jueves, 28 de septiembre de 2017

Cautivos de la irreflexión



Las mentiras y operaciones periodísticas sólo tienen un objetivo: distraer la atención del público para favorecer al mismo sector político. Antes eran opositoras y ahora son oficialistas. En el pasado, buscaban horadar la legitimidad de CFK y en el presente, proteger esta infame ceocracia. Como el gobierno de Macri es improtegible, los contenidos mediáticos siguen poblando pantallas, parlantes y letras de molde con un anti cristinismo de parodia. Sin pausa, arrojan a la opinión pública los más inverosímiles embustes en una cascada difícil de contener. Sin rubor, convierten infartos y suicidios en crímenes políticos y yerros de gestión en pesada herencia. Sin pudor, silencian las desmentidas mientras lucubran nuevas fábulas. Y todo sin condena, no de la Justicia, que en gran parte es cómplice, sino del público cautivo, que termina como secuaz de su propia desinformación.
El consumidor de estos libelos se abraza a las patrañas a pesar de las innumerables refutaciones. Si en su momento asimilaron la muerte del financista Aldo Ducler como un audaz homicidio cometido por los K, la ausencia de delito dictaminada por el juez en lo criminal Osvaldo Rappa no erradicará sus prejuicios. Los K son capaces de cualquier cosa y si no se demuestra con este caso, ya aparecerá uno que confirme esa sentencia. Los K son culpables de todo aunque no haya pruebas de nada. Así fueron modelados por la hegemonía discursiva, para desconfiar de todos los que quieran alterar lo establecido por los poderosos. Si un gobierno popular asiste a los más vulnerables, está alimentando vagos; si un modelo neoliberal mantiene esos planes y los incrementa, está combatiendo la pobreza. Si un gobierno popular construye viviendas sociales, hace demagogia; si lo hace un gobierno del establishment, busca solucionar el problema habitacional. Si un gobierno popular modifica los planes de estudio, pretende adoctrinar a los adolescentes; si una gerencia como la actual ofrenda a los estudiantes como esclavos disfrazados de pasantes, está construyendo futuro. Los gobiernos populares son corruptos y mentirosos aunque sus integrantes tengan todos sus bienes declarados, a diferencia de los gobiernos neoliberales, compuestos por honrados ciudadanos de patrimonio incontable y cuentas secretas en todos los paraísos del planeta.
Este entramado de preceptos ilógicos se sostiene a pesar de las evidencias y los resultados, del deterioro y el malestar creciente. Si el país desendeudado de diciembre de 2015 muta al país empeñado de hoy para estar mucho peor que antes o la inflación convierte una recorrida por las góndolas en un laberinto del terror; si la inoperancia de los funcionarios es notoria o sus decisiones tienden a perjudicar a la mayoría; si las promesas no se cumplen a conciencia o se postergan al infinito; si hasta las mascotas advierten el cinismo, la hipocresía y el desprecio que brotan de las bocas oficialistas, nada hará doblegar las insostenibles convicciones enquistadas en la in-conciencia de los cautivos.    
Lo que hay que hacer
Las frases publicitarias con que los PRO justifican sus perniciosas acciones parecen suficientes para el convencido, a pesar de que no tengan ni pies ni cabeza. Que todo se soluciona con diálogo, aunque éste se convoque cuando ya todo está decidido; que hay que unir al país, aunque alienten el escarnio hacia los que se oponen; que están garantizando el progreso, aunque estén primarizando la economía; que están generando empleo, aunque la desocupación es creciente. Todos juntos, en equipo pero sin los que detestan. “Hacemos lo que hay que hacer”, aunque eso signifique empobrecer a los más pobres para enriquecer a los más ricos, con una desigualdad que se ha incrementado un 20 por ciento, de acuerdo al INDEC; aunque conlleve congraciarse con el Primer Mundo que aplaude el abandono de todo principio soberano.
Aumentar las tarifas de los servicios públicos hasta hacerlas impagables o dejar el precio de los combustibles en manos del ambicioso mercado es “lo que hay que hacer”. Inducir al juez Otranto a desviar las sospechas sobre Gendarmería es, “en términos políticos lo que teníamos que hacer”, según confesó el director de Violencia Institucional y Delitos de Interés Federal del ministerio de Seguridad, Daniel Barberis ante un grupo de agentes diez días después de la desaparición forzada de Santiago Maldonado. “Hacemos lo que hay que hacer”, dicen los Amarillos, aunque eso sea arrasar el país con una topadora y dejar desamparados a millones de argentinos.
