lunes, 16 de septiembre de 2013

Atentados contra nuestra felicidad



Mientras la Universidad de Columbia canadiense afirma que los argentinos somos más felices que el año pasado, algunos pajarracos vernáculos apelan a sus más perversas mañas para provocar nuestra infelicidad. Los últimos escándalos en el Congreso y el denuncismo patológico fueron algunas de las tretas más utilizadas para malhumorar a los desprevenidos. Lo que desalienta es que recrudezcan. Lo que debilita es que se demoren las desmentidas. Lo que resulta tramposo es que muchos se queden sólo con la primera versión. Claro, la potencia de las voces negadoras es desproporcionada. Un grito ensordecedor que no tiene piedad con nuestros oídos. Ante la imposibilidad de proponer una mejor manera de hacer las cosas, aturden con tanta bulla. Bóvedas, empresas fantasma, valijas cargadísimas, dólares viajeros, militantes siniestros. Y funcionarios inservibles, corruptos y demoníacos que se expanden como una peste por todos los rincones del Estado. Y a pesar de todo esto, somos un poco más felices. 
Lázaro Báez se hizo famoso por las denuncias de Jorge Lanata. Y a partir de ahí, la corrupción K salpicó a diestra y siniestra desde la pantalla dominical del Trece y la de sus secuaces. En la Justicia, nada de nada. Cada testigo se desdecía de lo dicho en cámara cuando estaba frente a los jueces. La secretaria de Kirchner, Miriam Quiroga no fue la primera ni será la única. Bóvedas, bolsos y millones y millones de billetes se convirtieron en el eje de una telenovela escabrosa que semana a semana alimentó la prejuiciosa indignación de los espectadores. Pero la verdad no hace mella en los intentos destituyentes de los carroñeros por la vía del honestismo administrativo. Cuando un testigo niega su testimonio, los justicieros mediáticos aducen que fueron amenazados o comprados. Nunca la autocrítica, jamás la disculpa. Como están dispuestos a aniquilar al oficialismo, no se preocupan por su prestigio. La arcilla con que modelan el rating está conformada por individuos desconfiados y amnésicos que sólo están en contra, y quizá por eso, jamás se enteran de las versiones corregidas. Y si se enteran, nada cambia sus humores.
El viernes se desmoronó otro testigo estrella. Horacio Quiroga, ex presidente de la petrolera de Báez, había afirmado en una entrevista concedida a la revista Noticias estar presente mientras se contaban siete millones de dólares que Néstor Kirchner había prestado al empresario sospechado. También, que había visto la bóveda que después de las denuncias fue transformada en bodega en la chacra del empresario. Y que la plata había llegado en una camioneta. Cabe aclarar que contó todo esto sólo ante los micrófonos del pasquín. Cuando estuvo ante el juez Sebastián Casanello aseguró no conocer la cifra ni de dónde provenía el dinero y que la bodega era bodega desde 2009 y no desde abril de este año. Todas las pruebas contundentes que había presentado ante el tribunal mediático se transformaron en pamplinas ante el tribunal en serio. Pero lo más grave del caso es que la versión revisteril tuvo también una versión legal por medio de un acta firmada ante escribano público delante de la diputada Elisa Carrió. De esta manera, las instituciones están al servicio de los libelos irresponsables que no cesan de emporcar la escena. Y por si esto fuera poco, las denuncias son gritos pero las desmentidas, apenas susurros.
Lo virtual no es lo real
A pesar de todos los intentos por malograr nuestro ánimo, un informe presentado por la Universidad de Columbia Británica de Canadá revela que los argentinos somos más felices que un año atrás. Desde hace tres años, el profesor John Helliwell evalúa la relación con la felicidad de los habitantes de 156 países, a partir de los datos de la Encuesta Mundial Gallup. El año pasado, nuestro país se ubicaba en el puesto 39 pero en éste ascendió diez lugares. Aunque, según el propio autor, el concepto de felicidad es por demás de subjetivo, puede medirse con indicadores que señalan una tendencia. Las variables que se tienen en cuenta son el poder adquisitivo, expectativa de vida, libertad para tomar decisiones, percepción de corrupción, apoyo social y la solidaridad. Uno de los tópicos que más genera controversias es el conocido como base país, que parece incorporar la relación afectiva del poblador al concepto de territorialidad. Como sea, hay sólo 28 países que son más felices que el nuestro, lo que induce a pensar que no estamos tan mal.
