sábado, 7 de marzo de 2015

Sospechas que se bifurcan



El magnicidio de un hombre pequeño
La jueza Sandra Arroyo Salgado suplicó no politizar la muerte de su ex marido, Alberto Nisman, en un mitin orquestado por los políticos de la oposición unos días antes de la Marcha de los Paraguas. Por supuesto, la jueza participó de ese homenaje-protesta marcadamente político. Después de todo, como familiar, puede hacer lo que quiera con la memoria del fiscal. Cualquier reproche, provendrá de sus hijas o de su ex suegra, Sara Garfunkel cuando todo se resuelva. De la sociedad, por prudencia, tal vez nunca: una madre que busca proteger a sus hijas no es merecedora de reconvenciones. Aunque para lograr ese propósito deba transformar un burócrata en un héroe intachable. ‘Magnicidio’, así definió el episodio en el que Nisman encontró su final. No suicidio, como puede ocurrir con alguien que ha fracasado o padece presiones, sino esa muerte que convierte en inmortal a una víctima notable.
En medio de un despliegue teatral y mediático, Arroyo Salgado utilizó ese término para afirmar que “Nisman no sufrió un accidente, Nisman no se suicidó. A Nisman lo mataron y su muerte es un magnicidio de proporciones desconocidas que merece respuestas de parte de las instituciones de la República”. La institución encargada de dar respuesta es la Justicia, de la que ella forma parte y no puede esperar que, en menos de dos meses, se arribe a una conclusión. Sin embargo, ella necesita demostrar que tiene todo resuelto. Ahora, eso del “magnicidio de proporciones desconocidas” suena un poco exagerado. Sobre todo, después del categórico rechazo de la denuncia nismaniana y el reciclado pollicitense elaborado por el juez Daniel Rafecas. Y más aún, desde que se conocieron los documentos que contradicen lo que Nisman denunció.
Pero a Arroyo Salgado nada de eso la conmueve, porque sus fines están algo alejados de la verdad. Ella dijo que “la investigación de la causa no ha podido comprobar la única hipótesis sobre la base de la que vino encarando todo su trabajo en exclusiva la fiscal”. No se ha podido comprobar porque el caso ha tomado dimensiones públicas; en una situación normal, el caso estaría cerrado en serio. Y después, arremetió: “el suicidio que se pretende comprobar no podrá ser acreditado porque a Alberto Nisman lo mataron”. Como si estuviera dictando la tapa de los diarios, desatiende los hechos que nos mantienen en vilo desde mediados de enero.
La escena de ese domingo sugiere un suicidio y no hay otro dato que apunte a pensar en otra cosa, salvo que se pueda solucionar el enigma indescifrable con el que sueña todo autor de novelas policíacas o el crimen perfecto de un asesino de película. Un cadáver que obstruye la puerta del baño en su departamento cerrado por dentro en un edificio que parece inexpugnable con el arma que le facilitó su amigo-empleado. Fuera de ese baño hay pura especulación: todo lo que se pudo haber armado escapa a las pericias. Lo único que podría aportar algún atisbo de explicación se encuentra en los aparatos de Nisman, pero la jueza Palmaghini suspendió las pericias -que muestran a un Nisman navegando a hora temprana- a pedido de la querellante. La misma que no acudió a la autopsia del lunes 19 y solicitó asistir quince minutos después de que había terminado. Por lo que parece, la ex mujer de Nisman tiene planeados sus pasos desde el momento mismo de la muerte para torcer la investigación iniciada por la fiscal Fein.
Arroyo Salgado es querellante en representación de sus hijas, pero también es jueza. Como cualquier ciudadano, tiene derecho a pensar que fue un homicidio; como jueza, debería saber el efecto que provoca con cada uno de sus gestos. Ella tiene muchas sospechas pero pocos indicios, pocos datos, pero mucho interés. Alguno será político y otro, económico. Ningún seguro de vida se activa ante un suicidio: sólo falta descubrir si el fiscal tenía al día su póliza.

