita empresarios que sean los primeros trabajadores. Sin lobbyes y con creatividad. Sin especulación y con producción. Sin codicia y con solidaridad”. En cierta manera, les señaló la puerta de salida. Pero no nos entusiasmemos: Alberto ladra pero no muerde y los grandes empresarios saben que tienen el poder suficiente para frenar cualquier tarascón. Por eso no se alteraron cuando el presidente –en referencia al descontrol de los precios- advirtió “seremos inflexibles con la especulación”. Si en estos casi dos años de pandemia se han mostrado tan flexibles como invertebrados practicantes de yoga, ¿cómo esperar que empiecen a actuar con dureza?

En su nuevo rol de secretario de Comercio, Roberto Feletti se muestra dispuesto a solucionar la destituyente locura de los precios. Quizá por indicación de Alberto, busca un acuerdo para congelar el precio de 1247 productos por noventa días, después de retrotraerlos al 1 de octubre. En una entrevista radial, el funcionario señaló que espera “cerrar este acuerdo y ponerlo operativo el lunes” y advirtió que de no alcanzar ese objetivo “aplicaremos las leyes”, en referencia a la ley de Abastecimiento de 1974. ¿Cómo es esto? ¿Lograr un acuerdo para no aplicar una ley? ¿Desde cuándo ejecutar una ley es una amenaza? ¿Hay que suplicarles un poco de cordura? Esto es como agitar la bandera blanca para que dejen de considerar el país como un coto de caza.

Demasiada consideración para quienes no la merecen. Ni siquiera en pandemia los formadores de precio contuvieron su angurria y ahora les piden solidaridad. Las leyes están para protegernos de los poderosos y hay que aplicarlas ya para que no nos pasen por encima. Desconcentrar la producción de alimentos y controlar la tasa de ganancia de cada actor de la cadena de comercialización deben ser las acciones prioritarias para humanizar el consumo. Fomentar la competencia en serio, no con marcas de la misma empresa ni con intentos cooperativos más simbólicos que efectivos. Disminuir la macrocefalia productiva de Buenos Aires y promover en cada provincia la industrialización de sus consumos para que las economías regionales tan prometidas no se reduzcan a los alfajores. Ya que los desigualadores tanto insisten con la flexibilización laboral, habría que contraponerles una flexibilización empresarial para dejar fuera de juego a los que están empeñados en dificultarnos la vida.

domingo, 3 de octubre de 2021

Lecciones del enemigo

 

Los integrantes del FDT deben aprender de los macristas, que cuando apuntan a un objetivo avanzan con todo sin pedir permiso a nadie. Hacer lo mismo pero con buenos fines debe ser la estrategia oficialista para la campaña.

Octubre empieza con nuevos vientos. El clima primaveral, el abandono de algunas restricciones y el consecuente movimiento en las calles parecen mejorar el humor social, al menos en parte. A poco más de un mes para las elecciones generales, el FDT rearmó el equipo y comienza a transitar la campaña. La oposición amarilla –envalentonada- refuerza su lado más cruel, validada por los medios sobornados con abultados recursos monetarios. Mientras tanto, muchos argentinos viven ajenos a esta contienda, más preocupados por sus crecientes carencias que por los pormenores de este partido. El día a día no da tregua, las promesas ya no entusiasman y el compromiso no convence. Si el oficialismo nacional quiere revertir las urnas debe empezar a mostrar enérgicos indicios de que el futuro más amigable queda a pocos pasos.

Uno de esos pasos necesita ser no un control de precios sino una baja sustancial de las descomunales cifras que desfilan ante nuestros ojos. Que nosotros nos quejemos es una reacción predecible ante el abuso, pero el presidente y sus ministros deben hacer algo más que naturalizar este problema. Porque una cosa es la inflación y otra la irracionalidad de lo que nos cobran. Un caso personal no son todos los casos, pero puede servir como ejemplo para esta línea argumentativa. En los cambios de temporada necesito gotas nasales para atenuar la alergia y cada seis meses compro Dexalergín en su presentación de 60 ml. Mis ingresos son cómodos, pero que me cobren 1300 pesos por el mismo producto que en marzo compré a 500 sobrepasó mi habitual calma. Y no por no poder pagarlo sino por la indignación de la casi triplicación de su precio y sin saber por qué. ¿Qué tiene adentro que valga tanto? ¿Cuánto cuesta en realidad producirlo y cuál es la ganancia del laboratorio? Y así con todo: naturalizamos la estafa con el mote de inflación. Cuanto mucho, podemos no comprar el producto valuado con exceso pero el problema es que todo está así. Si extendemos esta acción, terminaríamos viviendo del aire y al aire.

