miércoles, 30 de junio de 2021

El Estado que detestan

 

Mientras las denuncias amañadas se desmoronan, los amarillos se inmolan para decir lo que nunca han dicho.

En una reciente entrevista, el ex empresidente Macri reconoció que la falaz denuncia contra Aníbal Fernández contribuyó a su triunfo electoral y al de María Eugenia Vidal. Ninguno de los creadores de la fábula de la Morsa fueron sancionados por semejante difamación en plena campaña electoral: el periodista Jorge Lanata sigue decayendo en sus programas y la ex diputada Elisa Carrió está pensando en su retorno. Tampoco pasó nada con los que convirtieron el suicidio de Nisman en un magnicidio pergeñado por Cristina y esa patraña influyó mucho en las urnas. Mintieron para ganar y no les pasó nada; por eso lo siguen haciendo. A pesar de que las causas inventadas por fiscales y jueces cómplices se desarman después de cuatro o cinco años de derroteros institucionales, estos nefastos denunciadores seriales siguen apelando a este recurso porque no tienen otra cosa que proponer.

La más dolorosa de todas estas operaciones es la del plan Qunitas, el kit destinado a los recién nacidos diseñado por Tiago Ares, que falleció poco después de su lanzamiento. Como esta banda de odiadores detesta que el Estado asista a los que menos tienen, no encuentran más salida que judicializar cualquier iniciativa con la excusa de la corrupción. Claro, en aquel entonces no se atrevían a confesar que toda forma de redistribución y ascenso social les provoca escozor y nada mejor que buscar magistrados adictos y tan despreciadores como ellos para que conviertan en delincuentes a los funcionarios que se atrevan a algo así. Recién ahora, en el documento presentado por los pseudo intelectuales PRO, se incineran para condenar el “altruismo y la solidaridad”. Tan enorme es el desprecio, que el fallecido juez Bonadío había ordenado quemar los kits con cunas, ropa y otros artículos para bebés. Esa bestialidad no prosperó y el que debe estar ardiendo es ese perjudicial funcionario. Ahora, la fiscal de juicio Gabriela Baigún solicitó el sobreseimiento de todos los imputados por inexistencia de delito. Después de tanto tiempo, papeleo y estigmatizaciones, la acusación de Graciela Ocaña era infundada y debería ser ella quien pague los costos de este aberrante proceso judicial, junto con todos los que le dieron curso en los Tribunales.

Como el law fare ya no tiene tanto rating, fiscales y jueces se amoldan a los nuevos tiempos y, en lugar de dar entrada a las falacias que denuncian los peleles opositores, ponen el hombro para convertirse en escudos de los ricachones que se resisten a contribuir. Además, alteran la institucionalidad dibujando un marco jurídico para resistir las regulaciones para los grandes empresarios, sobre todo a Héctor Magneto. Tan serviles son estos magistrados que renuncian a obedecer las leyes emanadas por las autoridades constitucionales. Para agradar al establishment, incumplen con su principal función.

Mientras esperamos que estos oscuros personajes sean apartados de los lugares que inmerecidamente ocupan, el gobierno nacional está decidido a fortalecer el rol del Estado. La semana pasada, con la aprobación en el Congreso de la ley de cupo laboral para travestis y trans, un paso trascendente para la inclusión que debe emanar hacia el sector privado. En esta semana, la decisión de no renovar las concesiones del sistema ferroviario de cargas coloca al Estado como el principal promotor para el mejoramiento del servicio. Además, ya está listo un decreto que recuperará el control del Estado en la ruta fluvial del Paraná, lo que pondrá fin al marketinero nombre de Hidrovía.

Si este tipo de iniciativas molestan a los empresarios avarientos y sus defensores políticos es porque, seguramente, darán muy buenos resultados. De una vez por todas se deben desmontar las falacias de neoliberales y libertarios que sostienen la aniquilación del Estado. Ningún país del mundo subsiste sin Estado, lo que varía es su función. Esas naciones que siempre ponen como ejemplo ostentan un Estado con fuertes regulaciones y alta tributación y es por eso que garantizan un alto nivel de vida a sus habitantes. Ese es el Estado que necesitamos: uno siempre presente, no para garantizar las enormes ganancias de estafadores, contrabandistas y evasores, sino para asegurar la dignidad de todos los argentinos. Y si los ricachones y sus apologistas chillan y patalean es porque estamos en el buen camino.