jueves, 5 de marzo de 2015

El ocaso del simulacro



Que varios fiscales convoquen a una marcha para exigir justicia suena incongruente, pero que el presidente de la Corte Suprema de Justicia proponga terminar con la impunidad no tiene precio. Ricardo Lorenzetti quiso pasarse de listo y no quedó como tal. Al contrario, hasta la página oficial del Máximo Tribunal desmintió sus dichos respecto del atentado a la embajada de Israel. Encima, algunas anomalías de protocolo convirtieron la apertura del año judicial en un doloroso sainete que invita a diseñar un nuevo sistema de justicia. Y el videíto de quince que editaron para la presentación quedará para la antología del ridículo. Además de todo esto, Lorenzetti habló: aforismos de sobrecitos de azúcar, lugares comunes y frases de pósters con solemnidad de parodia fue todo lo que ofreció. Si hubiera compartido alguna receta familiar, el acto podría considerarse interesante. Al menos algunos consejos de cosmética ecológica. Pero no, sólo recitó generalidades para inspirar titulares a medida de quien quisiera tomarlos. Mucho de nada para un acto tan crucial.
Periodistas hegemónicos con lugares destacados y familiares de víctimas del atentado a la AMIA depositados en un patio. Todo un símbolo de ordenamiento social. Un claro mensaje sobre las prioridades de la Corte. Pero en su discurso no habló de la prensa sino que, a tono con el cortometraje con fondo de Himno Nacional, trató de mostrar solidaridad con las víctimas de la injusticia, desde el Terrorismo de Estado de los ’70 hasta delitos comunes. Un cóctel de desventuras que más que conmover, buscaba confundir, sobre todo con la imagen de cierre, con Nisman en tamaño familiar en paridad con desaparecidos, Madres y Abuelas, incendiados, aplastados y asesinados.
“Nuestras víctimas”, utilizó muchas veces, aunque no aclaró si el ‘nuestras’ significa identificación o autoría. Por la expresión de su rostro, pocas veces parecía la primera opción. ¿En qué sentido puede considerarse víctima al fiscal Alberto Nisman? Salvo que el Presidente de la Corte sepa algo que no puede decir o quiera condicionar la investigación sobre su muerte. O, más grave todavía, que avale las insustanciales sospechas que condujeron a la marcha de los paraguas. En cualquier caso, la mención del fiscal en ese contexto resulta irresponsable porque no hace más que inspirar titulares agoreros.
No sólo irresponsable sino también desinformado porque la decisión del juez Daniel Rafecas de desestimar la denuncia aporta un dato nuevo: los escritos que descansaban en la caja de seguridad de la fiscalía contradicen el mamotreto que tanta prensa consiguió. Uno puede cambiar de posición –hasta sostener lo contrario- con el paso del tiempo, pero no con la simultaneidad de esos documentos. Si de algo fue víctima el fiscal es de un trastorno disociativo, conocido como doble personalidad. Esto puede entrar en el terreno de la psiquiatría o sugerir la posibilidad de que su muerte –orquestada como suicidio- se haya pergeñado para aportar contundencia a su ya desbaratada denuncia. Entonces, el victimario no estaría en la Casa Rosada, sino en un oscuro rincón al otro lado de la grieta.
El muerto que parla
Más por superstición que con sabiduría, algunos consideran que no se debe hablar mal de los muertos. Algo así como que la muerte limpia las culpas. Un lugar común que contiene una verdad relativa. En todo caso, no se puede juzgar a un muerto –al menos legalmente-, pero sí analizar los malos actos que cometió en vida. Y del tamaño de esas acciones dependerá el resultado de esa evaluación. Por más muertos que estén, siempre tendremos la libertad –y la tentación- de seguir denostando a los malvados personajes que han opacado nuestra historia. El caso de Nisman no llega a tanto, pero el accionar de sus últimos días está enturbiando nuestro presente, a tal punto que podría considerárselo vivo. Todavía sigue denunciado por encubrimiento a La Presidenta y a la vez, contradice esa delación. En tanto no se dilucide cuál de los Nisman murió, no podremos dejar que descanse en paz y, como en las pelis de terror, su fantasma seguirá acosándonos.
Más allá de los sortilegios a los que apelemos, lo tendremos un tiempo más entre nosotros. Hasta que no se dictaminen las causas de su muerte, seguirá protagonizando las noticias. Hasta que no se esclarezca el porqué de las posturas contrapuestas simultáneas, seguiremos debatiendo si el mamotreto de 300 páginas es fruto de su producción o sólo aportó su firma –y su investidura- como un vulgar testaferro. Y seguirá más vivo que nunca mientras las fuerzas destituyentes insistan en resucitarlo.
A pesar del fundamentado fallo de Daniel Rafecas, el fiscal Gerardo Pollicita arriesgó su inexistente afán de justicia para aportar sus gotitas de veneno a la causa opositora. El dictamen no sólo invalida las pocas pruebas presentadas sino que dictamina la ausencia de delito; no sólo demuestra que la intencionalidad del memorándum de entendimiento con Irán no es encubrimiento sino todo lo contrario. También evidencia que el fiscal Nisman no sostenía lo que denunciaba, algo que sugiere una presión o, al menos, una tentación para la gloria efímera. A pesar de todo esto, Pollicita vuelve a arremeter contra el Gobierno Nacional para alimentar las sospechas de los prejuiciosos e inspirar la campaña de los candidatos al fracaso.
Esto es malgastar recursos públicos que podrían servir para aplicar justicia en serio. De esto no habló Lorenzetti en su marketinero discurso. Porque si la apelación de Pollicita contribuye a la campaña de su candidato, debería ser el PRO el que pague los gastos. Este razonamiento también podría aplicarse a la investigación por la muerte del fiscal: si el fallecido fuera un don nadie, ya se habría sentenciado suicidio. Como hay sectores interesados en que sea un homicidio por conveniencias políticas, quieren estirar la resolución hasta después de las elecciones. Bueno, que sean estos personajes los que abonen la factura, esos que tanto se preocupan por el crecimiento del gasto público. No debemos olvidar que ellos están jugando con nuestro dinero.
Que sigan jugando, que sigan explotando esos espacios de prestigio para favorecer intereses espurios. Que continúen con la estafa de hacernos creer que son justos e independientes. Que mantengan las máscaras sobre sus horripilantes rostros. Que operen tranquilos, como si nos estuvieran engañando. Mientras ellos se entretienen con estas menudencias, nosotros recobramos fuerzas y planeamos cómo erradicar tanta carroña en el nuevo momento que tenemos por delante para construir un país en paz del que podamos gozar todos.