Lo que hay que hacer es demonizar al otro, pisotear las instituciones y poner nuestra riqueza en manos de la angurria internacional. Lo que hay que hacer es abaratar el salario, aunque la CIDH cite al Gobierno para que explique “la avanzada oficial sobre los derechos de los trabajadores”. Lo que hay que hacer es reprimir a los que se resisten, aunque los excesos provoquen que la Asociación Americana de Juristas denuncie al Estado argentino por negar la detención forzada de Santiago. Lo que hay que hacer es asfixiar a los medios opositores o mandar lingotes de oro a Londres. Lo que hay que hacer es deslegitimar las únicas pericias en el departamento y el cuerpo de Nisman porque confirman el suicidio para enaltecer la fantochada de los ‘peritos’ de Gendarmería, que inventaron datos para forzar la hipótesis de homicidio.
Lo que hay que hacer puede significar cualquier cosa, menos mejorar nuestra vida. De esto hay sobradas muestras y no hay que escarbar demasiado. El futuro no es el final feliz que recitan los ceócratas, sino el presente angustiante que están construyendo. Por este camino vamos al peor de los lugares y son muchos los que lo advierten: industriales, comerciantes, empleados, sacerdotes, economistas y algunos sindicalistas comprometidos con sus representados. Lástima que algunos no escuchen las advertencias porque están muy entretenidos con los culebrones e historietas que consumen como información.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Extraviados por la tele



Sin demasiado esfuerzo investigativo, se puede afirmar que Lodenisman es el resultado de una manipulación perfecta, no sólo mediática sino también política y judicial. Convertir un suicidio evidente en un homicidio seguro con la imposición de una sentencia improbable es un éxito indiscutible. Lograr que los prejuicios de una parte de la sociedad se concentren en una fantasía cada vez más compleja y lejana a la racionalidad merece un premio internacional. Grabar a fuego en la memoria colectiva que Cristina mató a Nisman por su denuncia del Memorándum con Irán es un triunfo de la parafernalia mediática hegemónica que dañará por mucho tiempo el escenario político argentino. Que muchos individuos incorporen a su ideario esta convicción errónea para sus decisiones civiles es una renuncia a la construcción de un ciudadano responsable. Pero más grave que tomar como veraz una mentira es dejar lugar a una sospecha perpetua que cercena todo tránsito a la verdad.
La frase “nunca se sabrá” es la conclusión que susurra el interlocutor dudoso, después de escuchar un listado de datos que confirmaría el suicidio. Que los peritos de la Corte Suprema de Justicia descarten la participación de otra persona más que Nisman en su muerte no incide para nada en la eliminación del recelo. La escena encontrada en el baño, más que confirmar el suicidio, alimenta las más estrambóticas tramas de novela policial. ¿Cómo hicieron los supuestos asesinos para disparar sobre el fiscal sin interrumpir la trayectoria de la sangre que salpicó todo el recinto? ¿Cómo salieron del baño dejando el cuerpo obstruyendo la puerta sin señales de arrastre? ¿Habrán escapado por el resumidero después de transformarse en cucarachas gracias a una pócima secreta? ¿Habrán usado calzado anti gravedad para no dejar una sola pisada? ¿Cómo hicieron para inyectar los 245 gramos de ketamina necesarios para dormir a una persona sin dejar los rastros propios de una aguja y sin que sean detectados por el equipo de toxicología de la Corte? Y todo esto en un departamento cerrado por dentro, sin el desorden propio de una escena de violencia y cámaras de seguridad que no registraron nada extraño. Preguntas que reciben un sacudón de hombros de los suspicaces y una sonrisa incómoda de los convencidos. Ni los más audaces directores de Hollywood se atreven a crear un equipo criminal tan eficaz a la hora de simular suicidios fílmicos.
Encima, muchos actores de esta tragicomedia no hacen más que desparramar estiércol para que el ambiente se torne más hediondo. Como los miembros de la Corte Suprema que, en estos días, emitieron un comunicado en el que parecen desentenderse de las pericias realizadas por sus expertos. Un gesto innecesario para el Máximo Tribunal que debe mantener distancia de las investigaciones ordenadas por un fiscal y un juez de instrucción hasta que el caso llegue a una instancia en la que deban intervenir. Sin llegar al ridículo de Carrió, que vociferó la culpabilidad del gobierno K en la muerte del fiscal, los Supremos realizaron su aporte para alimentar una confusión funcional a la campaña.