domingo, 27 de junio de 2021

Juntos para el ridículo

 

En una clara muestra de desesperación delirante, la derecha opositora y los pseudo periodistas acólitos ya no saben qué fantasmas agitar de cara a las elecciones legislativas. El comunismo modelo guerra fría, autoritarismo populista, autocracia son las etiquetas políticas con las que intentan asustar a sus prejuiciosos votantes. Además de considerar en riesgo la democracia y la república, ya están denunciando fraude con varios meses de anticipación, por si padecen otra derrota como la de 2019. Y, por supuesto, nunca escatiman esos condimentos tan tentadores que atropellaron cuando fueron gobierno, como la libertad de expresión, la independencia judicial, la transparencia y coso.

Como siempre, hay un grupo de intelectuales –o pensadores retirados- que exponen el poco prestigio que les queda para dar un marco teórico a la necesidad del retorno amarillo con un panfleto insostenible titulado “La democracia argentina en la encrucijada: neogolpismo o progreso”. Un abuso de la retórica llamar neogolpe a las elecciones de medio término y considerar ‘progreso’ la desastrosa gestión de Macri en La Rosada SA. Los que inventaron las fábulas del PBI en el Arsat, las bóvedas en la Patagonia, el asesinato de Nisman y Aníbal Fernández como la morsa ahora alertan sobre “picos de violencia estatal nunca vistos en democracia”. Con sólo recordar el desalojo del AFSCA con fuerzas policiales apenas iniciado el gobierno del Infame Ingeniero, esta afirmación queda totalmente desmentida. Y podemos hacer un listado muy extenso sobre los abusos de autoridad en marchas, desalojos, protestas, huelgas durante los cuatro años de la tristemente célebre Revolución de la Alegría. Tanta creatividad inspira el odio que hasta pierden la coherencia.

Como si estuvieran amenazando a un niño con el viejo de la bolsa, estas mercenarias plumas alertan que “si el kirchnerismo gana, vaciará hasta la última gota la democracia”. El viejo truco de la derecha de erigirse como defensores de una democracia light para preservar el Poder Real. Claro, el país no puede vaciarse más después del saqueo efectuado por el “Mejor Equipo de los Últimos 50 Años”. Las instituciones, tampoco, porque Ellos las amoldaron a martillazos. La Justicia, menos porque es el poder menos democrático del Estado y sigue estando al servicio de la economía concentrada y sus cómplices. La pobre Constitución quedó maltrecha después del paso de los amarillos. Y estos peleles se disfrazan de intelectuales para quedar en ridículo al decir que el gobierno de Les Fernández "se enmascara bajo la retórica del altruismo y la solidaridad”. Con sus más y sus menos, este gobierno intenta atenuar los estragos realizados a propósito por Macri y el latrocinio de los formadores de precio vía inflación inexplicable. Con esa frase esconden que el modelo que defienden está basado en el egoísmo y el individualismo más extremo. La meritocracia, el derrame, la desindustrialización, la desregulación y todos los tópicos del capitalismo salvaje se ocultan tras este falaz documento.

Desesperados tienen que estar para que estos nada ilustres personajes vomiten esta catarata de sandeces. Aterrados, para que clamen por el abandono de “las mezquindades y los personalismos estériles”, mientras los cambiemitas arman las listas con los mismos que perdieron con honores más otras figuras sacadas del cambalache mediático que los sostienen. Conductores, opinadores, panelistas suplican que se junten para garantizar el triunfo electoral; no importa para qué. Lo importante para estos odiadores es que se amontonen lo más posible para conquistar algunos porotos porque con siete diputados “nos convertimos en Venezuela, Nicaragua” o algún infierno peor que el que ellos prometen. Y, como si fuera el final feliz de una película romántica, convocan a “trazar con firmeza un horizonte de país deseable” que no supieron siquiera bocetar durante la presidencia de Macri. Salvo que ese ‘deseable’ sea para esa minoría destructiva que nunca se cansa de acumular fortunas escatimando dignidad al resto.

domingo, 20 de junio de 2021

Un latrocinio del lenguaje

 