A nosotros no nos queda otra más que la resignación, pero no al Gobierno Nacional. No se combate con sonrisas el latrocinio de los precios. Con buenos modos no se termina con la estafa cotidiana. Así hay que llamarlo: estafa. Y con los estafadores no se concilia, se los confronta, aunque el establishment acuse al presidente de autoritario, comunista, dictador o de violento. ¿Acaso no es violento que haya familias que no tengan dónde dormir ni qué comer? ¿O no es violencia que los sueldos alcancen para tan poco? ¿No es autoritaria la depredación constante de los angurrientos?

En esto –y cuesta decirlo- los integrantes del FDT deben aprender de los macristas, que cuando apuntan a un objetivo avanzan con todo sin pedir permiso a nadie. Y siempre para beneficiar a la minoría empachada. Si quieren champagne importado o autos de alta gama le quitan los impuestos, si quieren beneficiar a sus empresas vulneran todas las leyes, si quieren esconder sus chanchullos adornan a los periodistas, si quieren blanquear el prontuario amoldan a golpes la Justicia, si quieren anular opositores los meten presos sin causa. Y no tienen límites: desalojan a 100 mujeres y 170 chicos que ocupaban lo que antes era un basural y queman sus pertenencias sin una lágrima, dejan a esas personas a la deriva y se jactan de ello ante el aplauso de los odiadores que los alientan y votan. Y son despiadados: mandan un submarino que no estaba en condiciones a una misión secreta; explota, se hunde y mueren todos sus tripulantes; aunque sabían dónde estaba, gastan fortunas en buscarlo y mantienen la expectativa por un año; y lo peor, espiaron ilegalmente a los familiares de las víctimas.

Los amarillos se convierten en un manual de estilo para la acción política pero con fines perversos. El Gobierno Nacional debería actuar de la misma manera, no contra los más vulnerables como hacen Ellos sino contra los poderosos que nos succionan todos los días. Y si se enojan, mejor porque es la más indubitable evidencia de que vamos por el más certero camino.

jueves, 30 de septiembre de 2021

¿Suplicar o convencer?

 

Si el Frente gobernante quiere recuperar números debe mostrar más voluntad para contener la avidez de los depredadores y así ampliar derechos. La disyuntiva de suplicar o exigir, la tibieza o la épica.

 

El Gobierno Nacional se está reformulando para conseguir más apoyo parlamentario en las elecciones de noviembre y así realizar transformaciones de fondo –es de esperar- en los dos años restantes de su mandato. No está dando “manotazos de ahogado”, como algunos interpretan ni “comprando votos con dádivas” como aseguran otros malintencionados. En todo caso, el Presidente está tomando medidas para aliviar la vida de muchos que carecen de lo básico; apenas eso, porque para hacer más, la batalla se endurece. Con el incremento de salarios y asignaciones, suba del mínimo de ganancias, bonos a estatales y alguna IFE más asegurará un tímido aumento del consumo con peligro de subida de inflación. Esto más el abandono gradual de las restricciones por la pandemia puede cambiar el ánimo de los votantes en las generales. Tal vez no alcance, pero es un indicio.

Después de las PASO, emergió la disyuntiva: ¿hacia dónde ir para recuperar votos? En otras palabras: ¿quiénes son los votantes a recuperar? ¿Los adherentes a la indignación selectiva o los que no encontraron entusiasmo para acudir a las urnas? ¿Los que creen en el diálogo y el consenso o los que añoran la épica de la confrontación? ¿Los que reniegan de la política o los que sostienen que la política está en todo? ¿Los que desconfían siempre o los que todavía sueñan? Por ahora, Fernández sigue en el centro, sin convencer a los primeros ni apasionar a los segundos.

