Uno
está acostumbrado a despedir a un familiar, un amigo o un compañero de trabajo.
¿Cómo se despide a una Presidenta a la
que nunca ha visto a menos de cuarenta metros o a través de una pantalla?
¿Cómo despedirla sin estrechar su mano, brindarle un beso y quizá también un
abrazo? ¿Qué vacío puede quedar si uno nunca ha acariciado su pelo o palmeado
su espalda? Uno nunca extrañará un
perfume que jamás ha olido. Sin embargo, millones la despiden, la lloran y seguro
la nostalgiarán. Unos irán a la Plaza
y otros se juntarán con amigos a vivir el momento desde la tele, pues ahora las
pantallas brindan una extraña forma de proximidad. Y más con Ella, que rompe cualquier distancia. Cristina se va, pero
de alguna forma se queda. Unos la
seguirán odiando y otros, amándola, pero
Ella será inevitable. Tanto como Evita, que tiene el mérito de haber
saltado a la Historia desde un lugar muy pequeño y obrar en la vida real por poco tiempo para eternizarse en el mito.
Cristina, en cambio, no se va para siempre. Ni siquiera se va: apenas deja de hacer
lo que hacía, al menos por un tiempo. Aún
es mucho presente para que empiece a ser pasado.
Para
convertirse en leyenda, el paso del tiempo debe limar las asperezas. Pero Ella
no será leyenda hasta dentro de mucho tiempo, cuando los recuerdos batallen con la historia oficial, ésa que se
escribió desde los medios hegemónicos. ¡Pobres los que dentro de unas décadas
investiguen estos tiempos desde esas
fantasiosas tapas que lograron envolver a muchos en un clima de catástrofe
inexistente! Más que para la historia, esas portadas podrían servir a
psiquiatras o estudiosos de la manipulación mediática, si es que no se han usado para envolver huevos. Pero en la memoria
del pueblo habitará otra historia, ésa
que es verdadera porque se construyó con la pasión. Cuando tanto corazón
despide a un mandatario, ése es el lugar
que ocupará en el futuro. Ni las más extremas proscripciones podrán borrar
su nombre; ni las más exaltadas demonizaciones
despertarán rechazo o temor; ni los más sesudos tratados podrán torcer ese
amor por líderes de este tamaño. Ni siquiera la humillación de una medida cautelar que la aleja de la presidencia
doce horas antes de lo que estaba previsto. En nuestro país ya hay tres
personajes imborrables: Perón, Evita y Kirchner. Cristina completará el
cuarteto, pero todavía está en construcción.
Las sombras y la luz
Por
frases como “la Patria es el Otro” será
por siempre ‘Presidenta’. Casi un legado
que personifica el símbolo y traza un plan de acción. Una brújula para no
errar en el camino. Una antorcha para espantar las sombras que pueden
amenazarnos. Sin el Otro, no podremos
construir ninguna Patria. Sin el Otro, se interpone un témpano para
separarnos. Como ahora, que incrustaron
un paréntesis en nuestra historia. Por eso seguirá siendo Presidenta,
aunque deje de serlo.
Otros
se referirán a Ella con epítetos procaces y despectivos. Con Evita pasa lo
mismo y esos adjetivos sólo carcomen al
portador. Palabras que evidencian que la famosa grieta es insalvable. Nadie
duda que podrán maquillarla por un tiempo, disimularla con cartón pintado o
apuntar la cámara a otro lado para vender la ilusión de un país unido. De esa manera lograron instalar a muchos
monigotes en La Rosada. En estos días, la historia parece repetirse y, por
lo que parece, esta vez nos toca
comedia, que siempre es más breve que la tragedia. La grieta es la diferencia entre los beneficiarios de toda acción de
gobierno. Los monigotes del lado oscuro buscan
multiplicar privilegios; los líderes del lado luminoso, conquistar derechos.
Y siempre quedan algunos con un pie en cada borde y oscilan como pelota en un
bote. Esta vez, la ola los volcó para aquel lado pero pronto van a rebotar para
éste. Ya veremos cómo hacer para que no
se bamboleen más.
No
es un día para opacar este momento con el próximo presidente. Si su objetivo es
unir a los argentinos, comenzó muy mal: sus
caprichos y su voluntad destituyente ya lo han alejado de una mitad del país.
No es oportuno pensar en el vacío, el
silencio, el bullicio, las sombras y la incertidumbre que nos amenazan. Ni
en las toneladas de neblina que intentarán enturbiar la mirada de los
argentinos. Donde no hay pasión, pronto habrá
olvido. Estos tiempos son más adecuados para un nuevo compromiso. Desde
2003 comenzamos a recuperar autoestima, que
llegó más alto de lo que nunca imaginamos. Claro que esta idea recibirá
burlas por parte de los negadores que sólo ocupan tiempo en chequear cuentas
bancarias. Y de los manipulables laderos, que nunca faltan. Pero el Himno se canta distinto y el
celeste y el blanco han dejado de ser sólo los colores de una camiseta de
fútbol. El compromiso es preservar esto a
pesar de la frivolidad que tratará de salpicar todos los símbolos.
Una
vez más, nuestra historia está en peligro. El
camino glorioso que iniciaron los patriotas parece tomar un rumbo diferente.
Los traidores están por usurpar La Rosada, pero de manera legal, al menos en
apariencia. Para eso tuvieron que apelar a mentiras,
escarnios y confabulaciones gracias a su intocable poder concentrado, capaz
de comprar voluntades y forzar decisiones. Pronto tendrán la ocasión de
demostrar si sus recetas importadas y
entreguistas pueden conseguir la felicidad del pueblo. O al menos, lograr un simulacro aceptable.
Nada
les será tan fácil. El punto en el que estamos no admite sacrificios patrióticos ni perforaciones nuevas en el cinturón. La pesada
herencia son derechos que ellos tienen ganas de cercenar, pero nosotros, el
desafío de proteger. Entre otras cosas, Cristina demostró que muchos sueños se pueden convertir en realidad.
Por eso no se va y menos ahora, que estamos cercados por las pesadillas. Ahora
que vienen las sombras, la luz de estos
doce años brillará mucho más a medida que pase el tiempo. Después, cuando
seamos más los que comprendamos, ya no
habrá más tinieblas que nos puedan asustar.