Con sus estupideces, Macri logra una inmerecida centralidad. Sus declaraciones siempre carentes de sustento logran –por la negativa- instalarse en la agenda pública. Cuando confesó en la ex mesa de Mirtha que, siendo presidente, terminaba su día a las siete de la tarde para ver Netflix, intentó mostrar algo vergonzante como sentencia ejemplar. Después, en la presentación de su panfleto libresco en Mendoza, señaló a los docentes como “defensores de los miedos a la Revolución Tecnológica”, cuando en realidad son los exponentes de esta derecha rancia y contradictoria los que insisten con la presencialidad en contra de la virtualidad. Y no hay que olvidar que durante su gobierno se interrumpió el plan Conectar Igualdad, dejando abandonadas miles de computadoras listas para distribuir. En los últimos días, su concepción del coronavirus como una gripe más fuerte sólo inspiró un pedido de disculpas en el que redobla sus caprichosas críticas al gobierno nacional.

Cuando Bolsonaro dijo semejante atrocidad fue al poco tiempo de desatada la Pandemia y la ignorancia, en ese entonces, podía justificarse. Un año después, no. Insistir con esa idea sugiere malicia, además de abundancia de veneno. En un intento de auto-exégesis, el Infame Ingeniero vomitó el rosario de sandeces propio de los amarillos: “lo que quise decir es que la enfermedad no se puede usar como una excusa para que el gobierno avance sobre las libertades de las personas y avasalle institucionalmente a la república”. En todo caso, esta observación debería extenderla a todos los gobiernos del mundo que tomaron restricciones semejantes para impedir el avance del Covid. No lo hace porque dejaría al descubierto que todo lo que sostiene es una farsa.

Las tonterías de Macri deberían dejarlo fuera de juego. Cualquier líder de un partido político que derrape tanto con su lengua se convertiría en un mal recuerdo, más aún después del fiasco –es un decir- de su presidencia y el chasco de la derrota. Si no pasa eso es porque la protección mediática es monstruosa y porque aún quedan algunos odiadores que no tienen tabla a la que abrazarse. Además, este personaje pertenece a una clase enriquecida y poderosa con la capacidad –no intelectual, sino monetaria- de imponer sus insostenibles ideas como verdades indiscutibles con el formato de sentido común. Gracias a este discurso hegemónico no sólo tergiversan los significados, sino también se apropian de las palabras para que no puedan ser usadas en otro sentido. Con su descomunal poder, esta minoría dominante nos está robando el lenguaje.

Esta prepotencia re-significadora nos obliga a evitar aquellos términos que son sus latiguillos. ‘Libertad’ ya está despojada de su contenido profundo y colectivo para transformarse en un privilegio de los individuos “que tienen la sartén por el mango y el mango también”, como cantaba María Elena Walsh. ‘Trabajo en equipo’ se convirtió en el pillaje de una banda de filibusteros. El ‘diálogo’ se trocó en un dictado de órdenes y el ‘consenso’ en el acatamiento dócil. La ‘República’ es el antojadizo espacio institucional a disposición de la satisfacción de los angurrientos. El ‘cambio’ es la imposición del neoliberalismo más bestial y saqueador. La ‘democracia’ sólo es válida cuando ganan Ellos. La ‘independencia’ es lo contrario y la ‘Justicia’ su mejor arma de venganza. ‘Revolución’ es profundizar el statu quo. Y el listado es enorme pero, para no proseguir con ejemplos, son temibles cuando mencionan “la cultura del trabajo”, cuando ellos son explotadores y la necesidad de recuperar ‘valores’, cuando los únicos que conocen son los que cotizan en la Bolsa o se pueden amontonar en guaridas fiscales.

Algunos dicen que las comparaciones son odiosas, pero los odiadores merecen algo así. Durante muchos años después de la recuperación de la Democracia, cuando usábamos la palabra ‘proceso’ fuera del contexto de la dictadura, teníamos que aclarar que era “en el buen sentido”. Este es el daño que producen las imposiciones discursivas: el despojo de palabras. Los poderosos –brutos, bestiales, ignorantes, maliciosos, egoístas- no sólo usurpan nuestras riquezas sino también nuestro vocabulario. Si dejamos que sigan avanzando en esta feroz campaña conquistadora, más temprano que tarde nos quedaremos despojados hasta de nuestra voz.

miércoles, 16 de junio de 2021

Entre barcos y vacunas

 

