domingo, 27 de febrero de 2022

Un desafío histórico

 

Como todos sabemos, el conflicto bélico entre la Federación Rusa y Ucrania nos hace olvidar un poco lo padecido durante dos años por la pandemia. Aunque no es un partido de fútbol, muchos se ven tentados de hinchar para uno u otro equipo. El que se está maquillando para ser uno de los candidatos a presidente, Horacio Rodríguez Larreta, mandó a iluminar el obelisco con los colores de la bandera ucraniana como una indudable muestra de obediencia a la Embajada –la norteamericana, por supuesto- y una promesa de convocar alguna manifestación amarilla con la consigna “Yo soy Ucrania” de continuar la controversia. Nunca “fueron” los países bombardeados o invadidos por EEUU, para no quedar aislados del mundo que empieza en Miami y termina en el Central Park. Este blindado personaje –quizá más infame que Macri- puede ocupar La Rosada desde 2023 para desplegar su impronta indisimulable de facilitar negocios inmobiliarios a fuerza de secuestrar espacios públicos o borrar del mapa escuelas y hospitales, además de bombardear la soberanía con deudas y privatizaciones.

El FDT enfrenta el desafío de evitar que ocurra esto, porque ya sabemos que los modelos neoliberales son pisoteadores de derechos en pos de potenciar privilegios. Cuando los representantes del establishment gobiernan, la mayoría retrocede cientos de pasos, como hemos experimentado con Macri. Este retroceso no es casual sino la estrategia que la minoría empachada utiliza para acumular cada vez más. Según un informe de la CEPAL –Comisión Económica para América Latina y el Caribe-, la concentración de la riqueza en nuestro país es tan monstruosa que los privilegiados tienen 302750 veces más que el resto de la población adulta. Y lo peor es que quieren más y no dejan pasar ninguna ocasión para incrementar esa diferencia.

Desde que se desató la pandemia ganaron como nunca, más aumentado precios que inversión. Hoy tenemos una canasta básica que casi cuesta más de dos salarios mínimos. Un despropósito si pensamos que la compra de alimentos no debería requerir más del 30 por ciento de un sueldo. Y por más que desde el Gobierno Nacional prometan que el salario le va a ganar a la inflación, los precios que desfilan ante nuestros ojos muestran un abuso inadmisible. Un descontrol que nos hace perder siempre. El Presidente ha descuidado algunos frentes: mientras enfrentaba la pandemia de la mejor manera y trataba de negociar la descomunal deuda contraída por Macri con el FMI, dejó que los formadores de precios saqueen nuestros bolsillos. No por maldad, a la manera de los amarillos, sino para evitar grandes conflictos. Algunos pueden pensar que la presión destituyente y constante del establishment mediático, económico y judicial lo intimidan y quizá no estén tan errados. Otros sospechan que Alberto es un hábil jugador que espera el desgaste de sus adversarios para obtener el triunfo, lo que sería fantástico. También están los suspicaces que vocean “son lo mismo” desde sus cómodos palcos, algo que es una exageración.

El presidente debería preocuparse por refutar estas especulaciones, que no se deja intimidar, que si se posterga el triunfo más se envalentonan los menos y sufren los más y que igualar a los PRO con los frentistas es un abuso de la simplificación. Entre los dos proyectos hay diferencias que deberían ser resaltadas de la manera más didáctica e insistente posible. Si Alberto y sus funcionarios se animaran a comunicar mejor, a recuperar la voz conductora y a aportar datos, argumentos, resultados y contrastes, se incrementaría un poco la adhesión y mucho más cuando las mejoras se vuelvan visibles. Ese consenso de las bases alimentaría la audacia y proponer una Empresa Nacional de Alimentos no sería tan irrealizable.

Alberto debería recuperar la “Voz Presidencial” que tanto se demonizó en tiempos de Cristina. Quizá abusó un poco pero sus intervenciones son enriquecedoras. El Presidente no tiene la oratoria de su vice pero logra buenos momentos en sus discursos. Claro que en comparación con Macri y Micheti es un expositor brillante. Pero, además de eso debería aprovechar mejor las millonadas que se destinan a pauta oficial, sobre todo en los medios hegemónicos manipuladores. Total, haga lo que haga el oficialismo siempre tienen dardos camuflados de críticas serias y comprometidas prestos a ser disparados.