martes, 3 de marzo de 2015

La plaza de los corazones



Los rostros que estaban el domingo en la Plaza parecían expresar una nostalgia futura: sin dudas, extrañarán a Cristina. O CFK, La Presidenta, La Estadista. Todas esas mujeres –reunidas en una sola- serán añoradas por esos corazones. Por ésos y muchos más que la miraban por la tele o la escuchaban por radio. No sólo extrañada, sino recordada hasta que se convierta en monumento. No es para menos, si han sido los mejores de los últimos treinta años. Quien intente negar esto, se equivocará con énfasis, salvo que sea un menor de quince años criado en una familia amnésica o un carroñero que ahora no puede especular, evadir o fugar divisas sin que lo señalen, aunque siempre permanezca impune. Pocas veces un pueblo se identifica tanto con su líder. En estas tierras, hacía mucho que no pasaba. El silencio que reinaba en la multitud ante cada una de sus palabras es una garantía de aprendizaje, de compromiso con el futuro y de defensa de lo conquistado.
Pero para entender todo esto hay que estar de este lado de la grieta. Brecha insuperable que existe desde hace mucho y sólo cada tanto se pone en evidencia. Cuando nadie habla de la grieta es porque están ganando los de aquel lado. Entonces, no hay divisiones, crispación ni autoritarismo; no hay agresiones ni confrontación; la vida es un colorido jardín donde abunda el diálogo y el consenso, aunque más de la mitad de la población no tenga ni para el pan. En cambio, cuando los que menos tienen comienzan a disfrutar de algunos bienes del sistema, los que más tienen comienzan a agitar esos fantasmas para apartarnos del camino hacia la equidad. Ya descubrimos el juego y no nos pueden engañar otra vez.
Aunque parezcan muchos –por obra y gracia de los medios hegemónicos- no son tantos los que continúan aferrados a esa perversa lógica del pasado. Y seguirán aferrados, porque el prejuicio es más fuerte que cualquier argumento, razón o dato. Esos pocos siempre estarán como comparsa de los que se creen dueños del país porque, ilusos, creen que con Ellos estarán mejor. Identificados con los que alguna vez destinarán una patada hacia sus traseros cuando dejen de ser funcionales a sus intereses; desterrados de aquella tierra de sueños que creyeron compartir con los patrones. No hace falta ser un adivino para conocer ese triste final; no hace falta magia, sólo memoria. Claro, este esquema apolillado y maligno encuentra voceros en los eternos candidatos a la derrota. La lista es extensa, pero la intención, la misma: confundir el presente para retornar al pasado.
Lugares comunes de los extraviados de siempre
Ni bien terminó el discurso de La Presidenta en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, salieron los espadachines del establishment a recitar sus parlamentos. El ex vicepresidente Julio Cobos consideró que fue una alocución sin autocrítica, sin reflexiones, generando grietas en la sociedad y sin mensajes de conciliación”. Justo él habla de autocrítica, que jamás ha pedido disculpas por haber traicionado la voluntad popular con su voto no-positivo y contribuir así a una grave crisis institucional. Él habla de reflexión, después de confesar que esa decisión la había consultado con su hija, entonces casi una niña. Él habla de la generación de grietas, después de dar la espalda al pueblo que lo había votado para aliarse sin rubor con los estancieros golpistas. Él habla de conciliación, después de haberse convertido en un vice opositor obediente a los dictados del Poder Fáctico.