El tropiezo verbal de Alberto con los barcos ya pasó. Una síntesis tontuela de nuestra historia plagada de telarañas y polillas. Eso de que los argentinos bajamos de los barcos se pensó hace cien años, bien como europeos exiliados en estas tierras o como inmigrantes que no hemos logrado construir una identidad en conjunto con los pueblos originarios. Pensar que un país tan extenso y diverso pueda alcanzar una identidad única no es más que una locura, además de algo innecesario y hasta contraproducente. Esta discusión está siempre presente, aunque con actualizaciones cada vez más difusas. La cultura global y cambiante y el bombardeo permanente de nuevas expresiones son variables que nos impiden pensar en una tradición que nos abrace a todos. Pero lo que realmente molesta es que los cambiemitas se hayan espantado con este episodio. Ellos, que no paran de despreciar morochos; que protestan porque los hospitales porteños se llenan de extranjeros; que le pidieron disculpas a los empresarios españoles por la expropiación de YPF; que diagnosticaron angustia en nuestro héroes, querido rey; que hablaron de inmigración descontrolada y de baja calidad; que han considerado a los mapuches como miembros de organizaciones terroristas internacionales; que han ayudado a los terratenientes a desalojarlos de sus tierras ancestrales; que reflotaron la idea de la conquista del desierto en la educación. Ahora se vienen a hacer los autóctonos. Por favor. El presidente tropezó con su lengua, se disculpó y sigue gobernando para que todos podamos vivir mejor.

Mientras la Pandemia sigue su curso despiadado, las vacunas están llegando, el plan de inmunización avanza con más celeridad y hasta estamos produciendo vacunas. En algunos sectores, la economía empieza a repuntar y a superar los números de la catástrofe macrista. La obra pública manifiesta un esbozo de reactivación con viviendas, rutas y hospitales. Lo que no da buenos frutos es la puja redistributiva, esa versión descafeinada de la lucha de clases. Sin motivos –devaluación, déficit o emisión monetaria- la inflación no da tregua. Los precios degluten los salarios y cualquier incremento se desvanece en las compras. Hasta ahora, la angurria desmedida de los formadores de precios está ganando la pulseada contra el Gobierno Nacional, impávido ante semejante saqueo cotidiano. El diálogo no resulta una estrategia adecuada para contener la avidez de estos monstruos. La economía concentrada en la producción de alimentos no sólo está enrostrando su triunfo monumental en la acumulación de ganancias, sino también altera la estabilidad democrática.

Después del pedido de la Vicepresidenta, los monigotes de la oposición se abrazan a la idea de no incluir el tema de las vacunas en la campaña presidencial. Claro, Cristina se lo sirvió en bandeja: ante el fracaso de la feroz campaña de los cambiemitas y sus acólitos mediáticos, mejor no hablar de ciertas cosas. El oficialismo renuncia a uno de sus mayores logros a cambio de que los agoreros no mencionen más el tema. Total, ellos pueden sacar de la galera las más inverosímiles patrañas que, amplificadas por la hegemonía mediática ilegal se convierten en sentencias lapidarias. Demasiada benevolencia inmerecida para los que no tienen piedad; para los que atentan contra nuestra autoestima; para los que han destruido el país y nos han endeudado de manera implacable y sin necesidad; para los que se burlan de nuestros males y amenazan con volver para provocar daños mayores.

La oposición amarilla no merece ninguna indulgencia porque representa intereses minoritarios que están muy lejos del bienestar colectivo. Ni uno solo de ellos. No hay halcones ni palomas: son todos buitres. El oficialismo ha hecho mucho en este año y pico, pero puede hacer más porque cuenta con el apoyo de una mayoría contenida que está a la espera de expresarse en las urnas. Una multitud que espera el abandono de los buenos modales para combatir a los bárbaros que nos quieren pasar por encima.

sábado, 12 de junio de 2021

Banco Santander: ¿adónde están los humanos?

 

Después de once años de escribir estos apuntes, en los que nunca hablé de mí, puedo tomarme la licencia de hacer público un problema personal. Los lectores de este blog sabrán comprenderme.

