miércoles, 18 de septiembre de 2013

Después del ensayo



Amenazas y advertencias en esta obra inconclusa
El fin de semana comienza oficialmente la campaña para las elecciones legislativas y debemos estar preparados para lo que se venga. Todo, tanto lo bueno como lo malo, será funcional a ella. Cada palabra, cada gesto, cada hecho, por ínfimo que sea. Hasta el clima puede tener influencia en los resultados. Por eso La Presidenta se pone nuevamente a los candidatos al hombro para tratar de mejorar los diminutos números de las PASO. Injustamente diminutos, vale aclarar. Como se ha dicho muchas veces en estos apuntes, hubo mucha ingratitud en gran parte del electorado al momento de decidir su voto. Y un poco de confusión, también, que puede tener diferentes orígenes. El mediático, en primer lugar. La tibieza de algunos candidatos regionales, en segundo. La despreocupación de muchos votantes, como siempre, podría pensarse como un tercer origen. O quizá como el primero. Lo que hace que esta década se considere ganada es, esencialmente, el giro que ha tomado la concepción de la política. Aunque no para todos, claro. Y ahí radica precisamente el problema. El desafío entonces es erradicar la idea de que da igual lo que depositemos en las urnas. Por el contrario, de eso, depende nuestro futuro.
Y no es exagerado plantearlo en estos términos. Votar no es tirar tierra a un pozo, para no usar imágenes escatológicas. Tampoco debe considerarse al acto electoral como un trámite molesto ni como una competencia de originalidades. En este momento de nuestra historia, votar significa profundizar o retroceder. Profundizar este proyecto que, a pesar de los aullidos carroñeros, ha transformado de manera inimaginable la vida en nuestro país. Retroceder es nada más que eso: volver a las cínicas máscaras de gesto amable que pergeñaban nuestra ruina; revivir los tiempos en que no había divisiones porque todo lo decidían los que se creen los dueños; retornar a los días en que se distribuía la miseria y la soberanía se pisoteaba. En aquel entonces, votar sí era un trámite porque el elegido terminaba como un siervo del Poder Fáctico. O cómplice, en el peor de los casos.
Los candidatos del retroceso son los que prometen un futuro sin pasado, porque ese futuro que prometen es el pasado que ocultan. También, los que se escandalizan ante los conflictos. Cuando la pobreza crecía hasta niveles vergonzosos, nada decían porque eso no era considerado conflicto. Del conflicto se habla cuando se tocan intereses, se liman privilegios, se marcan algunos límites, no cuando la mayoría está desempleada, empobrecida, humillada. Candidatos del retroceso que hablan de divisiones, quizá realmente preocupados pero evidentemente embrollados. Pero, aunque resulta incongruente, la tontería de Argen y Tina puede haber socavado algunas seseras. Más allá de la irrespetuosa y pueril partición del nombre de nuestro país, la idea de la división en la sociedad parece asustar a muchos. La promesa de un idílico paraíso con 40 millones de sonrientes tomados de la mano, además de ser un imposible en cualquier lugar del planeta, es el acta de defunción de la política per se. Y, en consecuencia, un pasaje a los tiempos oscuros.
Un punto de partida posible para esclarecer esta cuestión puede estar en una de las definiciones que dio CFK durante la entrevista concedida a la TV Pública. En uno de los tramos, La Presidenta afirma que la política no debe interpretarse como “una cuestión de amigo o enemigo”, sino que se trata de “cuidar a los 40 millones de argentinos” de sectores que, aunque en estos años “les fue muy bien”, todavía “intentan quedarse con la porción del león”. Un poco confuso es todo esto. ¿Amigos o enemigos de quién?, cabría preguntarse. ¿De los 40 millones o de los que quieren quedarse con la porción del león? Entonces se aclara más el panorama, porque sí existen enemigos: los que patean en contra no del kirchnerismo, sino de los 40 millones. O un poco menos, porque los leoninos, por desgracia, también se dicen argentinos. Esos son los enemigos: los que priorizan sus mezquinas angurrias individualistas sobre los intereses colectivos; los que ostentan privilegios en detrimento de los derechos del resto; los que no ven el momento de apoderarse de lo recuperado.