Uno de los motivos del descontento electoral es, sin dudas, el precio de las cosas. Todo lo que nos cobran es desmesurado, desde los alimentos hasta las zapatillas, desde una remera hasta un alfajor, desde un alquiler hasta un servicio. El salario promedio no alcanza para cubrir la canasta básica, cuando debería garantizar también todo lo demás. En un país productor de alimentos, la comida es carísima. Un paseo por las góndolas se convierte en un saqueo a las billeteras. En estos días en que la carne se posicionó como el tema, descubrimos que mientras los salarios apenas superaron el índice de inflación –un 58 por ciento- el precio de los principales cortes escaló más de 110 por ciento. Eso no se arregla con palmaditas en la espalda ni pacto de caballeros. Los que nos roban todos los días no merecen nuestra simpatía. Pero el Gobierno, ¿está en condiciones para exigir, domesticar y sancionar a estos abusones?

Y pensar que muchos cuestionan nuestro sistema presidencialista, en el sentido de que el poder se concentra en una persona. Mentira, porque el poder no está en el presidente. Desde la concepción formal, hay tres poderes pero en realidad, hay sólo uno que no es ninguno de los anteriores: el llamado Poder Real.

Antes de votarse como presidente de la Corte Suprema de Justicia, Horacio Rosatti reiteró el versito de la independencia del Poder Judicial respecto de los otros dos poderes, el Ejecutivo y el Legislativo. Claro, esto significa que la política no debe meterse en asuntos judiciales, como siempre recitan los peleles de los medios hegemónicos y los exponentes amarillos. Pero nada dicen cuando algunos jueces atropellan todas las leyes para defender a los poderosos. No olvidemos que un par de magistrados dictaron medidas cautelares para evitar que sus “clientes” paguen el Impuesto Extraordinario de las Grandes Fortunas. También está frenada para Telecom y Clarín la declaración de Internet como servicio público gracias a un recurso aceptado por un juez. Dos jueces –Villanueva y Heredia- protegen a José Aranda, uno de los principales accionistas del Grupo Clarín y empresario arrocero, que quiso blanquear 2500 millones de pesos de una off shore sin explicar el origen de semejante monto. Estos dos jueces no sólo impiden que se investigue al tránsfuga, sino que lo asesoran para que realice el blanqueo en un distrito menos exigente que la Inspección General de Justicia. La Política no debe interferir en la Justicia, pero la Justicia sí interfiere en la Política para defender a los poderosos.

Entonces, ¿cómo esperar que Alberto Fernández tome medidas más enérgicas en pos de buscar la equidad si un puñado de jueces y fiscales se plantan como escudo de los que se creen dueños del país? La democracia está condicionada por el Poder Económico, conformado por depredadores a los que no vota nadie y cómplices judiciales que tampoco son votados. La única manera de buscar cierto equilibrio es a través de las urnas, para que los números fortalezcan a nuestros representantes. Lo que está haciendo el Frente gobernante puede parecernos insuficiente, pero sin apoyo electoral, podrá hacer menos. Y ése no será el mejor panorama.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Entre operaciones, patrañas y gataflorismo

 

Los opositores siguen alelados por los números favorables de las PASO, pero no se muestran tan triunfadores. Como estrategia, refuerzan su treta de no hablar de nada y simular que dicen todo, mientras el Gobierno despliega medidas para demostrar un buen rumbo.

Después del resultado de las PASO, la ansiedad se acrecienta en el camino hacia las elecciones generales del 14 de noviembre. No sólo en el oficialismo, sino también en la oposición, que desearía congelar el triunfo para siempre. Y como presienten que los números se pueden revertir –aunque sea un poco- aprovechan pantallas y micrófonos para repetir las tonterías de siempre y agregar algunas nuevas. Sólo en un canal cómplice la ex ministra de Seguridad, Patricia Bullrich puede igualar las pistolas Taser con las de agua que “usan los chicos en carnaval” sin ponerse colorada y sin que ninguno de los periodistas serios e imparciales realice alguna objeción. O que Beatriz Sarlo niegue el derecho de la Primera Dama a estar embarazada: "el nacimiento de niños es algo que sucede en todos los lugares del mundo, pero no con personajes tan secundarios y desvaríos como Yáñez". Los que se babearon con la boda real entre el Buen Mauricio y la Hechicera Universal y sonrieron con ternura ante las apariciones televisivas de Antonia en campaña cuando apenas caminaba, temen que el nacimiento del Hijo Presidencial incida en los resultados electorales. Claro, es tanto el desprecio que no se animan a festejar el favorable resultado electoral que muchos votantes les regalaron sin tener en cuenta la tan pregonada meritocracia.