Y tanto es así que, a una distancia enorme de aquel dramático comienzo de siglo, un 46 por ciento de los argentinos está incluido en la tan diversa clase media. Por más que muchos traten de tapar esta realidad con titulares amañados, estamos bastante mejor. Y no por exitismo ni nada que se le parezca pero, cada tanto, hay que echar una miradita hacia ese pantano del que tanto nos costó salir. De paso, un paseíto por la memoria más lejana también podría ayudar. Los que superan los cuarenta años, sin demasiado esfuerzo, no encontrarán otros diez años en que hayamos vivido sin sobresaltos. Esto dicho no para afirmar que estamos en el mejor de los mundos, sino para descartar que estamos en el peor. Nada más que para eso. Nuestro país está en reconstrucción y en este camino ya estamos disfrutando de sus buenos resultados. Que hay mucho para corregir y profundizar, nadie lo duda. Pero éste es el mejor sendero que hemos transitado en las últimas décadas y sería una pena abandonarlo ante el primer atajo que nos presenten los nostálgicos de nuestros peores recuerdos.
Y que estemos mejor no es fruto de la casualidad: hay un plan. Un plan, no un modelo. El modelo es un producto de laboratorio que no tiene en cuenta la vida real. Un plan, en cambio, es un recorrido que se va amoldando a las condiciones del camino y las trampas que puedan poner los conspiradores. Un modelo está pergeñado por unos pocos para garantizar un disfrute inmediato pero exclusivo, casi privilegiado. Un plan, por el contrario, alcanza metas pequeñas pero mejor distribuidas. Un modelo es traumático mientras el plan es gradual. El modelo viene impuesto y el país se tiene que adaptar a sus dictámenes. El plan es propio y se adapta al país, porque surge de sus necesidades. El modelo beneficia a los individuos, pero el plan aspira a un triunfo colectivo.
El sábado pasado, la TV Pública y Radio Nacional difundieron la primera entrevista concedida por La Presidenta en cuatro años. Con el entrevistador elegido, el historiador Hernán Brienza, el espacio prometía una charla amable sin las imprudencias de la agenda cotidiana. Una charla con la persona que oficia de Presidenta. Palabras sin ruido. “Cualquier argentino hoy, en su situación particular personal, no digo con 2003, sino con respecto hace cinco años atrás, ¿está mejor o no? –preguntó Cristina- Yo creo que una gran parte de los argentinos por suerte puede decir que está mejor. Es importante saber qué es lo que te permite subir los peldaños de la escalera de la movilidad social ascendente: si es un proyecto político que sostiene una macroeconomía que permite hacer eso o qué”. Clave que muchos no comprenden o que transforman en algo así: estamos mejor a pesar de Cristina o sin Cristina estaríamos mejor.
Nada de eso es posible. No porque Cristina sea irreemplazable. Lo es, pero hacia el 2015 deberá dejar de serlo. Tanto ella como Kirchner deberán convertirse en una marca que garantice la continuidad de este proyecto, de este plan que nos ha sacado del abismo. El apoyo a todo este recorrido debe manifestarse con votos. Quienes votaron en contra del kirchnerismo podrían ubicarse en cajas con los siguientes rótulos: prejuiciosos, ingratos y confundidos. Con el contenido de la primera caja, no hay nada que hacer porque siempre estarán en contra. Los ingratos y los confundidos, en cambio, pueden provocar un vuelco. A ellos hay que destinar todos nuestros esfuerzos para que nos acompañen en este camino de recuperación de un país.

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