Una síntesis nos permitirá avanzar. Los que no votaron al kirchnerismo en las PASO se pueden considerar prejuiciosos, ingratos o confundidos, con un pequeño margen para Otros que no resulta relevante. Los prejuiciosos constituyen un electorado perdido desde siempre y para siempre. En cambio, los ingratos y los confundidos pueden torcer favorablemente los resultados. Ingratos porque no comprenden que, si están mejor es gracias a este camino recorrido desde 2003 y no a pesar de él. Confundidos porque se dejan extraviar por las cornetas agoreras de las  usinas de estiércol. Hay que tener cuidado porque todas las amenazas destituyentes que comenzaron a proliferar desde el 12 de agosto pueden convertirse en realidad en poco más de un mes. No hay que dejarse engañar por las sendas iluminadas y apacibles. Muchas veces, las luces pueden ser brillitos y la paz, resignación y sometimiento.
Y entonces, aparecen los medios. Por acción o por omisión, juegan un papel esencial. Por acción, ya sabemos. Desde hace un tiempo disparan pestilencias con formato periodístico, mienten a cuatro manos y dibujan una realidad funesta. Con todos sus recursos apuestan a generar desconfianza para desandar un camino. Gracias a su (pre) potencia aturden con su voz a todo el país. Y aquí llega la omisión, la de los medios regionales, que en gran parte son simples repetidoras de los medios capitalinos. Y con lo que generan sólo buscan llenar un espacio. Un espacio de nada. Porque no resulta exagerado afirmar que un santafesino conoce más a los candidatos de Buenos Aires que a los de su propia provincia. Claro, si los medios que llegan a todo el país sólo se encargan de difundir las rencillas de la CABA como si nos afectaran a todos. Los locales, en cambio, evitan, en lo posible, hablar de política para no enemistarse con los vecinos.
El resultado: la tibieza de los postulantes que, por las dudas, guardan silencio. Especuladores que no se definen para que sea más sencillo, en el futuro, cambiarse de bando. Como la senadora Roxana Latorre que, después de haber conquistado su banca elogiando a CFK, ahora sueña con Massa presidente y Reutemman vice. Oscilaciones que confunden y marean hasta el vómito. Traiciones que deberían sancionarse. Variaciones de temporada que no deberían tener espacio en la política en serio.
Por eso hay que estar atentos. Nada de lo que conquistamos es eterno si no lo defendemos. Sería una pena que un mono depilado nos haga perder todo cuando no estamos siquiera a mitad de camino.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Atentados contra nuestra felicidad



Mientras la Universidad de Columbia canadiense afirma que los argentinos somos más felices que el año pasado, algunos pajarracos vernáculos apelan a sus más perversas mañas para provocar nuestra infelicidad. Los últimos escándalos en el Congreso y el denuncismo patológico fueron algunas de las tretas más utilizadas para malhumorar a los desprevenidos. Lo que desalienta es que recrudezcan. Lo que debilita es que se demoren las desmentidas. Lo que resulta tramposo es que muchos se queden sólo con la primera versión. Claro, la potencia de las voces negadoras es desproporcionada. Un grito ensordecedor que no tiene piedad con nuestros oídos. Ante la imposibilidad de proponer una mejor manera de hacer las cosas, aturden con tanta bulla. Bóvedas, empresas fantasma, valijas cargadísimas, dólares viajeros, militantes siniestros. Y funcionarios inservibles, corruptos y demoníacos que se expanden como una peste por todos los rincones del Estado. Y a pesar de todo esto, somos un poco más felices. 
Lázaro Báez se hizo famoso por las denuncias de Jorge Lanata. Y a partir de ahí, la corrupción K salpicó a diestra y siniestra desde la pantalla dominical del Trece y la de sus secuaces. En la Justicia, nada de nada. Cada testigo se desdecía de lo dicho en cámara cuando estaba frente a los jueces. La secretaria de Kirchner, Miriam Quiroga no fue la primera ni será la única. Bóvedas, bolsos y millones y millones de billetes se convirtieron en el eje de una telenovela escabrosa que semana a semana alimentó la prejuiciosa indignación de los espectadores. Pero la verdad no hace mella en los intentos destituyentes de los carroñeros por la vía del honestismo administrativo. Cuando un testigo niega su testimonio, los justicieros mediáticos aducen que fueron amenazados o comprados. Nunca la autocrítica, jamás la disculpa. Como están dispuestos a aniquilar al oficialismo, no se preocupan por su prestigio. La arcilla con que modelan el rating está conformada por individuos desconfiados y amnésicos que sólo están en contra, y quizá por eso, jamás se enteran de las versiones corregidas. Y si se enteran, nada cambia sus humores.