Como no podría ser de otra manera, todo lo transforman en escándalo para seguir alimentando los prejuicios del público cautivo. La balanza de la indignación está muy inclinada y los contrafácticos nos tientan a cada paso. Si hubiera sido una dirigente K la compradora de un departamento de lujo en el barrio más caro de la Capital, habiendo declarado media casa y medio auto, con un descuento sustancial y con un préstamo de la propia vendedora, estarían todos los días hablando de corrupción e incitarían a los buenos vecinos a marchar por las calles para reclamar su cabeza. Pero como el personaje es María Eugenia Vidal, apenas lo toman como una travesura. Y eso no influye sólo en la CABA, donde ella es candidata a diputada: la indignación selectiva es una doctrina que se difunde a todo el país. Si la foto del cumple irrita más que el endeudamiento con el FMI o si todavía siguen con lo del vacunatorio VIP cuando Argentina recibió 65 millones de dosis y ya distribuyó más de 55 millones, el entendimiento de una parte de la población está más que alienado.

En un intento desafortunado de difundir buenas noticias, la ministra de Salud, Carla Vizotti, anunció que el uso de barbijo no será obligatorio en espacios abiertos y en soledad. Los medios opositores se prendieron del hueso y transformaron la novedad en casi una prohibición de los barbijos. Algunos peleles amarillos denunciaron como irresponsabilidad que se abandonen los cuidados sanitarios. Y, en verdad, hay que estar muy distraído para creer que los que hasta hace 15 días clamaban por la libertad ahora se preocupan por la salud pública; si hasta quemaron barbijos en la Plaza, convocaron marchas anti-cuarentena, alentaron viajes al exterior y pugnaron por los varados. Desalentador que haya un porcentaje de votantes que se deje manipular con tanta facilidad.

Pero esto no es todo, por supuesto. Desde el fatídico lunes 13, el Gobierno Nacional comenzó a reformularse para recuperar el apoyo perdido. Con la carta de Cristina, el tablero comenzó a acomodarse y desde La Rosada sacan medidas de una galera que debieron usar antes. Nunca es tarde si resulta beneficioso para la mayoría que padece carencias históricas. Sólo basta recordar que cuando Macri perdió en primera vuelta aumentó el salario mínimo, implementó un bono para la AUH y los estatales, congeló los combustibles por 90 días, subió el mínimo no imponible, reforzó el salario de privados con la quita de aportes jubilatorios, suspendió el ajuste por inflación en los créditos UVA, aumentó las becas progresar y estableció una moratoria de 10 años para las Pymes sobrevivientes a su gobierno. Los medios hegemónicos aplaudieron hasta ampollarse estas medidas que traían alivio para 17 millones argentinos. Eso le permitió achicar la diferencia de 15 puntos pero no le alcanzó para ganar. Después, devaluó la moneda en un 30 por ciento para castigar a los votantes desagradecidos y envió armamento a Bolivia para apoyar un golpe de Estado.

Apenas un recordatorio para que no salgan ahora a calificar de oportunistas las medidas que tome el Presidente para atenuar levemente la desigualdad que muchos padecen. Claro, esto puede ayudar a reforzar los números pero no a encaminarnos hacia el país del que todos debemos empezar a enamorarnos.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Prometer para realizar

 

El gobierno se reordena para responder a las urnas. En dos meses debe mostrar la voluntad de convertir las promesas en realidades. Mientras la oposición se envalentona, el oficialismo necesita aprovechar el nuevo aire que está respirando y resurgir antes de ser cenizas.  

