Los peronistas clásicos interpretaron el baile de
Macri en el balcón de La Rosada como una
falta de respeto hacia un símbolo del histórico movimiento. Después de las
medidas económicas anunciadas por Alfonso Prat Gay, el baile se convierte en
una burla hacia muchos de sus votantes, que
verán reducida su capacidad de consumo en poco tiempo. Y también en una
especie de desafío: ¿hasta cuándo seguirán coreando “no me arrepiento de este amor”? Pero la burla triunfalista estuvo en muchas bocas triunfadoras. El
presidente de la SRA, Luis Etchevehere, feliz ante la posibilidad de exportar todo sin preocupación por nuestra
mesa, aseguró que “el común de los
argentinos no le encuentra gusto –al lomo- generalmente lo comemos cuando queremos bajar de peso o estamos
saliendo de alguna enfermedad”. Menos mal que los argentinos somos tan sanos que podemos arreglarnos con
falda, rabo y bofe, porque los otros
cortes serán inalcanzables para nuestros bolsillos.
En realidad, todo parece burla. Que el empresidente Macri anuncie, satisfecho,
que ya no nos engañarán más con la
inflación también muestra su cinismo: si los que dibujaban los índices eran
sus diputados, para que los medios los
amplifiquen y los grandes empresarios los conviertan en realidad. Ahora
será todo tan confuso que nunca sabremos
quién pondrá los números, aunque tenemos la sospecha de que serán
enloquecedores. Que nos digan que liberar el dólar y el comercio exterior provocará
una baja de la inflación y la pobreza es el
cuentito que siempre ha precedido las más angustiantes crisis. Nada indica
que esta vez será distinto, salvo que tengan un as en la manga. Por ahora, el artilugio será el endeudamiento que sólo
servirá para que se enriquezcan los de siempre y que después pagaremos
entre todos con el bienestar que hemos conseguido en estos años.
Ya lo
estaremos pagando en breve, cuando los
precios de lo que consumimos a diario vuelen en sintonía con la cotización del
dólar. Si los consumidores caceroleaban por insignificantes aumentos que sólo percibían en los titulares, ¿qué
harán cuando comiencen a experimentar cifras astronómicas?; ¿qué revolución de la alegría celebrarán
cuando el poder adquisitivo de sus
ingresos se reduzca a la mitad?; ¿cómo seremos cada día más felices si
mañana podremos comprar menos que hoy? Ahora que no vengan con lemas de
filosofía oriental para denostar el consumismo porque en una sociedad capitalista eso es esencial.
El ministro de Hacienda y Finanzas, Prat Gay, adornó con un moño esta broma de mal gusto.
“La lógica de este anuncio es que
nosotros retiramos las trabas para que ustedes los trabajadores, los
microemprendedores, los creativos, los docentes, hagan lo que tienen que hacer sin que haya un Estado que les esté
diciendo: ‘usted puede hacer esto, usted puede hacer lo otro’”, explicó,
como un pedagogo. Lo que no dijo el ministro es que esas trabas no buscaban perjudicar a esos sectores, sino controlar a una minoría que siempre está dispuesta a quedarse con
todo. Ahora que la jaula está
abierta, las fieras podrán salir de
cacería y nosotros seremos las más codiciadas presas.
Del amarillo al verde
El paraíso neoliberal está otra vez entre nosotros.
Una economía sin controles ni límites
y un Estado dispuesto a dejar hacer para
que las cosas se desarrollen con normalidad. Otra vez el salario como variable de ajuste y los puestos de
trabajo como pieza de extorsión. La confianza es la única regla que impone
el gobierno. Cuando Macri anunció la eliminación de las retenciones,
advirtió a sus amigos rurales que paguen
los impuestos con alegría, para no
despertar su enojo. Cuando le preguntaron a Prat Gay cuál será el límite de
los precios, aseguró que confiaba en la responsabilidad de los empresarios. En
breve, lloverán inversiones gracias a la
confianza.
Sin embargo, el combo no es confiable. Con un par de
medidas, los productores agropecuarios –sobre todo los más grandes- multiplicarán sus ganancias cuando la libre
exportación nos deje sin sustento. Lo poco que quede, deberemos pagarlo a
precios internacionales, o tal vez más, porque la avaricia se extiende a toda la cadena de comercialización. Las
grandes empresas también podrán exportar sus productos industriales a riesgo de dejar las góndolas sin una
galletita. La tan mentada competitividad tiene como ítems la cotización del
dólar y el salario-hora, pero nunca incluye
la ganancia empresarial, un monto incalculable aunque siempre insuficiente para Ellos. Claro, para
abastecer el mercado interno quedarán las PYMES que deberán competir con productos importados que, gracias a los
bajísimos sueldos en origen y la intención invasora del precio dumping, pronto estarán en desventaja. Como son
las que más absorben mano de obra local, deberán
elegir entre internacionalizar estipendios
o bajar las persianas.
Pero ni se nos ocurra pensar en la desocupación: las
empresas extranjeras vendrán a instalar sucursales en nuestras tierras, siempre
y cuando el Estado garantice la
seguridad jurídica que no es otra cosa más que obreros al costo, impuestos mínimos y remisión ilimitada de utilidades.
Y como siempre, invertirán lo mínimo
indispensable para sacar el máximo de ganancias, que fugarán al instante hacia
paraísos fiscales. ¿Será Miguel del Sel quien haga los arreglos para
agilizar el flujo, desde la embajada en Panamá?
Además, gracias a la confianza, podrán comprar hasta
dos millones de dólares por mes sin decir de donde provienen. Demasiada confiabilidad depositada en
sectores que han demostrado poco corazón. Quizá por un tiempo, hasta
parezcan humanos, pero pronto se desatará su instinto y cuando despertemos del sueño amarillo, estaremos a un paso de la
pesadilla. No es que uno sea agorero, pero este futuro huele tanto a pasado, que el hedor nos está
incomodando. Que el gobierno alimente la pulsión por el verde no alienta tanto
la esperanza. Que el Mercado vuelva a
administrar nuestra vida desde La Rosada no permite un sueño tranquilo. Que
tantos poderosos celebren el retorno de
la libertad sugiere que pronto
veremos amenazados nuestros derechos. La Revolución de la Alegría está en marcha y los que la están celebrando, por ahora, son unos pocos.
Mientras tanto, hay un sector de la sociedad
expectante que marca los límites desde
la calle. Aunque las cámaras no posen su mirada sobre estos hechos, de
alguna manera, las manifestaciones se sienten en todo el país. Una advertencia que comenzó después de las
PASO y que atravesó toda la campaña, pero el establishment mediático logró
desarticularla con la campaña del miedo. “Yo
te avisé y vos no me escuchaste” dice la letra de una canción de Los Fabulosos Cadillac. Ahora que las fuerzas del mercado están
liberadas, no es buen momento para los reproches. Cuando arrecia la
tormenta lo mejor es protegernos y nuestros
brazos deben estar más abiertos que nunca para acoger a los confundidos. Un colectivo no debe tener derecho de
admisión si su horizonte es la equidad. El tiempo nos dará la razón: con
los poderes fácticos no hay conciliación posible y cuando están descontrolados la felicidad de la mayoría estará siempre
en peligro. Una explicación para el presente y una lección para el futuro cuando las urnas nos estén esperando
nuevamente.