El viernes se desmoronó otro testigo estrella. Horacio Quiroga, ex presidente de la petrolera de Báez, había afirmado en una entrevista concedida a la revista Noticias estar presente mientras se contaban siete millones de dólares que Néstor Kirchner había prestado al empresario sospechado. También, que había visto la bóveda que después de las denuncias fue transformada en bodega en la chacra del empresario. Y que la plata había llegado en una camioneta. Cabe aclarar que contó todo esto sólo ante los micrófonos del pasquín. Cuando estuvo ante el juez Sebastián Casanello aseguró no conocer la cifra ni de dónde provenía el dinero y que la bodega era bodega desde 2009 y no desde abril de este año. Todas las pruebas contundentes que había presentado ante el tribunal mediático se transformaron en pamplinas ante el tribunal en serio. Pero lo más grave del caso es que la versión revisteril tuvo también una versión legal por medio de un acta firmada ante escribano público delante de la diputada Elisa Carrió. De esta manera, las instituciones están al servicio de los libelos irresponsables que no cesan de emporcar la escena. Y por si esto fuera poco, las denuncias son gritos pero las desmentidas, apenas susurros.
Lo virtual no es lo real
A pesar de todos los intentos por malograr nuestro ánimo, un informe presentado por la Universidad de Columbia Británica de Canadá revela que los argentinos somos más felices que un año atrás. Desde hace tres años, el profesor John Helliwell evalúa la relación con la felicidad de los habitantes de 156 países, a partir de los datos de la Encuesta Mundial Gallup. El año pasado, nuestro país se ubicaba en el puesto 39 pero en éste ascendió diez lugares. Aunque, según el propio autor, el concepto de felicidad es por demás de subjetivo, puede medirse con indicadores que señalan una tendencia. Las variables que se tienen en cuenta son el poder adquisitivo, expectativa de vida, libertad para tomar decisiones, percepción de corrupción, apoyo social y la solidaridad. Uno de los tópicos que más genera controversias es el conocido como base país, que parece incorporar la relación afectiva del poblador al concepto de territorialidad. Como sea, hay sólo 28 países que son más felices que el nuestro, lo que induce a pensar que no estamos tan mal.
Y tanto es así que, a una distancia enorme de aquel dramático comienzo de siglo, un 46 por ciento de los argentinos está incluido en la tan diversa clase media. Por más que muchos traten de tapar esta realidad con titulares amañados, estamos bastante mejor. Y no por exitismo ni nada que se le parezca pero, cada tanto, hay que echar una miradita hacia ese pantano del que tanto nos costó salir. De paso, un paseíto por la memoria más lejana también podría ayudar. Los que superan los cuarenta años, sin demasiado esfuerzo, no encontrarán otros diez años en que hayamos vivido sin sobresaltos. Esto dicho no para afirmar que estamos en el mejor de los mundos, sino para descartar que estamos en el peor. Nada más que para eso. Nuestro país está en reconstrucción y en este camino ya estamos disfrutando de sus buenos resultados. Que hay mucho para corregir y profundizar, nadie lo duda. Pero éste es el mejor sendero que hemos transitado en las últimas décadas y sería una pena abandonarlo ante el primer atajo que nos presenten los nostálgicos de nuestros peores recuerdos.
Y que estemos mejor no es fruto de la casualidad: hay un plan. Un plan, no un modelo. El modelo es un producto de laboratorio que no tiene en cuenta la vida real. Un plan, en cambio, es un recorrido que se va amoldando a las condiciones del camino y las trampas que puedan poner los conspiradores. Un modelo está pergeñado por unos pocos para garantizar un disfrute inmediato pero exclusivo, casi privilegiado. Un plan, por el contrario, alcanza metas pequeñas pero mejor distribuidas. Un modelo es traumático mientras el plan es gradual. El modelo viene impuesto y el país se tiene que adaptar a sus dictámenes. El plan es propio y se adapta al país, porque surge de sus necesidades. El modelo beneficia a los individuos, pero el plan aspira a un triunfo colectivo.