Dos años atrás, cuando asumí la regencia del ISET, quise cerrar la cuenta sueldo del Banco Santander donde me depositaban las horas cátedra que tuve que licenciar. Alguien me aconsejó que la mantenga, pues no generaba gastos. Mala idea. En aquel entonces, contribuía a UNICEF a través de esa caja de ahorros –es un decir- en la que, cada dos o tres meses, depositaba lo correspondiente a mi contribución. Cuando me olvidaba de hacer la transferencia, del Banco Santander me llamaban para avisar un descubierto que cubría a los pocos días. En enero, me cansé y decidí cancelar la contribución. Primero, intenté hacerlo desde el Home Banking del Banco Santader. Desde atención al cliente me dijeron que tenía que hacer la cancelación en UNICEF.

En aquellos lejanos días atendían humanos en atención al cliente, lo que daba buenos resultados. Vía mail, cancelé la contribución, la cual fue confirmada y desde el 14 de enero dejaron de debitarme los 700 pesos correspondientes. Realicé un depósito de 4000 pesos para cubrir cualquier saldo y dejar un remanente de ahorro. A mediados de mayo, me llamó un humano para anunciarme un descubierto de dos mil y pico más intereses. Imposible, si el único débito ya lo había cancelado. Desde esa fecha, los humanos del Banco Santander sólo aparecen para reclamar la deuda, pero no para escuchar explicaciones. Una de las operadoras que me anunciaba la deuda que yo no generé me aconsejó que me acerque a la sucursal más cercana para aportar las pruebas del error. Así lo hice, pero me dijeron que sólo podía hacer ese trámite en la sucursal donde está radicada mi cuenta. Ni en ese número ni en atención al cliente me atienden, valga la redundancia o la incoherencia. Intenté conseguir el turno vía Home Banking y cuando marcaba mi usuario y contraseña me aparecía un mensaje que anunciaba que no podían identificarme. El cuadro de diálogo sugería que tramite un código que me enviarían por mensaje a mi móvil. Cuando recibo el mensaje, marco el código, con la esperanza de poder acabar con ese enojoso trastorno, pero no: seguían sin identificarme y, por ende, no podía realizar ninguna operación. A pesar de las innumerables fotos de caritas sonrientes que aparecen en la página del Banco Santander, yo no podía sonreír. Esas sonrisas que desfilan en la pantalla me suenan a burla.

Claro, así resulta imposible cualquier sonrisa. Un humano llama para reclamar una deuda, pero cuando uno se quiere conectar con el Banco Santander, tiene que pasear por innumerables opciones con la esperanza de sortear las voces mecánicas y encontrar un humano al que explicar todo. Pero no, cuando uno queda a la espera de la atención de un operador, que será grabada para garantizar un mejor servicio, la comunicación se corta. Después de un mes y medio de vanos intentos por arreglar una situación de la que soy víctima –y con una deuda que supera los 6000 pesos- entiendo todo. Estamos indefensos ante los estafadores, que están ávidos de succionarnos hasta las últimas monedas. Ponen humanos para reclamar, pero no para solucionar; abusan de la Pandemia para no dar la cara; ahorran lo más posible en empleados para poder acceder al podio de Forbes. No dan la cara porque no la tienen y nos escatiman humanos porque Ellos no lo son. Estamos a merced de los que nunca pagan consecuencias por las estafas que nos realizan. Ellos son los que siempre ganan y nosotros perdemos cada vez más.

lunes, 7 de junio de 2021

Una profesión necesaria

 


Siempre cabe una reflexión por el día del Periodista, aunque uno reflexiona sobre estas cosas todo el año y las vuelca en estos apuntes. Desde hace más de treinta años enseño algunas partes de esta profesión en una institución terciaria. Pasan muchos estudiantes por mis clases y muchos de ellos logran insertarse en algún medio local o desarrollar uno propio. Estos jóvenes colegas meten verdadera pasión en lo que hacen y construyen la información con mucha responsabilidad. Ellos entienden que el principal objetivo es informar, reconstruir un hecho para conformar un relato periodístico. Con las noticias, el público tiene algunas de las herramientas para constituir una realidad subjetiva que es el material necesario para erigirse como ciudadano. Ese público deposita su confianza en la veracidad de lo que está consumiendo y de esa manera participa del universo simbólico que llamamos sociedad.

Estos trabajadores periodistas de los medios locales se empeñan para hacer su trabajo de la mejor manera, pero eso no evita que el público esté expuesto a operaciones, falacias y malinterpretaciones que malogran la labor más honesta. Esta anomalía informativa que contamina el entendimiento nos distrae, porque debemos gastar tiempo en deconstruir las fábulas en lugar de destinarlo a la difusión de realidades. Como este bombardeo de patrañas proviene de los medios hegemónicos, la disputa discursiva es sumamente desigual: un megáfono contra el amplificador y los bafles más potentes.