Voluntarios para la mentira
Para superar estos pasos vergonzosos y bajo espectaculares luminarias, aparecen en escena los peritos de Gendarmería, encargados de demostrar que a Nisman lo mataron. Como no pueden, inventan. Como no estuvieron en la escena del hecho, dan rienda suelta a una imaginación novelesca. Como no vieron el cadáver, agregan heridas inexistentes, inyectan sustancias anestésicas y desplazan el orificio que produjo la bala. Como no tienen rigor científico, permiten que aflore la inspiración literaria para utilizar la expresión poco jurídica “asesinato a sangre fría”. Como el establishment gobernante necesita erradicar la idea del suicidio para horadar la imagen de Cristina, pueblan el pequeño baño de homicidas despiadados y obsesivos que no dejan ninguna huella. Todo sin pruebas, cargado de falacias y con el solo objetivo de engañar a la opinión pública.
Que este mamotreto de casi 500 páginas se incorpore a la causa judicial indica lo malogradas que están las instituciones. Que la resolución de un caso policial tan evidente se estire como un chicle por exigencia del Poder Real sugiere que, si no reaccionamos, pronto estaremos perdidos. Que expertos de Gendarmería sin experiencia en estas lides apuesten su cabeza para fomentar embustes muestra la impunidad que reina en este oscuro presente. Impunidad todo terreno y multidireccional.
Claro que esto no sería posible sin la existencia de un público dispuesto a creer en Todo, a abrazar como verdad lo que ya se ha demostrado que es mentira, a dejar que las dudas infundadas desorienten su razón. Algunos encontrarán en esta renuncia a la autonomía intelectual las excusas necesarias para rechazar una fuerza política; otros verán este caso como un alimento para esa irrenunciable desconfianza hacia La Política con que disfrazan su indiferencia; otros advertirán los absurdos pero eluden cualquier posición que los identifique con los despreciados K; otros sentirán pudor al reconocer que han sido embaucados de manera tan grosera.
Estas variantes de creyentes incondicionales no se limitan a Lodenisman. La credulidad informativa está abierta a toda operación con formato periodístico que provenga de los medios que bombardean el entendimiento. No hay argumentos, pruebas, datos, testimonios, audios, videos que los aparten del entramado de fábulas que consumen a diario. Ni los actos más crueles y miserables cometidos por los ceócratas hacen estallar la burbuja del Cambio que los aísla. Ni se asombran de la cantidad de hechos que ignoran por depositar su confianza en la realidad paralela que se construye desde esas usinas hegemónicas. Ni se asquean por las horrorosas ideas que despiertan las frases odiadoras que los dirigentes amarillos expelen en cada aparición ni se sorprenden por las atrocidades que consienten. Hasta culpan a Santiago Maldonado por su propia desaparición, colman las redes con bromas de gusto pésimo y claman por la aniquilación de los mapuches que, en tiempos de Cristina, consideraban héroes. Y se abrazan a la estupidez de desatender sus reclamos porque son chilenos, sin advertir que Benetton, Lewis y demás terratenientes expansivos son menos criollos que el chessecake.
Aunque el Gran Equipo está destruyendo el país, los globoadictos se envalentonan con frases como “hacemos lo que hay que hacer”, que justifica ajustes bestiales, renuncias recaudatorias, reformas retrógradas, endeudamiento atroz y represión salvaje. Esta semana, el padre Eduardo de la Serna, de Curas en Opción por los Pobres, manifestó que avalar este modelo en las urnas “es un pecado”. O crimen, estupidez, error, tozudez… cualquier cosa menos una decisión racional comprometida con el buen destino del país.