El sábado pasado, la TV Pública y Radio Nacional difundieron la primera entrevista concedida por La Presidenta en cuatro años. Con el entrevistador elegido, el historiador Hernán Brienza, el espacio prometía una charla amable sin las imprudencias de la agenda cotidiana. Una charla con la persona que oficia de Presidenta. Palabras sin ruido. “Cualquier argentino hoy, en su situación particular personal, no digo con 2003, sino con respecto hace cinco años atrás, ¿está mejor o no? –preguntó Cristina- Yo creo que una gran parte de los argentinos por suerte puede decir que está mejor. Es importante saber qué es lo que te permite subir los peldaños de la escalera de la movilidad social ascendente: si es un proyecto político que sostiene una macroeconomía que permite hacer eso o qué”. Clave que muchos no comprenden o que transforman en algo así: estamos mejor a pesar de Cristina o sin Cristina estaríamos mejor.
Nada de eso es posible. No porque Cristina sea irreemplazable. Lo es, pero hacia el 2015 deberá dejar de serlo. Tanto ella como Kirchner deberán convertirse en una marca que garantice la continuidad de este proyecto, de este plan que nos ha sacado del abismo. El apoyo a todo este recorrido debe manifestarse con votos. Quienes votaron en contra del kirchnerismo podrían ubicarse en cajas con los siguientes rótulos: prejuiciosos, ingratos y confundidos. Con el contenido de la primera caja, no hay nada que hacer porque siempre estarán en contra. Los ingratos y los confundidos, en cambio, pueden provocar un vuelco. A ellos hay que destinar todos nuestros esfuerzos para que nos acompañen en este camino de recuperación de un país.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Una peli de terror



Angurrientos y conspiradores al ataque
Ya no caben más zombis en el Frente -anti - Renovador de Sergio Massa. Como no bastaban los Duhalde y los Barrionuevo, ahora se suma Aldo Rico para desterrar cualquier confusión. ¿Qué más falta para convertir al intendente de Tigre en in-votable? ¿Que venga Obama a destinarle un besito en el ombligo? ¿Que Videla y Martínez de Hoz envíen un apoyo de ultratumba? No siempre la vida viene con tantas explicaciones. En este caso, hay un manual de instrucciones mucho más claro que el de cualquier aparato. Apelando a un juego de palabras predecible, este aparato se entiende apenas uno lo ve en el escaparate. El que avisa no traiciona, diría algún abuelo. Y en el caso de Massa, abundan las leyendas de advertencia. El túnel del tiempo en versión 3D con destino a los noventa. Aunque ahora simulen estar enfrentados, Massa representa lo mismo que Macri: un giro al país clasista y minoritario. Ambos son exponentes que agradan al establishment, que serán fieles a sus intereses, que serrucharán lo recuperado en estos años. No prometen nada mejor, sino todo lo contrario.
Algunos se dejarán llevar por la sensación mediática de que estamos peor que nunca. Según dicen los detractores, la corrupción galopante parece carcomer la economía. Si así fuera, la recesión sería notoria. Imposible afirmar que en nuestro sistema político reina la transparencia. Pero tampoco la cosa es un desmadre. En realidad, los dueños del Poder Fáctico -conocidos ahora por la más pintoresca denominación de Círculo Rojo- hablan de corrupción cuando el dinero no va a parar a sus bolsillos. No quiere decir esto que sus arcas se estén vaciando. Por el contrario, han ganado como nunca. Pero quieren más. O peor: les molesta que los demás no sufran tantas carencias. Por eso despotrican contra lo gratuito, contra lo subsidiado, contra lo que ya no es exclusivo.