 

Después del desconcierto electoral, el Gobierno Nacional renovó algunas figuras del gabinete para responder a las demandas no atendidas hasta ahora. La tan cuestionada carta de la vicepresidenta se convirtió en una brújula para retomar el camino. Aliviar la situación económica de millones de argentinos y frenar el desenfreno de los precios debe ser el principal objetivo de cada medida. Claro que en dos meses no se puede hacer mucho, pero es necesario mostrar una voluntad que este año estuvo algo opacada. La pregunta del millón es por qué se priorizó el equilibrio fiscal al bienestar de los siempre postergados, más aún si Cristina lo venía advirtiendo desde diciembre de manera pública y en las reuniones mantenidas con el presidente. Después de lamer sus heridas, el Frente gobernante parece tomar nuevo impulso, como si la derrota hubiera actuado como un energizante: como canta Serrat, “bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque de allí en adelante sólo cabe ir mejorando”.

Siempre quedará flotando otra pregunta: ¿hacía falta arriesgar tanto en lugar de asumir el compromiso votado en 2019? ¿Era necesario mostrarse vencido para retomar el camino hacia la equidad? ¿O acaso es una adicción de los proyectos populares eso de renacer de las cenizas para hacer más heroico el triunfo? ¿O será que algunos disfrutan al ver dirigentes y periodistas opositores relamiendo la temporal victoria y reforzando la andanada de sandeces que recitan a diario? Tal vez algunos pensarán que mientras más alto sea el vuelo de los amarillos, más dura será la caída.

Pero detrás de estas especulaciones, hay argentinos de carne y hueso que la pasan mal en serio. Y son millones, no dos o tres. La asistencia a comedores comunitarios supera los diez millones, algo inadmisible en un país productor de alimentos. La comida debería ser accesible para cualquiera y sin embargo, casi es un lujo. Nutrir la mesa todos los días ha dejado de ser un derecho y, de seguir así, se convertirá en un privilegio. El Consejo del Salario decidió elevar el mínimo no imponible que será, a partir de febrero de 33 mil pesos, la mitad de la canasta básica de hoy. Entonces, habrá que pensar que en estos meses el precio de los alimentos no sólo dejará de subir sino que bajará para amoldarse a esa realidad. Se adecua el salario a la canasta o la canasta al salario, de lo contrario, seguiremos estando a merced de los angurrientos.

Y esto está claro desde el principio. En el discurso oficial está siempre presente el compromiso de mejorar la vida de los postergados. Máximo Kirchner nos brindó una frase que se puede convertir en bandera: “los números deben cerrar con la gente adentro”. La Economía no funciona bien si la mayoría no llega ni a mitad de mes, por más equilibrio fiscal que se consiga. Tampoco debemos olvidar que atravesamos una pandemia que aún no ha terminado y que el Gobierno Nacional ha manejado muy bien. Pero eso no alcanzó para garantizar el bienestar. Tampoco lo hará el abandono de muchas restricciones, que apenas mejorará el ánimo social. Aunque ahora los juntistas califiquen como irresponsables las nuevas decisiones –después de marchas anticuarentena, quema de barbijos, denostación de vacunas y protestas por la infectadura- esto solo no va a revertir los resultados.

Tampoco va a sumar mucho la encendida denuncia del presidente en 76° Asamblea de la ONU. Que haya calificado como deudicidio el préstamo “tóxico e irresponsable” del FMI y recuerde que gran parte de esos 57 mil millones de dólares se han fugado puede explicar nuestra crisis de cara al mundo. Pero para adentro no modifica nada. Si los que tomaron ese monstruoso endeudamiento –que equivale a lo desembolsado en pandemia a 85 países- no han tenido consecuencias y se pasean dando cátedra sobre lo bien que han hecho las cosas, la declaración de principios en la ONU más parece una excusa. Si ese préstamo histórico que se tomó de espaldas al Congreso y se dilapidó en especulación es asumido por este Gobierno como una acreencia que nos condiciona el futuro, ¿para qué denunciarlo como deudicidio?

Alberto en campaña prometía no pagar la deuda con el hambre del Pueblo. Su discurso en la ONU hace pública la estafa. Si quiere conquistar el corazón de sus votantes debe transformar sus dichos en acciones que queden para la historia. Si quiere transformar el país debe dejar de esperar el aplauso de los que siempre buscan succionar nuestros derechos.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Mucho más que un cambio de nombres

La carta de Cristina reordenó el tablero. Alberto no pudo hacer otra cosa más que aceptar las críticas. No es momento para parches, sino para enfrentar en serio a los que nos hacen la vida imposible

