El simulacro
que supimos conseguir
Todavía
no ganaron y ya están asumiendo. Aún no asumieron y, excitados por el clima de conspiración,
ya se están desuniendo. De acuerdo a la
orden dictada por el Gran Titiritero, están generando El Caos. No todos, sino algunos. O mejor dicho, unos se
encargan de agitar por aquí, otros por allá y el resto, por acullá. Es la magia
de la televisión destituyente que
organiza la realidad para hacerla inmanejable.
El periodista Jorge Lanata, convertido
en denunciador compulsivo de ficciones dudosas, aporta lo suyo para
confundir a los confundidos y alimentar a los prejuiciosos. Entre el show dominical y la febril
tertulia del lunes por la noche, reconstruye sus mentiras a partir de
correcciones falaces. Y no importan las contradicciones en que incurre:
total, el público no las advierte o las
ignora. Si hasta Margarita Stolbizer se exhibe como la manipulada perfecta
y realiza declaraciones ardientes para manchar de sospechas a La Primera
Mandataria. Sin pruebas y con mucha incoherencia, El Grupo la ha declarado
culpable y debe cumplir la sentencia. Por ahora, es un ostracismo verbal. Mientras tanto, están operando para
convertirlo en efectivo.
Desde el 11 de agosto, el triunfalismo los embriaga
casi al límite del coma. Alucinados por
el aroma del golpismo, se arriesgan a todo para recuperar posiciones.
Ansiosos por cambiar de película, oprimen todos los botones del control remoto,
enloqueciendo cualquier aparato. Como bestias famélicas, muestran los colmillos
pestilentes, prestos a dar una
dentellada letal. Con la seguridad de que sus fábulas serán íntegramente
creídas, pueblan las pantallas de absurdos mimetizados como investigaciones
profundas y análisis sesudos. Lo de siempre, pero con más saña. Lo que han hecho desde que comenzaron a ser
poder: condicionar a los gobiernos democráticos o derrocarlos. La misma
duda existencial que nos atraviesa desde los orígenes de nuestro país: gobierna
el Pueblo a través de sus representantes o las
corporaciones con sus cómplices, laderos, sicarios y siervos.
Aunque parezca exagerado, el resultado de las PASO se convirtió en la bandera de largada para una
carrera de los Autos Locos, el cartoon que deleitaba a muchos en
una infancia lejana. El que oficiaba de villano, Pierre Nodoyuna, de tan malo,
tramposo y ladino, resultaba simpático. Ni hablar de Patán, el perro que
celebraba con burlonas risas los fracasos de su amo. Después protagonizaron sus
propias series, con resultados adversos. Eso
sí: por más que idearan las más sofisticadas trampas, siempre resultaban perjudicados.
La moraleja fortalecía la idea de que la competencia debía estar basada en la honestidad
y quien incumpliera con esa regla básica estaba condenado a perder de la peor
manera. Algunos no aprendieron esa
lección tan elemental de los dibujos animados y se lanzan a la carrera
democrática buscando atajos y disponiendo celadas. Eso sí: nuestros
villanos vernáculos carecen de simpatía y no tendrán la oportunidad de
protagonizar otra serie. Si fracasan
ahora, será para siempre. Por eso recrudecen sus embates. Por eso se
exponen a representar las más inconsistentes parodias. Por eso se muestran con su más espantosa desnudez.
La opereta de Seychelles comenzó el domingo y
aunque era inconsistente desde el arranque, el reciclado diario ya la hace
insostenible. En la reconstrucción de estos días hasta confunden las fechas y,
según el diario Clarín, estuvo en esa zona en marzo, no en enero. No importa, el lector aportará lo suyo para
creer el cuento. No hay verdad que valga mientras logre incrementar la
desconfianza como la principal excusa para desmoronar este proyecto. Si la
corrupción funciona como misil para horadar la legitimidad, bienvenida sea. Y si no se encuentra, habrá que inventarla.
Entonces, de ahí en más, todo es un invento. La sobreactuación de los
investigadores y analistas agrega drama al ridículo. Si el Gobierno Nacional no
responde a las acusaciones, resultará culpable de ellas. Y las respuestas serán interpretadas como feroces ataques que vulneran la libertad de expresión. De tan
reiterada, esta treta resulta pueril y los que se prenden de ella merecen ser
subestimados.
Lo mismo ocurre con el diagnóstico del doctor
Castro. El síndrome de Hubris no está reconocido por la OMS y parece ser un trastorno inventado por
psiquiatras de derecha para desautorizar a mandatarios de izquierda. Si uno
revisa los síntomas, parecen las características propias de cualquier
presidente que quiera modificar el estado de las cosas. La única cura es la destitución o la renuncia, cuando la obediencia no
da resultados. Michel Foucault ya lo había anunciado en su lección
inaugural de principios de los setenta. Uno de los mecanismos que utiliza el
Poder para expulsar o impedir el acceso al discurso dominante es el de la
locura. Desde la asunción de Cristina,
su salud mental se encuentra en constante examen mediático. Los primeros
días de enero de 2008, los medios comenzaron a hablar de sus dificultades para
madrugar, del trastorno bipolar, de sus exaltados discursos, de su mirada
extraviada y vaya a saber uno cuántas estupideces más. Todo para neutralizar su palabra, que es lo que busca la acusación de
locura. El loco no merece ser escuchado y menos aún ocupar el Poder
Ejecutivo.
Los
mensajes mediáticos de mayor llegada se han transformado en una cadena de mitos
a la medida de los que quieren retomar el control del país.
Periodistas, políticos, jueces y demás integrantes del siniestro ballet se
sacuden al ritmo de la angurria minoritaria. Cada uno desde su quehacer apuntala el discurso destituyente y
amplifica las descalificaciones. El resultado de las elecciones primarias
los envalentonó y la fecha dispuesta para la resolución de la
constitucionalidad de la LSCA los compele a sacar los ases de todas las mangas
posibles. Así estamos y así estaremos, a
merced de los sacudones de esta bestia que se resiste a la democracia.
Traidores y distraídos habilitaron
este despliegue con el despreocupado voto del 11 de agosto. Menos mal que por ahora todo es un ensayo.
El escenario puede ser diferente en octubre. Debe serlo, porque de lo contrario,
lo que ahora es una muestra se convertirá en la más cruda realidad. Y ya
sabemos: nos cuesta mucho escalar pero es
fácil resbalar a los abismos conocidos.