Aquí va una situación paradójica para que todo quede más claro. De acuerdo a un estudio realizado por la consultora W, a cargo de Guillermo Oliveto, ha habido un notorio crecimiento de los sectores medios y una disminución de los bajos. El segmento D2 –que hoy tiene un ingreso familiar de 2100 pesos- pasó de 22,2 por ciento en 2004 a un 15 por ciento de los argentinos en la actualidad. El sector C3 –con ingresos de 10200 pesos- representaba el 24,8 y ahora, el 30 por ciento. La clase media alta –C2, con 20800 pesos- subió del 14,4 al 17 por ciento. Estos resultados surgen a partir de los números vertidos por la Asociación Argentina de Marketing y la Sociedad Argentina de Investigadores de Marketing y Opinión. Estas entidades estudian las posibilidades de consumo y es por eso que se interesan en descubrir cuánto de más tienen los pobladores en sus bolsillos. Las conclusiones deberían alegrar a empresarios y comerciantes. Alberto Guida, titular de la Cámara de Empresas Distribuidores y Autoservicios Mayoristas, aseguró que esperan que “el último trimestre del año sea el más dinámico, con un crecimiento en las ventas de entre el 4 y el 5 por ciento”. A pesar de las expectativas, este dirigente algo angurriento pide un poco más de “libertad de mercado” y se manifestó en contra de los controles estatales. Quizá no entienda que la bonanza de la que goza el sector es el resultado de la intervención del Estado en la economía. Para ser más claro: el combo entre libertad de mercado y la ausencia de controles desembocó en el desastre de 2001.
Además, la intervención del Estado no está sólo en los controles, sino en los incentivos a casi todos los actores económicos. Pero los montos que se destinan al crecimiento de las industrias no deben ir a parar a la billetera de los industriales. Para crecer, hay que reinvertir, no acumular. Porque no sólo el Estado debe convertir en realidad la redistribución del ingreso. “La política de desendeudamiento y los programas de estímulo fiscal generados por el Gobierno son centrales para enfrentar los efectos de la crisis internacional y sostener los salarios y la distribución del ingreso”, afirmó el secretario de Política Económica, Axel Kicillof, durante el Congreso de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina. “En una situación de incertidumbre, el capital privado suspende planes de inversión y el elemento más dinámico de la demanda privada tiende a desaparecer, entonces el Estado en sustitución del sector privado debe aparecer en auxilio para sostener la dignidad, la distribución del ingreso y los niveles salariales”, afirmó, sintetizando los principios keynesianos.
Pero un poco hay que largar, muchachos. Entre incentivos, subsidios y aumento de precios se van a terminar llevando la mayor parte de la torta. De una vez por todas deben entender que crecemos entre todos o nos hundimos. No todos, por supuesto. Algunos tienen el salvavidas incorporado y terminan flotando sobre nuestras cabezas. Por si no se han dado cuenta los desprevenidos lectores, en los últimos tiempos, quienes más se quejan son los que más tienen. Cuando se incendió el país por culpa de tanta avaricia, cuando millones de argentinos padecían las más humillantes angustias, cuando las estadísticas exhibían un cuadro social en rojo, estaban bien calladitos. En aquel entonces, los lamentos provenían de los que sufrían carencias vitales. Hoy, las lágrimas brotan de los más empachados. Y nadie pide que de sus exuberantes mansiones se muden a un caño debajo de un puente. Aunque algunos lo merecen, como los que tenían declaradas sus lujosas casonas como terrenos baldíos. Al menos, por un tiempo.  
Peor que los angurrientos son los conspiradores. Los que se disfrazan de paladines de la justicia cuando en realidad son operadores de los patricios. La opereta de los radicales en el Senado forma parte de un programa que sólo busca agitar el ambiente. Que Morales se ofenda porque le dijeron zángano tres años atrás puede ser comprensible, a pesar de lo extemporáneo. Pero que el bloque en su conjunto abandone una sesión crucial ya es una sobreactuación que vulnera el orden institucional. Claro, para los medios dominantes la culpa de todo la tienen los imberbes, irresponsables y corruptos de La Cámpora. Esa será la moraleja pero no el fondo del conflicto. Lo que molesta es Aerolíneas Argentinas en manos del Estado. No importa que los privados la hayan vaciado hasta su casi extinción. El objetivo fundamental es embarrar su recuperación. Ahora también recrudecerá el ataque hacia los ferrocarriles. Cualquier pequeño incidente –una ampolla o una torcedura leve de tobillo- que protagonice un pasajero será transformado en una tragedia, con Randazzo como único responsable.