Después de una semana cargada de operaciones y falacias, la tensión pos PASO empieza a atenuarse en La Rosada. Las nuevas figuras del gabinete prometen entibiar el clima en el frente gobernante, mientras los opositores y la parafernalia mediática aliada arrojan más leña al fuego. Los que aplaudieron la destitución de Dilma Rouseff y afirman que Evo Morales renunció por propia voluntad no dudan en etiquetar la carta de CFK como golpe de Estado. Claro, acostumbrados a la vice Michetti -un adorno humanitario de los cínicos- que Cristina haga valer su lugar con observaciones acertadas parece una "inmoralidad" para el patriarcado. Y como el presidente asegura haber escuchado el mensaje de las urnas, está preparando el relanzamiento de su gobierno de cara a las elecciones de noviembre y también hacia los meses subsiguientes.

Por supuesto, la cuestión de fondo no es el cambio de nombres, sino la profundización de un proyecto que se enuncia mucho, pero se concreta poco. El padecimiento de gran parte de los argentinos no puede esperar. Mientras los números indican una mejora respecto a 2019, los alimentos y los remedios se han vuelto inalcanzables, a tal punto que la frase "el salario le debe ganar a la inflacion" ya es insuficiente para subsanar las carencias. Y también lo serán los incrementos anunciados del mínimo vital y móvil, jubilaciones y asignaciones si no se pone freno a la angurria desmedida de los formadores de precio, que ya están aumentando a cuenta.

El diálogo y los acuerdos resultan inservibles con los grandes depredadores. Ellos son los que alteran nuestra vida porque no aceptan ganar un poco menos, sino todo lo contrario: quieren multiplicar sus ganancias invirtiendo lo mismo. Por eso surgen los "cantos de sirena" de bajar salarios y eliminar indemnizaciones para generar más empleo, una falacia que ni Ellos creen. El derrame invertido y acelerado. El presidente Joe Biden señaló en estos días que, 40 años atrás, el ejecutivo de una empresa ganaba 20 veces más que un empleado y hoy esa diferencia escaló hasta 350. El problema no es sólo de producción y generación de empleos sino la manera de distribuir las ganancias. Una cosa es el crecimiento y otra es el desarrollo.

El año pasado, en medio de las restricciones dispuestas por la pandemia, las grandes empresas ganaron como nunca, no por inversiones sino por el incremento desaforado de precios. Y esto no se resuelve con paritarias, cuyos porcentajes se trasladan directamente a las góndolas. La inflación no es un fenómeno meteorológico sino una accción voluntaria de especulación y estafa. Y el Estado debe abandonar de una vez por todas el rol de comentarista y víctima del latrocinio que padecemos todos. Poner racionalidad es lo más urgente. 

Los precios cuidados, protegidos, cercanos son simulacros de control porque no sabemos en realidad cuánto cuesta producir cada cosa que compramos: los consumidores sólo podemos evaluar si nos alcanza o no para comprarlo. El Estado es el que tiene que elaborar un listado de precios referenciales, no con las pretenciones empresariales sino con los costos reales de cada producto más una tasa razonable de ganancia. Convertir en realidad lo tantas veces prometido: intervenir en la cadena de comercialización para que nadie se quede con la porción más grande de la torta. En lugar de aceptar la derrota de tener una canasta de alimentos a la que pocos salarios llegan, asumir el desafío de domesticar a los que nos hacen la vida imposible. Si el frente gobernante asume este compromiso, las urnas serán más festivas y las propuestas desigualadoras sólo recibirán el vacío que merecen. 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Despertar el entusiasmo

 

El domingo padecimos una mala broma. Estos dos meses serán cruciales para definir un camino. Todo se puede revertir con la convicción de que el futuro debe ser mejor que cualquier pasado.


La sorpresa ya hizo sus estragos y la angustia aún está en pañales. Lo que viene es un desafío que necesita entusiasmo para convertirse en triunfo. Que lo será, seguramente, porque si no, no saldremos nunca del pozo de la desigualdad que empieza a doler en serio. Por derecha, no se sale. Por izquierda, sabemos que sí, pero cuesta dar los primeros pasos. Lo que sí demostraron estas primarias es que el centro no sirve para nada: el dialogo y el consenso nos llevan a perder de a poco, no sólo elecciones, sino también dignidad. No podemos llenar el Congreso de tipos que quieren facilitar los despidos y precarizar aún más el trabajo; de hipócritas que se lamentan de la pobreza a la vez que proponen quita de impuestos a los más ricos; de cínicos que consideran al laburante como obstáculo para la inversión o parásito de las empresas; de peleles que conquistan una banca denostando la política de la que van a vivir. Los que ganen en noviembre deben ser aquellos que están dispuestos no a modificar las reglas de este juego, sino a inventar un juego nuevo que se asemeje a nuestros sueños.