Pero el diputado mendocino continuó con sus disparates para seguir inspirando este Apunte: “tenía esperanzas de que fuera un mensaje de unidad con los argentinos, con los poderes del Estado y con la dirigencia política”. ¿Qué unidad puede haber con los que no respetan leyes ni instituciones para quedarse con todo? ¿O con algunos integrantes de los otros poderes del Estado, como los jueces que favorecen con sus fallos a las grandes corporaciones? ¿O con los diputados y senadores de la oposición, que se niegan a debatir en el Congreso para protagonizar parodias en los estudios televisivos? ¿Qué mensaje de unidad merecen aquellos dirigentes que se montaron a la denuncia de Nisman y cabalgaron sobre su cadáver para descabezar a Cristina? ¿Qué mensaje de unidad puede haber con todos aquellos que revolearon las denuncias de encubrimiento y asesinato?
El diputado por el PRO, Federico Pinedo, en cambio, apeló a las excusas del perfecto manipulado. “Muchas de las cosas que se dijeron no coinciden con la realidad –expresó el cacerolero con banca- se trató, una vez más, del ensalzamiento de un relato en el que la gente ya no cree”. ¿Por dónde entró Pinedo al Congreso, por la cañería del desagüe? ¿Acaso no vio esa multitud en la Plaza, feliz, esperanzada y enamorada de este proyecto que nos sacó del pestilente fango? La gente que no cree en el Relato K son esos individuos malhumorados que pedían la renuncia de Cristina, enarbolando los restos del fiscal como bandera, alienados por los titulares de los medios destituyentes. Si con esos paragüeros es imposible construir nada, porque son ciclotímicos que piensan que la queja constante es pensamiento crítico. Tanto el diputado como Mauricio Macri y todos los que conforman ese club de amigos distinguidos con formato de partido no-político asumen esa postura criticona: ellos son la “gente”; los demás, militantes choripaneros.
Después, Pinedo consideró que “La Presidenta habla de desendeudamiento pero los números no dejan de ascender”. Un poco hipócrita que un exponente del PRO hable del crecimiento de la deuda cuando, en el principado de Macri se cuadruplicó para hacer y deshacer estaciones de Metrobús y adaptar los túneles al tamaño de los treintañeros coches de subte comprados a precio de 0KM. En esos temas, debería guardar silencio, no por censura, sino para evitar una sobredosis de cinismo.
Por último, Patricia Bullrich y esa foto que la muestra como barrabrava en la tribuna, como un baboso alentando a una desnudista mientras sus prendas caen, como incitando al tío que se cree cantante en una fiesta familiar. Como cualquier cosa menos una diputada en su banca del Congreso. La imaginación de los usuarios de las redes sociales pobló el misterio con desopilantes variables. Pero no, gritó algo más risible: respeto por Nisman. Después de haber utilizado al fiscal como ariete contra el Gobierno, de presionarlo para que se exponga al ridículo con su incoherente denuncia y de sacudir su nombre y poner palabras en su boca después de su muerte, ¿viene a exigir respeto? ¿Acaso ha demostrado respeto hacia CFK con las acusaciones que ha vomitado desde mediados de enero? Impresentable, tanto ella como quienes la eligen como representante.  
Otros se ofendieron porque Cristina no habló muy bien de la Justicia, sobre todo de la Corte Suprema. No es para menos, si sus miembros miran para otro lado cuando los jueces pisotean las leyes del Congreso, tienen paralizada la investigación del atentado a la embajada de Israel y encima descartan la posibilidad de juzgar a los torturadores en Malvinas. Cuando conformamos esta corte, hace muchos años, era considerada de lujo en comparación con la noventosa troupe de Nazareno. Ahora, se está convirtiendo en un ajado trasto. Una tarea pendiente para el próximo presidente: impulsar una reforma constitucional que establezca un nuevo lugar para la Justicia y desarme para siempre la monarquía tribunalicia que afecta tanto a nuestra democracia. No será cómoda la situación de los dirigentes del futuro, sobre todo aquéllos que insisten en poner su vida al servicio de las corporaciones. Para los otros, los que se comprometen con las necesidades del Pueblo, todo será mucho más fácil.