Que cada vez más adviertan lo que se está haciendo para mejorar las cosas es imprescindible para lograr la continuidad de un proyecto de crecimiento con distribución. El adversario es peligroso no sólo para un frente político sino para casi todos los argentinos.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Otro botón de la muestra

 

La prepotencia conquistadora de Joe Lewis debería indignar a todos. Pero no es el único que ostenta sus privilegios y se burla de la democracia: este caso tan brutal debería ser el punto de partida para domesticar a los potentados que se quieren apropiar de todo, hasta de nuestra dignidad.

 

El año arrancó movido, como no podía ser de otra manera. Muchos problemas tiene el Gobierno Nacional y debe encararlos con más énfasis si quiere garantizar una buena elección para el año próximo. No la tuvo fácil el presidente: a la exorbitante e ilegal deuda externa tomada por Macri con privados y el FMI y el descalabro económico del plan de negocios que desplegó desde La Rosada se sumó la Pandemia que desconcertó a todo el mundo. A pesar de este escenario, nuestro país está entre los que mejor manejaron la crisis sanitaria y más vacunas inocularon, a lo que se agrega la reactivación en muchos sectores productivos y de servicios, con un crecimiento cercano al 10 por ciento. El ‘debe’ más complejo es revertir la distribución regresiva de la riqueza que, con cada desembarco neoliberal, se profundiza.

Destruir a la manera de Macri es fácil, como quedó demostrado en sus cuatro años de gerencia. Reconstruir es más difícil y cada retorno de un gobierno más o menos popular encuentra una cantidad mayor de empobrecidos. Encima, la minoría beneficiada por el modelo desigualador está cada vez más despiadada y angurrienta; más impune y desaforada. Por eso, cuando el Ejecutivo o el Congreso toman medidas para frenarlos, algún juez obediente al Poder Real dicta una cautelar para proteger esos mezquinos intereses. Ejemplos hay muchos: un juez frenó la intervención de Vicentin, a pesar de las evidencias de sus chanchullos; otros magistrados se arremangaron la toga para evitar que algunos privilegiados contribuyan con el Aporte Extraordinario de las Grandes Fortunas; ninguno se atreve a llamar a indagatoria a Macri, aunque en todas las causas que lo tienen como protagonista sobran las pruebas; otro tribunal servil protege a Clarín para que sus estafas con forma de negocios no sean consideradas servicio público. El 1F fue una protesta contra todo esto y mucho más.

El integrante de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti fue el único que salió a responder a la movilización popular. “Nunca hemos cedido a presiones” aclaró sin rubor. Claro, el que es obediente no se siente presionado: está como pez en la pecera del establishment. Y como no podía ser de otra manera, esputó el lugar común de la “Justicia Independiente” del poder político. Una falacia insostenible pues muchos jueces no fueron ni son independientes del macrismo ni de lo que representa. Esa dependencia no les molesta porque es más pertenencia. Una identificación de clase que atropella leyes, códigos y hasta la propia Constitución. Con esta gentuza la Democracia está en peligro porque esa oligarquía explotadora, estafadora, evasora y fugadora pone en jaque a los gobiernos que no satisfacen sus crecientes apetencias. Desestabilizadores y prepotentes, dispuestos a exhibir garras y colmillos cuando un decreto o una ley amenaza con limar un poco sus privilegios.

Joe Lewis, el magnate inglés que se apropió de un lago, es el caso más reciente de sumisión de todo el poder político y judicial. Hace años que diferentes fallos dictaminan que el terrateniente garantice al acceso al Lago Escondido, que es público al igual que sus orillas y no hay funcionario que lo haga cumplir. Cada año incrementa sus bravuconadas. Para imponer su ley, tiene sus propios gendarmes, una banda de cazadores a caballo que pinchan o vuelcan botes, amenazan con sus armas y secuestran a civiles a la luz del día. Si el gobierno de Río Negro no interviene, es el gobierno Nacional el que tiene que poner orden. Las Fuerzas de Seguridad Federales deberían custodiar a los argentinos que quieren disfrutar del lago. Este es el mejor ejemplo de lo que funciona mal en nuestro país: mientras esto no cambie, ‘soberanía’, ‘patria’, ‘equidad’, ‘dignidad’ seguirán siendo palabras huecas y el futuro será más oscuro.

Obscenidad de los angurrientos

  La incontinencia verbal de los miembros del establishment y sus apologistas inspira declaraciones insostenibles y hasta groseras. Algun...