jueves, 21 de septiembre de 2017

La desaparición de la disidencia



En la memoria rebota la nefasta frase que el Monopolio usó para combatir la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual: “TN puede desaparecer”. No desapareció el canal, sino la ley. Gracias a eso, el Grupo que convirtió a Macri en empresidente a fuerza de canalladas periodísticas pudo crecer al ritmo de sus ambiciones hegemónicas. En ningún lugar del planeta existe un dominio sobre la construcción de realidad como la que ostenta Clarín. Detrás del nombre de un diario, se escuda un universo pernicioso insospechado para una parte de la sociedad. El pensar y el sentir de muchos argentinos es estimulado desde sus usinas para que sean funcionales a sus viles intereses. Los hechos se trastocan y las interpretaciones deliran en los medios que poseen para enloquecer al público cautivo y convertirlo en el sepulturero del destino de todos. A pesar de su monstruoso tamaño, acosa y ahoga aquellas voces que ponen en evidencia su demoníaca influencia y deschavan sus infames falacias. Si el gigante se incomoda por un grano de arena en su zapato, su poder no debe ser tan indestructible como a simple vista parece.
Nunca en democracia habíamos experimentado tanta parafernalia simbólica para mostrar a una pandilla de saqueadores como un Gran Equipo comprometido con nuestro futuro. Lo que antes era escandaloso ahora es encomiable. Lo que antes vociferaban a todas horas del día ahora lo envuelven en un silencio cómplice. Antes, la inflación era un problema y ahora es el mejor de los caminos. Antes, la informalidad laboral era una mancha en el Proyecto K y ahora es el punto de partida del emprendedurismo. Antes, había ñoquis y ahora hay voluntarios con sueldos cuadruplicados. Antes, buscaban botines ocultos en el extranjero y ahora que abundan excusan a sus propietarios. Antes, había corrupción inaceptable y ahora, conflicto de intereses producto de la inexperiencia. Cuando nuestra deuda era manejable estábamos en default y ahora que es de terror, estamos integrados al mundo.
Así, las paradojas se convierten en norma. Que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, tenga más del 80 por ciento de su dinero fuera del país no es la mejor invitación para las inversiones. Que lo justifique con la frase “un funcionario tiene todo el derecho del mundo a tener su dinero en el exterior” es un abuso de la protección que lo mantiene en el cargo. Y una burla para los que se indignaron con las patrañas de Seychelles o la bóveda de Cristina, tan hechizados que no atinan a reaccionar. El licuado indigesto que reciben a diario desde esa virtualidad -que jamás abandonan- se transforma en un listado de lemas fáciles de memorizar que sostienen el andamiaje de prejuicios que guía sus decisiones. Consignas sin sustento que apenas comprenden pero les alcanza para mantener un diálogo ocasional en cualquier situación cotidiana y para apoyar lo que, con un poco más de lucidez, jamás apoyarían.
El discurso único ataca de nuevo
TN no desapareció, pero hay mucho que desaparece en la Argentina dominada por el Grupo al que pertenece: el empleo, la dignidad, el mercado interno; la tienda de la esquina, el bar de acá a la vuelta, la librería del barrio, la fábrica de la otra cuadra; los productos nacionales, las vacaciones de verano, el artefacto nuevo. También está desapareciendo la pluralidad de voces que los Amarillos tanto prometían pero que combatieron desde el principio. Los periodistas del demonizado 678 y los que cubrían la programación de los medios públicos fueron las primeras víctimas de estos hipócritas pregoneros del diálogo y el consenso. La distribución desequilibrante de la pauta estatal premia a los medios cómplices y apologistas, domestica a los susurradores de tímidas críticas y aprieta a los díscolos hasta el ahogo. Esto no pasaba en los tiempos de Cristina, aunque las denuncias saturaban en los medios que no necesitan de la propaganda oficial para engrosar su recaudación. Ahora existe la compra de voluntades que colma arcones y billeteras. Hasta los familiares de los periodistas cómplices encuentran su cobijo en la guarida del PRO.
Aquellos que se resisten son condenados al ostracismo. Si el dinero no los tienta a formar parte del blindaje informativo, el aluvión de causas judiciales alterará el equilibrio psíquico de dueños, gerentes y comunicadores. El directivo de un medio puede despedir a uno de sus conductores sin que eso signifique un acto de censura. La libertad de empresa es así. Si un programa no funciona es razonable que se lo saque de pantalla. Si no coincide con la línea editorial del canal, el asunto es un poco más complejo. Si alguna de las dos partes modifica su posicionamiento político de manera drástica, bienvenida la suspicacia. Pero la salida de Roberto Navarro de C5N sólo es explicable si se piensa como política de Estado. Un contenido de calidad que consigue convocar mucha audiencia en sus cuatro emisiones semanales no es para desechar así porque sí. En las propias narinas de la sociedad, un gobierno acosa al gerente de un canal para que despida a un periodista cuyas investigaciones incomodan a sus funcionarios. Quien aplauda esto tiene poco de democrático. Quien lo reciba con indiferencia será víctima de una monotonía discursiva agobiante. Quien no tome esto como un acto gubernamental de censura está papando moscas. Quien no lo interprete como una advertencia disciplinante tiene sus sentidos averiados. De aquí al discurso único totalitario hay medio paso. Así, cualquier verdad tiende a desaparecer si las fábulas más inverosímiles se convierten en realidad indiscutible.