domingo, 1 de marzo de 2015

Un brindis con choripanes



Después de más de once años en nuestras vidas, ya sabemos que el kirchnerismo convierte los protocolos en fiestas populares. La inauguración del nuevo período de sesiones ordinarias del Congreso no fue la excepción. Esta vez, para no irritar el frágil estado de ánimo de la oposición, la hinchada se mostró contenida, aunque en algunos momentos explotó de entusiasmo. Así y todo, alguno se mostró molesto y otros, hasta ofrecieron su espalda a Cristina, como si fueran niños enfurruñados. Pero el mal humor viene de hace unos días: el plan destituyente pergeñado por el establishment se desmoronó como un castillo de naipes apenas se conoció la resolución del juez Daniel Rafecas sobre la denuncia de Nisman y la versión digerida de Pollicita. Si las acusaciones desafiaban a los militantes a mostrar su apoyo a CFK, la demoledora desestimación del delito de encubrimiento los invitó a celebrar. Una fiesta con todas las letras. La tensión y el temor acumulados desde mediados de enero comenzaron a aliviarse el jueves, ni bien se conoció el escrito de Rafecas y se evaporaron el domingo en el brindis con choripanes en la Plaza del Congreso.
El documento del juez no sólo establece la ausencia de delito –algo esencial en cualquier denuncia- sino que deja abierta una puerta para profundizar en el tema. No en el encubrimiento que señalaba el último Nisman sino en el cambio rotundo de su posición en tan pocos días. Lo que Rafecas revela es la existencia de dos documentos en los que el fallecido fiscal pondera las gestiones del Gobierno Nacional para esclarecer el atentado a la AMIA. O, en palabras de La Presidenta, “la denuncia debería ser re-caratulada y llamarse Nisman vs. Nisman. Porque... ¿a qué Nisman le creo: al que presentó la denuncia o al que me felicitaba? ¿Con qué Nisman me quedo? ¿Con el que nos acusa de encubrimiento o el que se dirigía hacia mí y reconocía todo lo que habíamos hecho?”.
En el mundo racional, ahora las sospechas deberían caer sobre todos los que presionaron a Nisman para que se convierta en acusador o los que le prometieron la gloria si aportaba su granito de arena a la destitución de Cristina. En el reducto de una oposición enloquecida, la pueril desconfianza seguirá ordenando la campaña política hacia un fracaso seguro. Tantas injurias, insultos y mentiras quedarán sin disculpas. Por el contrario, los monigotes opositores habían amenazado con retirarse del recinto ante el primer agravio. Más desvergonzados no pueden ser. Pero se quedaron con las ganas de regalar un nuevo paso de comedia para las cámaras agoreras. Ya padecerán la soledad de las urnas vacías, que es lo que merecen por ponerse a disposición de los conspiradores del Círculo Rojo.
Por ahora, que aprendan cómo transformar un país y despertar la pasión de un pueblo; que tomen apuntes sobre cómo llenar una plaza con miles de personas que construyen un colectivo esperanzado y feliz, en lugar de amontonar individuos indignados sin motivo y manipulados por mercenarios mediáticos; que asuman de una vez la representación que –sin demasiado mérito- conquistaron, en lugar de continuar como servidores de los que se creen dueños de todo; que se comprometan a construir, en lugar de intentar la destrucción –con impotencia y envidia- de lo que el kirchnerismo ha recuperado en estos años; que se animen a tener propuestas propias y a elaborar un pensamiento autónomo y coherente, en lugar de recitar los alocados y mentirosos libretos que los enemigos escriben desde las sombras; que dejen de buscar excusas, como el viento de cola, la dictadura, micros y choripanes y evalúen en serio qué es lo que están haciendo mal porque, en cierta forma, los necesitamos.