Película que ya vimos muchas veces. Pero algunos no advierten la repetición y reaccionan como si la vieran por primera vez. Desmemoriados que son capaces de volver a verla porque no recuerdan el final. Un final que nos hizo llorar a casi todos mientras otros –los menos- frotaban sus manos antes de contar el botín. Diez años parece mucho, pero no tanto para la amnesia. Ese final que nunca debemos olvidar no está tan lejos como parece. Al contrario, espera a la vuelta de la esquina.   

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los golpeadores y sus apologistas



En estos días de invierno veraniego, muchas cosas se confunden. Tal vez las flores broten, pensando que ya es su hora y no temen por una helada tardía que las congele para siempre. Bermudas, musculosas y otras prendas ligeras permiten el asomo de pieles blanquecinas. Algunos exagerados ya ponen en funcionamiento aires y ventiladores como si estuviésemos en pleno enero. Y el tema de siempre: si este mes es septiembre o setiembre. La “p” habrá sido escamoteada de algún documento, en tiempos lejanos, por un asistente bilingüe y para esconder el error ante su jefe, explicó que se usaba así. De ahí a la eliminación casi completa de la letra que indica el séptimo mes del calendario romano, hay un solo paso. Decir setiembre parecerá moderno, pero otubre es de bestias. El procesador marca la segunda opción con el pirulito rojo, pero no la primera. ¿Por qué una p es más desechable que una c? Una de las tantas preguntas que necesitan respuestas. Quizá porque algunos apellidos que comienzan con P identifican a personajes repudiables. Sobre todo en Chile, que ostentan dos que unen cuarenta años de historia. Un Pinochet que irrumpe para aniquilar la democracia y un Piñera que intenta ocultar, en vano, su indisimulable simpatía por el régimen que asesinó a miles.
"El gobierno de la Unidad Popular reiteradamente quebrantó la legalidad y el Estado de derecho en nuestro país y eso también debemos recordarlo", dijo el actual presidente chileno en el Palacio de la Moneda para recordar el 40 aniversario del ataque criminal que derrocó a Salvador Allende. Días atrás había confesado ante cámara que el día del golpe ofreció matrimonio a su actual esposa.  Un golpe al corazón, que le dicen. La legalidad que había quebrantado el mandatario de la Unidad Popular no era otra cosa que el statu quo. Pero Piñera no tiene mejor idea que justificar el golpe, aunque no sus consecuencias. La teoría de los dos demonios trasandina. Nada dijo Piñera de los atentados pergeñados desde los cuarteles que cobraron muchas vidas unos meses antes de la cruel rebelión. El estado de derecho que quebrantó Allende no es más que un abanico de privilegios para pocos que hundían en la desigualdad a las mayorías. Lo que denuncia Piñera es la desobediencia del mártir socialista a las órdenes patricias e imperiales. Para el actual ocupante ocasional del Palacio de la Moneda la culpa del golpe de 1973 la tuvo el derrocado, por cumplir con el mandato de las urnas y transformar la realidad. El golpeador siempre afirma que la víctima merece un correctivo cada tanto.
Algo parecido al editorial del diario La Nación del lunes 2 de septiembre, “La tinta no destituye”. Desde las columnas de la ex tribuna de doctrina, el texto responde a la metáfora de La Presidenta, que compara las balas de plomo que derrocaron a Perón en 1955 con las balas de tinta que arrojan hoy las usinas de estiércol. “Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955 –explica el patricio libelo- Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo”. Llamar régimen a un gobierno democrático ya es una huella golpista, más aún cuando siempre consideraron gobierno a todas las dictaduras. Pero después de este exabrupto verbal para justificar un golpe de Estado, vuelve a la actualidad para ponderar el rol de la prensa independiente.