Y por si esto fuera poco, gran parte de lo que consumimos como información nacional se genera en un solo punto del país. Los siete canales informativos -TN, C5N, A24, Crónica TV, IP, La Nación+ y Canal 26- son señales que se emiten desde la CABA. Canales instalados en la Capital Federal que se pretenden nacionales pero con contenidos absolutamente locales: el escenario de las noticias es la CABA, el AMBA y cada tanto se “meten en el interior”, que no es más que introducir algunas localidades de la provincia de Buenos Aires. Lo que pasa en el resto del país –el interior profundo, que le dicen- emerge cada tanto cuando promete escándalo y permite estigmatizar o estereotipar a los ciudadanos de las provincias. Una especie de colonización porteña para toda la Argentina.

Así, podemos encontrar que un corte de tránsito en el puente Pueyrredón, una demora en la línea C del subte o cualquier incidente absolutamente local de la CABA repercute en todo el país… A tal punto que un habitante de La Quiaca se muestra preocupado por una ola de robos en el AMBA. De esta manera, la cotidianeidad de unos pocos se impone para todos.

Pero casi todos estos medios porteños no sólo nos invaden con sus hechos domésticos, sino también con su manera alocada de llegar a las conclusiones. Una forma de pensar las cosas que constituyen un individuo que pone la queja en reemplazo de la crítica; que piensa que la disconformidad constante es mostrarse inteligente; que cree que la desconfianza es sagacidad.

Desde esas usinas –y sólo para poner un ejemplo- se propalaron pamplinas respecto a las vacunas: que portaban un gen comunista, que eran veneno, que era un negociado de Cristina; cuando se demostró que la Sputnik V es la más eficiente contra la Covid, el corifeo mediático opositor arrancó con el latiguillo de Pfizer al punto de convertirla en la panacea, el maná, la fuente de la juventud. Hasta podemos encontrarnos con algún transeúnte convertido en un fan del laboratorio alemán que, hasta no hace mucho, ni sabía de su existencia. En paralelo, este puñado de comunicadores que empañan la profesión, convirtieron su campaña a favor de Pfizer en la insustentable conclusión de “no hay vacunas”, aunque en realidad, hay muchas. Quizá la cantidad no alcance para una distribución pareja en todo el mundo, situación muy diferente que decir que no hay. Por eso refuerzan el desánimo con “no traen vacunas” o sobreactúan con desdén ante el desembarco de aviones cargados de Sputnik, Astrazéneca o Sinopharm; también cuestionan que la ministra de Salud, Carla Vissotti, esté siempre en el aeropuerto. Acá me tomo la licencia de un contrafáctico: si la ministra no supervisara personalmente la llegada de los paquetes, también la cuestionarían. Sin embargo, Argentina está entre los 20 países que más vacunas han recibido y más han avanzado con la inoculación. Y, por si esto fuera poco, no sólo vamos a producir nuestras propias vacunas para uso nacional, sino que las vamos a exportar a muchos países de Sudamérica. Después de haber desinformado y mentido durante tantos meses, ahora, estos monigotes mediáticos dicen que La Vacuna no debe usarse como tema de campaña. Esto es enloquecedor.

Este ideario protestón se emana desde los canales informativos “nacionales” que recibimos por cable. Lo que más agrava la situación es que esta diatriba hegemónica también llega a los canales abiertos locales que incluyen en su grilla programas que se producen también en la CABA, con la misma impronta desinformativa y con similar mirada antojadiza de las cosas. Programas porteños pensados por porteños protagonizados por porteños para porteños se retransmiten a todo el país por canales locales para difundir esta mirada porteña de la vida. Y no es que uno tenga algo contra los porteños, porque esos canales no representan el pensar de todos los que viven en CABA, sino el interés angurriento de un puñado de unitarios; lo que uno rechaza es la invasión, la colonización que el Estado debería impedir para avanzar en la construcción de un país verdaderamente federal y más justo.

jueves, 3 de junio de 2021

Pandemia en la pandemia

 

La dinámica informativa en la que estamos envueltos nos impide detenernos a analizar con calma cada uno de los temas. Y eso que algunos estamos entrenados para estas cosas. Esta situación, por supuesto, no es nueva: la información circula a una velocidad mayor que la capacidad de lectura que tenemos. Pero lo que más confunde son las tretas y patrañas de los medios hegemónicos que han perdido la vergüenza y la insistencia de una porción del público que –por distracción o convicción- sigue confiando en ellas. Si este virus sigue haciendo estragos en la población se debe, en gran medida, a la campaña opositora que algunos comunicadores –es un decir- orquestan desde los inmerecidos espacios mediáticos que explotan.