Los primeros pasos del nuevo ciclo
Gracias a las advertencias de la diputada Elisa Carrió no hubo autogolpe. Por el contrario, Cristina no sólo no se autogolpeó, sino que reivindicó todo lo realizado en estos años y, como si tuviera todo el tiempo del mundo, explicó lo que se viene. Afuera, miles de militantes la escuchaban con atención, bajo la lluvia y sin paraguas, mostrando rostros sonrientes y esperanzados. Y así, sin paraguas, se los podía contar con facilidad. ¿Quién de todos los que critican a CFK puede despertar tanta pasión? En lugar de desdeñar eso que llaman populismo, deberían tratar de comprenderlo. Porque si este gobierno recibe tanto fervor en sus últimos meses –algo insólito- es porque ha logrado conquistar derechos y distribuir dignidad. Y sus apasionados seguidores encuentran en Ella las explicaciones que necesitan para comprender las dificultades que se cruzan en el camino y la manera de esquivarlas.
Como era de esperar, a los criticones les molestó la extensión de su discurso. Si eso ya se sabe: Cristina nunca apela a síntesis confusas y además, tiene mucho para contar y proponer. No como Sergio Massa, que prometió discursos de no más de quince minutos, en el lejano caso de alcanzar la presidencia. Y bueno, será que no tendrá demasiado para decir o evitará enojar a los medios hegemónicos con la Cadena Nacional. O Mauricio Macri que, en la inauguración de la Legislatura porteña ocupó más de media hora y sorprendió a su público improvisando párrafos completos sin echar una sola mirada a los papeles que le esperaban en el atril. Un poco reiterativo con eso del “trabajo en equipo para solucionar los problemas de la gente”, pero hay que valorar su esfuerzo. Cuesta decir algo interesante cuando no se siente nada. El día que se pregunte para qué quiere ser presidente, sus respuestas guiarán un discurso más encendido, aunque terrorífico.
En cambio, Cristina mostró mucho recorrido y mucho por venir. Como si no faltaran sólo diez meses, como si supiera que su sucesor será del mismo palo, como si tuviera la convicción de que todos defenderemos lo conquistado. Para hacer más apasionante el camino hacia la Rosada, desafió a los candidatos de la oposición a que digan qué es lo que quieren cambiar, para que los ciudadanos estén advertidos. En referencia a un artículo periodístico, aclaró: “no dejo un país cómodo para los dirigentes, dejo un país cómodo para la gente”.
Sus discursos tienen tanta riqueza que nos dejan muchos días pensando. Y también festejando. En este caso –y como si su dedo señalara al candidato- anunció el proyecto de ley para recuperar plenamente el control estatal del transporte ferroviario. Acá se permitió interactuar con Federico Pinedo, episodio que será recordado por la inesperada “V” que dibujaron los dedos del diputado del PRO con ilustre nombre. "Escuché a un candidato presidencial –en referencia a Macri- decir que levantaba todos los principios del Justicialismo, así que calculo que va a estar de acuerdo con lo que hizo Perón. Calculamos que la bancada del compañero candidato presidencial que ha declarado que comparte todos los principios del Justicialismo, salvo los de este gobierno, nos va a acompañar con su voto por lo menos".
Otro día inolvidable de estos tiempos históricos. Los que sueñan con el fin de ciclo se van a topar con una pared muy dura. Y si no cambian de estrategia, deberán conformarse con ocupar los papeles principales sólo en los estudios televisivos, porque en la vida real de la política, no les alcanza ni para los roles secundarios.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...