Si no hubiera habido medios disidentes, la desaparición de Santiago Maldonado jamás habría aparecido en la pantalla. Sin periodistas comprometidos con los más vulnerables, nunca nos hubiéramos enterado de las tragedias que padecen los mapuches en manos de gendarmes serviles a los terratenientes de la Patagonia. Después de las mentiras con que trataron de disfrazar la responsabilidad oficial en ese delito aberrante y de los agentes que invaden como un malón las comunidades del Sur, que el empresidente en la actual campaña diga que "cambiar es entender que la violencia no es la forma” parece un chiste de mal gusto. Pero que después de tildar de mafiosos a los sindicalistas, abogados y jueces que defienden los derechos laborales, de alimentar el odio a toda forma de oposición y de vulnerar la libertad de expresión en serio, agregue que cambiar “es entender que tenemos que respetar al que piensa distinto” es un cartel luminoso que lo señala como uno de los personajes más hipócritas del que se tenga memoria. Cambiar es desaparecer derechos para incrementar privilegios. Quien no comprenda esto es porque está del lado de los desaparecedores o porque está tan amarilleado que ya no puede reconocerse ante un espejo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Instrucciones para saltar el cerco



Si en algo aventaja el PRO a otras fuerzas políticas es por su prepotencia: lo que quieren hacer, lo hacen, aunque contradiga principios propios y ajenos. No tienen tantas vueltas intelectuales, morales o institucionales. Con protección mediática y complicidad judicial, cualquiera es vivo. Cuando el establishment gobierna, las cosas son así: dan rienda suelta a su pulsión dominante y sus emisarios se encargan de materializar los más angurrientos deseos, aunque dejen en el camino un tendal de víctimas. Desde ese lugar tan impune, ponen nombres a las cosas, legitiman lo ilegal y naturalizan lo aberrante. Ellos pueden sentenciar sin pruebas al más inocente e indultar al más mugriento con sólo pensarlo. Cuando el establishment gobierna la armonía es absoluta, aunque haya inflación, la deuda nos agobie, el hambre aceche y el desempleo esté de fiesta.
Cuando estaban en campaña presidencial, no dudaron en culpar a Cristina por el suicidio de Nisman, la tildaron de ‘asesina’ y muchos funcionarios aún hablan del gobierno que “se cargó a un fiscal”. Y todo esto en contradicción con las conclusiones del peritaje realizado por los expertos de la Corte Suprema de Justicia, que aseguran que nadie tuvo participación en su muerte más que él mismo. A pesar de esta contundencia, continúan exhibiendo el cadáver para mantener vivos los prejuicios de sus adherentes y algunos confundidos. Aunque no tienen nada nuevo, reciclan operaciones viejas para sostener la sospecha durante la eternidad que dure el mandato. Y no sólo la sospecha, sino la culpa, a pesar de que CFK no está ni mencionada en la causa judicial que lleva adelante el juez Julián Ercolini. En caso de que se concluya en un improbado asesinato, el único señalado por la querella es Diego Lagomarsino, el amigo, asesor informático y socio de algunas cuentas en el extranjero del fiscal, no de Cristina.
Ridículo. Caprichos del Poder. Absurdos que se convierten en norma. Patrañas que se truecan en verdad, a fuerza de insistencia mediática y el oportunismo de algunos opositores que se enganchan como bagres a las peores carnadas. Y por la timidez de algunos opositores en serio, que se cansan de responder con obviedades a las chicanas más obscenas. Ahora que los Amarillos necesitan reforzar la campaña para revalidar una gestión más abundante en desastres que en logros, reflotan el caso con una reconstrucción de madera del baño de Nisman y una relectura de los peritajes para concluir lo contrario. Ellos hablan de independencia judicial pero presionan a los jueces para que armen las causas más incongruentes y ejecuten una venganza de clase con condenas cargadas de injusticia. Si tuvieran algo concreto contra Cristina, en estos casi dos años de poder absoluto ya la hubieran arrojado a la sombra de una celda. Como no tienen nada, resulta más efectivo prolongar la culpabilidad virtual hasta que la caldera social estalle ante tanto escarnio infundado.  