Aunque lo parezca, el resultado del domingo aún no es una derrota definitiva. El baldazo de agua fría no ha terminado de caer sobre nuestras cabezas. La posibilidad de revertir los números puede convertirse en certeza. Y no es la alocada espera de un milagro sino el resultado de una lectura de los datos. La inasistencia a las urnas resulta alta y en estos 60 días se puede despertar la participación. El llamado "voto bronca" se expresó en blanco o con nulidad y no se pintó tanto de amarillo, como algunos afirman. Si las opciones de izquierda conquistaron más votos no fue por bronca, sino por convicción. La derecha más a la derecha es la receptora de esa bronca que quiere romper todo, sin más objetivo que instaurar una ley de la selva que beneficie aún más a los poderosos. La indignación que tanto construye la hegemonía mediática se canaliza en esas expresiones irracionales que, disfrazadas de rebeldía juvenil, arremeten contra los pocos límites que contienen a los depredadores. Los que se dejan tentar por el canto de las sirenas antiestatistas no imaginan que, además de imposible, un país sin Estado sería un infierno. 

Los amarillos no proponen eso, sino algo peor: un Estado que esté al servicio de una minoría para incrementar sus ganancias a costa de succionar a la mayoría; un Estado cómplice de unos pocos que no paran de enriquecerse mientras el resto sólo puede amontonar derrotas; un Estado indiferente a las estafas y condescendiente al saqueo de los que se creen dueños del país. Eso es el PRO y sus aliados, por más que su endulcorado palabrerío incluya libertad, democracia, justicia como sortilegios para solucionar todo. Ellos no pueden ser la solución porque lo que representan siempre ha sido el problema: la timba, la explotación, la fuga planteadas como condiciones para la inversión que, como hemos experimentado muchas veces, nunca llega.

Después de esto cabe preguntarse qué pasó el domingo. ¿Los frentistas decepcionados se convirtieron en juntistas? ¿Estamos ante una pesada broma de los que jugaron a la interna amarilla? ¿Todos los que se abstuvieron votarán en noviembre por el FDT o se repartirán proporcionalmente para no modificar los resultados? ¿Qué significa el incremento de los extremos? ¿Qué debe hacer el oficialismo si quiere conquistar mayoría?

Como no podía ser de otra manera, el presidente y sus candidatos manifestaron la comprensión del mensaje. Ahora presentarán un paquete de medidas para aliviar el bolsillo de los millones que no llegan a cubrir casi nada. Y eso duele porque deberían haberlo hecho antes, en lugar de aspirar a un equilibrio fiscal que  nadie aplaude. La lección está muy clara: para el país que prometen debemos abandonar este juego que ya está muy amañado. El futuro demanda mucho más que ganar una elección. Los parches no solucionan ninguna injusticia. El salario no le tiene que "ganar a la inflación", sino alcanzar para alimentos, servicios, vivienda, vestimenta y esparcimiento. En lugar de una "reforma laboral", hay que proponer una "reforma empresarial" para domesticar en serio a los angurrientos y que pongan los números sobre la mesa todos los meses. 

La discusión no debe correr detrás de la agenda caprichosa de la prensa cómplice de los poderosos. Hay que empezar a elevar la vara con una agenda que los saque de quicio, que se tengan que inmolar en el ridículo, que se expongan a defender lo indefendible. Alberto debe abandonar su papel de hombre común para transformarse en presidente y su tono catedrático para convertirse en un conductor. Si logra esto en dos meses, ya no tendremos que preocuparnos por los resultados electorales, sino por hacer cada vez más feliz a un pueblo que ya ha sufrido demasiado.

Una humillante bandera blanca

  El abuso de los precios no se soluciona con consenso. Como dicen por ahí, las leyes están para volverse efectivas y los actores principale...