lunes, 28 de agosto de 2017

Los riesgos de la indiferencia



Un puñado es lo que cabe en un puño. No es una medida precisa, sino una metáfora para sugerir una insignificancia. Nadie se pondrá a medir cuántos votos, porotos o personas caben en un puñado porque, más allá del tamaño del puño en cuestión, todos sabemos que es muy poco. Los que festejaron después de las PASO ahora desdeñan el puñado que los derrotó, aunque, después del balotaje, los amarillos presentaron como un montón al puñado que convirtió a Macri en empresidente. Un puñado dudoso con las mañas del Correo Argentino para el conteo de los votos. Despectivos de puñados ajenos, buscarán superar el tercio que los apoyó en las legislativas con un puñado propio. La polarización es lo que se anticipa en las urnas de octubre, de acuerdo al aroma del ambiente. Los indecisos evalúan arrojar una moneda en el umbral del cuarto oscuro o dejarse llevar por los prejuicios nutridos por las pantallas que no se atreven a abandonar. Una disyuntiva riesgosa porque lo que hemos experimentado del cambio y lo que preparan sus gestores no deja espacio para los indiferentes.
El rabino Sergio Bergman disfrazado de planta es una imagen que invita a unas cuantas lecturas. Por la repercusión que tuvo –tanto a favor como en contra- parece un señuelo para desviar la atención de los usuarios de las redes: unos aplaudieron la audacia de un funcionario y otros se burlaron por su ridiculez. Si su gestión al frente de la secretaría de Medio Ambiente fuera brillante, podría tomarse como una divertida licencia. Si su intención hubiera sido profunda, podría respetarse un poco más. Ni lo uno ni lo otro: un disfraz no simula eficacia ni las bolsas verdes son el camino para una revolución ecológica.
El cambio climático que tanto denuncian no sólo se combate con bicicletas o restricción energética a fuerza de tarifazos: la sobre-explotación de la tierra, la extracción saqueadora de minerales y la deforestación a mansalva de los terratenientes deberían ocupar el primer lugar de la agenda. La invocación al ciudadano para que cuide el agua, separe los residuos y no malgaste la energía queda como adorno si no se controla a los angurrientos que quieren convertir en dólares fugables nuestros recursos naturales. Además, de nada necesita disfrazarse un funcionario que, al momento de asumir, confesó su desconocimiento sobre el tema y que, tanto en su trayectoria como en su expresión, exhibe un abanico de vegetales que resultaría penoso enumerar. Aplaudir o abuchear debería ser más que una reacción espontánea: situar cada foto en una secuencia nos aleja de conclusiones superficiales para tomar decisiones más certeras. Un buen consejo que, de haber sido escuchado en su momento, hubiera contribuido a esquivar los espejitos de la Revolución de la Alegría.
Mentiras sin patas
Hasta ahora, el Cambio es un rosario de promesas que exige innumerables sacrificios. No para todos, por supuesto: los deciles medios y bajos de la pirámide deben renunciar a su modesto bienestar para saciar los toneles que algún día derramarán un excedente siempre mezquino. Una advertencia que ni siquiera apareció con letras minúsculas en el contrato que se votó en 2015. Tampoco aparece ahora en los versitos de campaña de los exponentes del oficialismo, aunque a veces emerge de los sectores más oscuros del subconsciente alguna idea que no logran reprimir. Mantener el disfraz es lo que más les cuesta, aunque muchos no lo adviertan. Claro, apelan al maquillaje no para engañar a los que coinciden con su desigualadora impronta: las palabras amigables, los gestos serenos y los dedos timbreadores son postizos destinados a indecisos, incautos y distraídos que se sienten más amenazados por los lamentos de los vulnerables que por las dentelladas de los poderosos.
El horroroso rostro detrás de la máscara está sugerido por lo que muestran y por lo que se les escapa. Para mejorar la competitividad sólo proponen quita de impuestos y bajas salariales, pero jamás mencionarán la ganancia empresarial intangible que se amontona en paraísos fiscales. Cuando condenan la violencia, sólo tienen en cuenta la reacción de los explotados y no la patada de los explotadores. Cuando hablan de inseguridad, sólo piensan en represión y si convocan al diálogo, sólo exigen obediencia. Detrás del maniquí que está a la vista se esconde un monstruo, un otro yo que pergeña pesadillas y se burla de los afectados.
Así funciona el marketing y su objetivo es seducir apartando al destinatario del camino hacia toda verdad. Así, el ciudadano deviene en público y el colectivo, en manojo de individuos. El resultado es un espécimen que asimila lemas, repite excusas y acepta con sumisión penurias innecesarias. Temerosos de la grieta, se suman a los que la provocan y no hacen más que ensancharla. Lo más peligroso de estos seres es que se perciben como neutrales y se escudan en la indiferencia, pero no advierten que de esta manera terminan avalando cosas inaceptables.
La desaparición de Santiago Maldonado emerge como parte-aguas. En un caso así no cabe la abulia. El que se deja convencer por la inverosímil creatividad de los medios hegemónicos o el que se abraza a las modernizadas versiones de excusas de la dictadura es mucho más que un incauto. El que cree que un artesano de barba, pelo largo, vegetariano y solidario con los mapuches merece ser desaparecido que levante la mano. Si no cree eso, que reclame su aparición con vida y el castigo a todos los responsables. No estamos ante alguien que se extravió en un bosque o que, en un delirio místico, decidió huir de su familia. Sin dudas, no desapareció por arte de magia y su aparición tampoco dependerá de eso.
Este tema incomoda a los gerentes porque los revela capaces de cualquier cosa para defender los privilegios de una minoría insaciable. La ministra Bullrich lo sintetizó en un fallido: “el bando de los que quieren encontrar a Maldonado y el de los que no queremos encontrar a Maldonado”. ‘Encontrar’ es uno de los tantos eufemismos PRO para no confesar lo que han hecho con Santiago. Los verdaderos dos bandos: los desaparecedores y los desaparecibles. Un antagonismo que no acepta indecisos, indiferentes ni neutrales. El público también debería sacarse la máscara para que el espejo lo acomode en el bando correspondiente.

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