Una ensalada conceptual
Ellos pueden vociferar que Cristina asesinó a Nisman pero nosotros no podemos sugerir que Macri desapareció a Santiago. Así es el poder. Aunque Maldonado haya desaparecido en medio de un operativo ilegal de Gendarmería ordenado por el Jefe de Gabinete del ministerio de Seguridad para proteger la avaricia del terrateniente Benetton, avalado por la ministra Patricia Bullrich e ignorado por el empresidente y los grandes medios durante las primeras semanas, no nos dejan hablar de ‘desaparición forzada’. Si avanzamos más allá de los excesos de un par gendarmes, estamos haciendo “un uso político de un tema doloroso”. Cuando Ellos lo hacen, no hay problema. Cuando lo hacen los demás –con motivos más valederos- se desata la furia celestial de los titulares y de los opinadores a sueldo. Ellos pueden convencer al público cautivo de que un suicidio es un asesinato y que una desaparición, un accidente con sólo presionar el enter. En cambio, para recuperar la coherencia conceptual que los ceos han pisoteado deberemos lidiar muchos años.
En lugar de emprender el camino de la Pobreza Cero, Macri inaugura un comedor comunitario en Añatuya con bombos y platillos. Lo que debería ser una excepción, comienza a convertirse en regla. Y la administradora del lugar de caridad, Margarita Barrientos, celebra como un éxito que la comida preparada no haya alcanzado para todos los asistentes. Insólito: festejan que haya muchos que no puedan satisfacer sus necesidades más elementales. Pronto tomarán como un logro que los chicos vayan a la escuela sólo por la comida y la copa de leche. Bueno, si la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, se emociona con los desocupados que subsisten juntando cartones o preparando asados en la puerta de sus precarias casas, la impronta PRO nos puede conducir a terrenos más tenebrosos de los que imaginamos. El asistencialismo que tanto criticaban se convierte en la única forma de atenuar el despojo que muchos padecen y las inseguras changas de los desesperados se transforman en el emprendedurismo que tanto pregonan. Si siguen trastocando los conceptos, en breve llamarán bienestar a la supervivencia y dieta saludable a la desnutrición.
De continuar con esta hegemonía enloquecedora, ya ni reconoceremos nuestra lengua cotidiana. Si no ponemos un filtro a lo que nos imponen a diario, cada vez entenderemos menos lo que pasa. Y peor, no sabremos cómo salir de tanto embrollo. Menos mal que el jueves, una entrevista sorpresa se convirtió en Cadena Nacional. La tan denostada Cristina, lejos de estar fuera de juego, toma las riendas de su centralidad política. Aunque el periodista que condujo el momento televisivo no pudo escaparse de la fabulera agenda hegemónica, CFK demostró que su habilidad discursiva y su fortaleza conceptual están tan vigorosas como siempre.
Y dejó al descubierto que las acusaciones que la tienen como blanco no son más que patrañas. Hotesur, dólar futuro, traición a la Patria, asesinato y todas las causas que han inventado hasta ahora tienen como objetivo denostar un proyecto de país que disputó poder en serio. Su proyecto deja en claro de qué lado hay que estar si queremos construir un país desarrollado y equitativo. Si producimos alimentos para 400 millones de personas, ¿cómo es posible festejar que un desocupado subsista con cartones o asados? Qué distraído hay que estar para aplaudir la inauguración de un comedor comunitario, que estatiza la caridad. Qué poco hay que entender para rechazar la propuesta política que nos sacó del pantano y apoyar un modelo que nos está sumergiendo en uno peor. Qué triste es aprender a los golpes cuando hay maneras menos dolorosas. Y todo para evitar el enojo de los poderosos, que ni se mosquean por el daño que producen cuando usurpan el gobierno.

Una jugada maestra

 “Sorpresas te da la vida”, cantaba Rubén Blades en los ochenta. Malas o buenas. Y el fin de semana, la sorpresa la dio CFK con el ya cono...