Aunque parezca mentira, siguen vomitando falacias para sembrar miedo y desconfianza en la población y los exponentes de Juntos por el Cambio se suman a esta movida porque no tienen nada interesante para proponer. Las tapas de Clarín y La Nación se desmienten a media mañana y no sólo por los funcionarios del oficialismo, sino también por algunos cambiemitas. Hasta los directivos de Pfizer y de Covax se ven afectados por estas operaciones tan rústicas.

Tan ensordecedor es el barullo para horadar al Gobierno Nacional jugando con el tema de las vacunas que el presidente de la cámara de Diputados, Sergio Massa, convocará la semana que viene a los representantes de todos los laboratorios para que brinden información certera. Una buena intención que caerá en saco roto porque las mentiras seguirán circulando sin freno. Y si no es sobre este tema, será con otro. El Poder Real –comandado por Héctor Magneto y sus aliados- tiene como único horizonte gobernar el país a su antojo para incrementar sus ganancias, aunque para ello deba dejar en el camino a más de la mitad de la población. Y esa intención dañina no se reduce con diálogo, consenso y buenos modos. A ese monstruo discursivo y económico que creció descomunalmente en democracia se lo combate con coraje, energía y convicciones.

Si queremos que los salarios alcancen para vivir con comodidad hay que distribuir el ingreso de manera más justa. ¿De qué sirve una paritaria si las góndolas se devoran los porcentajes conquistados? ¿Para qué crear puestos de trabajo si los sueldos no alcanzan a cubrir la canasta básica? ¿Cuál es el sentido de ordenar la Economía si la angurria de los empresarios más grandotes no tiene límites? Ante la suspensión de las exportaciones de carne por parte del gobierno nacional para adecuar los precios, los agrogarcas organizaron un lockout, un cese de comercialización, algo que les encanta cuando hay un gobierno que no les obedece. Claro, los grandes productores están acostumbrados a acumular sin límites para convertir el país en una versión 2.0 del Granero del Mundo y hacer que sus productos sean el privilegio de unos pocos en el mercado interno. Ya esta actitud tan mezquina los hace merecedores de la expropiación de sus campos. Pero, no conformes con las ganancias extraordinarias que obtienen en las tierras de todos, evaden, contrabandean y falsean sus declaraciones juradas. En estos días, la Aduana denunció a 19 frigoríficos por operaciones fraudulentas en sus exportaciones para tributar menos.

Esta maniobra es muy habitual en los exportadores y es hora de empezar a tomar un mayor control de los puertos. Para que quede claro: nos roban en impuestos y nos estafan con los precios… Y encima se hacen los santitos cuando los descubren y las víctimas cuando los sancionan. En los papeles, exportaban carne no apta para el consumo humano; en la realidad, la carne era para el consumo humano, pero con esta treta pagaban la mitad de impuestos. Si la ley se impone, deberán pagar multas de más de cinco millones de dólares y si la Justicia fuera menos cómplice, deberían quedar fuera de juego por ser tan tránsfugas.

Todo esto ocurre porque hay una minoría que conquistó su posición en la punta de la pirámide a fuerza de explotación, especulación, evasión y estafas múltiples al Estado y, por extensión, a todos nosotros. A esa minoría y sus apologistas no les importa el país, sino las sumas que amontonan en paraísos fiscales. Para construir un país más justo hay que limitar tanto egoísmo, erradicar la mentira de los medios de comunicación y sancionar la complicidad de algunos jueces y fiscales. Pero sobre todo nunca debemos olvidar que los antidemocráticos son Ellos, que ejercen la violencia de dejarnos cada vez con menos.

Una humillante bandera blanca

  El abuso de los precios no se soluciona con consenso. Como dicen por ahí, las leyes están para volverse efectivas y los actores principale...