“Las ‘balas de tinta’ no matan ni hieren, ni mucho menos derrocan gobiernos. Esos proyectiles sólo informan, analizan, investigan y critican. Forman opinión. Si esa opinión, al convertirse en el voto que se deposita en las urnas, resulta políticamente letal, es pura y exclusivamente porque la tinta, al margen de los errores que se puedan cometer, ha sabido transmitir la realidad en la que viven los lectores”. En ningún momento, claro está, considera el autor del editorial que gran parte de los hechos difundidos son amañados, exagerados o inexistentes. O que, más que hechos, son deseos inspirados por intereses destructivos. Si el kirchnerismo padeció una hemorragia de votos, fue por “la inflación imparable, a la creciente falta de seguridad y a la corrupción impune”, se excusa el añejo matutino. Tres tópicos amplificados día a día por los medios dominantes a pesar de que no sean significativos en la vida real. “El periodismo independiente no creó esos fenómenos. Los reflejó, los reveló, los investigó, los analizó y los difundió”, continúa predicando, como una confesión.
Desmontar en un solo texto la constante erosión de la legitimidad del proyecto en curso es una pretensión incumplible, pero pueden aportarse un par de datos para la discusión. La visión ortodoxa de la economía considera la inflación como un flagelo canceroso, por mínimos que sean los índices. Sus exponentes sufren al evaluar las cifras que se destinan a paliar la situación de los menos favorecidos. Aunque los lamentos por la inflación parecen apuntar a la protección del bolsillo de los asalariados, en realidad, tienen otros fines. Más que considerar cuánto aumentan los precios, sería interesante difundir cuánto más puede hacer un trabajador con lo que cobra. En estos diez años, el poder adquisitivo del salario y de la jubilación mínima se ha triplicado, por más que parezca incongruente. Desde 2003 a la fecha, el ingreso mínimo trepó 16 veces, de 200 a 3300 pesos y la jubilación mínima, por 11, de 150 a 2477 pesos. Pero esto no demuestra demasiado. En el momento de la asunción de Néstor Kirchner, con ese salario mínimo se podían comprar 31 kilos de asado y hoy, más de 78. Si antes compraba con esa suma 83 kilos de tomate, ahora puede obtener 236, de 71,5 kilos de manzana a 240, de 167 litros de leche a 446, de 50 kilos de pollo a 220. El salario mínimo alcanza para mucho más de lo que alcanzaba diez años atrás, a pesar de la preocupante inflación que carcome el ingreso del trabajador. Estos son datos que la prensa carroñera omite propalar porque destruye los argumentos que apuntan a enfriar la economía.
Con respecto a la creciente falta de seguridad, no hacen más que apelar a la vieja estrategia de instalar miedo para justificar un recrudecimiento de la intervención punitiva: la tan mentada mano dura. O, en su defecto, recurrir a la instalación de sistemas de seguridad que enriquecen a las empresas aliadas. Esto, vale aclarar, no significa una negación de la existencia de delitos. La sensación de inseguridad es el resultado de la amplificación de los hechos que pueden ocurrir en la vida cotidiana, que son menos de los que aparecen en la pantalla. El individuo encerrado en la sala frente a la TV percibe que el exterior es tan peligroso que resulta imposible salir. Sin embargo, Argentina figura entre los últimos puestos en cuanto a cifras delictivas, lo que desmiente el latiguillo con que día a día nos atosigan.
Y el último tópico, la corrupción, constituye la mejor excusa para destronar a un gobierno. Las denuncias mediáticas son más veloces que el accionar judicial por lo que tienen un impacto inmediato en los que siempre desconfían. Después, mucho tiempo después, cuando los jueces descubren que el sospechado es inocente, el público ya está consumiendo otras denuncias y no tendrá espacio para conocer la verdad. Esas son las balas de tinta destinadas no tanto a La Presidenta y su equipo sino a los votantes que eligen candidatos que no condicen con los intereses del establishment. La historia siempre aporta un buen ejemplo para no cometer los mismos errores en el presente. Los que promueven golpes y destituciones siempre culpan al destituido, pero son los pueblos los que padecen las consecuencias. El golpeador culpará a la víctima una vez más si todo lo que se teme se convierte en realidad.

Un viernes negro

  La fortuna nos dio una chance. El disparo no salió, pero podría haber salido . El feriado del viernes es un casi duelo. La ingrata sorpres...